El humor en peligro de extinción

El humor es la sal de la vida. Por cada risa que liberamos se dice que vivimos quince minutos más. La forma en la que nos tomamos los problemas de la vida define qué clase de personas somos. Y si somos capaces de tomarnos las cosas con humor eso dice mucho de nosotros. No hay que tomarse la vida tan en serio. Al fin y al cabo no saldrás vivo de ella. Pero ¿Que le está ocurriendo a nuestra sociedad? Cada día pareciera que avanzamos más hacia la censura más peligrosa de todas: la autocensura. La que peor reprime este arte tan maravilloso que ha inventado la humanidad: el sentido del humor.

Durante siglos la sátira social y política ha servido para denunciar las injusticias más atroces y para desenmascarar el lado más grotesco de la naturaleza humana. El humor siempre ha sido el medio para hablar de esas cosas que no se dicen, el medio idóneo para describir los aspectos más grotescos de la realidad. Hay tópicos que los políticos y los periodistas no pueden tratar. La hipocresía de lo políticamente correcto y la censura explicita los callan. Ni siquiera el ciudadano común puede hacerlo. Pero entonces ¿Quién es aquel que puede tratar esos temas tabúes de una forma tan sutil y astuta que nadie es capaz de censurarlo? El humorista claro está.

Desde luego que los políticos y los hombres poderosos no son estúpidos. Conocen el poder del humor y sus consecuencias. La censura explicita siempre ha sido su patética reacción para evitar que aquel grito de mordaz denuncia se les escapara de las manos. Aun así, el problema con la censura es que no cae bien. Las personas solemos entregar cálidamente nuestro corazón a quien nos haga reír y si alguien osara censurarlo, esa persona se ganará el odio de todos.

La censura explicita al humor y el odio que genera

Recordemos al genio entre genios del humor político argentino: Tato Bores. Un hombre que denunció más que nadie la corrupción y la injusticia social imperante en la Argentina durante la década de los noventa. Ningún político se atrevía a censurarlo dada su increíble popularidad. De hecho, los más astutos se mataban por ir a su programa como invitados (a pesar de ser los constantes blancos de sus denuncias y chistes).

Solo una persona se atrevió a censurarlo y dicen que hasta hoy es una de las cosas que más ha lamentado en su vida pues les costó el odio de la mayoría de la población. Hablo de la jueza María Servini de Cubría, un triste exponente del autoritarismo, arrogancia y mediocridad que caracterizan al poder judicial en la Argentina. Ella emitió una orden judicial para evitar que un chiste, que hacía referencia a su persona, saliera al aire. Sin embargo, debido a la enorme indignación social y el apoyo de muchas personas del ambiente político y del espectáculo, tuvo que dar una marcha atrás a su decisión muy rápidamente. Lo más triste del asunto es que cuando se trasmitió el programa completo con los dos minutos que habían sido censurados, la gente se sorprendió al ver que el chiste era bastante sencillo (aunque ingenioso como siempre). El mismo Tato Bores lo dijo: “¿Tanto lío por esta tontería? Esto es realmente grave”. Y sí lo era.

El sentido del humor: una forma de ver la vida

Reírse de uno mismo y de la realidad que nos ha tocado vivir define una actitud optimista y positiva hacia la vida. Recuerde que cosas malas siempre suceden. El punto es no dejar que estas situaciones o hechos nos afecten. Nosotros tenemos la libertad última de decidir si algo nos afecta o no. Lo externo no lo podemos controlar en cambio lo que sentimos con respecto a lo que ocurre afuera sí.

La verdad es que me resulta ridículo cuando alguien se toma a pecho algo que no lo afecta directamente. Si alguien viene y te roba, digamos que eso es algo que sí te impacta en forma directa. No obstante, que alguna persona escriba sobre un tema dado en un foro de la Internet o en un medio de comunicación, no es algo que te impacte verdaderamente.

Claro que hay gente que busca intencionalmente ofenderse por cualquier cosa para así llamar la atención y así satisfacer su sentido de la importancia. Normalmente, se trata de gente mediocre y resentida que busca salir del anonimato y reclamar su existencia. Esa es su forma de sentirse importantes: ofendiéndose y agrediendo al otro en respuesta. Luchan bajo la bandera de lo políticamente correcto como una excusa barata para canalizar sus frustraciones personales. Por supuesto, es una estupidez que busquen ofenderse y luego censurar pero, al conocer sus situaciones de miseria existencial, puedo comprender porque lo hacen. Eso sí, no lo justifico.

En el ejemplo de la jueza censurando al humorista vemos un clara muestra de cómo una persona mediocre y resentida usa su poder para castigar a aquella persona que la hace enojar. La verdad es que el humorista hizo su trabajo de forma brillante mientras que la jueza se dejó afectar por sentirse inferior y al ver amenazada su sentido de la importancia.

El humor como medio de denuncia

A lo largo de la historia hemos visto como el ingenio en la sátira política ha sido utilizado para expresar ideas. Claro está, de una forma aguda y sutil. Se requiere de una inteligencia muy desarrollada para realmente llegar al corazón de las personas. Se precisa de un perspicaz sentido de la observación y de la astucia para expresarlo de la forma más original y sagaz posible. Eso es lo que hacen los buenos humoristas: observan lo que ocurre en la realidad y lo cuentan con indignación. Porque en el fondo, la mayoría de las situaciones que se dan en el mundo humano son grotescas y merecen ser expuestas por su ridiculez, así se trate de sátira política o social.

Cuando hablamos de denuncia, las personas tienden a pensar en escándalos políticos, corrupción e injusticia social. Sin embargo, la denuncia puede ir mucho más allá. Se trata de hablar y de burlarse de esos temas de los que todos tenemos miedo de hablar. Esos tópicos que ningún político se atrevería a mencionar por miedo a quedar mal parado ante un vulgo prejuicioso e hipócrita. Los únicos que siempre ha tenido la libertad de trascender la barrera hipócrita de lo políticamente correcto han sido los humoristas, los cuales dicen las cosas tal cual son.

Ellos pueden hablar de cualquier cosa ya que, al fin y al cabo, se trata de humor. Pero la gracia de lo que cuentan parte de la identificación por parte público. Por este motivo, para que el chiste o el comentario sea gracioso, debe basarse en una observación o descripción de la realidad. De lo contrario el chiste no tendrá sentido y nadie se reiría.

Por ejemplo, un humorista puede hablar de los hábitos sexuales de los adolescentes y del consumo de drogas haciendo descostillar al público de risa. Claro está, que las personas saben que todas las atrocidades productos de la desidia parental y de una sociedad irresponsable son ciertas. Por eso se ríen. Ahora bien, si un político habla por televisión del mismo tema, probablemente, la misma sociedad lo obligará a disculparse acusándolo de pervertido. La hipocresía no podría ser más grande. Así ocurre con una infinidad de temas. El humor siempre ha sido ese ámbito en donde podemos decir las cosas tal como son realmente, relajando nuestro duro tejido conservador. Podemos, entonces, aceptar duras críticas sin hacernos responsables. Al fin y al cabo es humor. Luego del espectáculo podemos volver a casa a vivir una vida doble moral e hipocresía.

El humor como medio para desenmascarar la doble moral

Una vez dije que la Argentina, por citar un ejemplo, es una sociedad que se jacta de ser liberal cuando está dejando de ser conservadora. En el fondo es una sociedad llena de prejuicios cuya nueva forma de hipocresía es la de fingir mayor liberalidad. Nos jactamos de ser el primer país en aprobar el matrimonio gay como lema de nuestra liberalidad pero en el fondo fue solo una medida para que las cosas sigan más o menos igual. Como dice el dicho: “cuanto más cambian las cosas más siguen igual”.

Los mismo ocurre con la lucha por la igualdad de género y con la violencia contra la mujer. Hay marchas y manifestaciones. Programas estatales y cobertura mediática masiva. Nos creemos nuestra propia mentira: “somos el país que más lucha por el derecho por las mujeres” ¿De verdad? ¿Tanto cambiaron las cosas? Para nada.

La discriminación por género en las empresas y organismo estatales sigue más viva que nunca. Las mujeres ganan menos y si son ascendidas o contratadas, normalmente, es gracias al onanismo de los cargos jerárquicos. Si no me cree vaya a las financieras de micro centro o al Congreso de la Nación. O a las oficinas del Banco Iberoamericano de Desarrollo y el Banco Mundial. Vera la cantidad de “gatos” disfrazados de asesoras y secretarias. Son las reglas del juego. Para nada me gusta pero así es.

¿Lo ve? Ahora soy yo el machista y misógino. Todo por denunciar las cosas como son. En el fondo estoy denunciando una injusticia en contra de la mujer ¿Y que gano? Agravios, insultos de hipócritas que niegan la realidad. De mujeres que por hacer marchas y no depilarse creen que hacen algo en contra del problema real que ni si quiera quieren ver y del que, en realidad, son cómplices. De hombres y mujeres que creen que por criticar a alguien que hace humor y llamarlo machista resuelven el terrible flagelo de la trata y la violencia de genero.

En realidad, no resuelven nada. Y, como la mayoría de las mujeres que sufren estos flagelos son de clase baja, a nadie le importa. Ni a los medios, ni a las mujeres y hombres de clase media alta para arriba que limpian su conciencia yendo a dichas demostraciones.

Son todos hipócritas. Cuanto más cambian las cosas más siguen igual. Claro está que, si armo un show de stand up hablando sobre estos temas, muy probablemente tenga un éxito rotundo. Si realmente mis chistes son buenos e ingeniosos la gente se reirá porque sabe que en el fondo lo que digo es verdad. Por supuesto, lo admitirán en secreto al reírse. Igualmente, cada día, gracias al avance norma de lo políticamente correcto como nueva forma de censura, incluso a los comediantes les resulta difícil expresarse. Sin duda, se trata de una nueva versión más elaborada de la censura: la autocensura por miedo a quedar mal, a ser políticamente incorrectos, a ofender a otros.

La censura tradicional

La censura al humor siempre ha estado presente. Ya sea por motivos sociales o simplemente por no aceptar la opinión del otro. Si vamos al caso de la censura en la Argentina, podemos recordar la cancelación del programa de sátira política “Canal K” en la década de 1990. El motivo fue bastante estúpido como de costumbre. En este caso fue la inglesa la que se ofendió al aparecer el Papa en uno de los sketches cómicos tirándose una flatulencia. También esta conservadora institución presionó para que no se trasmitiera el película “La última tentación de Cristo” por el canal “Space”. Por supuesto años después, cuando la “Pasión de Cristo” se estrenó y hubo personas que se quejaron de la extrema violencia de dicha película, la iglesia fue muy contundente en su respuesta: “El que no le gusta que no la vea”. Bastante hipócrita teniendo en cuenta su actitud una década atrás.

Como sea, estos actos de censura, ya sea por incomodad política o por el hecho de ofender a algún grupo conservador, ocurrieron en todo el mundo a lo largo del siglo XX. Normalmente temas como la religión, el sexo y las tradiciones eran tabú incluso para el ojo irreverente del humor, sufriendo tanto humoristas como programas cómicos presiones políticas y censura directa.

Igualmente al acercarnos al siglo XXI, con la aparición de la Internet y el desarrollo de la libertad de expresión como cruzada ideológica, estas censuras directas fueron cada vez más escasas debido a que cada acto de censura tenía cada vez más consecuencias negativas para los censuradores que para los censurados. Estos últimos, en cambio, comenzaron a beneficiarse de la popularidad de ser un producto “prohibido”. Por otro lado, lo censuradores solo conseguían cultivar el odio del público.

Recuerdo en los Estados Unidos cuando la serie “Padre de Familia” (“Family Guy”) fue cancelada gracias a las presiones del gobierno de George Bush hijo y el Lobby conservador republicano. Lo único que consiguieron fue que la serie no solo volviera dos años después con más fuerza, sino que sus chistes y críticas al gobierno, al partido republicano y a la iglesia fuesen mucho más duras y corrosivas, llegando a niveles increíblemente ofensivos. Claro que, debido a su popularidad y al hecho de que habían sido víctimas de la censura, ya prácticamente no podían hacerles nada y tuvieron que aguantar la dulce venganza.

Mecanismos de control disimulados

Definitivamente la censura explicita y directa se ha vuelto políticamente incorrecta. En la era de la libertades civiles y de la libre expresión censurar al otro es muy mal visto. Sobre todo si lo hace algún organismo público. Viva la libertad.

Como siempre, es parte de todo una fachada. Como ha sucedido con muchas de las libertades democráticas adquiridas en las últimas décadas, el juego está en las apariencias. La idea de los centros de poder siempre ha sido mantener el control de la población. Sin embargo, actualmente, utilizar medios autoritarios es inviable. Por eso fue necesario el desarrollo de mecanismos control más complejos. Los medios de comunicación jugaron un rol fundamental para este propósito. La idea fue mantener la apariencia de que vivimos en democracia por ello se introdujeron mecanismos de control más sutiles. Quien haya leído “Diálogos entre Maquiavelo y Montesquieu en el infierno” y “Los perros de guardia” sabe de lo que estoy hablando.

No se necesita demasiado para controlar a una población. El primer paso es mantener las apariencias de que aún tienen su preciada libertad. Lo cierto es que en el mundo de la precarización y la desigualdad creciente, los derechos políticos, sociales y humanos son corroídos muy gradualmente a medida que, precisamente, los derechos económicos van desapareciendo. Pero sucede con tanta lentitud que apenas damos cuenta. Nos acostumbramos y aprendemos a tolerar lo intolerable.

Del mismo modo, este proceso de disimulación llegó al dominio de la expresión y del humor. La pregunta del millón es ¿Cómo disimular la censura en el mundo de la libertad? Muy simple: provocando la auto censura a través de la norma de lo políticamente correcto. En este sentido, este singular mecanismo encontró en los medios virtuales y las tecnologías de la información comunicación un poderoso aliado.

La nueva censura: lo políticamente correcto

Hoy en día encontramos una presión invisible de no querer ofender a nadie. De ser políticamente correctos. Este precepto surge, justamente, de los avances en libertades civiles y del respeto por el otro. Sin embargo, terminó por convertirse en un arma de doble filo. O mejor dicho, se ha vuelto una nueva forma de censura.

Hoy en día los comediantes temen ofender a su audiencia ya que saben que, pese a existir la libertad de expresión, cada acto y dicho tienen sus consecuencias. Irritar la sensibilidad de un grupo determinado puede significar, gracias a las redes sociales, la ruina de una persona. De esta forma, la auto censura se convierte en una perversa forma de control: la censura del siglo XXI. Y esto, lamentablemente, está dañando la misma esencia del humor. El humor debe ser políticamente incorrecto. Debe desafiarnos, debe provocar y cuestionar los cimientos mismos de la normas sociales. De eso se trata. No se puede hacer humor sin al menos ofender a alguien y, si un comediante tiene miedo de ofender que se dedique a otra cosa. No obstante, en el mundo de lo políticamente correcto (donde decimos una cosa pero hacemos otra cosa), decir las cosas como son está mal visto. El lema es: “puedes decir lo que quieras (hay libertad de expresión) pero cuidado con lo que dices habrá consecuencias”. Esto tiene el olor de la censura en toda su extensión. De la peor clase de hecho.

El miedo a ofender

Como ciegas ovejas seguimos al rebaño y si alguien acusa a otro de discriminar, calificándolo de machista, racista u homofóbico, acusamos sin cuestionar. Y si no imputamos, miramos al calumniado con desconfianza. Las redes sociales se han convertido en fiscal, juez, jurado y verdugo.

El famoso comediante Jerry Senfield ya ha denunciado esta macabra tendencia al mencionar que en uno de sus shows, al hacer un chiste realmente inocente e inocuo, el público lo cuestionó por implicar que las personas gays tenían ciertas características en su forma de mover los brazos. El chiste era realmente simple y desde luego no había mala intención. Sin embargo, la sensibilidad extrema de una sociedad cada vez más paranoica cuestionó al más vainilla de los comediantes ¿Realmente? ¿Jerry Seinfield, un comediante controversial? Quien sabe de humor sabe que él es el comediante más cuadrado que existe. Aquí es donde nos damos cuenta de que algo se salió de control.

Cuando un comediante debe dar explicaciones de cinco minutos antes de hacer un chiste para evitar herir sentimientos debemos preguntarnos si algo está mal con nuestra sociedad. Si es verdad que existe una paranoia en el aire la cual nos hace ver racistas y machistas por todos lados, debemos preguntarnos si estamos errando algo. Ya bastantes racistas, misóginos e idiotas hay en el mundo ¿Para que buscar donde no hay?

Así como la cobertura mediática de la violencia de género aumentó, también lo hizo la sensibilidad de las personas. Ahora todo nos ofende y la pregunta emerge: ¿Es esto sano? ¿Realmente por ofenderse y ser políticamente correctos las cosas cambiarán? Para nada todo permanece igual. El mecanismo de lo políticamente correcto censura el único medio que quedaba para denunciar las injusticias sociales, el machismo, la violencia de género, el racismo. Muy ingenioso el sistema: callamos a los denunciadores manteniendo en apariencia la libertad de expresión y nos aseguramos que todo permanezca igual con la sensación de haber impulsado un cambio radical.

Incluso el humor se va volviendo más perezoso. El verdadero humor es aquel que desafía y obliga a cuestionar las creencias de la forma más astuta posible. La mejor forma de criticar una postura es adoptándola y llevándola al extremo. Recuerdo un comediante que, para criticar el racismo, se inventó un personaje racista para exponer el grotesco de esta postura extrema. Para quienes sabían apreciar su humor, su método era realmente eficaz e ingenioso. Sin embargo, algunas personas lo llegaron a llamar racista. La hipersensibilidad crea ciegos que obedecen a las normas establecidas y contribuyen a la auto censura la cual mantiene todo inmutable. Lo políticamente correcto es la nueva forma adoptada por el fascismo.

La victimización está de moda

No importa cuán ofensivo pueda llegar a ser el humor, mientras haga reír será imprescindible para nuestra sociedad. El único pecado del humor es no ser gracioso. Allí es cuando ofende. Y el hecho de que el humor nos ofenda, habla de cómo nosotros vemos el mundo. De nuestra escasa inteligencia emocional para evitar que lo externo nos afecte y para evitar reírnos de nosotros mismos y de nuestra grotesca naturaleza.

Sin embargo, en el fondo, aquellos que se sienten agraviados en realidad buscan ofenderse. Es fácil ser una víctima y muy ventajoso. Como dije al principio: se sienten importantes y,  al mismo tiempo, les da una excusa perfecta para llamar la atención y sentirse socorridos. A otras personas, incluso, les da la excusa perfecta para expresar su más crudos resentimientos. Les da un motivo para agredir cuando no están de acuerdo con las ideas del otro.

Cuando alguien critica al judaísmo lo llaman Nazi. Entonces uno se queda callado. Cuando alguien critica al feminismo (o hace un comentario objetivo sobre la situación actual de la violencia de género) lo llaman machista. Entonces uno se queda callado.

La comunidad afroamericana en Estados Unidos utiliza el mismo sistema. Si no estoy de acuerdo con el otro lo acuso de racista. Tendrá que desviar el tema de conversación para defenderse. De esta forma gano la discusión (retórica de manual). El peronismo en Argentina hace lo mismo desde hace décadas, pero no es el único movimiento que lo hace. La victimización es una técnica muy eficaz en política: hace que la gente apoye tu causa. Ya no se trata de intercambiar ideas y resolver un problema. Se trata de tener razón, de ganarle al otro.

El problema es que, en una sociedad, cuando alguien gana, el otro pierde y si uno pierde perdemos todos. La norma de lo políticamente correcto creo un contexto que masifica el uso de la victimización y eso solo nos ciega más. Creemos que avanzamos pero en realidad retrocedemos. Creemos que cambiamos pero en realidad todo se mantiene igual. Nuestros derechos son pisoteados en nombre del respeto por el otro. La libertad de expresión es solo un espejismo.

Puede que no esté de acuerdo conmigo en muchos puntos pero no pierda de vista el mensaje general. Aprenda a leer. Sáquese la venda de la arrogancia, el resentimiento y/o la inseguridad. Vea más allá y aunque sea hágase estas preguntas mágicas “¿Y qué tal si me equivoco? ¿Y qué tal si hay algo de todo esto que es verdad? ¿Qué puedo hacer al respecto?”.