Viviendo el presente

¿Alguna vez tuviste uno de esos sueños donde estabas llegando tarde a un lugar importante? ¿O donde te faltaba una materia para terminar la universidad, el secundario o la escuela? ¿Que estabas atrapado en el pasado y que apenas despertabas te dabas cuenta que ya habías terminado ese período de tu vida y sentías el alivio que siente alguien que se está ahogando al ser rescatado?

A mí me pasaba seguido. A veces siento que durante toda mi vida he llegado tarde a todos lados. Que he aprendido las cosas cuando ya era tarde. Que me he dado cuenta de nuevos puntos de vista cuando una situación ya era irreversible. Cuando ya los errores habían sido cometidos. Cuando ya el período había pasado. Cuando ya solo quedaba el árido presente.

Luego recuerdo que las palabras con las que me hablo crean la realidad en la que vivo y que el pasado es tan solo una historia que me cuento. Puedo ser un héroe, un monstruo, un maestro, un sobreviviente o una pobre víctima. En cada período de mi vida he sido un personaje distinto. A estas alturas, creo que todos.

En una época solía pensar que era un actor de reparto en la película de mi propia vida. Hubo un tiempo en que pensaba que había personas que existían solo para torturarme. Hubo un período en que anhelaba la venganza más que otra cosa. Hubo una época en la que quise ser amado más que nada. Hubo un tiempo en el que la magia fue real. Hubo un momento en el que solo quería que el día terminara.

¿En qué período me encuentro hoy? ¿Con qué nombre recordaré el presente dentro de un año? ¿Y dentro de diez años? ¿Me contaré la historia una y otra vez o le daré un significado distinto, o tal vez varios?

Hace un año que vine a este nuevo país. Una nueva aventura había comenzado. Vine a dar la vida por la torre en la que dormía la princesa, tal vez con la esperanza de que, en vez de morir por una ilusión, pudiera ver si la doncella existía. Tal vez despertarla y ver quién era. Hago referencia al verso de un poema que leí una vez:

“Daré mi vida por la torre en la que duerme la princesa”.

¿Qué significa dar la vida por la torre y no por la princesa? Significa dar la vida por una ilusión, algo que no es real. Significa idealizar a una persona (en este caso una mujer) al punto tal de perder la noción de quién es realmente. Por supuesto, de llegar a conocerla, veríamos sus defectos, pero ahora no podemos verlos. Solo vemos la ilusión que nuestra mente proyecta. Hace quince años algo parecido me había ocurrido. La diferencia es que ahora estaba consciente que lo estaba haciendo. Aún con la conciencia de perderme en la ilusión, volví a caer en ella.

En el camino comencé a amar lo nuevo en vez de lo viejo. Mi perspectiva cambió. Descubrí que las mujeres de mi edad no me atraían. Habían envejecido. Su mente se había marchitado. Habían aprendido a odiar a los hombres. Se quejaban demasiado y solo transmitían negatividad. Ahí recordé la frase: “Si las manzanas están podridas, no vayas al cajón, ve al árbol”.

Incluso aquellas que no se habían marchitado sólo representaban un premio para mí. Una suerte de revancha para satisfacer a esa versión de mí mismo que había sido hace diez años. No me gustaban realmente. O tal vez sí. El tema era que no las conocía. Algunas, al conocerlas, me hicieron alejarme de ellas. Otras simplemente me produjeron pena o indiferencia. Hubo, no obstante, una que realmente me maravilló. Un hermoso ser humano que parecía no haber envejecido en cuerpo y espíritu. Aun así, la mayoría se había marchitado.

La solución parecía bastante lógica: salir con mujeres más jóvenes, cuya mente aún no haya sido corrompida por la amargura de los años. Que pudieran amar con pasión. Que no creyeran que todos eran iguales. Que disfrutaran del éxtasis sexual de forma plena. Encontré un verso de un poema que expresaba lo que sentía:

“I was late for the most of the things of my time. I loved what was old above anything new. But the young ones offered me on silver plates their thighs. Their nipples flesh. ‘I am the true wine’ they said. And I drank”.

“Llegué tarde para la mayor parte de las cosas de mi tiempo. Amé lo viejo sobre cualquier cosa nueva. Pero las jóvenes me ofrecieron en bandejas de plata su muslos. La carne de sus pezones. ‘Yo soy el verdadero vino’, dijeron. Y yo bebí”.

Durante toda mi adolescencia y mis veinte estuve durmiendo en una suerte de coma. En la amargura de ese sueño fui rechazado por las jóvenes de mi edad. Amargado, acumulé rencor. Quería venganza. Quería que experimentaran el rechazo y la frustración que yo sentía. Quería que mi dolor fuera infligido en ellas. El odio y la agresividad crecían en mí.

Tuve suerte. Desperté a un año de cumplir treinta. Antes de que esos sentimientos se volvieran irreversibles. Antes que el rencor y la frustración se convirtieran en odio. Quien sabe que tan lejos el desprecio hubiese llegado. Me da miedo preguntármelo. Cuando veo en los noticieros historias trágicas de violencia hacia las mujeres a veces me pregunto: ¿habría llegado tan lejos? Por suerte nunca lo sabré.

Al escribir A sangre fría, Truman Capote dijo que se identificaba con el asesino sobre el que estaba escribiendo. “Es extraño —dijo—. Si bien me asquean sus acciones, entiendo de donde proviene su angustia y su odio. Es como si él y yo hubiéramos sido criados en la misma casa pero, mientras yo salí por la puerta delantera, el salió por la de atrás”.

Por suerte desperté. Desafié las creencias que me limitaban. Recuperé el tiempo perdido. Aunque, si fue gracias a ese tiempo que pude salir adelante, tal vez no sería justo llamarlo así. Fue el tiempo necesario. Somos el producto de nuestras experiencias. Estamos donde estamos gracias al sufrimiento que hemos experimentado. Este último nos da frutos dulces solo si le damos un significado. De lo contrario, se convertirá en amarga desesperanza. La desesperanza es eso: sufrimiento sin significado.

Al ganar confianza y seguridad en mí mismo, me lancé en busca de las mujeres que me habían rechazado alguna vez solo para encontrar que en muchos casos habían envejecido, mientras que en otros casos no eran lo que esperaba. Las había idealizado. Había estado dispuesto a morir por la torre en la que duerme la princesa, pero no por esta última.

Tuve mis revanchas. En el primer momento sentí orgullo. Estaba haciendo las paces con aquel niño frustrado que había sido. Luego fue simplemente una cuestión de ego. Con una chica argentina me ocurrió que ella ni siquiera me atraía o me agradaba. Cuando la conocí, mi autoestima estaba tan baja que no pude ver cómo la negatividad de sus años la había consumido.

En otro caso, estaba tan dispuesto a lograr mi objetivo de intimar con una chica, que no pude ver cuánto me atraía realmente. Y como usé una máscara, simplemente la alejé de mí. Solo cuando se apartó pude ver el daño que la máscara podía hacer. Solo cuando me la quité pude realmente conocerla. Ella también usaba una máscara. Aun así, sentí que ella se alejaba. Tuve que confesarle que fue el ego lo que hizo que actuara así. No me atreví a confesarle lo que realmente sentía por ella. Que, al conocerla realmente, me había gustado profundamente. Pero ya era tarde… Además había llegado a un nivel de vulnerabilidad muy grande. Algo que era sano y liberador. Aun así, no me atreví a decirle lo último. Temía perderla completamente. Suspiré y seguí adelante.

Hubo un último caso donde ni siquiera llegué a conocerla. Y ella a mí tampoco, ya que usé una máscara para protegerme del tan temido rechazo que me había atormentado durante casi una década. Ahí aprendí que es mucho peor que te rechacen por quien no eres que por quien eres. Me prometí a mí mismo nunca más usar la careta. En el fondo, sabía que ella no era para mí. Aunque la verdad es que nunca lo sabré ya. No pude conocerla realmente ni ella a mí. Simplemente abandoné la causa por cansancio. Decidí seguir adelante, soltar y ser libre. No fue fácil, ella fue la razón por la que viajé a Colombia.

En el fondo, iba a buscar a esas mujeres porque “amaba lo viejo por sobre todo lo nuevo”. La nostalgia era mi motor y, al mismo tiempo, mi perdición. Tenía que vivir el presente. Y, al salir con mujeres jóvenes, ellas me mostraron una nueva forma de ver el mundo. Un mundo que nunca había conocido. Que siempre estuvo delante mío, pero que no pude ver ya que estaba mirando otros mundos. Vivir en la Argentina era un tema, debido al estúpido prejuicio de la diferencia de edad que impera allí por algún motivo. Por eso me fui. Era una sociedad que se jactaba de ser liberal cuando era más conservadora de lo que le gustaría admitir.

Recuerdo con gracia que cuando tenía tan solo dieciocho años, las mujeres me rechazaban por “pendejo”, y ahora lo hacían por “viejo”. Por supuesto, hoy comprendo que se trataba de un juego. Un artilugio que utilizaban para averiguar de qué estaba hecho. En el fondo, no les importaba. Aunque el prejuicio sí existía.

Estando fuera del país, conocí a una persona maravillosa con quien hoy actualmente comparto una extraordinaria relación. La primera que tengo, de hecho. Me siento feliz con ella. Puedo decir que por primera vez sé lo que es amar a alguien realmente. No un amor idealizado, sino un amor cotidiano. Me siento parte de un equipo avanzando por el camino de la vida. Y, sin importar las diferencias culturales y de edad, avanzamos paso a paso, conociéndonos día a día un poco más. Sin prisa y sin pausa. Porque, en realidad, ninguna de esas cosas importa si dos personas están dispuestas a trabajar por un proyecto en común.

Me gusta estar afuera de Argentina. Y sí, encuentro en Colombia muchas cosas que me hacen sentirme en casa. No sé si mi cabeza esté allí, pero, sin duda, mi corazón lo está. Es una sociedad que se jacta de ser conservadora, aunque es más liberal de lo que le gustaría admitir. Sin duda existen prejuicios, pero no tantos. Cada cuanto la tentación de la nostalgia me lleva a preguntarme: “Qué hubiese pasado si…”. Si hubiese hecho tal cosa, si hubiese sabido tal otra. Me calmo diciendo: “Hice lo mejor que pude”, y perdono a esa persona que fui en el pasado. El pasado ya se ha ido, el futuro no es todavía. Ahora estamos liberados de ambos.

Cuando comencé a salir, a conocer mujeres al despertar del coma, me sentía forzado a mentir sobre mi experiencia y mi edad. Siempre decía veinticinco. La edad justa. Ni muy viejo ni muy joven. Las que tenían más de esa edad me sobraban jactándose de su experiencia y diciéndome: “Qué chiquito”, aunque a veces solo tenían veintiséis o veintisiete. Luego les revelaba mi verdadera edad y se quedaban atónitas. En el fondo, sabía que era parte del juego, pero el prejuicio se escondía detrás de él.

A las de menos de veinticinco solo les decía mi verdadera edad luego del sexo. Para ese entonces no les importaba. O tal vez sí, pero el objetivo ya estaba logrado. Estúpidos prejuicios de una sociedad inmadura. ¿Tanto cambia el valor de una persona por tan solo un número? En el caso de estas chicas me sentía obligado a mentir sobre mi experiencia sexual y la edad en la que había debutado. Sentía vergüenza. Las nuevas generaciones vienen con más experiencia sexual de lo que a la comunidad de padres les gustaría admitir. Parte de la hipocresía de nuestra sociedad. Hoy me río de aquellas situaciones y de cómo me sentía.

Cuando me encontraba con una mujer mayor, a los veintisiete años, sentía que estaba siendo entrevistado para un trabajo. Me preguntaban sobre mi experiencia en otras relaciones, la cual era nula. Por supuesto, mentía. No te contratan si no tienes experiencia. Una verdadera estupidez, pero es algo que ocurre. En el fondo, las entiendo. No tienen tiempo que perder y tienen miedo. Se muestran arrogantes para compensar sus inseguridades. Si se mostraran vulnerables, atraerían al hombre que realmente buscan, pero su arrogancia solo atrae al que detestan. Eso las vuelve más agresivas y arrogantes. Un círculo vicioso. Pueden romper el círculo si se muestran vulnerables, tal cual son. Mostrando sus miedos. El hombre que las acepte lo haría por lo que son realmente, mientras que los que las rechacen, no importaría realmente.

Con el tiempo y la experiencia comencé a aceptar quien era. Comencé a estar orgulloso de quien era y, por ello, agradecía a mis experiencias pasadas por haberme convertido en la persona que soy. Ahora hablo con franqueza de quien soy, de quien fui. Me muestro vulnerable, consciente de que hay algunas personas que me aceptarán y otras que no. Si soy aceptado, seré aceptado tal cual soy, y eso me llena de dicha. No fue un camino fácil, pero le he dado un nuevo significado a mi pasado. Le he dado un propósito. Me ha convertido en quien soy ahora y seguiré avanzando. Me seguiré contando esa historia hasta que encuentre una mejor que contarme y seguiré avanzando sin prisa y sin pausa, viviendo el ahora que es lo único que hay.