Una segunda oportunidad

Reíte todo lo que quieras. Es que así es la vida, es una comedia o una tragedia de acuerdo a como la mires. Supongo que los últimos años de mi existencia fue más una comedia que otra cosa. Todo lo que vino antes no sé qué fue, pero te puedo asegurar que la sufrí bastante. Todo el período desde que empecé la universidad hasta que la finalicé fue un intento continuo de llenar esa parte de mi vida que apenas estaba empezando a completar cuando volví de Francia: la parte afectiva, social y, porque no, del levante. Ahora que recuerdo, tenía mucho potencial, ya sabés, por mi carácter hablador. En uno de los libros de seducción decía que el tipo sociable garcha más que el promedio. Por eso todos creían que yo era un capo en el tema. Nada más lejos podía estar eso de la realidad.

Para mí, terminar la secundaria y empezar la facultad representó una suerte de borrón y cuenta ¿Sabés? Como ya te voy a contar bien, mis intentos de dejar la fama del pelotudo al que todos torturaban con el bullying no era fácil. Es más, no me fue posible. Hazte fama y échate a dormir. Esa frase es una sentencia.

El primear año de la facultad, por el contrario, era toda una nueva oportunidad para volver a empezar. Por supuesto, seguía en la modalidad de obtener la excelencia académica y todo eso sin embargo, algo nuevo se había despertado en mí. Tal vez algo que siempre estuvo ahí y se cohibió debido al contexto. En cierta forma, siempre me había considerado una persona muy extrovertida y sociable. Como sea, al cumplir 18 años empecé la facultad.

¿Qué porque elegí economía? Mirá, en realidad, en los tiempos del secundario quería estudiar cine. Contar historias fue algo que siempre me fascinó. Sobre todo a través de cortometrajes. Hasta me había comprado una cámara semi profesional. Amaba el cine. Lo sigo amando. Los fines de semana me la pasaba yendo al cine. Solo, obvio. Quise invitar a un par de chicas durante el colegio pero no tuve mucho éxito ¿Qué porque no estudié eso? Me agarró miedo. A veces la sociedad no mete ideas sobre cómo “deben ser” las cosas en forma tan sutil que uno se las termina creyendo. Y eso fue lo que me pasó. Y me sigue ocurriendo. Esa idea de que hay profesiones “serias” y “no serias” se meten en la cabeza de uno desde muy temprano y, cuando te das cuenta, ya te recibiste y estás trabajando de algo que ni te imaginabas. En un principio elegí estudiar administración. Sí, ya sé. Más estereotipado imposible. Bueno, peor hubiese sido abogacía o contabilidad pero igual está entre las carreras más estereotipadas para la gente que no sabe hacer con su vida o la que simplemente le da miedo ir por lo que realmente quiere.

En esa época respondía a esa absurda imagen de éxito que tenía inconscientemente: la idea de trabajar en una empresa, de ser un gerente importante, de ganar mucha plata, etc… Pensaba que, una vez que hiciera eso, iba poder tener la suficiente “seriedad” para estudiar cine. La idea de que en ciertas carreras te morís de hambre también ya se me había metido en la cabeza. La verdad no sé lo que haría si me levantara con la conciencia de hoy teniendo de vuelta dieciocho años. Es una pregunta que siempre me hago con respecto a mucho temas.

El primer año de la universidad fue un punto de inflexión en muchos sentidos. Por un lado, me dio la oportunidad de conocer a un grupo de amigos distintos que no eran los del colegio. Eso para mí fue lo más importante. Durante el secundario, odiaba tener que pasar ocho horas en ese lugar con gente que me despreciaba o a la que le era indiferente. Fue por eso que ir a ese modelo de naciones unidas en el cuarto año del secundario me dio la oportunidad de tener un grupo de pertenencia distinto al del colegio. No sé si llamarlo un grupo de amigos sin embargo eso es lo que decidí creer en aquel momento. Quería pensar que expandía mi círculo social. Fue precisamente en aquel momento cuando conocí a una mis primeras amigas, Agustina. Iba al mismo colegio y era la hermana de un amigo pero nunca habíamos hablado ya que ella estaba en un curso diferente. Al ir al simulacro de la ONU nos hicimos amigos. También conocí a otro gran amigo, Tony, con quien después cursamos toda la carrera juntos. Ese sí que levantaba. Pero no me quiero meter por ahí porque sino me desviaría demasiado. Si continuo por ese lado de la historia voy a terminar hablándote de Camila “la loca” que es una historia con cuerpo propio, una que merece ser contada en detalle. Vamos por partes como dijo Jack.

Al primer año de la facultad lo llamaban CBC o Ciclo Básico común y, como lo dice el nombre, se cursaban materias comunes a casi todas las carreras. Era una bolsa de gatos como decimos en la Argentina. Por supuesto, llegué increíblemente nervioso a la primera clase que, sino mal recuerdo, fue la materia Historia Económica Mundial. Ya para la primera clase quería destacarme. Es más, estaba obsesionado con conseguir la bibliografía correspondiente. Me había tocado cursar con una ex compañera del secundario esa materia. Una de las pelotudas que se la pasaba hablando mal de mí. Realmente era miserable esa mina. La típica falsa de mierda. Su presencia solo era un recuerdo de un período de mi vida que me forzaba por olvidar. Por eso me dediqué a conversar con otras personas y, gradualmente, fui integrándome a un grupo. En mi visión ingenua ahora tenía nuevos amigos. En la realidad, si bien nos juntábamos a estudiar, eran tan solo un agrupamiento de personas que me necesitaban para que les explicara los temas que se daban en las materias. Unos idiotas que venían de distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires. Lugares de los que a duras penas había escuchado hablar. Más allá de eso, algo bastante curioso pasó la primera semana.

Desde el principio me la pasé socializando enérgicamente. Quería conocer personas con las que estudiar y compartir información sobre las materias. Lo que ocurrió fue que, gradualmente, fui comenzando a disfrutar el proceso de socializar. Así fue como terminé hablando con una chica que vivía muy cerca de mi casa. Me acuerdo que el día que la conocí nos fuimos caminando desde la facultad hasta nuestros queridos hogares. En esa caminata tuvimos tiempo de conocernos y de charlar bastante. Fue bastante gracioso e irónico nuestro encuentro ya que se trataba de la típica mina chetita que durante el secundario no me hubiese hablado ni por casualidad. No obstante, por esas cosas de la vida, terminamos llevándonos bien.

Lo cierto era que a mí no me atraía mucho pero aun así disfrutaba su compañía. Como en esa época todo era “experimental”, mi relación con ella fue una de las primeras relaciones de amistad que tuve con una mujer. Antes estaba Agustina pero a ella no la veía tan seguido y, por algún motivo, sentía que ella me mantenía lejos. Tal vez porque pensaba que yo le gustaba. Para nada era así pero quizás ella pensaba debido a que una vez la había invitado al cine. La invitación era puramente un acto simbólico ya que nunca había ido al cine con una mujer y para mí era un acto significativo de crecimiento personal. No importaba que no me gustara, era el significado del acto lo que buscaba. La primera vez de algo nuevo.

En fin, como te decía, con esta chica de la facu (“Mane” le decíamos) desarrollé lo que se podría denominar como una suerte de amistad: en definitiva, para mí, en aquel momento, ella era una amiga. Ahora, sin embargo lo veo distinto. En el fondo, al igual que los otros miembros del grupo de estudio, ella me necesitaba por mis resúmenes y mi capacidad de explicar. Y, si bien no se burlaba de mí como lo hacían los otros, tampoco le importaba que los demás lo hicieran. A lo sumo decía en un tono lastimoso algo como “pobre” y nada más. Como te dije antes, los chicos del grupo de estudio, en el fondo, se burlaban de mí no obstante me necesitaban. En el caso de ella había algo más, no era lo mismo que con los otros. A veces pienso que a esa edad las mujeres necesitan tener amigos asexuados para sentirse importantes o algo así. Es decir, por un lado tienen a los “amigos” que saben que están detrás de ellas. A esos los tienen para subirse el ego nomás. Por otro lado, tienen una segunda clase de “amigos” que son los asexuados. Básicamente se trata de chabones que en el tema del levante y del chamuyo son un desastre ya que son incapaces de expresar intención sexual alguna, ya sea porque no la sienten o porque son demasiado tímidos para mostrarla. Son meras mascotas. Te aclaro igual que en ninguno de los dos casos se trata de amistades genuinas. Las mujeres bastardean el concepto de amistad como los hombres el del amor.

En mi caso no estaba atraído hacia a ella aunque sí admito que era una mujer atractiva. En esa época todavía tenía una concepción idílica de las relaciones, la cual me duró bastante. Lo que quiero decir con eso es que no era capaz de ponerme de novio con una mina si no me gustaba realmente o simplemente como medio para garcharmela. Tampoco era capaz de mentir para encamármela. De alguna forma, sentía culpa al hacer eso. Sí, claramente eso hacía que no cogiera en lo absoluto. Sobre todo en la tierra del chamuyo. Realmente era muy ingenuo. Al parecer, un requisito para tener una vida sexual normal en la Argentina es que la empatía y la moral se te corroyan hasta cierto grado. Haciendo eso te ponés al mismo nivel de la misma sociedad. Una vez escuché algo muy interesante: una encuesta reveló que el cincuenta por ciento de los argentinos son corruptos. Linda materia prima.

Mane era la típica pendeja histérica porteña y, en realidad, no era cheta. Quería serlo pero no lo era. Vivía en un departamento bastante chico en Palermo. Como la mayoría de las porteñas de clase media aspiraba a más. Por eso muchas estudian administración y luego se hacen en una maestría en alguna universidad de elite tipo la San Andrés o la Di Tella. Se van haciendo de contactos y, más que nada, de un novio de clase alta. No me mirés así. Ya sé que suena re prejuicioso, y tal vez lo sea. Pero hay mucho de eso. Sobre todo entre las que estudian economía en la UBA.

Bueno, como te contaba, mi relación con ella era más bien un intercambio justo. Yo tenía una “amiga” mujer (que para esa época significaba mucho para mí) y ella un “amigo” mascota con el que pudiera hablar tranquilamente sin preocuparse por el hecho de qué le tirase onda. Además la ayudaba con las materias. Si lo ves en forma más detenida pareciera que ella se llevaba la mejor parte y, de hecho, en la mayoría de estos casos es así. Sin embargo pensá que, para esa época, era toda una revolución para mí tener una amiga. Por supuesto que sentía cierta distancia (que ella ponía por supuesto), aún así, a pesar de ello, ella tenía ciertos actos de acercamiento. Como una vez que vino a casa a ver una película. Fue un lindo gesto. Nunca sé si lo hizo por compromiso, ego o porque realmente disfrutaba mi compañía. De todas formas fue algo lindo, que se yo. Fue la única que vez que vino sola, o una de las pocas. Siempre insistía en traer a un amigo en común. Por eso sospechaba que no se sentía tan cómoda conmigo o, por lo menos, que no se divertía. Digo ¿Para qué necesitaba traer a alguien más? Hoy en día le guardo algo de rencor porque siento que me usaba un poco, ya sea con fines de ego, para suplir alguna necesidad emocional o simplemente porque era útil para el momento. No obstante, no creo que sea justo para ella sentirme así. Al fin y al cabo nos usábamos mutuamente.

En el fondo lo que quería era tener amigas mujeres con quien interactuar. Como una especie de etapa previa antes de salir en busca alguna chica que me gustara. Como te había dicho, tenía una visión bastante ingenua del asunto del levante. Es decir, lo que realmente quería era una novia, alguien con quien compartir experiencias. La verdad que, ahora que lo pienso, no sé si llamar ingenuo a esa forma de ver la vida. Actualmente, casi quince años después, volví a buscar lo mismo. Desde otra perspectiva, por supuesto. Sin mebargo nunca dejé de ser aquel chico. Solo tuve que diluirlo un poco y pasar por un período en el que me convertí en un chamuyero como todo el mundo. En realidad, solo usé una máscara y la utilicé hasta que simplemente no pude llevarla más porque me ahogaba. Eso ocurrió cuando tuve ese encuentro con la uruguaya el año pasado, cuando sentí que era hora de volver a los orígenes. Ya te voy a contar sobre eso. Al final la vida resulta ser una rueda.

¿Qué decís? ¿El primer beso? ¡Ja! Ni siquiera. Todavía no. En la época del CBC el solo hecho invitar a una mina al cine me producía tales nervios que sentía una acidez terrible en el estómago. Creo que la primera mina que intenté invitar muy tímidamente a salir fue en esa época. Era una chica que cursaba conmigo. Me acuerdo que me sentí mareado al llamarla por teléfono para preguntarle si quería ir al cine. Obviamente me dijo que no porque hace poco había cortado con no sé quién. Cuando no despertás atracción no hay con que darle. Hoy en día me resultaría tan fácil. Que época de mierda.

A lo sumo, en esos tiempos, lo que hacía para acercarme a una mina que me gustaba era ir caminando con ella desde el lugar en donde la había conocido hasta el punto donde nos teníamos que separar. La idea era poder charlar con ella para conocerla. Obviamente no hacía más que eso. No me animaba a ir por más. La gente cree que ser sociable y extrovertido es lo opuesto a ser tímido. Para nada es así. Se pueden ser ambas cosas: en algunos aspectos increíblemente sociable, y para otros extraordinariamente tímido. Eso de caminar es lo que había hecho con una chica con la que cursaba inglés. Se llamaba Estefanía. Dejame que te cuente sobre ella.

Por algún motivo, en el último año del secundario había decidido empezar un curso de inglés en un instituto. Supongo que ya había captado la importancia de aprender bien el idioma. Allí tuve la oportunidad de tener un grupo externo al colegio en el cual había una chica que me gustaba, Estefanía. Ella y las otras chicas eran las clásicas reventadas que fumaban y tomaban desde los trece años. Para esa época eso era mucho. Hoy en día no es nada. Pensá que ahora toman éxtasis desde esa edad y se hacen mierda los boliches como si nada. Y a los padres todo les importa un carajo. La verdad que la sociedad se fue a la mierda tan gradualmente que nadie se dio cuenta. Sobre todo ahora con el boom de las drogas sintéticas. En fin, estas minas salían a boliches todos los fines de semana. Todas menores de edad pero la dejaban pasar igual porque eran mujeres (entre quince y dieciséis creo). A los hombres siempre les hacían más quilombo que a las mujeres. Y a mí sobre todo porque, encima, parecía más chico de lo que en realidad era. Y eso que tenía 17 años.

 ¿Control en lo boliches? Sí, caro…Para nada. Argentina es la sociedad más hipócrita que existe. La gente solo reacciona si hay alguna tragedia. De lo contrario, simplemente, todos se hacen los boludos. A los dueños de los boliches le chupa un huevo. Imaginate, para ellos lo que importa es que haya minas que estén buenas para que los hombres paguen la entrada. Digo, para eso vas a un boliche. Por eso normalmente a las chicas las dejan pasar gratis. No les importa si son menores de edad o no. Y a los padres tampoco les importa intervenir demasiado. Después alguna termina muerta o pasa algo y todos se horrorizan pero la verdad es que son todos cómplices. Me acuerdo que en esa época una pendeja de quince años fue atropellada por un auto que corría una picada cerca de un boliche. Lo de las picadas ya se sabía desde hace tiempo pero como son los hijos de los ricos los que las hacen, la policía se hace la boluda. Sí, lo chetos. ¿Cómo dicen acá? Ah  Gomelos. Como sea, la piba, encima, estaba media alcoholizada porque había cruzado la avenida medio tambaleándose según lo que había declarado un testigo. A partir de ese momento empezó todo un debate sobre el tema de las carreras de autos sin embargo nadie habló sobre la pendeja alcoholizada a las tres de la mañana. Perdón, corrijo. Sí, alguien habló. Un concejal del municipio donde ocurrió la tragedia se animó a preguntar que hacía una chica de quince años alcoholizada a las tres de la mañana ¿Y qué pasó? Lo obligaron a renunciar por desubicado. Maten al mensajero. También pasó algo parecido cuando agarraron a un tipo de treinta años que salía con una pendeja de trece. Se armó alto quilombo en los medios de comunicación. Ahora bien, el tema es que después salís a la noche o vas a Mar del Plata o Villa Gesel en verano y es una orgía de pendejas menores de edad. Yo no estoy diciendo que esté bien o mal, solo describo la realidad tal cual es. Somos una sociedad de hipócritas y el mensajero es el desubicado, pervertido y políticamente incorrecto. Esa es la verdad. A las pendejas les gusta el quilombo y a los padres les chupa todo un huevo. Mientras tanto, los dealers, los dueños de boliches y las compañías de cervezas quieren hacer plata. Así es la vida. Yo nunca fui de aprovecharme de una pendeja borracha. Imaginate, me costaba mentirle a una mina para garcharmela. No obstante a la mayoría de los hombres les chupa un huevo ya sea por calentura, cinismo o por simple resentimiento hacia las mujeres. Y, al final, todos hacen la vista gorda. Se acepta en silencio. En algún punto, muchos de los hombres que no lo harían terminan haciéndolo porque se sienten frustrados ya que ellos no levantan mientras que otros sí lo hacen. Lentamente se van desensibilizando. Se va corroyendo la moral y la empatía. Por suerte, yo no llegué a esos extremos pero faltó poco. El contexto ayuda porque lo permite y lo estimula. Eso sí, de eso no se habla porque está mal mencionar el tema. Ahora bien, es lo permitido según las normas sociales implícitas. Está mal mencionarlo pero no hacerlo. Hipócritas de mierda.

Perdón me re fui de tema. La cosa era que, en ese entonces, ya estaba más en campaña de buscar otros grupos de pertenencia distintos al del colegio donde era un paria. En cierta forma, ese curso de inglés fue otra oportunidad para intentarlo. No armaba salidas con ellos pero un me esforzaba por socializar. Normalmente me quedaba hablando con las chicas después de clase, o bien iba bien temprano antes de la clase para reunirme con ellas. De hecho, una vez logré que me invitaran a una fiesta de egresados a la que ellas irían. Realmente odiaba los boliches pero no conocía otra forma de integrarme y, en esa época, si no te gusta salir a bailar o chupar alcohol no existías. Es increíble, te convencen de que tenés que hacer esas cosas para “vivir”. La felicidad obligada como un amigo la llamó en forma irónica. De todas maneras, el hecho de ir a un boliche con un grupo de chicas representaba una mejora con respecto a mi situación en el colegio. Estaba orgulloso de salir con ellas. Por supuesto, me quedé toda la noche parado en la barra esperando que el tiempo pasara rápido. En un momento hasta tuve la desgracia de cruzarme con uno de mis torturadores del colegio sin embargo, más allá de eso, el hecho era que estaba contento por lo que la situación simbolizaba. El momento de máximo deleite fue cuando, finalmente, se hizo el amanecer y pude volver en un taxi con las chicas. Lo había hecho, había vivido.

Durante todo ese año también asistí a un par de fiestas de egresados de los chicos que había conocido en el modelo de Naciones Unidas y lo que siempre disfrutaba era el momento de irme. Miento, lo que amaba más que nada era cuando íbamos a desayunar al otro día. Ahí podía relajarme y sentirme como parte de un grupo. Experimentar ser aceptado y tolerado. O así, por lo menos, lo veía yo. Era más de lo que había tenido hasta ese momento.

Ese mismo año terminé invitando a las chicas de inglés a mi fiesta de egresados. Se sintió bien verlas ahí. Sentí que conocía personas fuera del ámbito del colegio. Durante el CBC y el año que le siguió seguí yendo a ese instituto de inglés. Si bien no volví  a salir con ellas, seguía repitiendo la rutina de quedarme hablando  luego de que terminaran las clases y, muchas veces, aprovechaba para acompañarla a Estefanía hasta su casa. Nunca me animé a invitarla a salir o a intentar algo. No sabía cómo hacerlo. Recién en la fiesta de egresados de mi hermano (a fines del segundo año de la universidad) me animé, por fin, a invitarla a salir. Ella me dijo que estaba de novia. Nunca más la volví a ver. Esa fiesta realmente fue una mierda. No solo significó reencontrarme con gente indeseable sino un recordatorio de que, mientras otros levantaban, yo no había hecho muchos avances en la materia. Mientras yo intentaba chamuyarme a alguna mina en forma muy infructuosa y fracasaba miserablemente, mis ex compañeros seguían su rutina de pervertir a cuanta pendeja podían. Era frustrante, no sabía ni cómo sexualizar, ni como tener esa actitud pícara, ni cómo hacer correctamente kino. Ni siquiera sabía como hacerlas reír en esos lugares tan particulares que eran los boliches. No sabía nada. Escribí un pequeño cuento sobre esa noche. Sí, “La fiesta inolvidable” se llamaba. Aunque la verdad fue bastante olvidable.

Episodio siguiente: No me olvides

Episodio anterior: La primera salida

Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social