UNA AVENTURA POR LA SÚBITA MUERTE

Me desperté como si hubiese vivido el sueño más largo de mi existencia, a mi lado como un ángel reposaba el cuerpo adormecido de Valeria, mi mejor amiga, quien vestía un hermoso traje blanco como la nieve; nos encontrábamos en una habitación con dos bellas e idénticas camas para descansar y una pequeña mesa de noche con una lámpara de lectura sobre ella la puerta era de madera y se podía abrir como un acordeón.

Me levanté de la cama y extrañamente me sentía como si estuviera volando, como si aún estuviera internada en un leve sueño del cual no quisiera despertar, para mi sorpresa yo vestía un traje idéntico al de Valeria, era un bello vestido blanco, lindo como el de una boda real.

Desperté a Valeria quien también se sentía extraña y salimos de allí. Era una mañana esplendorosa, el sol eclipsaba los verdes árboles a nuestro alrededor, parecíamos estar en la mitad de un bosque encantado rodeado de fervientes rosas rosadas, como en aquellos cuentos de hadas que de niña mi mamá leía al dormir.

Frente a nuestra habitación se encontraba una bella pileta de agua, tan cristalina como un diamante, en la distancia destellaba la claridad de una deslumbrante trenza de agua que bajaba tras la montaña y se perdía en la mitad de aquel bosque encantador. Todas las personas del lugar, que aun para nosotras eran desconocidas vestían elegantes y hermosos tajes blancos, parecía una fiesta disfrazada de paz y tranquilidad.

Caminamos por aquel pueblo que se convertía ahora en una pequeña ciudad y nos estremecíamos al ver la majestuosidad de cada detalle naturalmente maravilloso, no sabíamos cómo habíamos llegado a este mágico lugar, lo cual nos hacía pensar que estábamos viviendo un cuento de hadas jamás imaginado.

Llegó la noche nuevamente y descubrimos que las habitaciones cambiaban cada día, se podían pasar como persianas una tras otra, siendo todas iguales. Con muchos interrogantes en nuestra mente nos dirigimos a una de ellas y postramos nuestro cuerpo sobre la suave cama de plumas y terciopelo blanco.

No sé si fue un sueño lo que tuve esa noche, pero en él estaba con Valeria en el colegio, juntas con nuestro uniforme de gala en medio del recreo, los juegos y la diversión; observábamos a nuestros compañeros jugando y hablando de nosotras como si no estuviéramos allí, y como si jamás nos volvieran a ver. Me acerqué detenidamente a Natalia, una de nuestras amigas y pregunte que pasaba, fue un momento tan extraño aquel; ella parecía no verme y de repente caminó atravesando mi cuerpo ahora enmudecido.

– ¿Que sucede? – pregunto Valeria con asombro, parece que fuésemos fantasmas en el colegio, todos nos ignoran y no pueden vernos.

Nos incorporamos de un salto y nos encontrábamos nuevamente en aquella extraña habitación, mil preguntas rodeaban nuestra inmadura mente, el delirio de persecución ahora era evidente tras nosotras, queríamos respuestas alentadoras que nos indicaran que estaba pasando.

Volvimos a dormir y en mi sueño llegaba a lo que parece ser una clínica u hospital, mis padres lloraban atormentados, mi madre desconsolada abrazaba a mi padre y gritaba al cielo con llanto de dolor. – No es justo Señor mío, te has llevado hace muy poco a nuestra hija y ahora quieres arrebatarnos a la única hija que nos queda. El llanto de mamá se veía tan real que lloré junto con ella; – ¿Que querían decir aquellas palabras? – Me pregunté. Yo también estaba allí.

Quise consolar a mí madre y para tormento mío descubrí que tampoco ella podía verme, – “es el sueño más extraño de mi vida”, pensé; – ¿acaso estoy muerta y aún no lo sé? –Me pregunté con ansias de mil respuestas, y volví a estremecerme en la cama junto a Valeria quien no podía dormir.

–¿Que sucede? – Me pregunto asombrada, al ver el espanto que reflejaba mi rostro. Yo la miré inquieta y con lágrimas en los ojos me acerque a su cama y le dije, -¿estaremos muertas ahora y esto será en esencia el cielo a donde hemos llegado?

Justo en ese momento el sol se posó en nuestra ventana y aclaro el día, decidimos salir de nuevo; frente a nuestra habitación un hombre alto y bastante apuesto esperaba, – ¿Cómo están niñas? – pregunto con alegría. Con gran curiosidad me afane a contestar – un poco inquietas a decir verdad, puedes decirnos en donde estamos, y que es todo esto que nos ha pasado, y le conté con gran detalle los sueños que habíamos tenido con Valeria y el que luego había tenido yo en el hospital.

– ¡No fue un sueño! – contesto con seguridad y audacia. Con gran asombro se asomaron nuestros ojos como la luna llena en la noche, cuando ilumina el hermoso cielo nocturno en la oscuridad. – Fue tan real como este mismo momento – volvió a decir aquel hombre.

– No puede ser real – desgañito Valeria con asombro. Aquel hombre señaló unas hermosas sillas azules y nos indicó que nos sentáramos a hablar, luego nos contó sin omitir detalles que nos encontrábamos en el cielo y nos acercó a la pileta de agua que ahora era tan cristalina como el aire en la mañana y nos mostró lo que parecía ser nuestra vida en la tierra.

–Interpreten y vean bien cada detalle de esta imagen – nos dijo el hombre, y cuando empezamos a divisar aquel momento recordamos cada instante que ocurrida tras el espejo del agua y sentimos cada punzada de felicidad, alegría, dolor y tristeza que ahora desgarraban nuestra impaciente alma.

Recordamos juntas en ese momento la que parecía ser nuestra última hora de vida.

Serían las 15 horas, tiempo de embarcarnos en el más benevolente viaje de nuestra historia, que aunque fuese diario, era para nosotros tan esperado y libre que comprendíamos la felicidad prematura y rozagante de nuestra adolescente vida, con tan solo disipar la no muy larga jornada del colegio, viajábamos por más de una hora hasta llegar a nuestro destino, la humilde morada, el caluroso hogar de nuestros padres que siempre esperaban a la mesa con una deliciosa comida compuesta de arroz y papa y alguna vez si era justo la proteína de un nutritivo huevo.

Nada me hacía más feliz en aquel entonces, caminaba desde la parada de mi ruta escolar por el sendero de mis pensamientos, bajo los gigantes árboles que abrigaban la sombra del candente sol sobre mi cabeza.

Nos encontrábamos en undécimo grado de colegio, abrigados por lo inhóspito de la tecnología que carcomía el cerebro de las almas libres, ahora convertidas en depredadores de las redes. Era martes y el día continuaba como siempre, me encontraba ubicada en el tercer asiento del autobús divisando el paisaje del bello campo dirigido al gélido atardecer de la brumosa montaña encapotada, que dividía nuestro pueblo del ermitaño monte de la tierra cálida de occidente, en aquella silla siempre me ubicaba junto a mi entretenida amiga Valeria, quien vivía poco antes de mi llegada a casa, siendo las ultimas estudiantes en desembarcar el arduo viaje; aquella era nuestra posición de siempre porque podíamos admirar la simpatía de los chicos que con sus mejillas sonrojadas y dos talismanes encantados, observaban nuestro rostro cada día. Eran ellos quienes llenaban de magia nuestro inocente corazón, tan solo teníamos 15 años y estábamos en medio de la pubescencia florecida, pero ya nos entusiasmábamos con las palabras dulces de un amor oculto.

Perseguíamos la seductora tentación de un beso camuflado en sonrisas que a nuestro parecer deslumbraba amor, éramos felices aunque no lo sabíamos, queríamos siempre tener más de lo que podíamos manejar y la independencia era para nosotras la profunda arma del equilibrio emocional, no nos dábamos cuenta de lo que teníamos, nos adentrábamos en el bosque infinito de la superficialidad sin entender la importancia de la misma vida.

Nuestros ojos infinitos se deslumbraban con las fantasías humanamente materiales y el éxtasis de lo prohibido era lo más anhelado por nuestro corazón, fingíamos la tranquilidad infinita en nuestra clase, pero nuestra alma llena de dolor cautivo, se sumergía en el mar de la desolación e intentaba aniquilar los pensamientos suicidas de aquel entonces.

Nos contábamos todo lo que nos sucedía en nuestro hogar, los delirios de jugar a las escondidas cuando estábamos lejos, cuando pedían de nosotras un favor y nos divertía la adrenalina de la prohibición del deseo, el juego de muñecas ya no era el mismo, la infancia había marcado en nuestra mente la persecución abstracta del dolor, del dolor silencioso y oculto que trasegaba nuestra adolescencia entre la matemática y la consecución de la vida.

Nuestros padres, afligidos por la terquedad de nuestra rebeldía, cohibían nuestros espíritus errantes que buscaban libertad, amarrándolos a la frivolidad de la rutina diaria y con total impedimento de las cosas que en aquel momento eran para nosotras prioridades.

El viaje transcurría con normalidad; Charly, el chico que me gustaba iba al otro costado del bus y cada vez que podía sin mi atención, penetraba su audaz mirada llena de inquietante deseo sobre mi rostro, pensando plenamente que yo no me daría cuenta de sus intenciones, pero era indiferente ante el espejo reflector en que la montaña convertía el cristal del bus; por el cual y sin que él se diera cuenta no parpadeaba mi deseo de verle cada día.

Sacudía mi indeleble dolor entre el trasegar de mi tristeza y la fortuita mirada de mi felicidad, era mi primer amor y en silencio lo amaba, lo amaba con un amor bonito, un amor prematuro pero puro, mi corazón latía cuando una enorme sonrisa brotaba de su rostro y en mis sueños se postraba junto a mi agarrando mi mano con el mismo amor.

La adolescencia ahora estimulaba nuestra razón y daba golpes en la puerta de la felicidad, solo bastaban unos minutos para que todo aquello que había sido alegría, risas y aventuras tuviera y fatídico final, para que la gran historia de adolescentes y de apoyo, comprensión y amor con quien fuese mi mejor amiga, tuviera punto final en su último capítulo; el telón de aquella magnífica obra estaría a punto de cerrar.

Siendo aproximadamente las 3:30 de la tarde recorriendo la última y expectante milla para llegar a casa, justo antes de que mi amiga descendiera del autobús, un fuerte sonido produjo el más escalofriante dolor y la angustia de lo que sería el fin se apodero de nuestras inocentes mentes ahora cautivas en el delirio del final. La velocidad del bus ahora vacío y la imprudencia de quien fuera el culpable de tan afable y tormentoso momento, cegaron los sueños de dos amigas. El choque fue bastante fuerte, un grito de miedo salía de nuestro corazón brotando el último suspiro de nuestro pecho ahora ahogado, el conductor del bus falleció al instante y yo agarrando la mano de Valeria y con voz entrecortada le dije.

-“amiga creo que este es el final de nuestra aventura sumergida entre juegos, amigos y tareas, Dios y la vida ahora nos tienen otro camino”, y Valeria agarro con fuerza mi mano y llorando de dolor y desconsuelo fijó su mirada ante mis ojos, yo proseguí y le dije casi sin aliento ni respiración; – “quiero que sepas que te quiero y que más que una amiga has sido para mí una hermana, perdóname por cada vez que te hice sentir mal, si juntas emprendemos este camino de la mano, espero verte allí sonriendo y ver brillar tus hermosos ojos como dos verdes talismanes dispuestos a luchar por un sueño en donde no habrá vida.

Valeria con su rostro húmedo entre los cristales de su dolor, acarició mi rostro y respirando ya sin fuerzas murmuro – “pido a Dios me perdone por lo que sin pensar haya hecho daño a quienes quiero” – y con un suspiro hondo expiró.

Los gritos de los testigos no se hicieron esperar, yacían bajo las latas del bus tres personas atrapadas. Los padres de Valeria que vivían cerca gritaban angustiados, anhelando ayuda de todos los medios que fueran posibles.

Luego de un rato de gritos, llantos y sirenas de las ambulancias que llegaban a rescatarnos, abrí nuevamente los ojos y la Sra. Elizabeth quien era la mamá de mi amiga se acercó a mí con sus ojos cristalinos de tanto llorar.

Abrazaba el cuerpo ya vencido por el dolor de la muerte de su amada hija, quien agarraba mi mano y me dijo; – resiste hija – y esas palabras paralizaron mi débil corazón. Con lágrimas en mis ojos y con la plena seguridad de mis deseos, hice un esfuerzo por hablar y dije. – puedes decir a mis padres cuanto los amo y que estaré bien entre los ángeles del cielo, cuidando de ellos y de mi hermosa hermanita quien es mi tesoro, y tras estas palabras envueltas entres suspiros ya sin aire, la Sra. Elizabeth abrazó también mi cuerpo y luego de un quejido me reuní con Valeria en el sueño más profundo de la vivencia humana.

– Ahora entienden – dijo nuevamente aquel hombre a nuestros rostros inmersos en cristales que rosaban nuestras mejillas sonrojadas, están en el cielo y son ahora ángeles del Señor. Y volviendo la mirada fijamente ante mí dijo. – ya lo sabes, anoche en tu sueño bajaste a la tierra como lo podrán hacer cada vez que lo deseen.

-Si, dijo con la voz entrecortada, tu hermana está en un coma permanente, a punto de reunirse contigo aquí en este maravilloso lugar, -No es justo, grité con fuerza, mis padres no nos pueden perder a las dos, y agarrando a aquel hombre del brazo le dije, – dime si puedo hacer algo para salvarla, y mirando mi triste rostro respondió, – si puedes hacer algo – y un silencio invadió por unos segundos el lugar, debes perdonar de corazón a alguien que te hizo mucho daño y no volverás a bajar a la tierra a ver a tus seres queridos, tendrás ahora paz en este lugar, solo podrás ver a quienes más te aman, como acabaste de ver lo que sucedió en la pileta mágica del reflejo, al dejar caer tus lagrimas sobre la pureza de este manantial, se reflejará lo que más anhela ver tu corazón. Suspiré y apague la mirada pensando en aquel hombre que había hecho de mi infancia un martirio abominable, sentí la plena necesidad de perdonar el dolor que había causado a mi inocente cuerpo y a mi puro corazón, y levantando la mirada a lo alto perdoné de corazón al traidor de mi virtud.

En ese momento el viento sacudió las ramas de los verdes árboles y la brisa se hizo suave acariciando mi rostro adormecido de dolor. –Ven, acércate – insinuó el hombre acercándose a la fuente, de pronto mis lágrimas caían sobre el agua y como un acto de magia, se reflejaba en ella la imagen de la mis padres abrazados frente a la cama de mi amada hermana convaleciente, no había más movimiento, solo el sonido de las máquinas que permitían a mi niña vivir. De pronto, con un fuerte aliento sus ojos evocaron la alegría excepcional de la vida misma, mi hermana despertaba del coma en la tierra, y yo en el cielo veía con alegría la felicidad de mis padres que ahora no solo tenían a su pequeña hija de vuelta, sino también tenían a un ángel protector en el cielo. Yo me encargaría de velar por su felicidad, de dar a mi tesoro más preciado que era mi pequeña hermana, la felicidad que merecía y con la cual mis padres serían felices también. Mamá lloraba mi pérdida y yo desde el cielo enjugaba sus lágrimas para alimentar la fuente que me revelaba la vida de quien amaba mi existencia y pedía al Creador por el alma de esta inocente niña que ahora cumplía su profecía en el cielo.