Tocar fondo

Perdoname, no te conté lo del viaje a Croacia. Eso sí que es importante. Fue en Julio del 2012. Ya había terminado el primer máster y ya me había inscrito en el segundo. Ahí sí que toqué fondo. Ahora te cuento.

Che, me agarró hambre ¿Pedimos algo? Esto es lo que más me gusta de Colombia: la comida. Ya me conocés, soy un paladar exquisito. Pasame el menú. Creo que voy a pedirme una bandeja paisa ¿Vos que querés? Dale listo, ahora llamo al mozo ¿Un barril sin fondo yo? Ahora sí, pero porque estoy pesando 63 kilos de vuelta. Si me hubieras visto en la época de Francia. Llegué a pesar 85 kilos. Fue por el medicamento que había empezado a tomar para la ansiedad. Una mierda la verdad. O no, no lo sé, tal vez me ayudó más de lo que pienso. Pensá que fui flaco toda mi vida. A los 19 años pesaba tan solo 56 kilos y estaba re traumado por eso. Iba al gimnasio todos los días para ver si subía de peso pero nada. Me hacía sentir muy inseguro ser delgado, sobre todo con el tema de las mujeres. Ahora que lo pienso era una estupidez. Es más, prefiero ser flaco antes que tener la panza que tuve en Francia. A esa edad, cuando estaba terminando el secundario, lo único que quería era subir de peso. Cuidado con lo que deseas dicen.

¿Qué? ¿Lo de Croacia? Ah, sí. Ese viaje…Como te había dicho, ya venía en picada con el tema de la depresión. Y aquel exabrupto con la chica del chat no era el primero ni sería el último. Durante años había acumulado mucha frustración y mucho rencor. De hecho, desde hacía años que todo el tema de encarar minas me venía estresando mucho. Sí, escuchaste bien. No es que me ponía nervioso. Al contrario, desde que comencé la facultad me había vuelto híper extrovertido y muy cara rota. Lo que pasaba era que me estresaba el proceso de encararme una mina. Me angustiaba el hecho de no saber qué hacer. Encima, como ya se había fijado el fracaso como un resultado habitual, me negaba a encarar para no sentir esa sensación de ser rechazado. No era miedo al rechazo lo que sentía sino, más bien, odio y cansancio al vivir una y otra vez el mismo resultado. También sentía algo de tristeza. Quería evitar a toda costa la sensación de frustración y, para eso, evitaba chamuyar.

Ya para el 2008, cuando me fui de viaje con Fernando, Seba y mi hermano al norte argentino, había adquirido esa mentalidad. No quería ni pensar en encarar. La idea de ser rechazado me deprimía. Como te dije, la calentura exacerba todos esos sentimientos negativos: la frustración, el odio y la tristeza. Quería evitar todo eso y, simplemente, disfrutar del viaje, de los paisajes y de la comida. Fui con esa idea en mente.

Para la época en la que hice el tristemente célebre viaje a Croacia ya llevaba cuatro años acumulando mierda mental y, encima, se sumaba la vivencia en París. Definitivamente, solo quería disfrutar de ese hermoso país con mis amigos. Era la segunda vez que visitaba aquel lugar. La primera vez había sido el año anterior con Santiago (sí, el mismo de Francia con el que, luego, conviví un tiempo). Habíamos ido durante el período en el que estuve en Israel.

Siempre recuerdo esa sensación de paz flotando en el mar Adriático. Eso era todo  lo que quería: ir a ese paraíso terrenal con mis amigos de toda la vida y disfrutar. Alejarme de la miseria existencial que me oprimía.

La idea era ir con Fernando y un compañero de él de la universidad, Luis. Me había gustado tanto aquel lugar que los había convencido: ese debía ser nuestro destino obligatorio. Ellos justo estaban  haciendo un intercambio en España.

¿Fernando? Sí, era el hermano de mi ex compañera de la secundaria. El que me había ayudado a socializar. Tantas veces había venido a casa de chico que terminó convirtiéndose en uno de mis mejores amigos. Era parte de un grupo de amigos que se armó al terminar la secundaria. Un conjunto en donde se mezclaban mis amigos de siempre y unos amigos de mi hermano. Igual esa es otra historia.

La cosa es que, al final, terminaron trayendo a una compañera de ellos de la universidad que también estaba haciendo un intercambio. Y yo con la idea de que no quería saber nada con ninguna mina. Menos una porteña cheta. Sí, ya para ese entonces, tenía el prejuicio con las minas de las universidades caras. Encima la facultad  a la que asistan ellos era la más cara de Argentina, donde cursaba toda la sangre azul del país. Una onda como la Uniandes acá en Colombia. Sí, claramente la experiencia de la maestría en la Di Tella en 2009 no me había ayudado mucho. De todas formas, creo que ese prejuicio lo había engendrado mucho tiempo antes. Realmente me cuesta rastrearlo ¿Cuando me volví tan prejuicioso? La verdad no lo sé, pero la frustración afectiva y profesional pudieron haber sido los catalizadores. Vos sabés que cuando uno se frustra busca culpables. Evitamos asumir la responsabilidad. Y, precisamente, eso es lo que hacía constantemente: externalizaba mis fracasos para no hacerme responsable.

Me acuerdo que estaba muy emocionado porque ellos vinieran. A Fernando no lo veía desde hacía más de un año y, con lo solo que me sentía, experimenté un gran alivio al reencontrarme con él. Además era realmente todo una aventura recorrer Croacia con ellos. A Luis ya lo conocía porque jugaba al fútbol con él. Era un buen pibe. Seguro que la íbamos a pasar re bien, siempre había querido hacer un “Euroviaje” con alguno de mis amigos de la infancia.

La idea fue encontrarnos en Budapest para luego alquilar un auto y partir hacia alguna ciudad Croata. Yo llegué primero así que me encargué de buscar un Hostel para todos. Una chica muy simpática que conocí en la callé me ayudó a encontrar un lugar ya que la mayoría estaban llenos. Viste como son las temporadas altas en Europa. Sí, esa capacidad de “abrir” en la calle siempre la tuve. Extrovertido y cara dura siempre fui.

Cuando estuvo todo listo me fui hasta el aeropuerto a buscarlos. Llegué temprano así que me puse a hablar con alguien como de costumbre. Finalmente, el avión llegó y fui corriendo a la entrada. Cuando los vi, realmente me alegré mucho y los saludé con un fuerte abrazo. Luego me presentaron a la chica que venía con ellos. Jazmín era su nombre. La verdad que me rompía soberanamente las pelotas que la hayan traído. Para ese entonces casi podría decirse que tenía un odio visceral hacia las mujeres, sobre todo hacia las particularmente atractivas. Sí, ya sé que parece re extremo. No me mires con esa cara ¿Vos creés que soy el único que piensa así? Si pudieras hacer vomitar los pensamientos de cualquier persona en una hoja de papel o en una computadora y vieras todas sus reflexiones te sorprenderías. El espíritu humano es complejo. Insisto, cuando conoces hasta el último milímetro del alma de una persona vas a poder entenderlo. Tal vez no puedas justificar sus acciones pero, al menos, serás capaz de ponerte en su lugar. Ya te voy a contar como llegué a pensar y a sentir de esa forma. Seguro que para esta altura pensás que soy un loco de mierda o un misógino, o peor. Ni me imagino lo que pensarían algunas de esas fanáticas feminazis que están de moda hoy en día en Buenos Aires. Esa es la primera impresión que, de seguro, alguien tendría si considerás solo lo que te conté hasta ahora. Cuando veas como surgió el rencor vas a entender, e incluso vas a sentir lastima por ese chico que fui y por todo lo que sufrió. Después vas a ver como el rencor se fue curando y se diluyo en esperanza y perdón. El ser humano es complejo. No hay malos ni buenos. Solo personas que viven, experimentan, se alegran y sufren.

Como te decía, cuando la vi a esta chica la saludé cordialmente y me puse en modo personaje. Escribí un artículo sobre esto de ser un personaje y no una persona. Sí, “El baile de las máscaras” se llamaba. Me alegro que te haya gustado. Como lo describí ahí, para poder sentirme cómodo, me ponía en esa suerte de “modo” personaje medio payaso que hacía reír a la gente. Aquella era la forma que había encontrado luego del secundario para integrarme, para poder pertenecer y para poder ser aceptado. Me ponía a hacer cosas locas y actuaba en forma histriónica. La gente siempre se reía y decía: “Que personaje”. No era una persona, era un ente abstracto. Y, desde hacía un tiempo, era mi forma de esconder la miseria que sentía. De reprimirla hasta que estallara.

Cuando llegamos al hostel les empecé a contar en forma caricaturesca lo que había descubierto de la ciudad. Ellos se reían. Yo me reía. Me hacía bien hacer reír a los otros. Siempre decían “que loco que estas”. No me importaba, por medio de esa máscara me protegía de ser rechazado. Prefería eso que mostrarme vulnerable.

Esa misma noche salimos a tomar algo. Como sabía que en un mes el dinero de la beca dejaría de fluir y tendría que mudarme, estaba en lo que denominé en aquel entonces como una modalidad suicida. Quería encontrar un trabajo pero nada salía. Me la pasaba repitiendo que: “dentro de un mes se acaba todo y me tiro de un puente”. Era mi forma de expresar que no veía la luz al final del túnel. Era mi manera de ocultar mi depresión, comportándome como un payaso y haciendo reír a los otros. No sé si lo sabés pero cuando uno está deprimido le agarra una compulsión de gastar plata frenéticamente. Literalmente tenía la idea de que, después de la fecha en la que me tenía que mudar, se acabaría el mundo ¿Y qué hacés cuando creés que el mundo se va a terminar? Te podes gastar toda la plata que tenés. Y eso hacía. Me la pasaba invitando tragos y cervezas. El alcohol hacía todo más divertido. La verdad nunca fui de tomar pero en esas circunstancias… Digo, el mundo se iba a acabar ¿No?

En ese estado alcohólico era cuando me venía la calentura. Y bueno, habían traído a esta mina que estaba más o menos buena. Hoy en día no le hubiese dado ni pelota. Digo, estaba en Europa del Este. Pero, en esa época, yo era muy distinto. Imaginate, estaba lleno de mujeres hermosas y yo perdiendo tiempo y energía con una porteña pelotuda. Igualmente, ya sea con ella o con otras mujeres, no sé si hubiera podido hacer que pasara algo. Digo, no sabía cómo hacer. No sabía nada. Así que improvisaba, hacía cosas que pensaba que iban a funcionar y que, obviamente, terminaban siendo un desastre. Cuando uno empieza a chamuyar minas sacás material de donde podes: amigos, amigas, películas, etc…Y la mayoría de los consejos que recibís son naturalmente una mierda. De todas formas, en esas circunstancias, apenas me importaba hacer algo coherente. Como te dije, simplemente estaba en ese estado de “en una semana se acaba todo”.

Estando en un bar comencé a pedir cervezas y tequilas. Invitaba yo, por supuesto. Y, cada vez que nos sacábamos una foto, hacia la típica del baboso de darle un beso en la mejilla a esta chica. Sí, un verdadero pelotudo. En un momento estaba tan borracho que llegué a comprarle una rosa y a arrodillarme en medio boliche. Un desastre lo sé, y puedo seguir contándote sobre otros miles de actos pelotudos como ese.

Al otro día nos levantamos temprano para recorrer la ciudad. Creo que pasamos un día más en Budapest y luego partimos a Croacia en auto. Por lo que recuerdo, el resto de la estadía la pasamos bien. Más allá de mis “bizarreces” había un buen clima. Jazmín todavía no se sentía incomoda. Hasta ese momento yo era tan solo un personaje y no un ser molesto y baboso.

Al llegar a Croacia las cosas empezaron a cambiar. Mi estado de ánimo se volvió más errático. Creo que debido a que la calentura sexual aumentaba a un ritmo exponencial. En los viajes con amigos me era difícil echarme una buena paja para descomprimir la tensión (la cual se venía acumulando desde hacía años). Eso hacía que las emociones negativas se intensificaran.

La primera noche la pasamos en la capital, Zagreb, y ya en el hostel empecé a ser medio pesado, no obstante, lo peor empezó cuando llegamos a la costa. La idea original de Fer y Luis era que esa mina terminará conmigo,  o algo así. Pero, lo cierto, era que, dadas  mis escasas habilidades sociales y mi deprimente estado de ánimo, la perspectiva no era de lo más favorable para que eso ocurriese.

Estando en una casa que habíamos alquilado en una ciudad costera comenzamos a jugar al famosos juego “Yo nunca” para entrar en calor antes de salir. Luego de eso, nos propusimos recorrer la ciudad un rato. En un momento Fer y Luis desaparecieron con la intención clara de que Jazmín y yo quedáramos solos. Al hacerlo, los empezamos a buscar pero, al no tener éxito, terminamos en una suerte bar tomando algo. En forma muy torpe le quise dar un beso a lo que ella me esquivó con una expresión de incomodidad aunque manteniendo una sonrisa fingida. Sí, a vos que me conociste ahora te cuesta imaginarlo. Realmente era un desastre. No tenés idea. Al final volvimos a la casa y nos encontramos con los chicos. Lentamente la bronca y la frustración me consumían. Te juro que esa noche habré soñado unas diez que me la cogía. Así de caliente estaba. La realidad era más que triste. Nada pasaba y cada momento sentía más angustia, la cual se retroalimentaba con la frustración sexual y la depresión en un círculo vicioso que parecía no tener fin.

Al día siguiente, todas esas emociones habían derivado en angustia. Y, si bien seguía “intentando” levantarme a esta chica, lo hacía de formas cada vez más “descalibradas”. Ella comenzaba a sentirse realmente incomoda. Mi actitud de baboso, por más que era diluida en la figura del payaso, comenzaba a descontrolarse. De hecho, cuando bebía era cuando más descalibraba, haciendo cada vez más seguido eso de darle un beso en la mejilla durante las fotos o cosas así medias pelotudas como abrazarla todo el tiempo. Al abrazarla, podía sentir su incomodidad a través de las típicas y horribles palmaditas en la espalda. Seguro que las sentiste alguna a vez, son horribles porque sabés lo que significan.

Para cuando llegamos a Split ya la angustia que sentía era realmente profunda. En un último intento patético para ganarme su afecto llegué a gastar casi 50 euros en un ramo de flores. También llegué hacer alguna que otra payasada bastante patética. Como te digo, el personaje era mi forma de tolerar el rechazo pero la máscara estaba a punto de caer. Ya no daba más. Estaba casi en un punto de quiebre. Te puedo asegurar que los primeros días del viaje le caía bien a la chica. Sin embargo, para esa altura, la verdad que no creo que ella tuviera muchas ganas de estar cerca mío. Digo, me la pasé todo el viaje siendo un baboso pelotudo y un payaso gracioso que le decía que estaba re buena y que tenía un re lindo culo (a pesar de que Luis insistía todo el tiempo que lo tenía re caído). Sí, lo sé…reíte todo lo que quieras. Dios sabe que no soy el único ser humano que actuó así alguna vez en su vida.

Lo triste es que ahora me hubiera chupado un huevo una mina como esa, hasta probablemente la persona que soy ahora hubiera podido levantársela. Sin embargo, esos eran otros tiempos. Los últimos de una era muy oscura. Por lo menos en ese aspecto.

La idea de la última noche era hacer algo llamado “Pub Crawl” que básicamente consistía en un recorrido guiado por varios bares antes de terminar en una suerte de boliche /disco. La propuesta era interesante y se hacía con un grupo numeroso. Ya para ese entonces la angustia me había consumido y podía sentirla en cada centímetro de mi cuerpo.

¿Alguna vez sentiste esa sensación en estado puro? Es espantosa. Se concentra más en la base del cuello y casi como que te impide respirar. Es como si la tristeza adoptara la forma de una bola de grasa y se atorara ahí ¿Lo sentiste alguna vez? ¿Viste que a todo el mundo le pasa? No, la ansiedad es distinta. Se siente en el pecho y es más difusa. Es otra cosa. Bueno, eso era lo que sentía. Melancolía en estado puro condimentada con bronca y resentimiento. Era horrendo y, como no me podía sacar la sensación de encima, a medida que recorríamos los bares me la pasaba tomando un trago tras otro esperando que el alcohol deshiciera esa sensación horrible y esa maraña de sentimientos tóxicos. Tan miserable me sentía que me la pasaba comprando tragos. Y, como no quería ser el único borracho, les compraba a mis amigos también. Seguía quemando plata digno de ese estado suicida del que te hablé

Pensá que soy un tipo que siempre tomó muy poco y estaba chupando como nunca. Realmente me quería hacer mierda. Quería que esas sensaciones y emociones se diluyeran. La noche avanzaba y cada vez los saltos temporales se hacían más y más largos. En un abrir y cerrar de ojos me transportaba de un bar a otro. El tiempo cada vez pasaba más rápido hasta que, de repente, oscuridad. Nunca me había pasado eso. Nunca había tomado hasta al punto de no recordar nada. Era la primera vez que me pasaba algo así.

Cuando abrí los ojos estaba en la habitación del hostel en una cama grande. Por algún motivo tenía una malla puesta. No me acordaba de nada. Eso sí, me sentía como el culo. Totalmente deshidratado y, probablemente, con la presión arterial por la nubes. En aquel momento supe que había tocado fondo.

Camino al aeropuerto casi ni hable. Entre que me sentía mal por la inusual resaca y entre que estaba algo despistado no tenía muchas ganas de decir nada. Fernando me había mencionado que cuando estábamos volviendo del boliche yo había caído en un estado desconsolador. Aparentemente, con una tristeza absoluta, había expresado en palabras toda la miseria que experimentaba por sentirme rechazado, no querido, solo. Lo detuve ahí mismo. No quise saber lo que había dicho. Me daba vergüenza y mucho miedo escucharlo. Sí, que querés que te diga. A veces nos cuesta escuchar la verdad, incluso de nuestra propia boca.

Al llegar al aeropuerto saludé a mis amigos y luego a Jazmín. Le dije algo como: “Nos vemos en otra vida”. Nunca más la volví a ver aunque sí tuve la oportunidad de intercambiar unas palabras por Facebook unos años más tarde. Pasarían tres años hasta que volviera a Croacia. Esta vez con otros amigos y en circunstancias totalmente distintas. Aunque esa es otra historia.

Episodio siguiente: La noche porteña

Episodio anterior: Los últimos sinsabores

Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social