No me olvides

Las cosas no son lo que parecen. Todos tenemos historias que contar llenas de contradicciones. Somos seres paradójicos. Esta chica Mane, por ejemplo. Ella me quería, a su manera, más allá de que hubiera una suerte de mutuo aprovechamiento inconsciente. Es más, ella intentó ayudarme a levantarme a una chica por chat cuando vino a casa. Y, de hecho, una vez consideró presentarme a una de sus amigas. Al final no lo hizo sin embargo tuvo la intención. Supongo que yo era demasiado impresentable o, más bien, ella sabía que yo no era lo que sus amigas buscaban. A esa edad las minas quieren a un chamuyero o un dealer de cocaína. Igualmente, ¿que sabía yo? Ahora sé que eran pendejas pero yo también era un pendejo así que para mí, en aquel entonces, todo era lo mismo. A ella la volví a ver un par de veces antes venirme a Colombia. Si bien jugó su rol en la película de mi vida, nunca sentí que llegáramos a conectar a un nivel profundo. Tal vez ahora, si la vuelvo a ver, podamos entendernos mejor aunque la verdad no lo sé, qué se yo.

El CBC transcurrió así, entre la cursada, un par de juntadas y salidas con este grupo de la universidad. No conecté con ninguno de ellos y no los volví a ver jamás, por más que ese año quise considerarlos mis amigos. Después me di cuenta que era un outsider en su grupo. No compartía ningún gusto con ellos. Ni de música, ni de programas de televisión, ni de salidas. Hasta ese momento siempre me había costado conectar con los grupos. Normalmente me quedaba callado en las reuniones. Me era más fácil generar empatía a nivel individual. Por eso me hice muy amigo de este chico, Tony,  a quien ya te había mencionado. Sí, el que había conocido en el modelo de Naciones Unidas. Compartíamos el mismo humor y el mismo gusto en películas. Eso es importante.

Algo de lo que no me puedo olvidar es lo que ocurría en las juntadas de estudio. Siempre los chicos se la pasaban haciéndole comentarios burlones a Mane y ella se reía poniendo una actitud falsa de estar ofendida. Básicamente, lo que hacían eran comentarios provocadores y juguetones. Sí, lo que en el mundillo de la seducción llaman “negas”. Claro que en aquel entonces no tenían nombre para mí. De todas maneras, creo que, inconscientemente, empecé a percibir que ese tipo de actitud provocadora y algo arrogante, así como esos comentarios burlones y picarescos, tenían un efecto positivo en las mujeres. Viéndolo en retrospectiva creo que durante ese año incorporé todo eso a mi personalidad inconscientemente. Claro que no estaba muy calibrado y, si bien algunas veces me salía bien, otras veces quedaba como raro o, directamente, me pasaba de rosca y terminaba ofendiendo a la chica con la que lo aplicaba. Esto te lo puedo decir ahora, analizándolo fríamente. Te aseguro que antes de ese año no era de hacer esos comentarios o tener esa actitud. La mayoría de las cosas las aprendí por osmosis. El secreto del éxito es ese: juntarte con gente exitosa y absorber sus habilidades. Por eso mejoré un montón cuando conviví con Senshi y con Inspiron. Ya te voy a contar sobre ellos y sobre ese período medio orgiástico que viví. Sí, ya sé. No sé qué palabra querés que use. No puedo dejar de reírme cuando pienso en lo que fue esa etapa de mi vida.

¿Mis amigos del colegio? Esa es otra historia también. Bueno, creo que te había dicho que desde la primaria mis mejores amigos eran tres: Polilla, Cacho y el Gordo. De Polilla te había comentado que era el que más se había esforzado por mejorar su estatus durante el secundario, tocando la batería y haciéndose amigos de los populares. Después, durante la universidad hizo otras cosas también bastante acertadas para poder mejorar su interacción con las mujeres. El Gordo era uno mis amigos más antiguos, lo conocía desde el jardín de infantes. Él también hacía lo suyo. Actualmente estamos muy distanciados. A Pichu lo sigo viendo cada cuánto. Como le recomendé el curso de seducción tenemos a todo ese grupo en común. También le recomendé que hiciera stand up con mi profesor y le fue re bien. Estuvo en la televisión y en eventos muy importantes.

Con ellos se fue formando un grupo más grande que se conformó a partir del año del CBC precisamente. Se sumaron a él mi hermano, Fernando y un chico de su curso que se llamaba Carlos. Con este último desarrollé una fuerte amistad también. Después había dos más: Seba y Marcos que eran del curso que estaba entre el mío y el de mi hermano. Y finalmente vinieron las chicas. Los anómicos nos autodenominábamos. Ya te contaré como se desarrolló esa dinámica. Fue en paralelo a mis años universitarios así que por momentos las historias se mezclaron. Como todo en la vida. Aun así, no me quiero meter en ese tema todavía. Igual gracias por traerlo a acotación.

El segundo año de la universidad estuve más activo a la hora de socializar. Ya cursaba materias propias de la carrera y ya me había cambiado a economía. Me había gustado más que la administración. Y sí, para ese entonces ya había besado a una chica. Una rusa llamada Alla durante un viaje que había realizado a Inglaterra al terminar el CBC. Fue muy graciosa la historia. Un tanto patética también como todo en esa época. Lo cierto es que ya para ese entonces había probado el fruto prohibido por lo que mi libido había aumentado considerablemente. Con Tony nos seguíamos viendo. Ahora que recuerdo, fue el quien me había sugerido irme de putas para “ponerla” de una vez. Yo le dije que no me interesaba. A pesar de la calentura tenía mi orgullo y no quería hacer lo que hacen la mayoría de los hombres: “ponerla con una puta”. Durante la cursada me tocó interactuar con gente nueva. Esa era la magia de la UBA, cada cuatrimestre cursabas con gente nueva así que era un “borrón y cuenta nueva” todo el tiempo. Era una ventaja con respecto al secundario y a las universidades privadas donde el “hazte fama y échate a dormir” te condenan para toda la carrera si no haces las cosas bien. Por supuesto, para los alfas chamuyeros que se garchan a todas, las universidades privadas son el paraíso pero, para el tipo promedio (y aún más para el tímido descalibrado que era yo), pueden llegar a ser el infierno. Así fue como conocí a una chica de nombre muy común cuyo apodo era Mochi. Sí, raro ese sobrenombre. Según me había contado se lo habían puesto durante el secundario.

¿Si yo tuve un apodo?  Sí, yo también había heredado un sobrenombre de esos tiempos: Adró. No era muy original. Fue el invento de una rugbier descerebrado ¿Qué esperabas de uno de esos orangutanes?

La cosa fue que con esta chica cursé dos materias. La verdad que la pasaba muy bien con ella. Realmente disfrutaba su compañía y ella de la mía. O por lo menos así yo lo sentía ya que siempre se reía de mis chistes y nos juntábamos a estudiar seguido para los exámenes. Te la menciono porque recuerdo haber sentido un cariño muy genuino hacia ella. Cuando recordamos a las personas que marcaron nuestra vida, aquellas que aún permanecen en nuestra memoria, no recordamos una continuidad, sino fragmentos, momentos que definieron la relación con esa persona. Ella no es ninguna de las protagonistas de mi historia. No sé si constituya si quiera una actriz de reparto. Pero, por algún motivo, siempre me llena de una calidez sublime pensar en esos meses que interactué con ella. No sé porque. Tal vez porque siento que todo quedó inconcluso ¿No te pasa eso? Cuando algo queda sin un final, simplemente te quedás con ese sentimiento de nostalgia que te envuelve y te hace viajar en el tiempo. Es como el final abierto de una película. Te quedás esperando la segunda parte aunque nunca la filmen. Es muy rara la mente humana y es más extraña aún la forma en la que recordamos las interacciones con las personas que se cruzan en el camino de la vida. Algo así me pasa con la Colombiana ¿Sabes? Con la Argentina y con la Uruguaya siento que la película tuvo su final. No hay un “continuará” aunque las vuelva a ver. Se llegó hacia una conclusión que satisface a mi psiquis. La nostalgia es, en el fondo, el deseo de volver al pasado a resolver algo. Es la ansiedad de querer darle un final a una historia inconclusa. Puede que sea tanto una historia trágica como una comedia pero, en ambos casos, buscamos un cierre. La prueba que existe ese final es que podemos escribir o narrar la historia y llevarla a una conclusión lógica. De lo contrario…

Disculpá que me ponga así. Tampoco para mí es fácil hablar de estas cosas. Es necesario pero no es fácil.

Como te iba diciendo, teníamos lo que se podría llamar una linda amistad. Aunque ella era un poco rara con respecto a ese tema. Siempre nos íbamos caminando después de las clases y charlábamos de diversos temas. En una ocasión, cuando vino a estudiar a mi casa para uno de los primeros exámenes, hablamos de la vida en general. Ella me había contado sobre su novio del secundario y sobre un par de chicos con los que había salido al comenzar la facultad. Yo era muy reservado sobre ese tema debido a que no había mucho que contar. Por eso sentía que mi vida era monótona y aburrida. Cuando escuchaba lo que lo demás me contaban sobre sus vidas no podía dejar compararme y llegar a esa conclusión.

En esa ocasión pasó algo interesante. Cuando le fui a abrir la puerta al terminar de estudiar, mi hermano se la encontró y los presenté. Lo que me llama ahora la atención sobre esa situación es que al hacerlo tiré una par de comentarios medios burlones  (tipo “negas”)  a lo que ella reaccionó de la forma esperada: es decir con esa falsa actitud de estar ofendida y riéndose un poco. Tampoco la acompañe a la parada del bus. Es más, le dije tono risueño y algo burlón “ni creas que te voy a acompañar”. Normalmente lo hubiera hecho sin embargo, por algún motivo, no lo hice y me salió esa actitud de la nada. Claramente estaba asimilando las actitudes que había observado en el grupo de estudio del año anterior. En cierta forma, estaba experimentando y me divertía al hacerlo. Tal vez a veces no lo hacía bien pero instintivamente me iba ajustando. Me iba dando cuenta que había algo de esa actitud que provocaba cierta reacción en las mujeres que no era del todo negativa. Por supuesto, ahora sé que la vida se trata de encontrar un equilibrio no obstante hay algo de verdad en el viejo refrán (algo machista) que dice que ellas aman a los hijos de puta. Ya sabés, el que dice que hay que tratarlas mal y todo eso. Sí, así suena cualquiera sin embargo, ahora sé que se refiere a no ser un tipo arrastrado o necesitado como solía serlo en general. Claramente, en aquellos días no tenían un marco teórico que me orientara y me pasaba de un extremo al otro: de un ser arrastrado y necesitado a tener una actitud demasiada irreverente y ofensiva. El equilibrio se alcanza por iteración dicen los economistas. El tema es que yo tardé casi diez años en alcanzarlo.

Con el tiempo realmente quise que algo pasara entre nosotros ya que realmente empezó a gustarme. Pero no fue esa situación en la que hombre idealiza a una mujer y dice que está enamorado aunque no la conoce bien. Ese fue el caso con Camila “La loca”. Esto era distinto. Esto fue genuino, como te dije. A medida que la fui conociendo me empezó a gustar. Claro que, no sabía que mierda hacer. Y aunque lo hubiera sabido, no sé si me hubiese animado. Recuerdo una de las últimas veces que nos juntamos en su casa para estudiar. Estábamos en la terraza de su casa y se había hecho de noche. Yo quería besarla pero la idea hacerlo me provocaba una sensación de mareo y la ya conocida irritación estomacal. Ella no sospechaba nada. Hasta donde ella sabía, yo era una suerte de ser asexuado. A ver, ella no era como Mane. No coleccionaba “amigos” ni nada de eso. Ni siquiera tenía esa actitud de porteña creída. Por el contrario, era muy dulce y humilde. Supongo que era un tema de cómo había sido educada y del contexto familiar y social en donde había crecido. Si bien era de clase media, vivía en un barrio menos cheto que Palermo. Más yendo para Saavedra. Me acuerdo que yo le hablaba continuamente para disimular mi nerviosismo mientras juntaba valor para acercármele y mientras pensaba cómo hacerlo. Pero nada se me ocurría y al final nada pasó. Simplemente nos fuimos para adentro de la casa y terminamos de estudiar.

¿Te acordás que te había dicho que seguía con la obsesión de tener notas altas y un promedio alto? Creo que eso fue empeorando a medida que pasaban los años. Solía ser muy dramático cono ese tema al punto tal de que cuando salía de los exámenes siempre creía que me había ido mal. Es más, en el último examen que rendimos creía que iba a reprobar y estaba todo el tiempo lamentándome por eso. Después resultó que terminé aprobando mientras que ella no, lo que me generó algo de culpa. No creo que a ella le hubo importado, aun así me sentí mal por eso y quise ayudarla a prepararse para el examen recuperatorio. Igualmente, al final, no nos pudimos juntar. Lo que sí, cuando estábamos caminando rumbo a la parada del colectivo, como me sentía mal por la situación y por haber lloriqueado tanto, le dije que podía pegarme una bofetada sí quería. Y sí que me dio un fuerte bife. Fue un momento gracioso.

Algo que no te había dicho es que ella tenía una forma muy específica de ver a las amistades que conocía cuatrimestre a cuatrimestre. Las veía algo así como interacciones de corto plazo que duraban solamente por ese período. Tal vez ella pensaba realmente eso y, adicionalmente, no le interesaba mantener contacto conmigo. No lo sé. A mí me daba pena no volverla a ver, realmente me había caído muy bien. Por eso la llamé un par de veces luego de que terminara el cuatrimestre para ver como andaba. No recuerdo si le propuse vernos o no. Lo que sí ocurrió es que la última vez que la llamé pasó algo que me hizo llegar a la conclusión de que no quería verme más. Había llamado y la madre me había atendido. Debió haber ocurrido un problema con la línea porque si bien nos saludamos de pronto el sonido se cortó por lo que ella colgó. Sin embargo, se ve que no había colgado bien porque yo aún podía escuchar al otro la de la línea. La madre le dijo que yo había llamado a lo que ella le pidió que si volvía a llamar me dijera que ella no estaba. Al escuchar yo esto, me sentí bastante mal. No sé cuál fue el motivo por el que ella dijo eso. Tal vez estaba cansada, quien sabe. Igualmente, en aquel momento lo interpreté como que, sencillamente, no me toleraba o que, directamente, no quería seguir en contacto conmigo. En aquel entonces era medio descalibrado, lo admito, pero no recuerdo haber hecho algo tan grave con ella en particular. El año siguiente la vi un par de veces pero no la saludé porque no quería incomodarla. Recién dos años más tarde nos volvimos a cruzar y terminamos hablando amistosamente. Le comenté lo de la llamada y me disculpé por si había hecho algo para ofenderla. Ella ni siquiera recordaba el hecho y lo atribuyó a una situación de cansancio. Le dije que estaba planeando un viaje con unos amigos a Córdoba (con los anómicos) y la invité a que viniera. Al final no pudo o no quiso. Sí, supongo era medio raro para ella ir a un viaje con unos totales desconocidos pero que se yo, yo no lo veía así. Tal vez en esos detalles se podía observar mi incapacidad para ponerme en el lugar de los demás. Es decir, la ausencia de tacto y sentido común. Después de eso, creo que nos vimos una vez más el año siguiente en una plaza para charlar un rato. El encuentro fue ameno y agradable por lo que recuerdo. Esa fue la última vez que la vi. Supe que se había mudado de la casa de sus padres un tiempo después. Como no tenía Facebook fue imposible volverla a contactar. Contarte esto me hace sentir nostalgia. La verdad no sé si llamar a la casa de sus padres para pedirles su contacto. Ya pasaron como ocho años. No sé cómo lo tomaría. Digo, hasta donde sé yo soy una de las tantas personas que conoció en la facultad y capaz que encuentra extraño el hecho de que la vuelva contactar. Probé mandarle un mail pero creo que ya ni usaba la casilla que tenía en ese tiempo. Es rara la vida. A veces una persona puede significar tanto para nosotros y, sin embargo, para el otro somos simplemente invisibles. Supongo que en el fondo siempre guardé un espacio muy grande en mi alma y mi memoria para las relaciones con los demás. Tal vez se deba a mi capacidad de recordar las cosas que pasaron hace décadas como si hubieran sucedido ayer. Una verdadera maldición si me preguntás. A veces quisiera no poder recordar el pasado en forma tan nítida. Por eso soy tan nostálgico y por eso mantengo las emociones atadas a cada momento que viví. Esta característica  me hizo desarrollar un fuerte cariño hacia muchas de las personas con las que me crucé a lo largo de mi vida. Lástima que, en muchos casos, el sentimiento no terminó siendo recíproco. Esto último parece paradójico si tenés en cuenta mi falta de tacto con las personas pero ¿Acaso no te dije que los seres humanos somos seres contradictorios?

Episodio siguiente: La segunda salida

Episodio anterior: Una segunda oportunidad 

Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social