Los maestros de la vida

En el camino del desarrollo personal y la auto superación que transitamos a lo largo de la vida, nos topamos con figuras que nos guían, nos enseñan, nos orientan y nos transmiten conocimiento y el fruto de su experiencia. A estas personas, yo las llamo simple y llanamente: maestros. Está en nosotros prestar atención a las sabias y valiosas lecciones que nos ofrecen.

No es necesario que presenten títulos universitarios o alguna certificación determinada. Los reconocemos sencillamente por el impacto que su influencia ejerce en nuestras vidas.

Normalmente, cuando escuchamos la palabra Maestro, nos viene a la mente la figura de un viejo sabio, probablemente tomada del estereotipo del filósofo de la antigua Grecia. En esa época, la figura del maestro se asociaba a la de una persona con cierta edad que transmitía el conocimiento adquirido de sus propios maestros sumado al de su propia experiencia de vida.

En la cultura japonesa también encontramos a esta figura del viejo sabio que transmite su conocimiento y sabiduría a los más jóvenes. Normalmente bajo la figura del Sensei cuyo significado es “el que ha nacido antes” o “el que ha recorrido camino”. En esta cultura la figura del maestro es prácticamente sagrada, no solo a un nivel esotérico sino en el día a día. Recuerdo una anécdota de un viejo amigo quien vivió su infancia en Japón la cual ilustra este magnánimo respeto:

Él me contaba con total asombro como, en el primer día de clase, al entrar el profesor al aula, los alumnos lo saludaban con un respeto y admiración sagradas. Este es el puesto que esta sociedad le ha asignado a la figura del maestro, ya sea en una escuela, en una empresa o en un Dojo de artes marciales.

En cierta forma, estoy de acuerdo con la noción de que una persona que lleva más tiempo recorriendo “el camino de la vida”, puede ofrecer un valioso aporte a las jóvenes generaciones que están empezando a recorrerlo. Pero también estoy convencido que lo que una persona puede aportar a otra no se relaciona solamente con su experiencia de vida, sino también con la intensidad con la cual ha vivido esa experiencia y con la profundidad con la que ha reflexionado sobre los acontecimientos que le han tocado vivir.

Por eso, no solo he conocido Maestros que han recorrido más camino que yo, sino que también, he conocido personas de quienes he aprendido valiosísimas lecciones y cuyo recorrido en el camino de la vida es mucho más corto que el mío.

A ellos también los llamo con orgullo Maestros porque me han transmitido también el fruto de su corta pero valiosa experiencia. Han compartido conmigo sabias reflexiones que me han ayudado a transitar con más intensidad y destreza la senda de la vida.

Y muchos de esos consejos me han salvado la vida o me han ayudado a encontrar mi propio camino. Y por ello les estoy eternamente agradecido.

Para mí un Maestro puede ser cualquiera de quien podamos aprender valiosas lecciones que nos ayuden a encontrar nuestro camino. Cuyo contacto con ellos ejerzan una influencia tal que, visto desde la lejanía del tiempo, podemos ver un antes y un después de ese encuentro, por más efímero que haya sido.

Ahora bien, para absorber las lecciones que se nos transmite debemos estar listos para recibirlas. Hay quienes dicen que “el maestro aparece cuando el alumno está preparado”. Y creo que es verdad: solo cuando estamos lo suficientemente receptivos, es cuando vemos a estas personas que nos marcarán ese antes y después.

A veces aparecen en momentos de desesperación cuando, por las circunstancias, estamos abiertos a escuchar cualquier opción por más ridícula que nos pueda parecer. Otras veces aparecen cuando hemos abandonado el paradigma del “yo lo sé todo” y, habiendo aceptado nuestra absoluta ignorancia (”sólo sé que no sé nada”), nuestra percepción se agudiza y podemos ver lo que antes no veíamos. Incluso, también, aparecen cuando menos lo esperamos, cuando, precisamente, hemos abandonado la búsqueda.

En mi vida he conocido a muchas personas a quien tengo el orgullo de llamar maestros y de quienes he aprendido tanto. Para cada uno no me alcanzan las palabras para agradecerles por sus valiosos aportes.

A veces han sido maestros de escuela, profesores universitarios o mentores, otras veces han sido amigos, familiares y porque no, extraños en los lugares menos pensados. A veces un niño puede ser un maestro al regalarnos su punto de vista libre de prejuicios y cargado de sentido común, los cuales los adultos tendemos a perder.

Esta reflexión a la que invito pretende que el lector sea consciente de algunas simples verdades que solemos olvidar:

Repetimos la frase “Ya lo sé” demasiadas veces sin percatarnos de los dañina que es para nuestro aprendizaje. Siempre podemos aprender algo nuevo o ver las cosas desde un punto de vista nuevo que hasta ahora habíamos ignorado.

Debemos buscar rodearnos de personas que fomenten nuestro desarrollo, con la que retroalimentamos nuestras ganas de seguir mejorando en la vida. A veces eso lo podemos encontrar en un grupo de amigos, un equipo de trabajo, o porque no, en un espacio de actividades.

Podemos extraer una lección de cualquier situación que vivamos y de cualquier persona que conozcamos. Está en nosotros ver qué podemos aprender y qué reflexión podemos generar.

Acciones simples, que a veces por olvido, arrogancia y/o pereza, nos negamos a aplicar en el día a día pero que, sin embargo nos permiten avanzar en el camino de la vida, nutriéndonos de sabiduría que nosotros también podemos trasmitir iluminando la senda de otros.