Los anteojos con los que vemos el mundo

Reflexionando sobre los prejuicios que los seres humanos normalmente tenemos sobre básicamente la plenitud del mundo que nos rodea, quisiera hacer algunos comentarios sobre los juicios que tenemos a la hora de acercarnos a hablar a una tierna damisela. Como lo ha marcado en forma fenomenal Adrián Des Champs en su artículo sobre juicios, estos nos sirven para enfrentar la incertidumbre del futuro. Debido a que el mundo está lleno de complejidad y los eventos futuros son impredecibles, necesitamos de una herramienta para movernos con soltura ¿Y de dónde sacamos dicha herramienta? Del pasado por supuesto. Nada como la experiencia para contar con una eficiente base estadística que nos permita tomar decisiones sabias.

El problema, es que muchas veces nuestros juicios no están bien fundados. ¿A qué me refiero con juicios infundados? Es casi natural en las personas de tomar uno dos eventos y generalizarlos. Esto es conocido en la filosofía como inducción y aclaro que esta forma de pensamiento fue refutada por mi persona hace más de 300 años. Un ejemplo sería: un hombre come una manzana y resulta que tiene un gusano dentro. Entonces clama: “todas las manzanas tienen un gusano dentro.” Como vemos pasa del “uno” al “todos”. ¿Por qué es incorrecto este razonamiento? Porque aunque tengamos 10, 20 o 1000 manzanas jamás podremos ver la totalidad de manzanas que existen y han existido. Basta encontrar una manzana sin gusanos para refutar la generalización declarada.

Eso sí, estoy de acuerdo con que si encontramos un número suficientemente grande o estadísticamente significativo de manzanas con gusanos podremos afirmar: “Es muy probable que si comemos una manzana nos traguemos un gusano” estando este juicio estará fundado. De esta manera cuando comamos una manzana, tendremos cuidado y nos fijaremos que no haya agujero en ella o la cortaremos primero antes de meterla en nuestra boca. Este juicio es mejor que el primero ya que no nos cierra la puerta de comer manzanas (acepta la posibilidad que haya manzanas sin gusanos) y nos advierte de ciertos peligros futuros (como que haya un gusano en la manzana que queramos comer).

A la hora de evaluar la utilidad de un juicio debemos preguntarnos ¿Qué puertas me abre y cuales me cierra? Cuando llegué a la Argentina y comencé a conocer la noche porteña con mis amigos Milton (seductor natural) y Juan García (aprendiz de seductor) descubrí un par de patrones muy interesante de los cuales surge una reflexión sumamente útil. Mientras que Milton simplemente se enhebraba toda cortesana que se cruzara, Juan tenía muchas dificultades para engarzar damiselas debido, en parte, a los juicios que había generado sobre las mujeres a partir de su historial de rechazos. Como alma caritativa que soy decidí ayudarlo a salir adelante. Empecé primero a analizar sus juicios.

Lo gracioso era que prácticamente tenía uno para cada grupo etario y perfil social. Por ejemplo decía:

“las pendejas (mujeres menores a 23 años), son re histéricas, irreverentes, inmaduras, cocainómanas e hijas de puta. Siempre se burlan de mí y encima ahora que tengo 25 me dicen que soy un viejo”

Y sigue: “La cagada con las mujeres de 25 años para arriba es que se vuelven sínicas. Mucho corazón roto. Como que están re podridas de todos y aunque te acerques con buenas intenciones te mandan a la mierda. Por lo menos las pendejas todavía no aprendieron a odiar a los hombres como éstas. Y a partir de los 30 olvídate, son re resentidas.”

Por supuesto, a causa de que los juicios son como anteojos con los que vemos el mundo, hacer semejante declaraciones solo lleva a un resultado inevitable: que la profecía se auto cumpla ¿Por qué sucede esto? Porque al ponernos estos anteojos nuestros ojos y nuestro cerebro solo encuentra hechos que corroboren los juicios realizados. Los juicios de “las pendejas son inmaduras y agresivas”, “las chetas (mujeres de clase alta) son boludas y sobradoras”, “las treintañeras son resentidas” son juicios que crean una realidad en la que dichas declaraciones se confirman. Como ya lo he dicho, las palabras crean realidades. Además, como se puede observar, estos juicios cierras más puertas de las abren por lo tanto no son muy útiles.

Milton en cambio tiene un solo juicio con respecto a las mujeres (sean de cualquier edad, clase social, grupo de pertenencia, ideología política, estado civil e incluso orientación sexual): “A todas le gusta la pija”. Aclaro que Milton y Juan son argentinos por lo que hablan con la colorida jerga porteña. La palabra pija se refiere al órgano sexual masculino (nuestro amado bastón viril). En España se dice “polla” y en Escocia decíamos “cock”. Esta forma que Milton tiene de ver el mundo podrá parecer machista para algunas mujeres pero lo gracioso es que también se las termina enhebrando. Para él todo es un juego. Le encanta ver como se resisten al principio y se van derritiendo lentamente. Esa es su habilidad, las pervierte a cada una de ellas ¿Y cómo lo hace? Parte del supuesto de que todas ellas disfrutan ser ensartadas por un jugoso miembro erecto choreando de semen lubricante. Sepan disculpar la precisión de mi descripción, estuve leyendo “Las cincuentas sombras de Grey” toda la noche. Claramente, este juicio sobre las mujeres (fundado o no) le abren más puertas de la que le cierran. Igualmente créanme que está muy bien fundado.

¿Qué interesante verdad? Mientras que los juicios de Juan (fundados o no) le cierran puertas, el juicio maestro de Milton le permite serruchar con impunidad a todas las damiselas que se encuentran con él. Ahora bien, ¿Están fundados los juicios de Juan? Bueno, para ser justos, debo decir que luego de recorrer mucho bares de Buenos Aires, he llegado a la conclusión que muchas mujeres (no todas) luego de los 25 años, caen en el desencanto y en el cinismo (debido a experiencias románticas fallidas y a haber sido “chamuyadas”/ seducidas por más de 15 años). Por lo que seducir a una mujer de tales características se vuelve un proceso tedioso. Una damisela con una actitud negativa te baja la libido (o como dicen en Argentina: “Te la baja”). Estoy de acuerdo en que, en este sentido, es mucho más probable encontrar actitudes positivas hacia la vida en una muchachas jóvenes o “pendeja” (como dicen en Argentina) que en una mujer de más de 25 años. Y si, a los 21 añitos aún no han aprendido a odiar a los hombres. Igualmente, aclaro que hay mujeres con una actitud tan positiva que pareciera que estuvieras hablando con una chica de 21 años cuando en realidad tiene 40 años. Esto lo sé porque, de hecho he conocido casos ¿En un bar me preguntarán? No, en un centro cultural o un viaje espiritual a la montaña. O sea que el problema no son las mujeres sino el ámbito donde buscamos.

En los bares normalmente encontraremos hombres y mujeres de baja autoestima de 25 a 40 años. Las mujeres van a corroborar su juicio de que “los hombres son todos iguales y solo quieren una cosa” y los hombres a corroborar su juicio de que “las mujeres son unas hijas de puta”. Lo irónico es que en el fondo ambos van a buscar ser correspondidos para ser felices y, en muchos casos evitar la soledad (Leer “La trampa de quedarme con la primera chica que me dice que si”). El problema es que, debido a los juicios que crearon dentro de sus cabezas, ambos se irán decepcionados todas las noches.

¿Qué hemos aprendido hasta ahora? Que más allá de que exista evidencia estadística que fundamente nuestros juicios, todo es relativo. Y con creencias positivas y juicios que nos abren las puertas en lugar de cerrarlas podemos alterar la realidad en la que vivimos. Les digo tanto a los hombres como a las mujeres que leen este escrito: “Déjense de joder manga de pelotudos, la vida es una sola como para andar amargándose la vida por sí solos”. Disculpen mi argentinismo. Dentro de poco viajaré a Colombia y muy probablemente mis escritos adquieran un tono más colombiano. Por cierto la expresión boludo quiere decir idiota.

En fin, hay tantos lugares donde conocer hombres y mujeres, ¿Por qué limitarse a los peores lugares (bares y discos)? En todo caso, si vas a esos lugares, habrá que hacer como Milton y ponerse los anteojos de la abundancia y quitarse los de la escasez.

Su servidor

David Hume