Las Supersticiones: Esa Creencia estúpida.

Las Supersticiones: Esa Creencia estúpida.

En estos tiempos tecnológicos, hablar de supersticiones parece algo del  pasado. Sin embargo hoy es común ver a jugadores de fútbol, antes de entrar en la cancha, realizar sus cábalas para que supuestamente les favorezca la suerte. Entonces vemos: Saltitos atrás de la línea eligiendo con que pié pisar dentro; Santiguarse varias veces mirando al cielo diciendo alguna plegaria, etc. Los seguidores del fútbol tienen sus propias cábalas; Si es una final usan la misma ropa que cuando ganaron en el anterior encuentro o ven el evento con la misma gente o solo, según cuadre.

En líneas generales, cada uno de nosotros tenemos nuestras cábalas para mucho de lo cotidiano. Sigo escuchando la frase: ¡No creo en las brujas, pero que las hay, las hay!.

Es una creencia popular que atraviesa muchos estratos sociales.

Sin llamarla “Superstición”, las religiones también tienen lo suyo.

El acto de bendecir algo con agua bendita, le atribuye poderes sobrenaturales a dicha “Bendición”. El Bautismo en sí, unge al recién nacido con un halo protector que lo acompañará, si mantiene ciertos cánones y preceptos religiosos hacia una vida plena y en armonía.

Para las personas que tienen éstas creencias, la confianza, la fé, son herramientas poderosísimas y los ayuda sin dudar en sus vidas. También tienen sus “Fetiches”. Confieren a estatuas, crucifijos, estampitas y abalorios de toda índole una suerte de “Talismán” protector contra las adversidades.

Este prólogo poco profundo solo sirve para introducirlos en algo más “chabacano” que no tiene nada que ver con la Religión, que son las “Supersticiones” dentro del ambiente artístico.

Ahí se habla exclusivamente de la “Buena o Mala Suerte”, como si la “suerte” dependiese de algo extra corpóreo, sobrenatural y nosotros no fuésemos artífices de ella.

Desde tiempos inmemoriales el desearte “Merd”, palabra francesa que no necesita traducción, para los actores es augurio de buena suerte. En el pasado las companias de teatro que iban por los pueblos con su arte, el público llegaba a los improvisados escenarios por lo general al aire libre en caballos o carretas como medio de transporte. Entonces al finalizar el espectáculo y retirarse la gente y ver si había quedado mucha  bosta de caballos, eso de alguna manera medía el éxito o fracaso del mismo.

Desde entonces además de usar la palabra “Merde”como muletilla los actores han adoptado distintas “cabalas” para convocar a las “buenas ondas”y alejar a los malos espíritus. Desde limpiar el escenario, camarines e instalaciones con abundante vinagre, evitan nombrar a ningún “Ofidio”determinado color o alguna persona que le hayan colgado el mote de “Mufa”.

Esto debo considerar que está mal porque es infundada en muchos casos esa imputación. Lo que pasa es que se asocia la “desgracia” ocurrida con la presencia de determinado sujeto, y de repetirse estando la misma persona, ya le cuelgan el Sambenito y pobre de él.

Haber trabajado en obras musicales me otorga el derecho de hablar con cierto conocimiento de causa ya que he compartido con actores y músicos, diferentes y múltiples escenarios.

Les confieso que no me creía del todo esas supersticiones, hasta que me tocó protagonizar un par de episodios que ya les paso a relatar.

Estando de gira allá por el año 71 con un grupo de música PopRockLatino por el Norte Argentino, llegamos a Tucumán como primera parada.

Llegamos un viernes y teníamos el primer show el sábado en un salón de un colegio muy grande a dos cuadras de la plaza principal.

Después de acomodarnos en un hotel frente a la plaza, esa noche salimos ha recorrer el centro. Mis tres compañeros descubren con ¡horror! unos afiches pegados por todos lados, habían empapelado las calles con la promoción de una película musical protagonizada por un cantante popular de ese momento, que según ellos, mis compañeros, era recontramufa e innombrable. A lo que yo,  al ver su reacción, canchero y descreído empecé ha gastarlos nombrando reiteradamente al cantante, recordando sus temas y hasta cantar algunas estrofas. Realmente estaba llena de carteles esa zona, hasta el frente del colegio que íbamos a tocar, había publicidad de “El”. Yo seguía cargándolos y disfrutando viendo como se agarraban los gobels cada vez que lo nombraba. Después me cansé y la corté.

Al día siguiente por la tarde fuimos a la institución para trasladar  los equipos, probar los instrumentos, hacer una prueba de sonido, dejar armada la batería y las guitarras y el bajo quedaron en un aula con llave para la noche.

Llega la hora. Salimos del hotel empilchados, nos llevaban en auto como “Celebrities”. Entramos por una entrada para autos lateral al edificio porque en el frente no se podía parar por la cantidad de gente que había (teníamos cierto cartel por el Norte).

Del garaje fuimos por un pasillo que después de atravesar muchas puertas comunicaba con el salón por detrás del escenario. Ya teníamos nuestras violas mientras el presentador avisado de nuestra presencia se prodigaba en elogios y méritos (inmerecidos ciertamente) Y con el consabido ¡Aquí están! ¡Con ustedes!…

Al nombrarnos subimos rápido de a uno saludando con las violas en alto. Es un momento magnífico. Por las luces no podíamos ver pero se escuchaba mucha gente en ese salón. Los equipos encendidos, había que enchufar la viola, no había inalámbricos por entonces. Pruebo el micrófono. Por lo general me tocaba a mí hablar. Luego de agradecer a las autoridades presentes, al público, etc. etc. Nos disponemos a empezar el show. Nos miramos. Todo dispuesto. Cuento, un, do, tre, cua…Me quedo el cua en la boca porque aunque parezca increíble… ¡Se cortó la luz! ¡Se apagó todo! El batero quedó haciendo ritmo sólo hasta darse cuenta la situación. Enseguida subió una autoridad al escenario y pidió calma, que permanecieran en sus lugares que ya estaban buscando el motivo del corte.

Lo que sigue es anecdótico. La luz volvió a los 20 minutos. Pudimos hacer nuestro show sin problemas y les gustó mucho.

Resultó que alguien del personal de mantenimiento trabajando en el sótano del edificio bajó equivocado una llave del tablero justo la que alimentaba de energía al salón. Una explicación racional que mis compañeros no entendieron así y lo atribuyeron a mis burlas de la noche anterior por haber estado jodiendo  nombrando al cantante “Mufa”.

Pero, no terminó ahí la cosa. El fin de semana siguiente teníamos dos shows en Catamarca, en la confitería de un hotel importante, y viajábamos en avión.

Llegando al aeroparque de Tucumán en el hall central vemos un revuelo de gente bárbaro. Chicas jóvenes y alguna gente grande a los gritos. Por un momento pensamos que nos venían a despedir…No, no era por nosotros. Había llegado a Tucumán para promocionar su película, “EL Innombrable” el famoso cantante, que no paraba de firmar autógrafos y sonreír a los flashes de las fotos.

Mis compañeros no sabían donde meterse. Caminaban casi doblados agarrándose  los gobelinos. Por suerte embarcamos enseguida y nos alejamos de ese “momento”. Acá ya empezaba ha dudar de mis creencias.

Y el avión ya no me parecía seguro. Era bastante viejo y por la ventanilla creía ver que los remaches de las chapas del ala se movían.

Por suerte llegamos en media hora a Catamarca. Un lugar increíble. La confitería estaba en el entrepiso puesta con un lujo bárbaro. Nos alojaron en el mismo hotel. La estadía estaba paga.

Hicimos dos entradas esa noche, una a las 22, y la otra a las 24 hs.

En la segunda, ya habíamos brindado varias veces con los dueños del lugar, o sea, estábamos más entonados, notamos como se movía el escenario. Llegamos a pensar que podía estar armado en forma precaria. Terminamos sin problemas y nos fuimos a cambiar a nuestras habitaciones. Por los pasillos del hotel gente corriendo en batas y ropa interior y me dice un compañero, mira como se mueven las arañas de luces, parecían las bolas de un toro corriendo, iban de un lado para otro. Ahí dijimos los cuatro… ¡Algo raro pasa! Volvemos cagando al entrepiso y preguntamos a uno de los dueños si sabía algo. Nos dijo: hubo un sismo grande no se donde todavía y sentimos el coletazo también nosotros aquí, pero quédense tranquilos,  el edificio es nuevo y está preparado para soportar terremotos. Fue un susto nomás. Tomen algo, nos alentó. Creo que nos llevamos puesto en bebida la equivalencia al cachet que cobramos.

De lo sucedido y a pesar de todo, mis compañeros no dudaron en atribuirle hasta el sismo, al “Mufa” que nos persiguió hasta Catamarca.

Lo que sí a partir de estos acontecimientos, me he convertido al “Supersticionismo”. Demasiada casualidad como para no llevarle el apunte.

Por eso, ahora hago todo el protocolo necesario ante los desafíos que se presentan a diario:

No paso por debajo de ninguna escalera; evito a los gatos negros si se me cruzan por el camino; ni hablar de nombrar a nadie aunque solo se sospeche que sea Mufa. Y si me sorprende en la radio algún cantante o grupo que también los hay, cumplo con las generales de la ley y me agarro a dos manos los gobelinos.

Les dejo la inquietud.

Buenas tardes.

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