Las pendejadas de Lima

Por cierto, babys, el título es solo un jalador. Nunca se fíen de un titular poco serio, de intención chapucera. ¿Por qué? Los motivos sobrán. Ustedes lo deben de saber mejor que yo. Por otra parte, si no lo hago, ¿qué tengo que hacer para llamarlos? ¿Comprarme un chip con RPC o RPM ilimitado? De ley que no…

Bueno, la cosa está un poco complicada. El asunto de los peajes aquí en mi ciudad están jodidas, relativamente jodidas. Creo que si uno mira hacia atrás y observa el camino, podría darse cuenta de que es lo mismo, de que las cosas no han cambiado, de que sigue coloreándose afuera de los bordes… Charcos de agua mansa contaminada por la negligencia oportunista de mentes precarias aferradas al poder y la dulzura gourmet de la buena vida… Eso es lo que pasa. Y por otro lado, los que tratamos de vivir una vida buena estamos buscando vivir una buena vida. Pero la búsqueda es incesante. Y el precio de ello es un vaso de Quinua a las 6 de la mañana acompañado de su pan con palta o con queso o torreja o puede que tambien con huevo. La gente ya no desayuna en su casa. Los desayunos o son en la calle o son en la movilidad, pero ya no en casa.

Las familias tradicionales aun conservan ese legado, pero sabemos que nos estamos yendo para el garete, poco a poco, como familia y como sociedad. De esto no hay duda. Tampoco hay por qué preocuparse. En todos los tiempos, en todo momento, siempre han existido tradiciones, costumbres y pasatiempos que, con el tiempo, han ido deteriorándose. Todos siempre se han preocupado por el cambio acelerado de las cosas. Hoy en día, con la súper tecnología que hemos llegado a crear, la información se divulga un segundo después de haber ocurrido. Ya ni da tiempo para pensar, porque la cantidad de información que se divulga es sumamente extenuante y flématica, que no responde a lo que informa. Y el resultado de todo ello es que avanzamos a la misma velocidad, sin preguntar lo que informan. El Facebook se ha convertido en una plataforma de liberación interna. Todo lo que no se dice en vida real, se dice en vida cibernética. Nos estamos acercando cada vez más a lo que se vive en Black Mirror, una serie futurista de Netflix, donde todo es manipulado por la tecnología: nuestras ideas, nuestro pensar, nuestro actuar, nuestras decisiones, lo que nos hace humanos… Y cabe aclarar que ya está sucediendo, pero siempre el ser humano busca la perfección, y he ahí quizá uno de nuestros más grandes errores, de querer jugar a ser Dios, de querer controlar todo…

Resulta que ahora una empresa, a la cual no voy a mencionar por un gesto de cordialidad (puede que soliciten mi trabajo en algún momento), quiere controlar las vías de la Panamericana Norte privatizándolas. Yo, que no vivo ahí, no me quejo. Y no lo hago por indeferente, sino porque nunca pasaré por ese peaje, de manera que tampoco me veré afectado por los inconvenientes que allí puedan ocurrir. Y existen opiniones egomaniacas que se asimilan a la mía. Pero la cosa no es simple, pero la historia parece ser, neblinosamente, que sí… Resulta que Susana Villarán, en su condición de alcaldesa de Lima, hace unos cuantos añitos, firmó un contrato con una empresa con la finalidad de que dicha empresa contara con permisos para realizar construcciones públicas en Lima, las cuales supondrían grandes y coquetas sumas de dinero… Y como la coquetería es atractiva, las cosas fluyeron con más facilidad, todos se dejaron llevar por el cuy mágico y su varita mágica.

Entonces lo que ocurrió fue que dicha empresa, ya con el contrato firmado y todos felices, empezó a realizar los respectivos levantamientos de material noble. Por supuesto, la gente no estaba enterada porque salían de sus casas a las 5 de la mañana a sus trabajos, desayunaban en la calle, almorzaban en la calle y, finalmente, volvían agotados a sus casas en la noche. Su única meta: sobrevivir a la vida. Con dos, tres o cuatro hijos, esas personas no tenían tiempo para leer el semanal y enterarse de lo que estaba pasando. Como siempre, las cosas importantes solo ocurren en silencio. Y ese silencio terminó solo cuando éxito vociferó a voces y heces, y solo ahí fue cuando la gente se enteró de lo que estaba pasando en realidad. ¿Me vas a quitar, yo que soy taxista y vivo acá, diez soles por cada día de mi vida?, se pregunta uno. Y se responde al mismo tiempo pero de manera criolla: Tú estás bien huevón.

Claramente, que le digan a uno que para entrar y salir de su hogar debe pagar un cuota supuestamente irrisoria a los ojos de los grandes monarcas supone una falta de consideración a las necesidades vitales de la gente, una falta que molesta, que irrita, que enerva y promueve comportamientos agresivos en los afectados, comportamientos que, vistos desde una óptica realista, deben sucederse y mostrarse, porque es natural y humano molestarse, enseñar ese lado rabioso, tosco, sin medias tintas, y sobre todo si es en pos de defender una comunidad que ya para tan solo vivir precariamente sale de madrugada a su oficina y vuelve, la mayor parte de las veces, también en la madrugada, y todo para dar calidad de vida, o al menos mínima calidad, lo cual es respetable, a los que comparten con esas personas la mesa de la cocina, a sus hijos, madres, padres, esposas, a la familia… ¿Y ahora vienen a complicarles más la vida?

Sin embargo, las cosas están sucediendo y no hay nada qué hacer. No es una actitud optimista. La vida no consiste en ser optimista, sino realista. Las cosas van a suceder porque tienen que suceder, porque la plata, el dinero, el sencillo en los bolsillos es lo que mueve a todos, sobre todo si hablamos de deliciosas cifras compuestas por muchos ceros. El peaje se va a establecer. No lo digo yo, lo dice el momento, lo dicen los congresistas en clave de Fa, otros en clave de Sol… Ya allá uno si entiende de claves musicales o no. Pero las cosas están encaminándose. Mientras algunos están sonriendo por el triunfo, otros están tirando las piedras desde arriba pensando que le quitan la sonrisa a los primeros. Y lo que no saben los segundos es que los primeros se parten de la risa por cómo pierden su tiempo, y disfrutan viendo la película “Los tirapiedra de Puente Piedra”. Porque si no se hace, los daños afectarán a toda una población. Y es aquí donde entra a tallar si una minoría debe verse afectada o una mayoría. Y naturalmente, a los ojos de cualquier persona inocente, la respuesta es obvia: No me jodan a mí con sus pendejadas.

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