Las locas del patriarcado

Diego estaba algo impaciente. No dejaba de mirar a su alrededor. Un bar típico de Palermo. Eran apenas las nueve de la noche. Abundaban las personas aunque el lugar no había llegado a su máxima capacidad. Lo acompañaba Maximiliano. Era la primera vez que se veían personalmente. Se habían juntado para salir a “chamuyar”. Diego odiaba ese término, lo consideraba vulgar. Prefería decir que salía a “conocer gente”. Maximiliano, en cambio, siempre salía a “levantar minas”. Se habían conocido en un foro donde los hombres intercambiaban consejos de levante y de chamuyo. Una cofradía de machos cuya obsesión por “ponerla” los había llevado a conocer lugares y personas de lo más variadas. La ansiedad comenzaba a corroer el espíritu de Diego.

«Me aburro, ¡tengo que empezar a hablar con alguna de estas minas ya!», pensó para sí. Para él hacer eso no representaba ningún problema, lo había hecho desde que había salido del colegio. Su naturaleza sociable y desvergonzada hacían que le resultara fácil comenzar una interacción con cualquier extraño en cualquier lugar. Sus amigos siempre lo habían envidiado por su habilidad. Ellos creían que él tenía mucho éxito con las mujeres. «Esos pelotudos creen que me va bien con las minas y nada que ver. Por lo menos ahora mejoré, antes me iba peor».

Maximiliano, en cambio, era un tipo de lo más tímido. Le costaba mucho “abrir” un grupo. No era tan “cara rota” como Diego. Como muchos hombres, había desarrollado la creencia que debía “matarse” en el gimnasio para levantar pendejas. «A las minas les encantan los tipo musculosos. Obviamente prefieren primero a los que tienen “guita”, pero es más fácil ponerse “groso” que ganar mucha plata”», razonaba en silencio. En efecto, era un tipo robusto y se enorgullecía de su disciplina física. Sus perfiles sociales estaban llenos de fotos exhibiendo su trabajado cuerpo. La mayoría de las fotos, precisamente, habían sido sacadas frente al espejo con su celular. Diego, por el contrario, era un tipo escuálido y delgado. Nunca había tenido la disciplina y la constancia para “internarse” en un gimnasio. Además, su organismo no toleraba los batidos proteínicos tan necesarios para desarrollar una masa muscular hipertrofiada, vital, a su vez, para llamar la atención de las mujeres (al menos, según lo establecido por la filosofía popular masculina).

Diego notaba la pasividad y la timidez de Maximiliano por lo que comenzó a incitarlo para que comenzara una conversación con un grupo de féminas. Maximiliano se resistía. Diego sospechaba que el miedo era el principal oponente de su interlocutor. Sin perder más tiempo, y con ánimos de ayudarlo a superar su dificultad, se acercó súbitamente a una mesa habitada por tres chicas. Era claro por sus arrugas que transitaban el angustioso período que va de los veintisiete a los treinta y cinco años. Diego no estaba interesado en ellas. Sus ansias sexuales ya habían sido satisfechas. Solo deseaba conocer gente nueva y ayudar a su nuevo amigo. Con osadía, comenzó a hablar con aquellas mujeres:

– Disculpen, les quería hacer una pregunta. ¿Conocen David Lynch?

Aunque la pregunta parecía algo extraña para iniciar una conversación con un grupo de mujeres en un bar, Diego tenía sus motivos. La usaba para descartar mujeres estúpidas y no perder el tiempo con las típicas pendejas descerebradas las cuales, al parecer, se habían convertido en plaga durante los últimos diez años. Ante la extraña pregunta, la líder del grupo contestó con seguridad:

– Sí, por supuesto. Está ahora la serie de Netflix, “Twin Peaks”. Además es famoso por las películas “Cabeza borrada” y “Terciopelo azul”.

«¡Vamos carajo, hay vida inteligente!», reflexionó Diego para sus adentros. «Además conoce su primera película. Muchas solo lo reconocen por la última temporada de “Twin Peaks” solo porque ahora se puso de moda». Diego estaba intrigado, podría tratarse de una mujer de esas que valen la pena. No lo dudo ni un segundo: se sentó en la cabecera de la mesa y comenzó a explicarse.

– ¡Muy bien!- dijo con un tono cargado de admiración-, la verdad es que siempre pregunto esto porque, como sé que es un director de culto, muy poca gente lo conoce y, por sus características, siempre es gente copada a la que le gustan sus películas y series.

«O gente que está media loca en algunos casos. Pero en la mayoría de los casos son gente copada así que vale la pena arriesgarse», reflexionó nuevamente para sí. Utilizando sus amplios conocimientos y su magnánima habilidad para cambiar de tema, prosiguió a preguntar sobre las profesiones de las chicas.

Mientras tanto Maximiliano observaba la escena con escepticismo. La indignación comenzaba a inundar su cuerpo. «Creído de mierda. Primero me quiere obligar a “abrir” para humillarme y ahora se hace el pija para mostrarme que  él  es un “winer” y yo un fracasado», no pudo evitar pensar mientras su rostro se fruncía al preguntarse para qué mierda se había encontrado con ese personaje de la Internet. «Además no sabe un carajo de levantar minas. Nunca hay que decir “disulpá” cuando empezás una conversación. Te hace ver como un “beta”. Una verdadero macho alfa nunca pide permiso y menos se disculpa. Y, ahora, encima, les está preguntando a que se dedican. Típico cuestionario policial. No sabés nada flaco. Seguro que nunca la ponés y sos alto virgo. Después te haces el groso en los foros. Me quiero ir a la mierda. Prefiero un boliche. Los bares son una mierda».

Por lo pronto, Diego seguía con la conversación tan efusivamente como le era posible. Realmente disfrutaba ver cómo era capaz de entrar en un grupo de extraños y generar empatía en un tiempo record. La líder del grupo  fue la que contestó primero:

– Estudié sociología en la UBA- dijo ella en un tono neutro aunque manteniendo una sonrisa modesta.

El rostro de Diego se mantuvo impasible ante semejante afirmación. No debía dejar que sus prejuicios se exteriorizaran. Si eso sucedía, la interacción se arruinaría. «A nadie le cae bien la gente prejuiciosa», se decía silenciosamente. Sin embargo, durante una fracción de segundo los pensamientos tóxicos afloraron. «Espero que no sea una de esas kirchenristas enfermas, o peor, una de esas “femi nazis” infumables. Bueno, por las dudas no saques ninguno de los temas polémicos: política, religión y futbol…Aunque hay tantos temas polémicos hoy en día que ya no se puede hablar de nada…Sobre todo con estas pelotudas. ¡Alto! Aún no la conozco. Tranquilo, capaz que es re buena onda. ¡Controlá esa mente prejuiciosa, la puta madre!».

Con una rapidez mental digna de un leopardo en celo, Diego acalló sus pensamiento inútiles con la misma velocidad en la que habían aparecido y utilizó la adrenalina que producía su cuerpo para subir el nivel energético de la interacción. Pensamientos estratégicos aparecieron velozmente: «Ok, sociología ¿Qué mierda sé de sociología? Muchas cosas, trabajo con sociólogos. De hecho, tengo una anécdota que las va a flashear mal».

– Si sos socióloga, entonces, tenés que conocer a Robert Castel- dijo con una actitud risible y con un tono levemente desafiante.

– Sí, por supuesto- respondió la hembra alfa-, ¿Cómo no voy conocerlo?

– Entonces tenés que escuchar esto- continuó él-. No sé si sabés pero hace poco que falleció. Pobre, ya estaba muy enfermo. Yo lo conocí hace años atrás, cuando estudiaba en Francia.

– ¿Me estás jodiendo?- replicó ella sorprendida.

– Para nada. Lo conocí a través de unos amigos sociólogos argentinos que son unos capos. De hecho, la última vez que lo vi, lo tuve que ir a buscar al aeropuerto de Ezieza. Después lo llevé a la Plata donde él tenía que dar un seminario.

-No…, ¿En serio? Qué loco- dijo ella impresionada.

La otras dos mujeres miraban a Diego con admiración. Sus ojos brillaban. Era evidente que había llamado su atención. Sobre todo por haber cautivado a su líder, que era tristemente conocida por ser la propietaria del famosos y desagradable “carácter de mierda”. Y claro, acostumbradas ya a los “chamuyeros” de los bares que no podían articular más de dos palabras coherentes y que se abalanzaban a los dos minutos sobre ellas, aquello representaba toda una novedad.

Poco sabían ellas, pero, en realidad, la anécdota pertenecía a los amigos sociólogos de Diego que, efectivamente, habían conocido a Castel. Diego, por el contrario, jamás había conocido al renombrado sociólogo. Sin embargo, para ese entonces, él ya se había apropiado de la historia y ya la contaba como si fuese suya.

– Resulta que estábamos yendo en taxi con Castel y mis amigos sociólogos a la Plata- prosiguió emocionado al evocar el falso recuerdo-. Estaba hablando en francés con Robert- lo llamaba con el nombre de pila. Había que generar la impresión de que habían sido mejores amigos-, cuando, de repente, el taxista entró en la conversación.  “¿Usted es francés?, preguntó el tachero. A lo que Castel respondió que sí. “¿De casualidad no conoce a un sociólogo francés muy conocido que se llama Robert Castel?”, pregunto después. Ahí Robert dijo sorprendido: “¡Soy yo!”. Y ahí no sabés lo que fue: el tachero se volvió loco, se dio vuelta para saludarlo y casi choca el hijo de puta. Era su ídolo, así que imaginate.

Las chicas comenzaron a reírse al escuchar la absurda historia. Sus ojos se iluminaban cada vez más. Diego tenía toda su atención pero eso no le generaba ningún tipo de presión, estaba enganchado con su propia historia. No quería impresionarlas, solo quería compartir una anécdota. Definitivamente, si realmente hubiera sentido atracción por alguna de ellas, hubiera sido otra cosa. Probablemente se hubiese puesto más nervioso. La líder se rio con ganas y acotó:

– Sí, la verdad que no es raro que en la Argentina los tacheros sean sociólogos o filósofos.

Diego sonrió y agregó:

– Sí, de hecho, después el flaco vino a la conferencia que dio Castel. Y hasta trajo el libro de él, “La metamorfosis de la cuestión social”, para que se lo firmara.

Las otras chicas dijeron al unísono mientras reían:

– ¡Que groso el tipo! Un capo.

Ahí Diego aprovechó para averiguar el nombre de la jefa de la tribu:

– Por cierto, ¿Cómo te llamás?

– Rocío- respondió ella.

– ¿Y ustedes?- preguntó él dirigiéndose al resto de la manada.

Una respondió “Natalia” mientras que la otra “Carolina”.

Desde afuera de la interacción, parado a un costado, Maximiliano observaba los acontecimientos en forma extremadamente crítica. «Que pelotudo, ahora les preguntó el nombre. Tenés que esperar a que ellas te lo pregunten así, por lo menos, sabés si están interesadas o no. Además así las obligas a invertir en la interacción. Que gil que sos. Te doy que tiraste “alto valor” con lo de conocer al franchute ese y con haber estudiado en Francia. De paso a mí me dejaste como un fracasado. Al haber subido tu valor me bajaste a mí el valor relativo. No tenés códigos chabón», pensaba enojado. Diego continuó la conversación con fluidez:

– Yo me llamó Diego y vine acá con mi amigo Maxi- Diego lo señala firmemente. Maximiliano saluda con timidez mientras que Diego espera que se siente también pero, ante su sorpresa,  Maxi se retira del bar-. Perdonen chicas, creo que mi amigo se tiene que ir. Lo voy saludar y vuelvo.

A Diego le daba pena retirarse de la mesa. La estaba pasando de los más bien. «Resultaron ser minas re copadas después de todo», reflexionaba orgulloso de su reciente desempeño. Como tardó en salir del bar, para cuando llegó a la puerta, Maxi ya había desaparecido.

-Disculpá, ¿No viste a mi amigo con el que entré?- le preguntó al guardia de seguridad de la entrada. El “patovica” respondió con un tono seco:

– Dobló en aquella esquina.

Diego comenzó a correr de manera frenética. El propósito de esa noche, después de todo, era encostrarse con Maximiliano. Al doblar la esquina, pudo reconocerlo por su marcada espalda producto de horas de trabajo en el gimnasio. Al acercarse a él le dijo de manera entusiasta:

– Che Maxi ¿A dónde vas? Eran re copadas esas minas.

– Me aburrí. Me vuelvo al boliche con mis amigos- respondió Maximiliano con una actitud de indiferencia.

– ¡Pero boludo quédate! Hay re buena onda ¿No viste?- insistió Diego.

– Esta bien, no importa- sentenció Maximiliano con un tono tenso.

Diego no comprendía la desganada actitud de Maximiliano. Igualmente, decidió acompañarlo hasta el boliche. Era un lugar atestado de borrachos impertinentes. Apenas se podía caminar por aquel antro. Mientras avanzaban por una de las pistas de baile, Diego intentaba abrirse paso entre la multitud de ebrios. La música estaba tan fuerte que apenas escuchaba su propia voz. Comenzó a sentirse incómodo. Decidió retirarse antes de que la ansiedad lo consumiera.

– Che Maxi, me tengo que ir. Un  placer conocerte.

– Dale chabón- respondió Maxi evitando el contacto visual y con un tono hermético.

Diego salió del boliche y contempló la idea de volver a su casa. No obstante, se había quedado con ganas de seguir conversando con esas chicas. La noche estaba comenzando y encontrar gente copada se estaba haciendo muy difícil últimamente. Sobre todo mujeres. «El feminismo les está quemando la cabeza a cada vez más minas», pensó mientras se enfilaba hacia el bar donde hacía unos veinte minutos las había conocido. Al entrar, se dirigió a su mesa. Temía que ya se hubiesen retirado pero, para su sorpresa, aún estaban allí. «Menos mal, ¿Qué le habrá pasado a Maximiliano? Bueno, ya fue, él se lo pierde. Esta gente de los foros de la Internet es de los más rara», meditó fugazmente.

Como si las conociera de toda la vida, Diego se sentó en la mesa para continuar la conversación que había dejado inconclusa. Esta vez se ubicó al lado de la líder, Rocío, quedando enfrente de Natalia y Carolina.

– Disculpen la demora chicas, me quedé hablando con unas personas. Entonces Natalia, ¿vos a que te dedicás?- preguntó Diego con una naturalidad sublime.

– Soy periodista- respondió ella, aceptando con comodidad la presencia de Diego.

– Genial, me viene prefecto- afirmó él de manera optimista-. Dentro de poco voy a empezar a trabajar para un medio periodístico, “Actualidad política” se llama. Es medio nuevo y es exclusivamente online. La verdad no sé mucho del ambiente del periodismo, ¿Vos qué opinás? ¿Escuchaste hablar de ese medio?

Natalia se sintió intrigada por la pregunta de aquel extraño que había tenido la osadía de acercarse a su mesa en forma tan desvergonzada. Al fin y al cabo, claramente, la consulta se relacionaba con su profesión. Asimismo, le estaba pidiendo un consejo lo que, sin duda, representaba una sutil caricia a su ego. No pudo evitar explayarse.

– Sí, es un operador político. Están claramente con Macri. A ver, les pegan a todos pero es claro que tiran para ese lado. El tema es que publican muy pocos artículos por día. Tipo tres. En todo caso deciles que se pongan las pilas con eso- dijo ella en un tono profesional aunque algo altanero.

En ese momento varios pensamientos comenzaron a atravesar la mente de Natalia como disparos de una metralleta automática.

«¿Soné demasiado arrogante? Puede que sí. Tal vez debí haber usado un tono más neutral. No quiero parecer una superada. El pibe parece buena onda. O sea, no parece el típico baboso. ¿Por qué siempre hago esto? Espero que no lo tome mal».

El comentario no molestó en lo más mínimo a Diego quién ya estaba acostumbrado a la idiosincrasia de las mujeres porteñas de más de treinta. Por el contrario, lo tomó como un dato muy interesante e información de suma utilidad.

– Sí, es gracioso, varios me habían dicho lo mismo- dijo Diego complacido con la respuesta de Natalia-. ¿Y vos?- preguntó dirigiéndose a Carolina ¿A qué te dedicás?

– Soy psicóloga- respondió ella.

– ¿De la UBA?- prosiguió él.

– Sí- dijo Carolina con cierta complacencia.

En ese momento los prejuicios de Diego intentaron emerger desde las profundidades de su psiquis. «Otra psicóloga de la Universidad de Buenos Aires. Una Freudiana “hardcore” seguro. Si supieran que en otros países se burlan de la UBA por considerarla “el feudo del psicoanálisis”. Esa corriente está más atrasada…Es como estudiar física y solo leer a los autores de hace cinco siglos que decían que el sol giraba alrededor de la tierra. Y lo peor es que en esa universidad creen que están a la vanguardia de la ciencia. A ver flaca ¿No escuchaste hablar de la psicología sistémica, la logoterapia, la psicología cognitiva o la PNL?  ¡La ciencia evolucionó mucho desde principio de siglo! A ver, no le voy a quitar merito a Freud pero ¡Ya se superó ese paradigma boluda!». De pronto, Diego se dio cuenta que todo aquel embrollo mental no tenía ningún sentido y que verbalizar ese discurso solo produciría antagonismo en Carolina. Además quedaría como un prejuicioso. El problema era que, precisamente, él era una máquina de emitir prejuicios, no obstante, debía disimularlo a como diera lugar. Sabía que lo mejor sería usar la información en forma constructiva: para crear empatía. Gracias a un esfuerzo sobrehumano pudo asegurarse que su rostro siguiera expresando una dulzura tímida y una actitud de “mente abierta”.

– Dejame adivinar- dijo él con un tono jocoso- seguro que sos la fundadora del club de fans de Freud ¿No?

Carolina rio tímidamente.

– Más bien de Lacan- contestó ella entre risas.

– Ah sí, a ese también les gusta mucho en la UBA- comentó Diego acompañando la jovialidad del momento-. Es como la corriente dominante ¿No?

– Sí- respondió ella-, aunque, en realidad, ahora tenés materias de otras corrientes pero sí, el psicoanálisis es la que más se enseña. A mí me encanta.

«Pobres tus futuros pacientes», pensó Diego al escuchar la última frase. Mientras tanto Carolina comenzaba a intrigarse «¿Cómo sabe que en la UBA predomina el psicoanálisis ¿No dijo que era periodista? Capaz que tiene amigos psicólogos. Parece buena onda y es un lindo chico. Espero que Rocío no se ponga pesada y lo ahuyente como pasó la última vez».

De pronto Roció interrumpió la charla y adoptó una postura desafiante con tintes de insolencia.

– Es increíble ¿No? Te acercaste a la mesa y te sentaste así como si nada, sin pedir permiso. Me pregunto qué hubiese pasado si una chica se hubiera acercado a un grupo de hombres. Digo, ¿cómo hubiera quedado? Como una loca seguro. ¿Por qué es el hombre el que tiene que tener la iniciativa?

Ante aquel comentario Carolina y Natalia no pudieron evitar pensar lo mismo: «Otra vez con lo mismo Rocío. Tus discusiones no van para ningún lado. Siempre hablas de lo mismo».

Diego, por el contrario, realizó una interpretación más visceral que, por supuesto, guardó para sí: «”Feminazi” a la vista. Después uno trata de no ser prejuicioso pero al final la realidad te da la razón. Desde hace años que la UBA no deja de producir descerebrados. Bueno, tratá de permanecer calmado. No te enganches en sus discusiones y no respondas a sus chicanas. Deja que ella solita “descalibre” y se muestre por lo que realmente es. Dios como “me la baja” cuando empiezan con este discurso».

– Disculpen, si quieren me voy- replicó Diego con un tono pausado y mirando a Natalia y a Carolina con una actitud respetuosa- pasa que me pareció que la estábamos pasando bien.

Natalia no pudo evitar pensar que el retiro de Diego sería un error: «¡No, que no se vaya!», caviló en silencio. «La verdad es que estábamos re aburridas antes de que llegaras. O sea. Me gusta salir con las chicas pero a veces todo se vuelve muy monotemático y medio depresivo. Sobre todo cuando Rocío empieza con su discurso de siempre. Quédate». Carolina también pensaba de manera similar aunque al verbalizando utilizó un tono neutro a fin de no parecer una “desesperada”.

– No hay problema quedate, está todo bien- dijo Carolina con una actitud relajada y algo indiferente.

– Genial, porque yo la estoy pasando re bien- acotó Diego y, mirando a Roció retomó el tema planteado por ella-. Y con respecto a lo que dijiste, o sea, si yo estoy con mis amigos y una mina se acerca, por mí todo bien. No pensaría mal de ella, al contrario, diría que es muy copada.

– Bueno, porque en general los hombres pensarían que la mina es una puta- argumentó Roció con un tono ácido. Su actitud atisbaba rasgos de enojo cuidadosamente disimulados, aunque ya visibles para ese entonces.

– No, para nada, depende del hombre- replicó Diego asertivamente-. Digo, siguiendo con este “meta análisis” que planteaste, ¿Qué pensaron ustedes cuando me acerqué a su mesa?

– Fue medio raro, sí, pero fue con buena onda- contestó Carolina.

– Sí, o sea, te acercaste con buena actitud- agregó Natalia.

-Para hacer honesto- admitió Diego evidenciando un aura genuina- en general me encanta hacer esto, o sea salir y conocer gente nueva. Es una forma que tengo de lidiar con la ansiedad. O sea, ponerme a hablar con personas al azar. Para mí es como una aventura, además termino conociendo gente de lo más copada y bueno, si es una chica y después las cosas se terminan dando, genial.

« “Las cosas se terminan dando”». Repitió Diego para sus adentros en forma burlona. «Es increíble como las minas pueden pensar que esto es así. No boluda, “las cosas no se dan”. Ustedes creen eso porque leyeron mucho “Crepúsculo” y “Las sombras de Grey”. ¿Tienen una puta idea de la logística y la estrategia que hay detrás de un “se dio”? Si supieran lo difícil que es para nosotros. Ustedes nada más tienen que abrir las piernas y listo».

– Sí obvio, es la mejor actitud- dijo Carolina-. Igual muchos hombres son re pajeros . Tipo, se te acercan y te empiezan a tocar. Odio cuando hacen eso. No me gusta que un extraño me toque y me abrace. O sea: “No te conozco”.

– Sí, es cierto, o sea, tenés que dar consenso- adicionó Natalia.

De pronto un torbellino de pensamientos indignantes surgió dentro de la mente de Diego:  «Como se nota que tenés más de treinta» pensó él. «Venís de una generación donde el contacto físico no era tan común. Si supieras a donde fui el “finde” pasado. En el boliche, las pendejas se dejan tocar el culo y las tetas a los dos minutos de conocerlas. Y claro, si vienen cogiendo desde que empezaron la secundaria. Es otra generación. A estas reprimiditas las tocás con un dedo en el hombro y ya gritan acoso. La verdad que no me gusta ninguna. Ya están muy arrugadas. Parecían copadas al principio pero, ahora, de cerca, empezaron a aparecer esas actitudes de treintañera resentida. La pendejas son unas histéricas pero aunque sea todavía no aprendieron a odiar a los hombres. Bueno, me voy a intentar divertir un rato con ellas, que se yo».

– El otro día me pasó algo de lo más gracioso- acotó Diego en forma irrisoria- estaba en la calle y una chica me tocó el culo. La verdad que en ese momento no supe cómo reaccionar. A ver, si un chabón le toca el orto a una mina por la calle, es acoso pero si es al revés ¿Qué es?

– También es acoso- contestó Rocío con mucha seguridad.

– Sí pero, yo no lo sentí así- agregó Diego con una actitud pícara-, de hecho me gustó. Pero ella no me pidió permiso. El consenso se dio a posteriori del acto y se supone que tiene que darse antes, ¿no? Pero con todo esto del “Me too” empecé a reflexionar y me di cuenta que “no debía gustarme” sino que “debía sentirme ofendido”. Pero igual me había gustado así que estaba confundido. No sabía qué hacer, digo, si iba a una comisaria a denunciarla, la policía se me iba a cagar de risa en la cara, ¿no creen?

– Igual estuvo mal lo que hizo ella. Es acoso- insistió Rocío.

«A ver pelotuda atómica» pensó Diego ante la contundente respuesta de Rocío. «O sea que en tu mundo ideal de fantasía tengo que preguntarte: “¿Puedo besarte? ¿Puedo tocarte el culo?”. Si los hombres hicieran eso, la respuesta siempre sería que no  aunque las mujeres lo quisieran, todo porque en esta sociedad “conserva” las mujeres son unas reprimiditas de mierda. Mejor pedir disculpas que permiso. Sí, ya sé, “es re machista eso”…No boluda, así funciona la realidad y si no hacés eso, las minas no te dan pelota y te morís virgen. Yo la puse recién a los veintitrés años por escuchar a pelotudas como vos.  En cambio,  mis amigos se la pasaban cogiendo y jamás pedían permiso para nada. Como se nota que no tenés idea de la vida PE LO TU DA. Lo peor es que tengo amigos de treinta que siguen pensando que tenés que respetar a las mujeres para cogértelas».

Un sentimiento de amargura salió a la superficie. Por suerte, Diego pudo controlarlo y su actitud continuaba siendo jovial y relajada.

– Pasa que los hombres son muy básicos- agregó Carolina mostrando cierta resignación.

« “Los hombres son muy básicos”, ya está con esto me la terminaste de “bajar” ¿Qué sigue? ¿Los hombres son todos iguales?» Reflexionó Diego calladamente. «En todo caso así son los hombres con los que VOS salís. Y claro, cualquier hombre diferente, cuando te escucha decir esas cosas, se va a la mierda. Imaginate que te ponés a hablar con un chino y le decís: “todos los chinos son sucios”. ¿Cómo crees que se lo va a tomar, boluda? Te va a mandar a la mierda, aunque después les digas: “Pero vos no”».  Diego contuvo la tentación de expresar sus pensamientos y continuó manteniendo la templanza:

– Creo que muchas mujeres subestiman a los hombres- dijo él con mesura-. Somos más complejos de lo que nos gustaría admitir. De hecho, te sorprendería descubrir cuanta miseria hay de este lado. ¿Ustedes creen que es fácil acercarse a una mesa de desconocidas? La presión social te mata, la mayoría de los hombres no lo hace por miedo y muchos que lo hacen, lo hacen mal porque nadie les enseña a hacerlo. Y encima las mujeres después te chicanean todo el tiempo.

– ¿Estás diciendo que las mujeres deben ser pasivas? Eso es medio machista- dijo Roció con un tono inquisidor.

«Ya saliste con la de “Estas diciendo que…”, típica porteña treintañera resentida que busca ofenderse. Te voy a mostrar lo que es el temple, pelotuda». Diego miró a Rocío con tranquilidad y adoptó una actitud de seriedad y moderación hasta ahora nunca antes vislumbrada.

– Volviendo al meta análisis de esta misma situación- dijo él-: fíjate, estábamos teniendo una conversación re “tranqui” y ya me tiraste la primera chicana, provocación, trampa, etc… Llámala como quieras. Ese comentario que me hiciste es muy común entre las mujeres argentinas y busca generar la impresión en el otro de que te ofendiste ¿No es cierto? Yo sé que no es así, sino que se trata de un mecanismo que usan las mujeres para testearnos a los hombres. También sé que la respuesta correcta es no engancharse con el comentario y evitar justificarse. Me acuerdo una vez que dije que el ariquipe colombiano era el primo gay del dulce de leche y una mina argenta me dijo: “¿Sos homofóbico?”. A lo que respondí: “Por el contrario, me encanta la pija, ¿a vos no?”. O sea, en vez de salir a la defensiva, no le hice caso al comentario. Podría haber hecho lo mismo con lo que me dijiste pero prefiero evitar estas boludeces y tener una conversación madura. Ya estoy medio cansado para esto. Además me caen muy bien.

«Te cagué hija de re mil puta, a ver que hacés ahora…Te das cuenta ¿no? Me permitís quedarme en tu mesa solo para “bardearme”. Que resentida de mierda que sos. ¿Qué culpa tengo yo de que tu novio te dejara por una pendeja?», pensó Diego mientras sonreía secretamente. Su rostro manifestaba una inocencia y una dulzura conmovedoras.

Rocío bajo la cabeza. Se sintió algo sorprendida por el comentario de Diego. Efectivamente había pasado el test, sin embargo había hecho evidente la inconsciente intención de su acción y esto la avergonzaba. Ahora sentía que su actitud había sido inmadura. Diego parecía una persona de lo más centrada.

Por lo pronto la voz interna de Rocío también empezó a expresarse: «No sé porque hago esto, capaz que la psicóloga tenía razón cuando me dijo que alejo a los hombres. ¿Por qué hago esto? Tengo tanta bronca, quiero una relación y dejar de andar de chongo en chongo. Pasa que los hombres no quieren nada serio ¿O no quieren nada conmigo? ¿Qué tengo mal? Soy una profesional exitosa, soy muy buena onda. Tengo mi carácter, sí, pero si no te mostrás fuerte nadie te respeta. Ya tengo treinta y un años, no puedo seguir con el boludeo. No sé qué hacer. O sea, quiero un hombre que me entienda, que sea sensible, no el típico “langa” chamuyero. A ver, tampoco quiero un boludo ¿Tan difícil es encontrar alguien así? Ya no quedan hombres de verdad».

En ese momento Diego decidió cambiar de tema y seguir indagando sobre Rocío. Quería ver hasta dónde podía llegar. Era claro que ella poseía una coraza muy sólida y un carácter muy fuerte por lo que derretirla y generar empatía sería todo un desafío. Sería una buena oportunidad para aplicar la técnicas de sociabilización sobre las que había leído recientemente. Igualmente, ya había logrado, por momentos, sacarla de su amargura natural por lo que la esperanza existía. También la situación constituía una oportunidad de entender la postura feminista moderna, la cual se había esparcido notoriamente. Diego consideraba que si relajaba sus propios prejuicios y escuchaba con atención a Rocío, podría tener un debate maduro con ella sobre los temas de moda. Por supuesto, siempre escuchando más que hablando. La idea era siempre mantener un buen clima y respetar la opinión de ella, cualquiera fuese. Por lo menos para afuera. Su cabeza sería el último bastión de su ya lacerada libertad de expresión.

– Me habías dicho que eras socióloga ¿No?  ¿Trabajás en una consultora o hacés investigación?- La sonrisa de Diego era abrazadora y cálida. Rocío se sentía cómoda y consideraba a su interlocutor como una persona perspicaz e inteligente, además de verlo como un individuo muy simpático.

– Investigo en el CONICET- respondió ella con orgullo-. Estoy haciendo un doctorado investigando temas de género.

Al escuchar esto, Diego supo con quién estaba lidiando. Cualquier paso en falso haría que su interlocutora se enojara o se ofendiera. Comprendió que lo mejor sería adoptar una actitud curiosa y algo ingenua y, desde luego, no hablar demasiado.

– Que interesante- dijo él con un tono cálido-, tiene que ver con eso de la ideología de género ¿Verdad? Para serte honesto no tengo idea de que se trata eso ¿Está relacionado con la tercera ola del feminismo ¿No?

«Bueno, a ver, el plan es bastante sencillo, usa el marco del “chico curioso” y hacé preguntas sin emitir opinión, así ésta loca no salta», reflexionó Diego mientras observaba a Rocío adoptar una expresión académica aunque con ciertos atisbos de un enojo subyacente.

–  En realidad hubo varias olas de feminismo. Esta se considera la tercera. Con ella se revitalizó una teoría según la cual no existen los géneros sino que esto último se trata de una construcción cultural. Vos pensá que cuando somos chicos se nos impone una forma de ser a través de los roles que se nos asignan. Por ejemplo, se nos enseña que las mujeres deben vestirse y actuar de determinada forma cuando, en realidad, todo eso es una construcción social y cultural. A un chico se le imponen ciertas pautas según la cual no puede elegir su verdadero género. Pensá lo siguiente: ¿Cuál es el insulto que usan más los chicos en la secundaria para humillar a otro par? Le dicen puto. Se baja línea de que ser gay y comportarse de forma afeminada está mal para un hombre. Es la cultura del patriarcado imponiendo sus designios tanto a los hombres como a las mujeres.

«Bueno, lo del bullying con lo de “sos puto” es verdad, igual ahora lo peor que te pueden decir es “virgo”», razonó Diego para sus adentros. «A mí me lo hicieron todo el tiempo en la secundaria, aun así, más allá de las construcciones culturales, los hombres nacen con pija y la mujeres con concha. Sí, están los hermafroditas y los tipos que se sienten mujeres y que se cambian de sexo pero no son la mayoría. Y lo del patriarcado, bue, eso suena más a teoría conspirativa que otra cosa». Aquello le parecía discutible, sobre todo porque recientemente había leído sobre un caso que tuvo lugar en los años ochenta el cual, prácticamente, refutaba la teoría que Rocío exponía con tanta convicción. De hecho, era una buena oportunidad para plantear el caso en cuestión. Tal vez Rocío podría aportarle una nueva perspectiva.

– Leí sobre un caso muy famoso que seguro vos conocés mejor que yo- comentó Diego muy mansamente-. Es más, la serie la “Ley y el orden” lo usó para un capítulo. Resulta que una pareja tenía dos hijos gemelos y cuando eran bebes uno de ellos tuvo un accidente y le tuvieron que extirpar los genitales. Los padres, preocupados por las consecuencias que ese suceso provocaría en la vida social del pibe, lo llevaron con un médico que defendía todas estas teorías del “género construido por lo cultural”. El tipo les sugirió que le cambiaran el sexo con varias operaciones y tratamientos hormonales y que lo criaran como si fuera una nena. Según el doctor, eso lo iba a convertir en una mujer debido, justamente, a que el género era una construcción. Cuando el pibe creció (como mujer) empezó a tener actitudes “raras” en el colegio. Pensá que nadie sabía que había sido hombre. Llamaban preocupados del colegio diciendo: “su hija siempre se junta más con hombres que con mujeres y juega a los deportes con ellos. Y una vez besó a una chica. Tiene actitudes muy masculinas ¿no tendrá alguna confusión de género”, decían. Claro que los del colegio no sabían que era un chabón al que le habían cortado la pija. Al final cuando fue más grande le dijeron al pibe la verdad y decidió volver a ser hombre.

Rocío se quedó algo extrañada.

– La verdad nunca escuché sobre ese caso- dijo ella-. Igual es algo que yo creo que es así y punto. Para mí el género es una construcción ideológica impuesta por el patriarcado.

Diego trató de mantener la tranquilidad. Sabía que cualquier objeción desataría a una fiera. Sin embargo, no pudo evitar reflexionar en silencio sobre todo aquello. «Para un cacho, ¿cómo que “yo creo que es así”? Entonces no es una teoría científica. De hecho, ninguna teoría seria abala esas hipótesis sobre género. O sea que es una cuestión de fe ¿No? Entonces no se puede discutir nada. Es como una creencia religiosa. Pará un minuto: ¿es decir que el CONICET te está financiando esto? Es como si yo pidiera plata para investigar la teoría de que la tierra es cuadrada aunque ya fue refutada. Pero no importa porque “yo lo creo”. ¿Tenemos flor de crisis de presupuesto y se gasta guita en esto?».

Diego no pudo evitar imaginar la expresión que hubiera puesto Rocío si hubiera escuchado su verdadera opinión. Su objetivo no era tener razón sino probar las técnicas que había leído en el famoso libro de Dale Carnagie “Como hacer amigos e influir en las personas”. Como el objetivo era conectar con ella lo que debía hacer, según el libro, era hacer que ella hablara de lo que le apasionaba mientras que él solo debía escuchar. «¿Qué querés: tener razón o llevarte bien con la gente?», pensaba parafraseando un capítulo del célebre escrito.

– Contame más sobre eso, mencionaste lo del patriarcado ¿Qué eso?- dijo Diego expresando la curiosidad de un niño tanto con su cuerpo como con su rostro.

«Con eso capaz que se tranquiliza un poco», pensó él. «Podría preguntarle en joda si ella es un hombre en un cuerpo de mujer o algo así a ver si se ríe. No, estas boludas no tienen sentido del humor. Mejor no arriesgarse».

Ya para ese entonces Carolina y Natalia estaban en la suya hablando de otros temas. Una llama de furia reprimida comenzó a arder dentro Rocío. Ingenuamente, Diego creía que si ella hablaba de lo que le apasionaba se sentiría a gusto con él. El problema fue que los pensamientos que se engendraban dentro de la mente de la joven socióloga no era precisamente precursores de emociones estrictamente positivas. No obstante, arrancó su explicación con una bronca contenida.

– Básicamente es un régimen que existe hace siglos. Sostiene la superioridad de los hombres sobre las mujeres y se extiende tanto a nivel familiar como social. El problema es que el rol de la mujer queda sujeto al que le dé el poder masculino.

«Ok, hasta ahora una pseudo teoría conspirativa onda como la de los Illuminati. Hasta la famosa y respetada feminista Camille Paglia dice que es una boludez más grande que una casa esta teoría pero bueno, a ver que dice esta mina», razonó Diego para sí mientras mantenía una expresión que decía: “que interesante”. Rocío continuó su discurso aumentando el volumen y la agresividad en el tono de voz:

– O sea, pero el mandato patriarcal de la masculinidad no tiene de victimas a las mujeres solamente. También a los hombres. Por eso, además, se busca la felicidad de ellos. La idea es eliminar el sistema capitalista y el patriarcado. Feminizarse es una lucha legitima frente a la crisis política de la masculinidad hegemónica. ¡La cosa así no va más: hay que luchar o luchar!

El tono y actitud de Rocío aumentaba en intensidad. La bronca se hacía evidente. Diego comenzó a sentirse incómodo. Algo no estaba bien. «Está hablando de lo que le apasiona, sin duda, pero se está re sacando mal. Carnagie, la puta madre me re cagaste». En ese momento una imagen mental del célebre orador Dale Carnagie apareció en la mente de Diego. En aquella imagen, él se encontraba frente al conocido escritor diciéndole: «“Dale”, ¿no me habías dicho que si dejabas que una persona hablara de lo que le apasionaba, mientras te quedás escuchando, se pone contenta? Esta mina me va a fajar en cualquier momento chabón». El famoso orador puso una cara de fastidio y respondió con cierta resignación: «A ver pibe, esos consejos son para el 90% de los casos. Está mina está del tomate. Usa el sentido común…». Entonces Diego dijo enojado: «La puta madre Carnagie, ¿Por qué no me dijiste eso antes? Te voy a cagar a piñas ¿Qué hago ahora?». “Dale” lo miró con cierto hastío y le contestó: «Y…hacé lo que digo en el libro, acaricia su alma con un halago. Ya sé, decí…».

–  ¡Wow, se nota que te re apasiona el tema!- dijo Diego sonriendo ampliamente y con un tono de admiración sublime- seguro que tu tesis está quedando espectacular. Siempre se nota cuando a alguien le apasiona algo.

Rocío sonrió tímidamente. Diego quedó complacido con la reacción que había provocado en ella. No pudo evitar pensar: «Gracias “Dale”, sos un capo». La imagen de Carnagie apareció en su cabeza nuevamente expresando orgullo en su rostro y elevando el pulgar en signo de admiración como diciendo: “Bien pibe, ese mi pollo”.

«Bueno, ahora sí, pasemos a otra cosa. Volvamos a la dinámica grupal que era más divertida y generaba emociones positivas. Tratemos de hablar sobre otras cosas, es obvio que este tema la hace enojar», reflexionó Diego.

– Che, ¿siempre vienen a este bar?- Dijo él, ahora dirigiéndose también a Natalia y a Carolina.

– Sí, cada cuánto- respondió Natalia.

– Yo, la verdad, prefiero ir a otros lugares -continuó él-. En los bares siempre tenés los mismos perfiles. Justo hoy vine porque había quedado en encontrarme con mi amigo. Prefiero ir a centros culturales, ahí la gente es mucho más copada. Como que los artistas son mucho más relajados ¿No?

Los prejuicios se arrimaron y en su mente retumbó el sonido de una voz ácida: «Viejas chotas de mierda. Eso es lo que hay en los bares. Treintañeras resentidas que se hacen las superadas aunque están más solas que la mierda. Por favor, dejen de disimular que está cagadas de hambre. ¿Por qué mierda vine para acá? Ah sí, mejor esto que un boliche, hoy no tengo paciencia para las pendejas, además estoy muy cansado. Y además era lo más fácil, para otro lugar hay que averiguar por Internet».

– Sí, es verdad, tengo una amiga que hace teatro y que es re copada. Y todos sus amigos son así- acotó Carolina entusiasmada. Sus amigas asintieron al compartir aquella opinión.

– Seguro que vos sos la más loca de la tres, viste como son las psicólogas- respondió Diego con picardía y buscando complicidad en las otras dos chicas.

Carolina sonrió y golpeó juguetonamente el antebrazo de Diego.

– ¡Hey! ¡¿Qué esto?! Yo no te di permiso para tocarme. El consenso es algo que se debe dar a priori ¿No?- dijo él con un tono de falsa indignación. Carolina adoptó una actitud irreverente:

– Bueno pero es obvio que me diste el permiso…

– ¿Cuándo te lo di?- respondió Diego desafiante.

«Ahora te tengo» reflexionó Diego «¿Ven que ustedes son una contradicción con patas? Sí, ya sé lo que querés decir: el lenguaje corporal ¿No? Sí, lo sé, con las mujeres se aplica lo mismo, por eso a veces podemos agarrar y tocarles las tetas de una y no pasa nada y, de hecho, se cagan de la risa. Hasta seguro que te pasó eso. Pero hablarlo es distinto ¿No? Es políticamente incorrecto como todo hoy en día. Igual seguro que no estudiaste nada de eso en la UBA. Está más atrasada la carrera esa».

– Che se está haciendo tarde, deberíamos ir yendo- interrumpió Natalia. Las chicas comenzaron a incorporarse. Diego se puso de pie con la intención de acompañarlas a la salida.

– Espérenme que voy al baño antes- dijo Rocío.

– Esperá que te acompaño- agregó Natalia.

Diego y Carolina se quedaron en el medio del bar esperando a las otras dos chicas. En ese momento Diego aprovechó para continuar con el polémico debate.

-Sé lo que quisiste decir. Te di consenso con el lenguaje corporal- dijo él. Carolina sonrió y comentó:

– Sí, exactamente.

– Entonces- prosiguió Diego atisbando una actitud sagaz- ¿Viste que lo del consenso no es tan así? El consenso puede lograrse a posteri o incluso en el momento.

– ¿Cómo eso?- preguntó Carolina intrigada. Diego continuó:

– ¿Viste que antes dije que las mujeres nos provocan con tests para ver qué hacemos? Para cada uno hay una respuesta: Por ejemplo: “Sos muy gordo”. Ahí respondo: “pasa que quería tener tetas para conectarme con mi lado femenino” (ya que justo veníamos hablando de género y todo eso con tu amiga).

Carolina comenzó a reírse con efusividad. Diego siguió desarrollando su jocoso argumento:

– Mira estos otros: “sos muy flaco”, dice la mina, y yo respondo: “es que de tanto tener sexo no tengo tiempo de comer”. “Sos muy viejo”, me dice, y yo digo: “Por eso mismo, apurémonos que no me queda mucho tiempo”. “¿Sos gay?” (éste es bastante típico). Ahí podes decir: “Sí, pero si no fuera gay serías mía”.

Carolina se descostillaba de la risa.

– Me matás- dijo ella ahogándose en carcajadas.

– Pero hay uno que es mi favorito ¿Sabés cuál es? Seguro que lo dijiste alguna vez- agregó Diego de manera muy provocativa.

– ¿Cuál?- pregunto ella sonriendo y portando una curiosidad digna de una chica de doce años.

– “Sos un chamuyero”- contestó él con una sonrisa pícara.

– ¿Y que se dice en ese caso?- Preguntó Carolina. Diego hizo una pausa breve y con una actitud desafiante dijo:

– Decímelo…

– ¡Sos un chamuyero!- exclamó ella entusiasmada.

A lo que Diego respondió:

– Señorita, por favor, mis intenciones son nobles, se lo digo con la mano en el corazón- y apoyó su mano en la teta de Carolina con grotesca irreverencia. Carolina estalló a carcajadas.

En ese entonces Natalia y Roció volvieron del baño y observaron a Carolina reírse con furia. «¿Y a ésta que le pasa?», pensó Rocío cubierta de intriga.

Finalmente las tres chicas y Diego salieron por la puerta del bar. Diego aprovechó la despedida para seguir desarmando los argumentos antes planteados y, abriendo sus brazos con ternura, dijo:

– Bueno chicas, ha sido un placer conocerlas, denme un abrazo- y las abrazó con fuerza una por una sintiendo, por parte de cada una de ellas, alegría y comodidad.

Carolina, antes de irse, aprovechó para tocar el brazo de Diego con una actitud burlona, como si fuese una nena chiquita. Diego la miró de reojo con una falsa actitud de regaño.

Mientras Diego se alejaba pensaba «Ves, al final, en el fondo, quieren que te acerques… Y con el humor podés hacer cualquier cosa. El consenso es relativo. El mundo es complejo. Igual quién querría estar con minas de este nivel de resentimiento. Me costó un huevo sacarlas de ese estado y solo lo pude hacer bien con una. Mejor sigo intentando con las pendejas, aunque cueste, y aunque te saquen de quicio. Igual menos mal que tengo a la brasilera para garchar, sino estaría re necesitado y no podría salir y bancarme todo esto sin enojarme. Por lo menos tengo con quién sacarme la leche. Ok, no es linda pero es lo que hay. Ojalá pueda encontrar una mina que me vuelva loco y que además sea copada…Me siento bastante solo a veces, y muy frustrado. A menos la brasilera es tierna y le pone onda, que se yo. No me habla del patriarcado y de esas cosas. Una pena que no me gusta. Tal vez debería mudarme a Brasil por un tiempo y buscarme otra… ¿Qué hora es? Recién son las once. Los chicos me dijeron que estaban en Temple bar. Bueno voy para ahí un rato. Esta interacción me subió las energías».

En ese mismo momento, mientras las chicas se alejaban del bar, Carolina pensaba: «Me cayó re bien este Diego, que mal que no me pidió el celu, parecía muy copado. ¿Por qué solo los babosos me tiran onda y los que me gustan no?».