Las 50 sombras de Milton (extracto)

Este es un extracto del célebre libro “Las 50 sombras de Milton”, libro que narra las peripecias de Milton y sus amigos desde el punto privilegiado de mi persona, David Hume. El libro en sí constituye una biografía privegiada de este intrépido seductor. Sus enseñansas podrán salvarle la vida (sexual y amorosa) a más de un hombre.

En mis esfuerzos por ayudar a Juan en sus peripecias seductoras algo que le sugerí es que comenzara a realizar un Diario de Seducción. Es decir, una bitácora donde registrara cada una de sus interacciones con alguna que otra Damisela. Consideré que, de esta forma, él podría ir percatándose de sus errores y aciertos que cometía al realizar el acto del flirteo. Debo decir que la vida de Juan no fue fácil en lo concerniente a las mujeres. Durante el colegio secundario no interactuó con una sola mujer y fue solo en los primeros años de la universidad cuando intercambio saliva por primera vez con una cortesana que conoció en el cumpleaños de un amigo. Por su falta de conocimientos sociales no solo no salía de noche sino que ni siquiera encaraba mujeres durante el día. Solo en circunstancias especiales, como un cumpleaños, tenía la oportunidad de interactuar con alguna que otra dama y la verdad era que sus acercamientos eran un tanto infructuosos debido a la falta de experiencia. Como nadie la había enseñado, hacía lo que podía y dado su capacidad para empezar conversaciones y hacer reír lograba aunque sea acercarse y generar buenas vibras. Lo cierto es que, al no saber sexualizar, muchas veces escuchaba la terrible y tristemente célebre frase “Te quiero como amigo”. Y, al reiterarse sus fracasos, los primeros juicios comenzaron a aparecer, fruto de la frustración de no poder mojar su bastón viril en una dulce y húmeda rosqueta.

Por el contrario Milton para los 12 años de edad ya se había enhebrado a una de sus profesoras. Con un carisma supernatural y un conocimiento elevado del alma femenina, Milton conocía cada uno de los secretos de una mujer. Esto fue producto de pasar toda su infancia rodeado de mujeres (su madre, sus cuatro hermanas y sus primas). Esta experiencia le había ayudado a descifrar los misterios de psiquis femenina. Adicionalmente, poseía una enorme curiosidad por seguir descubriendo los enigmas allí subyacentes. Él me dijo una vez en confidencia: “Yo admiro a las mujeres, soy su fan número uno. Su naturaleza es misteriosa, contradictoria y fascinante. Quiero degustar sus carnes y conocer sus más íntimos secretos”. Con este lema Milton se había propuesto engarzar a cuanta damisela podía, llegando a haberse incrustado a 856 mujeres antes de cumplir los 16 años, la cuales incluían a sus compañeras de colegio (una escuela pública de muy mala reputación), sus maestras y profesoras, las hermanas de sus compañeros e, incluso, a las madres de sus compañeros. Milton no tenía piedad.

Una de mis pasiones es resolver el misterio de los grandes seductores y estudiando a Milton he podido comprender las claves de la seducción. Para él no existía la diferencia entre ser directo o indirecto. Él lo decía todo con su expresión facial, su tono vos y sus comentarios sagaces. Igualmente no fui el único que aprendió de él. Carlos, un amigo de la infancia de Milton a quien tuve la oportunidad de conocer, también aprendió un par de trucos. A pesar de no tener las habilidades innatas de Milton, poseía una capacidad analítica exagerada, la cual le permitía aprender procesos y rutinas de forma estructurada. Una cualidad ciertamente impresionante. Una vez me contó en detalle cómo había besado a una damisela en solo 20 minutos durante un viaje en tren. A continuación trascribiré casi textualmente dicha anécdota tratando de conservar su esencia. Como Carlos es argentino, sus modismos pueden resultar un tanto incomprensibles así que haré las aclaraciones pertinentes y le daré estructura a su narración ya que él solo se expresa oralmente.

“Estando en la estación, la abordo con un “Che, me gusta tu look”. Luego le digo que por ahí me puede ayudar con algo mientras miro mi teléfono haciéndome el indiferente (a las minas/mujeres les encanta cuando te haces el asqueroso y no les das bola). Haciendo eso les pregunto “¿Según vos cual es el modo correcto para terminar una relación?”. Ante ello,  me pregunta porque quiero terminar la relación y le explico que “ya no me pasan las mismas cosas que antes, sin embargo ella sigue enganchada y yo no le quiero romper el corazón”. Agrego que es una compañera de teatro y que voy a tener que seguir haciendo funciones con ella y que por eso quiero que la relación termine bien, y que, de hecho, admiro a esas parejas que luego de terminar, mantienen una muy buena amistad.

Ella habla con voz baja y con un ritmo muy tranquilo, casi como que parece tímida. No me mira mientras habla. Yo estaba a su lado. La conversación comenzaba a decaer, le digo que tiene “pinta de artista” a lo que me responde que hace circo aéreo hace 3 años. Específicamente es trapecista. Le comento que yo quería hacer palo chino, y pregunto si donde ella entrena enseñan. Después de eso le pido el Facebook con la excusa de contarle el fin de la historia con mi futura ex y para invitarla una de mis obras de teatro. Seguimos hablando hasta que llega el tren. Caminamos hacía una de las puertas, y veo que en la puerta de la izquierda no va a entrar nadie. Se me ocurre cambiar de dirección e ir hacía esa puerta sin decir nada para ver si ella me sigue. En este punto se podía haber terminado la interacción, ya que ésta había decaído un poco. Si ella se estaba aburriendo tenía una buena excusa para dejar de hablarme, era yo quien se alejaba de ella. Miro por el reflejo de la ventana y noto que me está siguiendo. Una vez adentro busco una posición estratégica donde pueda apoyarme. Ella me sigue y se queda al lado mío. Retomo la conversación. La situación anterior me hizo darme cuenta cuán interesada estaba en mí, entonces decidí ver cuán lejos podía llevar este encuentro en el tren (y de paso me entretenía en el viaje).

Seguimos hablando de artes escénicas, comparando el circo con el teatro. Pregunta mi nombre (buena señal). Le pregunto por sus otras pasiones en la vida, aparte del circo, me cuenta que empezó hace poco a pintar lienzos con retazos de telas. Ella invierte más: pregunta por mis pasiones. Le cuento que hace un tiempo hice un profesorado de yoga. También le cuento que amo viajar y que hace poco fui a dedo a Perú. Le cuento una anécdota de teatro, donde en una escena romántica siempre me doy beso con una compañera, pero un día, en una función me metió la lengua sin haberme avisado y yo me quedé sorprendido.

A partir de ahí noté un cambio en su mirada, “puso ojos de cachorro” (pupilas muy abiertas). Me di cuenta que la situación podía derivar en un beso aunque en un tren sería un poco raro. Mire a mí alrededor. El vagón estaba medio lleno. Nadie nos estaba mirando. En ese momento, decidí seguir hasta llegar al beso. Mi calibración me decía que aún faltaba hacer mucho Kino (contacto físico), y es verdad, prácticamente no la había tocado. Empiezo a buscar escusas para invadir su espacio. Tomo sus aritos, le pregunto dónde los consiguió ya que quiero unos así para mi hermana. Luego me acerco a ella para verlos. Tomo sus manos y me quedo mirando las líneas. Ella dice que tiene las manos llenas de callos por el trapecio. Le muestro que las mías están igual por ir al gimnasio. Le leo las manos. Pregunto si quiere que comience por la línea de la fortuna o la del amor. Elige la del amor… continuo.

Ella menciona que alguien está usando un perfume muy fuerte. No éramos ninguno de nosotros dos pero aprovecho el comentario para acercarme a su cara y oler su perfume. Le digo que haga lo mismo. No parece incomodarse, sin embargo me dio la sensación de que darle un beso en ese momento hubiera resultado un poco brusco.

Entonces me saco la mochila, luego la campera y se la hago sostener con un “tenme” que digo de forma muy tranquila y sin mirarla. Me pongo la mochila y tomo mi campera. Le propongo hacer un ejercicio de teatro. Juntamos palmas a los lados, le digo que tiene que apoyar su cabeza contra la mía y de apoco ir retrocediendo con los pies sin despegar su frente de la mía. Hago lo mismo, “ahora hay que juntar narices también y de apoco sacar peso de las manos dejando solo la cabeza como punto de apoyo”. (Básicamente formamos un triángulo con la postura de ambos).

Ella hacia circo así que cualquier juego corporal de ese tipo estimaba que le resultaría divertido, y así fue. Además sería raro que uno de los dos se cayera o se golpeara, en mi caso porque hago artes marciales hace varios años. Sentía que estaba creando valor único y que había cierta comunicación entre los dos cuerpos. De hecho algo que está en mis estándares es encontrar una mujer que tenga algo de expresión corporal, ya que es algo que me seduce y dice mucho de la persona. Algo más de lo que me di cuenta en ese momento fue que, si a ella no le daba vergüenza hacer eso en el tren, no va a tener drama si nos besamos. Todas las personas que estaban ahí nos vieron entrar juntos, así que podrían pensar que somos novios. Dejamos el ejercicio. Le cuento que me compre una máquina para raparme mientras toco su cabeza donde tiene el pelo corto, casi rapado. Entonces veo que tiene 3 rastas pequeñas que asoman por atrás de su cuello. “Uh, rastas que copado!” Le toco el cabello, me acerco al costado de su cabeza y pongo mi mano izquierda en su nuca. Ella gira levemente la cabeza y me mira de costado. Pongo mi mano derecha en su mejilla y la beso. “Es un poco loco todo esto” dice. Saco mi teléfono y sin decir nada se lo doy. Ella anota su número. Después de un par de besos y minutos, ella se baja.”

Reflexiones:
Lo que me gusta de esta interacción, es el grado de detalle con el que nuestro héroe describe cómo llegó a besar a la dulce doncella. Se puede observar que:

  • Al contarle Carlos todas las actividades interesantes que él hace, la muchacha pudo haberse sentido más interesada. Tengo entendido que en la jerga de la seducción esto denomina Demostraciones de Alto Valor aunque en realidad nunca sabemos si fue eso lo que disparó la atracción. Para confirmar esto necesitaríamos la versión de la dama.
  • Carlos realizó algunos test de obediencia para chequear el grado de acatamiento y comodidad de la damisela (como el hecho de tenerle la campera).
  • Muy probablemente podría haberla besado en el momento que sus pupilas se dilataron (“carita de cachorro”) en vez de proseguir con la “rutinas” para el beso como la rutina de acercarse a olerle el perfume y hacer el ejercicio de apoyarse la cabezas. Creo que fue por su inseguridad que siguió tirando medidores. Uno nunca va estar totalmente seguro. A veces es simplemente un salto de fe.

Aún así creo que la reflexión más importante…