La vida en versos

Tengo una extraña fascinación por lo poemas. Admiro su capacidad de trasmitir con tan pocas palabras la intensidad de mil emociones compactadas en versos. Pero más que un poema en su conjunto, de estos últimos lo que más me conmueve es la energía de una frase. De un verso que tiene la virtud de sacudirme hasta los huesos. La poesía no solo se restringe al campo de los poemas sino que habita en el corazón de la literatura.

Recuerdo aquella frase conmovedora extraída de la novela Drácula de Bram Stoker:

“He recorrido un océano de tiempo para poder volverte a ver”

En agonía, este ser torturado clama a su amor perdido la angustia existencial de haber recorrido los laberintos del tiempo para poder reencontrarse con ella. Un vasto espacio infinito, un océano. Desgarradora metáfora para describir la inmaterialidad del tiempo. Entre un punto y otro en el espacio hay una distancia pero entre un momento y otro en el tiempo ¿Que hay? Un océano infinito, una distancia inmensurable, o tal vez nada. Al reencontrarnos con alguien luego de décadas, a veces ocurre que la distancia temporal es igual a cero. El ayer y el hoy se unen en un momento y los años parecen segundos. Esa es la magia de este océano, puede ser el más profundo y cuyas costas jamas uniremos o, por el contrario, su espesor puede ser infinitamente pequeño. Caprichos del destino. La intensidad de la búsqueda y la expectativa es lo que separan las costas, el olvido las hace más cercanas.

Esta idea del tiempo como concepto relativo me hace reflexionar sobre la atemporalidad del presente. Realmente cuando vivimos el presente el tiempo deja de existir. El momento es ahora. Vive eternamente aquel que vive en el presente y la muerte tal vez sea solo una ilusión. Como lo describe en una forma tan pura que estremece Dylan Thomas: la muerte no tendrá dominios.

“Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.”

Aunque los amantes mueran, el amor no morirá y la muerte no tendrá dominios ¿Puede una persona vivir eternamente en un momento del tiempo? ¿Puede el amor liberarlo? Vivimos angustiándonos por el pasado y ansiosos del futuro. Buscando la libertad afuera de nosotros que ya tenemos en nuestro interior. Que hemos olvidado. Sentimos que somos esclavos de nuestro pasado cuando en realidad somos solo hijos de éste. Nos olvidamos que somos los padres de nuestro porvenir. Palabras de Viktor Frankl, quien encontró su libertad en el más vil de los infiernos. A veces hay que descender al más cruel de los avernos para poder ver la luz y descubrir que en realidad siempre fuimos libres. En este sentido él afirma:

“Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud frente a la vida. Debemos aprender por nosotros mismos, y también enseñar a los hombres desesperados que, en realidad, no importa que no esperemos nada de la vida, sino que la vida espere algo de nosotros. Dejemos de interrogarnos sobre el sentido de la vida y, en cambio, pensemos en lo que la existencia nos reclama continua e incesantemente. Y respondamos no con palabras, ni con meditaciones, sino con el valor y la conducta recta y adecuada. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante en particular.”

Una cosa lleva a la otra. Un hombre tiene una debilidad, un defecto, es imperfecto. Ese defecto lo hace sentir culpable. La culpabilidad lo hace sentir vergüenza. La vergüenza se compensa con orgullo, arrogancia y vanidad. Y cuando el orgullo falla, le desesperación asume el control y esta lo lleva a su destrucción. El cual será su destino…algo tiene que detener este flujo. A veces necesitamos de dolor para ser conscientes de ello, darnos cuenta de que no somos inmortales. Tal vez, abrazando está idea, podamos, en cierta forma, vivir eternamente nuestra mortalidad.