LA TORTURA

I

«¿Cómo te sientes hoy?» «Mareado, como siempre, y confundido, como de costumbre. No sé si es por las porquerías que me obligan a tomar o por mi condición, producto de…En fin, el proceso que experimenté.» «¿Quieres hablar de ello?» «¿Con qué objeto? Al parecer algo les comenté sobre eso, antes de que me trajeran aquí, aunque no recuerdo con exactitud qué fue lo que les dije. Mi memoria va y viene y algunos eventos poseen poca claridad en mi mente. Ahora creen que he perdido la cabeza, que soy un orate…Lo triste es que mi confusión mental es tal que puedo confirmar que, en definitiva, estoy loco. Aun así, lo que les dije es la absoluta verdad, claro que es natural que no me crean. A veces una persona puede estar demente y, a pesar de ello, decir la verdad aunque no le crean.» «Debes admitir que lo que les dijiste a los médicos es un tanto disparatado.» «Por supuesto, pero en aquel entonces estaba aún más confundido. Si hubiera estado en un estado mental equilibrado no hubiera dicho nada. Hubiese inventado un cuento que pudieran creer. Aunque no sé si hubiera sido lo mejor, quizás me hubiesen enviado a una cárcel.» «¿Por qué crees que mereces ir a la cárcel?» «Porque es el destino de los asesinos en cualquier sociedad civilizada. Igual hay una diferencia entre matar a alguien y cometer un asesinato.» «¿Cuál es esa diferencia?» «En una guerra ejecutar a alguien no se considera asesinato, en sociedad sí lo es. Todo es una cuestión de contexto.» «¿Haz estado en alguna guerra?» «Desde tu punto de vista afirmar que sí me haría parecer aún más loco, así que diré que no, aunque esa no sea la verdad. Porque la verdad es que sí, he combatido en muchas.» «En la primera entrevista eso fue lo que dijiste, entenderás nuestro escepticismo dada tu corta edad y que, según tus familiares, has vivido una vida totalmente normal.» «De vuelta le digo, es todo una cuestión de perspectiva, por lo tanto diré que no para saciar su demanda de racionalidad: jamás he estado en una guerra y jamás he asesinado o ejecutado a alguien antes del incidente.» «¿Quieres hablar de eso, del “incidente”?» «No hay mucho que decir, estaba fuera de sí.»

II

El viaje se hacía largo y el frio del invierno era insoportable. Max se encontraba sentado en el segundo asiento del autobús escolar. Allí se acurrucaba, frotando sus ropas para tolerar el frío. Los guantes evitaban que las manos se le enfriasen lo que era un pequeño deleite dada las bajas temperaturas. El sueño lo estaba dominando pero sentía miedo de quedarse dormido, alguien podría venir por detrás y hacerle algo. Muy probablemente Hal. Por eso siempre prefería sentarse lejos del fondo. Allí las torturas hubiesen sido intolerables. A pesar del esfuerzo, no pudo resistir y cerró los ojos. Rápidamente, sintió el cálido abrazo de la relajación. Sin duda, no había sensación más placentera que la de rendirse ante la tiranía del sueño y el cansancio. Repentinamente, experimentó una sensación húmeda y pegajosa que invadió su ojo izquierdo. Luego, percibió como un líquido se deslizaba desde su parpado hacia su mejilla. La experiencia era demasiado real por lo que abrió los ojos súbitamente y, al hacerlo, vio a Hal escupiendo un hilo de saliva sobre su rostro. Velozmente, se alejó de la línea de fuego y se apoyó en la parte trasera del primer asiento del autobús. Allí vio como todos sus compañeros se reían socarronamente de su desgracia. Quería llorar, sin embargo, se negaba a darles dicha satisfacción. La arrogante sonrisa de su torturador era innegablemente visible. Su expresión de burla era aprobada por todo el curso, el cual disfrutaba de aquel espectáculo grotesco. Quería salir de allí, quería que el día terminase, no obstante, éste acababa de comenzar. Uno más de tantos días pasados y uno más de tantos por venir.

Al arribar el autobús al colegio, todos empezaron a bajar. Era su costumbre aguardar hasta que el último de sus compañeros descendiese. Mientras todos bajaban del vehículo,  contemplaba por la ventana a los transeúntes recorrer la vereda. Suspiraba al pensar que ellos eran libres de las constantes humillaciones que a él le tocaba sufrir a diario. Repentinamente, sintió un golpe seco en su nuca. Se trataba de la impiadosa mano de su atormentador. Éste lo había agredido con la palma de su mano al pasar al lado suyo. Nada hizo. Simplemente, se quedó allí, sufriendo la impotencia de no poder reaccionar. El miedo lo corroía a la vez que lo paralizaba. «¿A que le tengo miedo? ¿Qué es lo peor que podría pasar si reacciono?», se preguntaba en silencio. Aun así, seguía sin rebelarse, seguía tolerando esas demostraciones de prepotencia y sadismo día tras día. Desde hacía ya tres años que venía aguantando aquel martirio. Los adultos no comprendían su situación. No era la violencia de los hechos en sí, sino la acumulación de los mismos lo que tornaba insufrible a aquel escenario. Todos los días la misma rutina, encerrado ocho horas en aquella cárcel. Por un delito desconocido estaba condenado a un aprisionamiento inimaginable.

Durante esa mañana, las primeras clases trascurrieron con recia normalidad. Los recreos eran el intervalo más difícil de sobrevivir. Estaban fuera del control de una autoridad y, por ello, se convertían en el momento predilecto para la realización de una deshonra pública. Max solía esconderse en la cocina o en los baños del establecimiento siendo éstos sus santuarios para protegerse del hostigamiento diario. Fue en el almuerzo cuando, precisamente, tuvo que enfrentarse, una vez más, a la cruda realidad. Al entrar al comedor se sentó en una mesa junto a su pequeño grupo de amigos quienes, como él, constituían los parias del lugar. No obstante, era él la victima predilecta de la crueldad colectiva. Como su estómago estaba casi vacío no vaciló en levantarse para buscar su ración de alimento. Todo trascurría con regularidad hasta que volvió a su silla sentándose con celeridad debido al hambre que lo consumía. Al hacerlo, una sensación húmeda llamó su atención. Sentía un lastimoso frío en la parte trasera de su pantalón. Al levantarse para averiguar de qué se trataba, pudo observar una mancha amarillenta tanto en el asiento como en su prenda. Por la consistencia, pudo deducir satisfactoriamente que se trataba de mayonesa. Mientras buscaba algún material para limpiarse, pudo reconocer el burlesco eco de las risas desalmadas. Sus ojos se pusieron vidriosos. Hizo un esfuerzo para contener el llanto y, sin decir nada para no admitir que había caído en una vulgar trampa, se sentó nuevamente. «Me limpiaré luego. Cuando nadie me vea», pensaba con melancolía. Al apoyarse en la silla miró su plato y comenzó a comer muy lentamente. De reojo pudo observar como un sector del comedor, en el que se encontraba su torturador, un grupo de muchachos se regocijaba de su desgracia. «Solo cuatro horas más», repetía en su cabeza tratando de que las lágrimas no se desprendieran de sus retinas. «Solo cuatro horas».

Finalmente, se hicieron las cuatro de la tarde. Era el momento de escapar, por lo menos por unas horas, antes de regresar nuevamente al día siguiente. Bajaba las escaleras cuando se le hizo entrega de la cereza del postre de aquella cruenta jornada. Varias manos lo empujaron y calló rodando. Sintió un leve dolor en el codo derecho y escuchó las tradicionales carcajadas. Simplemente, se levantó y siguió caminando como si nada hubiera sucedido, resignándose a continuar y esperando que, por algún milagro, el martirio finalizase pronto. Al llegar a su casa, su madre lo saludó afectuosamente no obstante, él la ignoro. Sencillamente, se contentó con dirigirse a su habitación en silencio. Allí dentro encontró a su adorada mascota sobre la cama mirándolo con ojos piadosos y una alegría que solo los perros pueden experimentar al ver la silueta de sus amos retornado a casa. Miró al tierno can y se sentó junto a él para acariciarlo con ternura. Mientras lo hacía, un torrente de lágrimas comenzó a fluir cubriendo su rostro. La tristeza se materializaba en forma cada vez más intensa hasta que, finalmente, un llanto salió a tropezones de su desmantelada boca. Apoyó la cabeza sobre el pequeño perro y simplemente aguardó a que la angustia fuera ahogada por el cariño incondicional del diminuto animal que, sintiendo su miseria, le daba lengüetazos tratando de animarlo.

III

La dicha que recorría sus venas era intensa. Era el primer viaje escolar que realizaba. La duración sería de cinco días en una modesta hostería con la cual su colegio había firmado un convenio para aquel tipo de actividades. Max entró a la habitación junto a sus compañeros de aventura. Se sentía feliz de compartir aquella odisea con aquellos que eran como él: parias en una micro sociedad formada por crueles e irracionales transeúntes de la pubertad. Al arribar a la habitación, aquel grupo de inadaptados comenzó a desplegar sus pertenencias sobre aquel espacio reducido. Uno de ellos proclamó para sí una de las camas que se encontraba ubicada arriba de otra. Sonreía con fluidez al sentirse parte de algo, aunque fuera de un reducido grupo de personas. En aquel equipo se sentía a gusto, algo que se contraponía con el sentimiento de incomodidad que experimentaba con respecto al agrupamiento formado por sus compañeros de curso. Todo trascurría con una alegría gloriosa, no obstante, aquella atmósfera no duró demasiado: el torturador entró a la habitación acompañado por sus subordinados y, con la arrogancia y el carisma dignos de un sociópata, les ordenó a los orangutanes que lo seguían ciegamente que sujetaran a Max por los brazos, con el objetivo de inmovilizarlo. Ellos habían obedecieron la primera orden sin embargo, el segundo mandato los hizo vacilar. Les había conminado que, a continuación, lo golpearan salvajemente. Hal era lo suficientemente manipulador como para hacer que otros realizaran el trabajo sucio que su espíritu corrupto deseaba ejecutar. Empero, a veces subestimaba la humanidad de aquellos a quienes influía. No tenía problemas con hacerlo él mismo pero, para ese entonces, había comprendido que le convenía ser precavido. Ya había sido expulsado de dos colegios y no quería arriesgarse. Por eso, instigaba a los otros a saciar sus deseos más sádicos. En aquella posición, el sometido aguardó lo que viniese con tristeza y desesperación mientras sus amigos contemplaban el acto con impotencia y una patética indiferencia simulada. Al no suceder nada, el atormentador ordenó a su tropa retirarse pero no sin antes escupir en la cara de su víctima. Un escupitajo no dejaría marcas en su cuerpo aunque sí en su espíritu. La sensación de humillación bañó el cuerpo del agredido como el plomo fundido cubre las superficies metálicas. Nunca se había sentido tan degradado. La representación de aquella escena se repetiría tantas veces en su cabeza que incluso, trascurridos varios años de aquel dramático evento, podría recordarlo tan nítidamente como una imagen mental lo permitiese.

A partir de ese entonces, inició un intenso ritual mental al comienzo de los años escolares que restaban. Esencialmente, se comprometía a realizar acciones específicas para detener las constantes ignominias. Hal siempre le dio la oportunidad de hacerlo al incitarlo a dar el primer golpe, sin embargo, él nunca reaccionó. El miedo lo paralizó en cada circunstancia. A consecuencia de ello, esas escenas de deshonra pública lo persiguieron durante toda su vida. La ira reprimida y la frustración fueron el fuego que forjó su valor cuando pasó tres años en el servicio militar.

Preludio: La otra mujer

Capítulo 1: La venganza

Capitulo 2: La tortura

Capítulo 3: el demonio interno

Capítulo 4: El Ascenso