La primera salida

Al día siguiente, en el trabajo, me puse a imprimir el célebre libro de Mystery. Quería saber todo sobre el mundo de la seducción al que había sido introducido. Me la pasaba yendo a escondidas a la biblioteca del Mecon para leer y para aprender las rutinas. Al mismo tiempo, me ponía a practicar ahí mismo todos los conceptos que iba incorporando. Claro que, como estaba en una etapa de calibración, aplicar todos esos nuevos conocimientos en las oficinas del Ministerio hacía que las personas  pensaran que yo era medio raro ya que, desde su perspectiva, actuaba de una forma muy extraña. Hasta el día de hoy, todos en ese lugar me recuerdan como una persona bastante peculiar debido a todos mis “descalibrajes”. El problema era que no conocían mi historia. No tenían ni la más puta una idea por lo que había pasado. Sin embargo, tenía tan poco tacto y sentido común que no me importó “quemar” mi lugar de trabajo para poder “calibrarme”. Hoy en día, cuando me pongo a pensar en todas esas situaciones, me rio por la forma tan ridícula en la que actuaba. También me da algo de vergüenza. De todas formas, lo cierto era que ese lugar estaba hecho para ser “quemado”, aun así, si tuviera que hacerlo de vuelta lo haría distinto. Buscaría un lugar donde no esté tan expuesto.

Me acuerdo que me la pasaba “negeando” a mis compañeras de trabajo y a las secretarías de la subsecretaría. Le decía cosas como “Que lindas extensiones tenés”, “Hola, ¿cómo andas rubia teñida?” o cosas así. Si bien eran comentarios muy de manual, en realidad, estaban hechos para ser usados con pendejas creídas en un boliche y no con una treintañera en una oficina. Esto hizo que, en lugar de reírse, no lo tomaran muy bien. Era por esas cosas, precisamente, que me llamaban la atención bastante seguido. De hecho, la persona que me había hecho entrar al Ministerio, Marisa (la ex alumna que tuve cuando era ayudante de teoría política siete años antes) no entendía que mierda me pasaba. Al único al que le podía comentar lo que realmente sucedía en ese momento era a mi buen amigo Hernán a quien le contaba todas mis peripecias. Eso sí, siempre le hablaba en francés para que nadie entendiera lo que le contaba.

Debido a todos estos incidentes y al hecho de que me escapaba de la oficina para leer en la biblioteca o practicar los nuevos conceptos aprendidos, mi desempeño laboral empezó a decaer. Igualmente, para ser honesto, no hacíamos mucho. Las tareas que nos pedían eran una vil excusa para disimular que no había mucho para hacer. Las autoridades de la subsecretaría eran increíblemente mediocres y autoritarias. En resumidas cuentas: representaban la decadencia del gobierno kirchnenrista, el cual ya estaba en sus últimos años. Estar consciente de los acomodos y de los nombramientos a dedo por la agrupación política de turno me desanimaba mucho y, encima, saber que lo que hacíamos no tenía propósito alguno, realmente me sacaba todas las ganas de trabajar. Esto, sumado a mis nuevos intereses, hizo que lentamente mi vida profesional pasara a un segundo plano. Tal vez a un tercero. Lo bueno, sí, es que se trataba de un trabajo en el que me pagaban bastante bien por lo que me permitía cubrir los nuevos gastos que involucraba mi nuevo estilo de vida. Sí, salir cuesta plata y pensá que nunca había salido en toda mi existencia por lo que, de un momento a otro, pasé de gastar casi nada a tener un considerable presupuesto en “joda”. Hasta empecé, por primera vez en mi vida, a ocuparme de mi apariencia. Incluso comencé comprar ropa de marca que me hiciera ver bien. Siempre me habían dicho que me vestía para el culo.

¿La peruana? Ah sí, ya te iba a contar sobre eso. Al final, como te comenté, había podido arreglar una salida con ella. La llevé a un restaurante mexicano en Palermo. Me río hasta el día de hoy pensando en cómo aplicaba casi robóticamente los conceptos que iba aprendiendo. Como todavía no sabía mucho sobre citas, utilizaba solamente lo que me habían enseñado hasta ese momento. Es decir, por un lado, mencionaba todo el tiempo que trabajaba en el Mecon y en una empresa de inversiones para así subcomunicar que yo era persona importante. Y, por el otro, hablaba de mi familia para demostrar protección a seres queridos. Sí, una pelotudez pero que querés que te diga. Así es el proceso de aprendizaje desde cero. Hasta me acuerdo que, para generar la impresión de ser un tipo influyente, me había vuelto aún más sociable de lo que ya era y había comenzado a interactuar con todas las personas de mi barrio. De esta forma, cuando estuviera con la chica todas las personas me saludarían, creando la apariencia deseada. Incluso conversaba con el policía de la cuadra al cual, por cierto, le había intentado vender un producto de ahorro en numerosas ocasiones. Lo increíble de esa salida es que, sin muchos conocimientos, la terminé llevando a casa. Por suerte, mis viejos dormían en el departamento de enfrente y solo usaban el mío como living comedor. Para haber sido una primera experiencia no estuvo mal. La mina terminó en tetas y casi me la garcho. El problema fue que cada cuanto se tiraba para atrás. Hasta ese momento no sabía cómo manejar esas situaciones. Todavía no había leído un marco teórico que me instruyera sobre como actuar en esos casos. En realidad, según lo que había leído, el tema era que las minas se sentían unas putas si se encamaban a un tipo de una. Por este motivo, era necesario saber cómo manejar dichas situaciones. En el libro se lo llamaban “scank réflex” o “reflejo de zorra” traducido al español castizo. También había leído sobre otro concepto que se podía aplicar para la situación pero lo había visto muy por arriba. Era la célebre RUM: Resistencia de Último Minuto. Al final, como no sabía qué hacer, terminé pidiendo un taxi para que se volviera a su casa. “Bueno, otra vez será”, pensé.

Finalmente había llegado la anhelada primera salida con el grupo de seducción. Estaba realmente ansioso. Por cierto, te cuento otra cosa de psicología social que nos aplicaban: no éramos hombres según nuestros coaches, eramos AVENs. Otro acrónimo que significaba artista venusiano. Era un término que lo había creado un autor español llamado Mario Luna a partir de haber traducido el término PUA (Pick Up Artist) del inglés. Ah, y otra cosa: ya no estábamos solos. Ahora éramos parte de una “hermosa comunidad” como la definía en el foro de Facebook el dueño de la empresa. Sentirse especial y ser parte de algo es lo que busca todo ser humano. Debo admitir que era ingenioso como aplicaban ese concepto para vender ya que, efectivamente, uno se sentía bien al pertenecer a una comunidad de personas que trabajaban por convertirse en “hombres de alto valor”.

La primera salida fue un antes y un después. No solo era la oportunidad de aplicar todo lo que habíamos visto en las clases teóricas sino que, además, seríamos acompañados por los coaches, supuestos expertos en el tema que nos supervisarían con atención. Nos juntamos a la entrada de un boliche muy grande cuyo nombre no recuerdo. Allí estaban ellos esperándonos. Luego de una charla motivadora, nos hicieron gritar nuestros apodos uno tras otro. Ya para ese entonces era así como nos identificábamos entre nosotros. Y yo era Hume.

Inmediatamente, nos dijeron que, una vez que entráramos, nos darían misiones que debíamos cumplir durante la noche. Estaba realmente ansioso por entrar. Era como un juego. De hecho, eso es lo que nos había dicho Barney: que lo viéramos como eso, como un juego y nada más. Aún recuerdo las palabras de Ryder unos minutos antes de entrar: “disfrútenlo chicos, no teman, las mujeres no tienen colmillos ni nada eso”. Estaba contento y me sentía acompañado. Para mi sorpresa la experiencia fue increíblemente grata. Acordate que para mí los boliches eran el equivalente del infierno en la tierra. Sin embargo, esta vez fue distinto. Algo había cambiado. No sé si pueda afirmar que fue la experiencia más gratificante de mi vida pero, sin duda, fue muy diferente a cualquiera de mis experiencias pasadas. Algo en mí había cambiado. O más bien, se había alterado la forma en la que yo veía las cosas hasta ese momento.

Las misiones fueron bastante simples. La primera consistió en “abrir” tres grupos o “sets”, como los llamaban. La segunda (más divertida) era abrir tres grupos directamente con un “nega”. Para mi sorpresa, la reacción de las chicas cuando hice esto fue bastante positiva. Cuando les decía frases como “Lindas extensiones”, “me encanta tu peluca” o “Sos la chica más linda que vi en los últimos cinco minutos”, se mataban de la risa. Supuestamente, cuanto más linda fuera la mina más fuerte sería su “escudo” y, por lo tanto, más poderoso y agresivo debía ser el “nega”. Lo elemental era siempre hacerlo con una sonrisa picaresca o una actitud Cocky and Funny, como nos decían. O sea, arrogante y juguetona.

Ya para ese entonces nos habían hablado de los famosos “shit test” que, según la teoría, eran esos comentarios provocadores e irreverentes que hacían las mujeres para “testear” a los hombres y ver de qué estaban hechos. Yo ya los había escuchado a lo largo de toda mi vida no obstante, nunca los había interpretado como un “test” sino, por el contrario, como una forma literal de agresión. Seguro que escuchaste alguno: “Sos muy viejo”, “Sos muy joven”, “Sos un chamuyero”, “Sos muy gordo”, “Sos muy flaco”, etc. Ese último me lo habían dicho durante casi toda mi adolescencia. También estaba el clásico: “Tengo novio”. Lo curioso era que para cada una de esas frases existía una respuesta ya probada que, enunciada en la forma correcta, generaba el resultado deseado: hacerlas reír para continuar la interacción en forma amena. Por ejemplo, con el de “sos muy flaco” podías decir: “Y, pasa que de tanto tener sexo no tengo tiempo de comer…” ¿Entendés? Te juro que cuando estaba procesando el concepto, nuevamente una infinidad de recuerdos vinieron a mi mente. Ahora todo tenía sentido, era la forma en la que las mujeres ponían a prueba el temple de los hombres.

Ya había terminado la última misión y me estaba yendo del boliche cuando me lo crucé a Flynn. Por algún motivo decidió darme una misión adicional: “abrí lanzándole un vaso de plástico”, me dijo. Yo lo miré un poco extrañado pero confié en la intuición del coach. Me acerqué a una chica que estaba por ahí cerca y le arrojé suavemente el vaso. Ella me miró algo despistada. Yo le sonreí ridículamente a lo que ella se rió. Al ver que nada ocurría y al ver lo fácil que era, una nueva sonrisa iluminó mi rostro. La alegría recorría mi alma al observar lo sencillo que siempre había sido empezar una conversación con una chica en el lugar más difícil jamás imaginado. Un lugar donde, supuestamente, las mujeres están a la defensiva y no se puede escuchar ni tu propia voz. Un lugar donde ellas sudan indiferencia pura. Realmente era increíble lo que había sucedido esa noche. Mis ojos estaban abiertos.

Lo que los coaches nos habían pedido era que, antes de la próxima clase, escribiéramos un reporte de campo o “field report” describiendo todas las interacciones que habíamos tenido. La idea era compartirlo en el foro para que todos pudieran comentarlo y ellos pudieran hacernos sus observaciones. Esto me parecía muy profesional ya que los comentarios de estos últimos solían ser muy útiles y motivadores. Realmente era un placer compartir mis experiencias y recibir un jugoso feedback de los otros miembros de la comunidad. Solía decir que el curso era una suerte de grupo de apoyo proactivo. Me gustaba esa definición. De alguna forma de eso se trataba. Y, en cuanto a la gente que conocí durante el curso y las salidas, la verdad que era de lo más macanuda. Eran personas como yo que simplemente buscaban mejorar sus vidas y de las que realmente podía aprender un montón. Bueno, vos ya sabes que me hice grandes amigos gracias a que me metí en ese curso y en “la comunidad”. Amigos con los que pude crecer mucho como persona y a los que realmente les debo tanto.

A la larga, el crecimiento personal está asociado a nuestra pertenencia a grupos positivos que nos ayuden a crecer y que no motiven a ser mejores. Más allá de la parafernalia marketinera de la empresa, efectivamente existía un grupo de gente que se ayudaba mutuamente en forma desinteresada. Estaba motivado a tal punto que durante algunas noches salía yo solo a probar rutinas y técnicas para luego publicar los reportes. Era lindo recibir los comentarios apoyándome por mi iniciativa.

Hace mucho que no pensaba en esa etapa ni en cómo me sentía. Qué bueno que te lo estoy contando, así puedo recordarlo.

¿La Argentina? Sí, fue por esa época cuando la conocí. Marzo del 2013. Y bueno, ya sabés como fue el primer encuentro y la primera salida. Ahora sabés porque hice las cosas que hice por más ridículas que pudieran llegarte a parecer. Como ya te había contado, mi libido estaba por las nubes y sentía una calentura constante, lo que me generaba bastante ansiedad. A veces la excitación era tal que no podía concentrarme para trabajar. Ni siquiera para leer. Tenía que salir corriendo al baño del Mecon a echarme una paja. Sí, reíte. Esa fue la historia de mi vida. Descargas manuales en los baños públicos. Desde la época de la facultad me pasaba. Cuando iba a estudiar a la biblioteca nacional en los tiempos de la “facu” tenía que ir por lo menos dos veces en una tarde para poder seguir estudiando tranquilo. Era una mierda, que querés que te diga.

Esa sensación era lo que estropeaba las interacciones con las chicas a las que había conocido en las salidas. Sí, sacaba teléfonos pero muy lejos no llegaba. Sabía lo que tenía que hacer. El problema era que la desesperación lo arruinaba todo. Eso fue lo que terminó pasando con la peruana. Ahora te cuento.

Sucedió que uno de los consejos que nos habían recomendado para las citas consistía en llevarla a la mina a un lugar divertido. Nada de cine ni esas cosas. La idea que era que fuese entretenido y que creara la posibilidad de hacer kino ¿Qué era esto? Tocarla para que se calentara ¿No te acordás? Barney nos había dicho que el kino era una parte esencial del proceso de la seducción y una de las piedras angulares para generar atracción. Precisamente, un hombre caía en la zona de amigos porque generaba mucho confort pero nada de atracción. Esa parte, creeme cuando te lo digo, la anoté como cuatro veces. Por eso en la citas nos recomendaban llevarla a jugar al bowling o al pool ya que podías “enseñarle” a jugar y, de esta forma, aprovechar para generar contacto físico. Fue por eso que le propuse a la Argentina ir a jugar al bowling.

La primera cita sentía que no había salido muy bien. No sabía si había perdido una oportunidad para besarla o no. Por un minuto en el subte sentí que se había generado el momento justo. No obstante, no había hecho nada porque sentí un miedo paralizante. Ahora temía que, por haberme “quedado”, hubiera entrado a la fatídica zona de amigos lo cual me llenaba de angustia. Barney nos había dicho que siempre era mejor quedar como zarpado que como quedado. Como no sabía que hacer escribí un reporte de la interacción y lo publiqué en el foro para buscar consejos en la sabiduría colectiva. Las respuestas me sirvieron mucho y me prepararon para el segundo round.

Me acuerdo que estaba muy nervioso. Si bien ya habíamos hablado un par de veces, aun no la conocía demasiado. A veces, cuando me escapaba de mi oficina, se me daba por ir a la suya para hablarle. Eso fue lo que había hecho un par de veces.

Como sea, al final no jugamos ni al bowling ni al pool. Simplemente nos quedamos hablando en una mesa de la confitería del lugar. Recuerdo que me desganaba un poco el hecho de me hablara todo el tiempo de sus chongos y sus amigos sin embargo, yo seguí firme con la intención de besarla. Tratando de aplicar los consejos recibidos, intenté generar calentura con el kino tocando sus manos suavemente pero lo hice en forma muy torpe. Ella se dio cuenta y le molestó un poco. De todas formas, lo peor era que no conocía ninguna técnica para besarla lo que, definitivamente, me ponía en una situación de mucha vulnerabilidad. Cuando salimos del lugar intenté torpemente darle un beso y ella se alejó diciendo que prefería que fuésemos amigos. “Fuck, fuck, fuck”. La bronca que tuve en ese momento fue mucha, otra vez la misma mierda. Y encima estaba con la calentura sexual por el techo. En ese momento fue cuando juré dos cosas: que esta iba a ser la última vez que alguna mujer me iba a poner en la terrible zona y que, no importaba como, saldría del rol de “amigo”.

Mientras veía como se subía a un taxi mi mente buscaba la forma de calmar mi creciente apetito sexual. Sin pensarlo dos veces, agarré el celular y llamé a la peruana. Pero no atendía. La llamé dos veces más y nada. “¡Fuck!” Pensé. “No debí haber hecho eso”. Subcomunicaba  desesperación. Había matado el juego. Ahora no sabía qué hacer y no se me ocurrió mejor idea que irme de putas al lugar de siempre. Me tomé el primer taxi que vi y me dirigí al puterio que me había recomendado Maxi. Al llegar, elegí a la primera chica que vi y me dirigí a una habitación. Estaba a punto de cogérmela cuando de pronto sentí un olor nauseabundo. No sé si tenía que ver con el hecho de que estuviera ovulando pero me dio tanto asco que me dieron arcadas. Tuve que parar y cancelar todo. Creo que la puta se sintió un poco avergonzada. Lo noté por su lenguaje corporal. En ese momento me quería escapar de ahí lo antes posible. Que noche de mierda.

Episodio siguiente: Una segunda oportunidad

Episodio anterior: La primera clase

Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social