La otra mujer

1

Matías salió del colegio refunfuñando. Sin lugar a dudas, no había sido un buen día. Sus calificaciones corrían el riesgo de deteriorarse y eso era algo que, definitivamente, no podía ocurrir. Su madre ya tenía bastantes preocupaciones en la cabeza como para sumar el bajo rendimiento académico de su hijo. Matías lo sabía y por ello había buscado ayuda en la única persona que realmente podía sacarlo del aprieto: su mejor amiga, Juliana. Para él, ella era la única persona de su universo capaz de comprender y calmar sus congojas. Un ser verdaderamente lleno de luz en el vasto infierno diario que estaba condenado a vivir. Era la primera vez que desarrollaba una fuerte amistad con una chica. Es más, si vamos al caso, era la primera vez que entablaba ese tipo de vínculo con cualquier persona de su edad. Se trataba de una amistad genuina y, si bien sus compañeros se burlaban de él afirmando que existía algo más que una mera relación de amigos, él sabía que solo se trataba de un vínculo exclusivamente afectivo totalmente alejado de las dimensiones físicas de la adolescencia. Lo cierto era que él aún no había desarrollado los impulsos sexuales que suelen atormentar a aquellos que luchan por cruzar las aguas turbulentas de la pubertad. En su adolescencia temprana, su mente se focalizaba solamente en el estudio y en su familia. A los 14 años de edad, su conciencia mantenía la simpleza de un niño y, si bien, el concierto hormonal había comenzado su sinfonía, su forma de desenvolverse con el sexo opuesto conservaba un tono barnizado por la curiosidad, la ingenuidad y la extrema timidez. Por este motivo, había algo especial en su relación con Juliana. A pesar de que no se había percatado de ello, en el  interior de su alma intuía que se trataba de una amistad profunda, de esas que duran toda la vida. Lo que  no podía percibir era los motivos verdaderos por los cuales dicho vínculo se había desarrollado. Aquello solo lo comprendería a pocos segundos de su segunda y definitiva muerte.

Al verlo bajar por las escaleras, Juliana comenzó a llamarlo juguetonamente por su nombre. A menudo solía burlarse de él por el hecho de que ella era seis meses mayor. Ella nunca había olvidado el momento en el que lo vio por primera vez. Siempre tenía presente la forma tan compasiva, divertida y genuina con la que entabló aquella primera conversación. Tampoco olvidaría los trágicos eventos de aquel mediodía cuando lo vio por última vez.

2

El primero se sintió como el pinchazo de una aguja. Si bien el espesor era mucho mayor, ocurrió tan rápido que el cerebro de Matías lo asoció en forma automática con lo ocurrido aquella tarde cuando su abuela se ofreció a cuidarlo. En aquel entonces, era tan solo un niño que contemplaba con fascinación la velocidad con la que la “nona” remendaba todas aquellas prendas desconocidas. Su habilidad era admirable, no solo por la celeridad sino, más que nada, por su precisión. Al ver el asombro en el rostro de Matías, la tierna anciana sonrió dulcemente. Apacible y calmada, disfrutaba esos momentos de silencio junto a su nieto. Aún no podía creer lo rápido que había pasado el tiempo. Habían trascurrido cuatro años desde la llegada del pequeño a este mundo. – Cuatro años -, pensaba ella mientras suspiraba- ¿A dónde se va el tiempo?

Para ese entonces, ya se había percatado de lo rápido que pasaba la vida y lo invaluable que era cada suspiro exhalado. Por ello, no abandonaba el presente ni siquiera un segundo, y se esmeraba por absorber cada sensación y emoción que experimentaba al estar allí, frente a su nieto, disfrutando el abrazador calor de su compañía. En el ahora no había tiempo y ella, al estar allí cada instante de su existencia, vivía eternamente.

Al terminar de bordar la última de las prendas, se dirigió a la cocina con la intención de prepararle una rica compota de pera a su amado nieto. Luego de pelar y cortar las peras en forma detalladamente artesanal, mientras encendía la hornalla  no pudo evitar escuchar un llanto desgarrador. Rápidamente, volvió a la sala de estar donde encontró a Matías llorando desconsoladamente. Un pequeño círculo rojo podía observarse en el dedo índice de su mano izquierda. Al parecer, el intrépido niño había intentado emular a su abuela sin mucho éxito. Al carecer de la técnica y la experiencia, la punta del alfiler se había introducido profundamente en su dedo produciéndole un dolor agudo e intenso. Más allá del padecimiento, el recuerdo de aquel accidente se perdería en los laberintos de su memoria. Matías olvidaría las imágenes, los sonidos, incluso las emociones que había experimentado aquella tarde. Sin embargo, la sensación del metal hundiéndose en su piel quedaría registrada para siempre como una huella en el cemento. Fue aquel dolor que tomó como referencia durante esa milésima de segundo en la que aquel metal lacerante se introdujo en su estómago. El dolor fue agudo aunque, paulatinamente, se tornó punzante a medida que las siguientes milésimas de segundos comenzaron a caminar con lentitud. Todo parecía surreal, casi como si fuese un sueño. No obstante, en los sueños el tiempo solía avanzar con mayor velocidad. En aquel momento todo parecía moverse en cámara lenta yendo cada vez más despacio, como si gradualmente el tiempo dejara de existir convirtiéndose en absoluta inmovilidad. Por lo menos así lo sentía mientras su mente divagaba por los recovecos de su pasado intentando encontrarle un sentido a lo que sucedía.

3

Había algo en el rostro de Juliana que era extrañamente familiar para él. Sentado en el patio meditabundo durante el recreo, Matías repasaba lo que había acontecido hacía una semana. Ella estaba sentada frente al espacio reservado para los deportes. Su rostro expresaba una leve pesadumbre. No había sido fácil para ella adaptarse a una nueva escuela. Sobre todo considerando la crueldad natural de sus nuevas compañeras. Nunca había sido fácil para cualquier chica con tímidos rasgos de belleza integrarse en un ambiente tan hostil como lo era un colegio público. Desde el primer día ya había sufrido numerosas agresiones por parte de sus compañeras las cuales sentían por ella un intenso odio. Particularmente Sandra, la líder de la escuadra. Su condición social la había hecho arrastrar un rencor visceral contra cualquier muchacha que osara ostentar, aunque sea inconscientemente, su calidad de chica bien. Juliana no era una niña rica. Lejos estaba de serlo. Si lo hubiera sido sus padres podrían haberla enviado lo más lejos posible de aquel infierno. Ocurría que el estatus social era algo relativo en ese lugar. Para un marginal, todos aquellos que están por encima de él son sencillamente los mimados de la sociedad y, por lo tanto, merecen ser objeto del más cruel aborrecimiento. Así lo veía Sandra, cuya familia caída en desgracia era una triste representación de una sociedad en decadencia.

Matías la observaba apiadándose de ella. Sabía que no la estaba pasando bien en aquel lugar. Normalmente nunca se le hubiera ocurrido hablarle no obstante, algo en ella le producía una sensación de confianza asombrosa. Una semana antes, Matías se había tropezado bajando las escaleras y había dejado caer todas sus preciosas pertenencias. Mientras se levantaba notó que una chica de rostro muy dulce estaba recogiendo sus cuadernos. Se trataba de Juliana. En una de aquellas libretas se podía observar unos dibujos que hubieran impresionado a cualquier adulto. Al terminar, ella le entregó los cuadernos y con tono dulce le dijo:

  • Ten cuidado, la escaleras pueden ser muy peligrosas.

Matías se quedó mudo. Siempre había sido muy tímido, sobre todo con las chicas. Sin embargo, en aquel momento sintió la urgencia de responder. No entendía como pero dentro suyo una fuerza descomunal parecía estar emergiendo. Asimismo, no pudo dejar de notar que el rostro de aquella muchacha le recordaba algo profundamente íntimo. Era más una sensación que un pensamiento concreto lo que su expresión le producía. De todas formas, ya era tarde, ella ya se había retirado. No obstante, por el motivo que fuera, sentía el impulso de retomar aquella incipiente conversación.

Una semana después, allí estaba sentada en uno de los bancos del patio, rodeada de soledad. Matías la observaba, quería acercarse a ella pero su timidez lo detenía. Estaba a punto de abandonar la causa (como lo había hecho en otras situaciones análogas) cuando, de pronto, experimentó una energía que comenzó a circular por todo su cuerpo. Fue de lo más extraño, un calor fulgurante invadió su ser y empezó a controlar su cuerpo como si se tratase de una marioneta. Cuando pudo percatarse de lo que estaba ocurriendo, ya se encontraba frente a ella y ahí fue cuando, con una naturalidad asombrosa, su boca y su lengua comenzaron coordinar palabras a un ritmo preciso y con una articulación perfecta.

  • Nunca te agradecí por ayudarme cuando me caí por las escaleras. Cuando me di cuenta habías desaparecido ¿Tienes algún poder? ¿Velocidad super humana como Flash tal vez?

Juliana se quedó perpleja por la forma en la que aquel simpático muchacho se había acercado. Si bien lo recordaba con claridad, notaba un cambio bastante llamativo en su expresión facial y en su lenguaje corporal. Parecía literalmente otra persona. Su comentario y su tierna actitud la conmovieron al mismo tiempo que le sacaron una sonrisa.

  • Bueno, verás, tengo unos cuantos poderes que he adquirido luego de unos experimentos. Pero, por favor no se lo digas a nadie- dijo ella con un tono jocoso.
  • Jamás revelaría el secreto de otro súper héroe. Yo también tengo poderes. El más increíble que jamás hayas visto- respondió Matías con una actitud muy segura y al mismo tiempo hilarante.
  • Con que un super poder increíble…Me pregunto de cuál se tratará.
  • Bueno, en teoría no puedo revelártelo pero como somos ambos super héroes supongo que puedo hacer una excepción.

Mientras Matías continuaba la apacible charla su coherencia lingüística parecía evolucionar a un ritmo exponencial. Él no era una persona a la que podía considerársele sociable. Por el contrario, a duras penas era capaz de comenzar una conversación. Por ello, internamente le sorprendía mucho el hecho de haber podido iniciar la interacción de esa forma tan confiada. Era como si su mente estuviera en piloto automático. Todo parecía hacerse casi involuntariamente. Aun así, no parecía importarle, todo marchaba de maravillas hasta que, de un momento a otro, cayó en conciencia de lo que estaba sucediendo y simplemente se paralizó. Ahora tenía de vuelta el control de su propia mente y sucumbió preso del pánico y el nerviosismo. Debió tomar el timón de la situación ya que para ese entonces estaba en medio de alta mar.

  • Sea cual sea tu poder, no creo que sea el de evitar tropezarte en las escaleras ¿Verdad? Tal vez esa sea tu debilidad- comentó Juliana con una sonrisa en su rostro.

Matías hizo una pausa antes de contestar. Estaba intentando asimilar la situación.

  • ¿Qué pasa super héroe? ¿Ya no puede hablar?- Preguntó Juliana.
  • Sí…discúlpame. Gracias por ayudarme la otra semana. Tengo que irme.

Juliana estaba perpleja. Había notado una sorprendente metamorfosis en aquel chico que se había acercado con tanta osadía. Su rostro ahora portaba una expresión que mezclaba al miedo con la incomodidad. Ante semejante reacción ella intentó ser compasiva.

  • Disculpa si dije algo que te incomodó ¿Ya tienes que irte? Ni siquiera sé tu nombre.
  • Matías… – contestó tímidamente- ¿Y el tuyo?
  • Juliana, mucho gusto.

Ella le extendió su mano en señal de confianza. Al estrecharla con la de él, el nervosismo del muchacho disminuyó aunque aún estaba allí presente. Estaba algo despistado sin embargo había recuperado su sentido de la realidad.

  • ¿En qué división estudias?- Preguntó Juliana.
  • En la B del primer año.
  • Mira que bien, yo estoy en la A. Con razón jamás te había visto. Salvo cerca de alguna que otra escalera.

Matías sonrió encogidamente. La simpatía de aquella chica era realmente reconfortante y, pese a que su seguridad se había desvanecido, aún podía experimentar cierta familiaridad en sus expresiones y su trato deleitable que lo hacían sentirse en confianza. De repente, casi como si por un momento una corriente de electricidad llegará a su cerebro en forma furtiva, una onza de valentía apareció en su espíritu para nuevamente tomar la iniciativa.

  • Yo vivo por el sur. Si tú también vives por allí podemos ir caminando juntos al salir de colegio- dijo él con una voz dubitativa y algo temblorosa.
  • Sí, me encantaría- respondió Juliana- Que sea así entonces. Fue lindo hablar contigo. Realmente eres todo un personaje.

Luego de saludarlo, Juliana se alejó lentamente. Matías estaba contento no obstante sentía una confusión que se materializó en un fuerte dolor de cabeza. Mientras trataba de tranquilizarse intentó recordar todo sobre aquella interacción que consideró fuera de lo normal para sus entandares habituales. Aun así, fue en vano. Toda aquella extraña sensación se había desvanecido. Ningún vestigio quedaba. Solo volvería a vivir dicha experiencia una vez más dos años más tarde. Solo en aquel momento entendería porqué experimentó la sensación de haber conocido a Juliana antes de su primer encuentro. También comprendería el motivo por el cual sintió aquel carnaval de pensamientos y emociones que lo llevaron a actuar de esa forma. Unos minutos antes de que su cuerpo dejara de irradiar calor por última vez comprendería el significado de todo lo ocurrido.

4

Sentado en living comedor Matías se consideraba la persona más afortunada de la tierra. Realmente disfrutaba mucho pasar tiempo con Juliana. Se la pasaban hablando de libros que leían y películas que miraban. Incluso llegaron a hablar de temas muy íntimos: de sus miedos, de sus esperanzas, hasta de sus sueños. Juliana llegó, incluso, a confesarle el penetrante malestar que la afectaba cada día al ser torturada por sus compañeras y de su deseo de  huir lo más lejos posible a un lugar cálido y cubierto de paz. Para ambos esas tardes constituían una burbuja que los aislaba del sinsentido cotidiano y les daba la alegría y la fuerza para tolerar la monotonía.

Juliana también apreciaba esa amistad que habían forjado. Sus padres trabajaban hasta muy tarde por lo que siempre se había sentido una huérfana. La soledad puede enloquecer a una persona incluso llevándola al suicidio. Aquel vínculo con ese dulce chico le había salvado la vida. Sin embargo, había algo más que la acongojaba. Además de tolerar la soledad y el resentimiento social en el colegio, tenía que lidiar con su primo Fernando, un ser realmente desagradable que se había obsesionado con ella. Era dos años mayor y su familia parecía sacada de una película de terror. Si bien la madre de Juliana insistía en mantener contacto con ellos, la muchacha prefería evitarlos a toda costa. Realmente odiaba cuando Fernando aparecía a la salida de colegio para invitarla a salir. Su trato era enfermizo y agresivo. Tal vez como consecuencia del maltrato paterno. Su padre era un alcohólico violento que había sido abandonado por la mayoría de sus parejas. Lamentablemente, la excepción era la madre de Fernando, una sumisa que toleraba día tras día el maltrato de su marido con una actitud dócil.

Matías comprendió que era un tema delicado para ella por eso aguardo en silencio luego de que mencionara el tema por primera vez.

  • A veces me da miedo. Me viene a buscar como si fuese su novia y me hace escenas de celos. Lo odio. Siempre le digo a mis padres pero nunca me hacen caso. Apenas me escuchan. Nunca les importé en lo más mínimo.

Los ojos de Juliana se tornaron vidriosos. Le costaba hablar de ello.

  • Desde que empezó a acecharme no me siento segura. Puedo tolerar a Sandra y a sus amigas pero lidiar con él ya es demasiado. Escuché que es tan violento como su padre y que le pegaba a una chica con la que salía.
  • ¿Y tus padres que te dicen?- preguntó Matías sorprendido.
  • Que no moleste. Dicen que son parte de nuestra familia y que debo respetarlos. Ellos no saben nada. Casi nunca están en la casa. Para mí, son sencillamente extraños que viven en mi casa. No me entienden. No me conocen.

Matías la escuchaba atento mientras ella se descargaba. Podía sentir su frustración y su sensación de abandono. Ella comenzó a llorar. Instintivamente, él la abrazo tiernamente durante casi diez minutos hasta que, finalmente, ella se sintió mejor.

  • Gracias Mati, me siento segura contigo. No hay día en el que no agradezca haberte conocido.
  • Gracias por compartir esto. Yo también estoy muy feliz de haberte conocido.

Hubo un momento de silencio y Juliana cambió de tema expresando una sonrisa pícara.

  • Nunca me dijiste cual era tu poder secreto.

Matías se rió con algo de vergüenza. Casi había olvidado por completo aquella primera conversación. Prefirió mantener el suspenso e invitarla a la cocina a tomar la merienda. Allí se encontraba la madre de Matías quién estaba muy alegre de ver que su hijo había forjado esa linda amistad con esa niña tan adorable. Todo un mérito para ese chico tímido que le costaba socializar y que nunca invitaba a sus compañeros de la escuela a su casa.

El cambio en el ánimo de Matías había sido notorio. Ahora estaba lleno de dicha. Por el contrario, unos meses antes de conocer a Juliana, una intensa melancolía había invadido su alma. Por algún motivo, había comenzado a experimentar una sensación de desasosiego y soledad que lo torturaba día y noche. Solía sentir que él era el único ser sobre la tierra. Como si viviera en una de esas novelas post apocalípticas donde un solo hombre ha quedado vivo y vaga por una tierra abandonada y estéril. Precisamente, sus sueños eran una expresión fantasmagórica de dicho sentimiento. Pese a que durante la vigilia la felicidad fue el sentimiento dominante luego de conocer a Juliana, durante la noche las emociones negativas lo seguían invadiendo. Era difícil  ignorar el profundo malestar que sentía al despertarse. Solía soñar que caminaba entre una multitud de hombres sin rostro. Una imagen para muchos aterradora sin embargo no era miedo lo que lo envolvía en aquella situación onírica. En aquel sueño siempre buscaba inútilmente a otros como él pero nadie aparecía y la melancolía lo consumía. Al levantarse de la cama siempre continuaba experimentando aquella angustia que como un líquido pegajoso recorría cada parte de su cuerpo. En general, sus sueños solían abarcar esa temática, no obstante hubo uno que lo desconcertó más que otros. A diferencia de otras expresiones alucinadas más surrealistas, en este caso se encontraba en el living comedor de su casa con Juliana. Todo parecía transcurrir con apacible normalidad cuando, súbitamente, el tiempo se congeló. Al notarlo, observó que a su alrededor nada parecía moverse. Al contemplar nuevamente el rostro de Juliana, esté comenzó a perder nitidez hasta que simplemente se desvaneció quedando su cara carente de identidad como la de aquellos hombres de la multitud. La sensación de angustia y soledad se hicieron insoportables y, por algún motivo, sintió la necesidad de ir al baño a mojarse la cara. Cuando llegó al lavatorio contempló en el espejo su reflejo y notó con una consternación penetrante que aquella imagen que observaba parecía tener vida propia. Con una sonrisa sombría y con una mirada clavada en sus ojos, el ser que se encontraba del otro lado del espejo le dijo:

  • Estás más solo de lo que crees. Esto no es lo que sucedió. Ella no es real. Nunca la conociste. Faltan décadas para que la conozcas pero ahora es tarde, ella está muerta y tú estás solo para siempre. Para toda la eternidad. Si tal cosa existe…
  • No entiendo- respondió Matías lleno de consternación.

El ser al otro lado del espejo pareció adoptar una expresión de hastío mientras una mueca sádica comenzaba a vislumbrarse en su rostro. Luego de una pausa prolongada, las palabras comenzaron de nuevo a salir de su boca.

  • Lo que son las moscas para los chicos traviesos, eso somos para los dioses. Nos matan para divertirse.

La figura comenzó a tornarse cada vez más difusa hasta que, finalmente, el espejo estalló haciéndose añicos. Matías despertó empapado en sudor. La sensación de pánico le duró por lo menos cuatro horas hasta que nuevamente pudo conciliar el sueño.

5

  • ¿Y cómo se llamaba?
  • Matías- respondió Juliana con lágrimas en los ojos.
  • ¿Cuándo sucedió?
  • Hace como diez años pero no puedo sacarme esa imagen de la cabeza. Simplemente no puedo- su voz se quebraba a medida que pronunciaba cada palabra que salía de su boca-. Perdón hace mucho que no hablo sobre este tema. Todavía me cuesta. Después de que ese infeliz…la policía me hacía preguntas y…No sé…
  • Tal vez necesites hablar sobre el tema para hacer un cierre.

Juliana estaba quebrada. Habían pasado años y, sin embargo, no había podido olvidar a Matías ni las circunstancias de su trágica muerte.

  • Luego de su fallecimiento no quise hablar de esto con nadie. Creí que así lo iba a olvidar pero siempre estuvo en mi mente. A mis padres no les importó si me había afectado. No sabían lo que él significaba para mí. Era el chico más dulce que había conocido. Si no fuera por él nunca hubiese sobrevivido esos dos años. Los odio, son unos miserables. Siempre me trataron como si no existiese. ¡Los odio!
  • ¿Aún estás en contacto con ellos?
  • ¿Con mis padres? No. Apenas pude me fui de casa. Con el tiempo me mudé lo más lejos que pude. Son parte de un pasado que quiero olvidar pero no quiero olvidar a Matías. A él lo quiero llevar conmigo toda la vida- Juliana lloraba desconsoladamente mientras hablaba-. Me hacía reír mucho ¿Sabes? Era una de esas personas que sabe escuchar pero que al mismo tiempo sabe decir el comentario indicado en el momento justo para alegrarte el día. Hablaba con una dulzura que jamás había visto. Eso siempre me llamó la atención de él. Era como un niño pero por momentos ostentaba una madurez que sobrepasaba a todos los adultos que conocía. Igual la mayoría de los adultos que me rodeaban eran unos imbéciles.
  • ¿Y cómo se conocieron?

La pregunta hizo que, entre el mar de lágrimas, Juliana sonreirá tímidamente.

  • En realidad, la primera vez que lo vi fue en las escaleras de colegio. Se tropezó y se desparramaron todos sus útiles. Ahí fue cuando vi sus dibujos por primera vez. Eran increíbles. Dibujaba muy bien. Hizo un retrato de mí que aún conservo. Era increíblemente talentoso. Me había dicho que había empezado a dibujar dos meses antes de conocerme. Que antes ni siquiera se animaba a garabatear pero que de pronto sintió la urgencia de dibujar todo lo que observase. Hubiera sido un artista increíble.- Hizo una pausa y luego continuó-. Fue muy gracioso como se acercó esa tarde.
  • Creí que tú te habías acercado a él.
  • En aquellas ocasión sí. Pobre, estaba tan nervioso que apenas me devolvió la mirada. Por eso me llamó la atención lo que pasó después.
  • ¿Qué ocurrió?
  • Una semana más tarde se me acercó mientras estaba sentada en un banco. Lo hizo de una forma tan confiada y natural. Me cayó muy bien sin embargo, al rato comenzó a cambiar y volvió a ser ese chico tímido. Fue muy raro. La expresión de la cara, la forma en la que se paraba. No volvió a comportarse así nunca más. Y cuando le preguntaba sobre ese primer encuentro es como si no lo pudiera recordar con claridad. No hubiera pensado en ello si el sujeto ese no me hubiera hecho esas preguntas.
  • ¿De quién hablas?
  • Hace unos días un hombre medio extraño se me acercó por la calle y me preguntó si había conocido a Matías. Me empezó hacer unas preguntas muy extrañas. Fue por eso que volví a tenerlo muy presente y tuve ese episodio. Recordé un montón de momentos que pasamos juntos y me volvió todo el dolor que sentí al perderlo.
  • ¿Era un compañero del colegio de ustedes?
  • No, parecía más grande. Me dijo que un conocido de él que era médico le contó una historia sobre Matías y que por eso quería hablar conmigo. Me preguntó si había notado cosas extrañas en él, como cambios de personalidad y esas cosas. Le dije que no pero ahora que lo pienso…

Juliana comenzó a internarse en lo profundo de su memoria y pudo traer al presente imágenes y situaciones de aquellas tardes que había pasado junto a Matías.

  • La verdad parecía estar medio desequilibrado ese hombre, aun así- Los ojos de Juliana bajaron hacia la izquierda y se mantuvieron allí un tiempo- No lo sé.
  • ¿Qué más te preguntó?
  • Cosas algo locas. Mencionó algo de la velocidad del pensamiento. “Viajan más rápido que la luz. Él lo sabía muy bien”, me dijo. También me preguntó si alguna vez había mencionado a su esposa. Dijo que me parecía a ella. En ese momento me asustó un poco y me alejé de él. Estaba loco.
  • Loco o no, sacó algo de tu pasado que claramente tienes que cicatrizar. En la vida cada persona que nos encontramos tiene una función que cumplir. Incluso los locos. Matías cumplió un rol muy importante en una etapa de tu vida en la que necesitabas a alguien como él. Por eso necesitas realizar un duelo que aún no has hecho.
  • Tal vez- dijo Juliana con cierta nostalgia y emocionándose- Eso es algo que hubiera dicho Mati. Por momentos él solía transformarse en una persona de lo más sabia. Tal vez hasta lo seres más bizarros tengan su razón de ser.
  • ¿Te parece si lo hablamos en la próxima sesión?
  • Sí, me parece bien

6

Juliana no paraba de gritar mientras observaba con horror lo que presenciaba. Matías estaba en el piso aun consciente. Se encontraba demasiado débil para reaccionar. Solo podía percatarse de que su estómago y su pecho estaban cubiertos de un líquido escarlata. Sentía unas ligeras náuseas y un pavor escalofriante mientras observaba como Fernando introducía una y otra vez el cuchillo sobre su cuerpo magullado. Aquel mareo era extraño. Podía percibir como la saliva adquiría un gusto ácido que se disolvía en el salado gusto de la sangre. Todo ocurrió en veinte segundos pero Matías lo vivió como si fuese una eternidad. Los golpes eran tan  rápidos y contundentes que apenas podía sentir el dolor que le provocaba cada uno de ellos. El miedo y la adrenalina convertían todo ese horroroso espectáculo en una danza macabra de sensaciones tortuosas. La agonía iba apareciendo lentamente aunque, por algún motivo, fue la tristeza la emoción que comenzó a prevalecer entre aquel revoltoso mar de angustia. En un momento pudo notar como Juliana lo separaba de su agresor el cual se alejó tan solo por cinco segundos antes retomar su ominosa acción. El dolor ahora era más preciso haciéndose algo intenso en forma intermitente. Sin embargo, a medida que el cronometro vital avanzaba en dirección a lo inevitable, el sufrimiento se hacía cada vez más difuso. Al mismo tiempo, una ola de frió comenzó a envolver su cuerpo. Había perdido demasiada sangre, aun así permanecía consiente. Pudo ver a su atacante alejarse con desconcierto e ira en sus ojos. Pudo observar a la multitud pasiva que se regocijaba al saciar sus morbosos gustos por lo trágico. Por último, vio las lágrimas y la desesperación de Juliana que apenas podía permanecer de pie mientras observaba el cuerpo destrozado de quién ella recordaría como su único y verdadero amigo. Almas en espejo cuyo reflejo ahora se desvanecía por la más egoísta de las irracionalidades.

Mientras era llevado a un hospital, Matías aun poseía una chispa de conciencia que le permitía escuchar la sirena de la ambulancia. Su mente aun intentaba reconstruir lo acontecido pero él sabía que no valía le pena hacerlo. No a esas alturas. El manto de frió se había tornado una frazada de hielo y la tristeza una profunda melancolía. Mientras el tibio y pacífico baño de inmersión en el que se sumergía se hacía cada vez más relajante y lúgubre, el joven intentaba averiguar el motivo de su desconsuelo ¿Era su inevitable muerte por la que se acongojaba? Eso hubiese sido lógico, incluso comprensible no obstante no se trataba de aquello. Había visto en unos pocos instantes toda su vida y se había percatado de algo maravilloso. Existía un ser capaz de comprenderlo y darle sentido a su existencia. Una persona capaz de liberarlo de su miserable soledad. Ahora lo veía claramente sin embargo, algo no tenía sentido. No solo contemplaba la vida que había experimentado hasta ese momento. Estaba proyectando mucho más que eso. Con una nitidez absoluta podía ver las vivencias que hubiera experimentado en un futuro posible ¿Un cruel juego de su mente tal vez? No, eran reales, se trataba de recuerdos de una vida futura. Nada parecía tener sentido y, no obstante, todo encajaba perfectamente. Contemplaba imágenes de acontecimientos concretos los cuales poseían un olor familiar único. Una parte de su conciencia desconocía su procedencia y los tomaba como ilusorias. En cambio, su emocionalidad las reconocía y hacía que sus ojos se llenaran de pacíficas y nostálgicas lágrimas. Podía ver el rostro de una mujer hermosa a quién no reconocía pero cuya proyección desencadenaba una felicidad sublime. Sus pensamientos y su razón no la reconocían a pesar de que sus emociones sí lo hacían ¿Era Juliana? No, era una persona parecida. Alguien con similares rasgos faciales pero por lo menos veinte años mayor. Ahora comprendía instintivamente porque había decidido comenzar una conversación dos años atrás con quién hoy era su mejor amiga. Le recordaba a aquella figura femenina que su mente estaba proyectando. Una imagen que, por algún motivo, anestesiaba su constante sensación de abandono y desasosiego – ¿Quién es ella?- se preguntaba Matías con desesperación mientas su cuerpo se debilitaba- ¿Por qué su imagen es tan clara y definida?-. Esa era una pregunta que no podía responder. Por lo menos no su cerebro racional aunque sí su espíritu. Todo era muy confuso- ¿Quién soy? ¿Qué me ocurre?-. Todas esas proyecciones espectrales de una existencia sin duda experimentada parecían disiparse cuando de repente, la imagen de aquella mujer se hizo vívida apareciendo un niño en sus brazos. En forma abrupta, su conciencia se despertó y pudo comprenderlo todo. Una sonrisa inflamó su rostro mezclándose con la tristeza y el dolor. Un médico de la ambulancia se le acercó tímidamente y le dijo:

  • ¡Fuerza muchacho, aguanta!

A lo que Matías respondió desconsoladamente y con un  tono de voz lánguido:

  • Mi hijo. Extraño a mi hijo y a mi esposa. Quiero ir a casa…

El médico no comprendió el significado de esas palabras y las atribuyó al crítico estado de su paciente pero, por algún motivo, pudo ver en sus ojos una sinceridad desmesurada al pronunciarlas que lo desconcertó en forma abismal. A los cinco minutos la ambulancia llegó al hospital pero ya era muy tarde. El cuerpo de Matías yacía sin vida en el interior del vehículo.