La noche porteña

¿Al final que mierda querés? ¿Lo mismo? Bueno ¡Mozo! Podría traernos dos bandejas paisas por favor. Y dos aguas sin gas si es posible. Gracias ¿Qué? ¿Acá no se dice “Mozo”? Bueno, pero me entendió. Lo que me gusta de estos lugares es que están bien iluminados. Le dan una cierta atmosfera retro. No sé. Digo, de día usan la luz del sol y de noche los faroles. Muy loco. Me gusta como la luz del medio día alumbra el lugar.

Bueno, como te contaba, después del viaje a Croacia pasaron muchas cosas: los últimos meses en Francia, la convivencia con Santiago, el viaje a Valencia y a Barcelona y, por supuesto, la Colombiana. Pero bueno, por ahora saltémonos todo eso. La cosa fue que, finalmente, me rendí y decidí volver. Así que saqué el pasaje de vuelta y me subí a un avión rumbo a Buenos Aires. Era el fin de una etapa.

Cuando llegué al aeropuerto de Buenos Aires conocí a un francés al que le habían extraviado el equipaje. Estaba re angustiado el muy pobre. Como me sentí mal por su situación, le dije al tipo que les diera mi dirección a los de la aerolínea para que le mandaran las valijas a mi casa. También le pregunté si quería compartir un taxi del aeropuerto a la ciudad. Al final terminé pagando yo el viaje. Sí, supongo que cuando estoy deprimido me pongo en estado hiper generoso. Él estaba muy agradecido y, fue por eso, que seguimos en contacto luego de que él viniera a mi casa a buscar su equipaje. Era uno de esos estudiantes de intercambio que venía a quedarse unos seis meses. De alguna forma, creo que sentí empatía porque él venía a vivir lo mismo que yo había experimentado durante un año y medio en Paris. Además, yo sabía lo que era vivir en un lugar ajeno sin que nadie te ayude.

Cuando llegué a la casa de mis viejos dejé las cosas y me fui para una entrevista de trabajo que había arreglado desde Francia. Así es, deprimido y todo, mi lado optimista seguía tirando para adelante, buscando soluciones aunque me sintiera como la mierda.

Se trataba de una empresa que vendía productos de ahorro y de inversión y, básicamente, el salario era por comisión de venta. Exactamente, como una de esas estafas multi nivel. En aquel momento me pareció una buena idea. Ahora me arrepiento profundamente de haber trabajado con esos estafadores pero bueno, de los errores se aprende. Te juro, era la típica estafa de convencer a los vendedores que eran “asesores comerciales” mediante un curso de “formación” de diez días y de lavarles el cerebro con técnicas de psicología social para que pensaran que eran parte de algo más grande que ellos. Sí, onda Herbalife. Yo no me la creía mucho no obstante necesitaba un trabajo y eso era todo lo que había hasta que pudiera conseguir algo mejor.

Como básicamente tenía que moverme para vender esos productos, estaba forzado a recorrer las calles para reunirme con gente. Supongo que fue una buena excusa para rencontrarme con personas con las que no me veía hacía mucho tiempo. Entre ellos Maxi. Una gran tipo: honesto, generoso y muy trasparente. Lo había conocido cuando había viajado al Norte Argentino con Fernando, Seba y mi hermano. Con él comencé a conocer por primera vez el mundo de la noche: los boliches, los bares, las RRPP, las comidas gratis, etc…En cierta forma, le estoy muy agradecido por eso. Como sabía que estaba medio deprimido, me llamaba todo el tiempo para salir a divertirnos.

Fue en esa época, precisamente, cuando me comprometí conmigo mismo para encontrarle una solución a mis dificultades con el levante. Y fue en ese momento cuando mi hermano desde Nueva Zelandia me sugirió ir a una escuela de seducción de la que él había escuchado hablar hacía un tiempo. Me había dicho que hasta hacían salidas por Palermo. Me llamó la atención, nunca había escuchado algo así. La verdad estaba tan “bajoneado” que ni siquiera averigüé sobre la empresa para ver si se trataba de algo serio. Sencillamente me anoté y pagué. Cuando uno está bien abajo prueba cualquier cosa hasta que algo funciona, es así de simple. El curso empezaba a principios de marzo y estábamos recién a mediados de diciembre. Había que esperar para ver qué onda.

Durante ese tiempo me dediqué a contactar personas que conocía para ver si podía encontrar algún trabajo. Al mismo tiempo, siempre estaba viendo si podía vender los productos de ahorro e inversión. Era una forma de ocupar la mente para que la inactividad no me produjera más angustia y depresión de la que ya tenía. Por lo menos ahora tenía algo que hacer. Además disfrutaba encontrarme con gente y hacer sociales. Siempre había sido bueno en eso.

Al mismo tiempo, comencé a frecuentar los boliches de Palermo con Maxi. Él se la pasaba invitándome a fiestas y eventos. Lo bueno es que conocía a una RRPP que nos dejaba entrar sin pagar y hasta nos conseguía comida gratis. Para mí todo ese sistema de entrar a las discos por la lista de una Relaciones Públicas era toda una novedad. Te juro, no sabía que existía tal cosa. Digo, era la primera vez que salía por Palermo. Y eso que había vivido ahí toda mi vida.

La verdadera era que me incomodaba mucho salir. Con la calentura sexual al máximo tenía que clavarme alrededor de cinco pajas seguidas para poder disfrutar la noche sin sentir bronca y resentimiento. Si no hacía eso, cuando llegaba al lugar, al enfrentar la indiferencia y el desprecio con el que me trataban las mujeres, enseguida me agarraba una bronca tal que tenía ganas estrangularlas a todas. O bien me deprimía. Ya sea una cosa o la otra, como empezaba a pasarla mal me terminaba yendo. Para evitar eso lo mejor era agarrar y hacerme unas cuantas descargas manuales antes de salir. Sí, ya sé que parece exagerado. Lo sé, pero pensá que ya iban como diez años de frustración sexual  y era una persona con un libido relativamente alto. Creo que si hubiera podido echarme un par en Croacia el viaje no hubiera terminado tan mal. De todas maneras, me alegra que las cosas hayan terminado así. A veces lo mejor que te puede pasar es que toques fondo.

Me acuerdo que Maxi tenía una forma muy particular de ser en lo que al encare se refería. Realmente aprendí un par de cosas de él. Como por ejemplo, que para que algo pasara con una chica el primer paso era salir y hablar. Obviamente que el diablo está en los detalles no obstante salir y vivir esas experiencias por primera vez era toda una novedad para mí.

También salía por mi cuenta pero con mucho recelo y timidez. Generalmente me iba de putas antes de ir a un boliche para ir más relajado. Había un lugar al que solía ir seguido. Me lo había recomendado Maxi. La verdad que me desagradaban mucho los puterios pero cuando la calentura domina y, encima, sentís angustia, tenés pocas opciones. Generalmente entraba rápido al lugar, veía el panorama y elegía a la que más me gustaba. De ahí, subía a la habitación, hacía lo mío y me retiraba lo antes posible. Me daba una mezcla de miedo y asco esos lugares. Seguro que escuchaste esos argumentos en contra de la prostitución que se pusieron de moda ahora. Sí, del tipo: “un hombre de verdad no paga por una mujer”. No sé en qué mundo viven esos hipócritas pero cuando vivís en una sociedad donde las mujeres juegan al juego de la histeria y la indiferencia mientras los hombres al juego de las mentiras y el chamuyo, tenés como resultado una generación de hombres y mujeres de muy baja autoestima. Al final, la prostitución es un triste escape para los hombres que creen que sus únicas opciones son conformarse con lo que les toca o vivir en soledad. Los entiendo, vivir con calentura es una mierda y en general la paja no alcanza. No digo que esté bien, solo digo que es una solución imperfecta a un problema de un mundo imperfecto. Sería genial si viviéramos en una sociedad donde las palabras fueran genuinas y donde pudiéramos mostrarnos vulnerables. Sin embargo, no vivimos en ese mundo y la mayoría de la gente sufre. Y el sufrimiento te lleva a la depresión, al resentimiento y, en muchos casos, a la violencia verbal y física. A la larga, todos reaccionamos de la peor forma frente a la negatividad que generan los otros y nos volvemos como ellos. Algunos logran cortar el espiral pero solamente muy pocos son los que tienen esa suerte.

En fin. Eso hacía en mis primeras salidas solo. Recuerdo una vez cuando fui a un puterio de microcentro y de ahí me tomé un taxi para volver a casa. Como estaba en un estado de euforia y alegría, le pregunté al taxista a donde podía ir a bailar, a lo que él replicó que “Kika” era el boliche de moda. “Llevame ahí”, le dije decidido. Normalmente odiaba los boliches. Vos sabes que a mí me gusta hablar y esos lugares de mierda apenas uno puede escuchar su propia voz. Sin embargo, como estaba alegre y, además, física y psicológicamente saciado, podía tolerarlo, incluso disfrutarlo. Cuando llegué, pagué la entrada e ingresé a toda máquina. No recuerdo como pero terminé hablando con una mexicana que estaba trabajando en Buenos Aires. Era realmente horrible pero, para ese entonces, lo que estaba pasando era todo un logro. El tema era que no sabía cómo hacer para llegar al beso así que, luego de hablar cinco minutos, le pedí el teléfono y me retiré. Lo gracioso fue que, antes de irme, ella me dio un pico. Una buena noche dentro de mis estándares. Es más, creo que por haber sido una de las pocas veces que fui a un boliche solo, lo que ocurrió fue todo un mérito. Sí, ya sé, huir con el teléfono es una cobardía. Es no enfrenar tu miedo. No obstante, en aquel entonces eso era mejor que nada. Seguro que se comió a 40 flacos es noche en el boliche y después se enfiestó a unos dos o tres pero ya te digo: en ese momento lo que había pasado era un avance importante.

La semana siguiente Maxi me invitó a una fiesta muy célebre llamada “La plop”. Una suerte de mega celebración gay pero “heterofriendly” (o sea que podían ir heterosexuales). Fuimos con unas amigas de él. La verdad que estuvo buena. Las mujeres en ese boliche estaban particularmente sociables y con muy buena onda. Creo que el hecho de que la mayoría de los hombres fuese gay hacía que sus defensas bajaran. Recuerdo que me pregunté porque no todos los boliches podían ser como esa fiesta. O sea, gente realmente divirtiéndose en vez de estar los hombres obsesionados con ponerla y las mujeres obsesionadas con alimentar sus egos a base de un ejército de pajeros. El mundo debería ser como una gran fiesta gay. Así sería un mejor lugar. Si, ya sé, es un buen material para hacer stand up ese comentario.

En esa ocasión me quise acercar a una amiga de Maxi que mucha pelota no me dio. Igualmente, al día siguiente le mandé una solicitud de amistad por Facebook y ella me aceptó al toque. Aun así nunca contestó a mis mensajes “¿Para qué me aceptó entonces?” Era una pregunta cuya respuesta era un misterio para mí. Sí, ya sé, la era digital está hecha para subir el ego de las mujeres vía pajeros virtuales. En ese sentido las mujeres buscan tanta validación externa como pueden para compensar sus bajas autoestimas. Al igual que los hombres, solo que estos lo hacen de otra forma.

El tema es que en ese momento no entendía la lógica del mundo del levante y solo veía a una persona que me ignoraba luego de aceptarme. Y eso me daba bronca. Normalmente, luego de una situación así solía mandar un mensaje tipo como: “Bueno veo que no te interesa hablar, ¿Podes decirme para que me aceptaste entonces?”. Nunca obtenía respuesta y el misterio nunca se disipaba. Sí, lo sé era muy ingenuo. Calculá que eso me pasaba seguido. O, en el mejor de los casos, se hacían las pelotudas y ponían alguna excusa bien boluda. Eso me hizo una amiga de la RRPP que conocía Maxi. Precisamente, luego de agregarme, esa mina me dijo que había cortado hacía poco con el novio y que no se sentía como para salir “¿Y para que me agregas pelotuda?”, pensaba yo. “Solo quiero que seamos amigos”, decía la muy otaria. “Amigos”, esa frase que bastardea el concepto de amistad la venía escuchando desde hacía una década. Estas situaciones me hacían enojar y echaban combustible al fuego de la frustración.

Bueno hablando de eso ¿Te acordás del francés al que había ayudado cuando llegué a Buenos Aires? Bueno, se la pasaba invitándome a fiestas aunque yo nunca aceptaba. Sin embargo, en la noche del 31 de diciembre me invitó a la casa porque había organizado una celebración con unos amigos (la mayoría de ellos franceses) y decidí asistir. No sé si te lo había mencionado pero mi vivencia en Paris no me había dejado buenas experiencias con las parisinas. Para ser honesto, había desarrollado un odio bastante intenso hacia ellas. Sí, otro prejuicio que se sumaba a la extensa lista. Encima en esa fiesta había dos chicas de Paris. Puedo decir que al principio me porté bastante bien. El problema apareció cuando la ingesta alcohólica empezó a subir.

En un primer momento la estaba pasando bien. Hablaba con la gente, practicaba mi francés, decía alguna que otra de mis rutinas cómicas para hacer reír a la gente, etc. En cierta forma un poco de alcohol siempre ayuda a relajarse y a divertirse. De pronto pusieron algo de música. Yo estaba contento. Interactuaba con todo el mundo y cada cuanto me acercaba a una chica francesa y le sonreía poniendo alguna cara ridícula. Ella se reía. Al ver la buena reacción, yo continué haciendo lo mismo. A veces me acercaba y la sacaba a dar un paso de baile. Ella se divertía. El problema era que yo continuaba tomando.

No recuerdo bien cuando ni como pero en algún momento ella dejó de reaccionar en forma positiva a lo que yo hacía. Creo que yo lo noté porque sentí una mezcla de bronca y, al mismo tiempo, una ansiedad por recuperar la buena onda. Las cosas no mejoraban. Cuanto más intentaba que ella se divirtiera y se sintiera cómoda más ella se sentía incomoda y más evidente era su expresión de indiferencia y desprecio. O por lo menos así lo veía yo. De repente, su indiferencia me produjo un enojo intenso. Con mi mente pude viajar en el tiempo hacia aquella noche nefasta en Croacia cuando me sentí rechazado y despreciado. Creo que también viajé a una noche cuando estuve en Israel donde también pude sentir la indiferencia y el ninguneo de las mujeres presentes. La bronca aumentaba. Estaba fuera de control. En un momento salí afuera de la casa puteando en francés. Creo que gritaba la palabra “puta” en alguna de sus variantes. Sentía de vuelta esa frustración de no saber “cómo” hacer para lograr lo que quería. Experimentaba de vuelta esa sensación de ser un fracasado. Me torturaba pensando que no era bueno en el tema del chamuyo y que no había forma de remediarlo. El tiempo y las malas experiencias hacen que las creencias como: “Hay gente que sabe y otra que no y yo soy de los que no sabe ni puede” se vuelvan cemento en el interior de la mente. En esos momentos es cuando uno cree que está condenado a pasar la vida solo o con alguna mujer horrible que le diera pelota. Todo eso simplemente por el hecho de que no nació sabiendo chamuyar.

Claro que, para ese entonces, ya había quedado como un loco de mierda y, si bien acompañé al grupo a la zona del barrio de Palermo que queda cruzando la calle Juan B. Justo, me fui separando de ellos y nunca más los volví a ver. Ya era el amanecer y había una gran celebración en la calle. La borrachera casi se me había ido y podía sentir un cansancio agotador mezclado con algo de sueño. En ese momento emprendí la caminata de regreso a casa. En el camino, no recuerdo porque motivo, una chica que estaba con su novio me preguntó algo y me quedé unos minutos hablando con ellos. En un momento sentí que el flaco me estaba tomando el pelo y que quería mostrar su dominancia frente a su novia o algo así. Me hice el personaje como si fuera gay para ocultar mi bronca y le seguí el juego. En el fondo me hubiera gustado agarrar un ladrillo y partírselo por la cabeza. Siempre odié a esa clase de imbéciles. Me hacían acordar a los hijos de puta que me habían torturado durante el secundario. Finalmente, por cansancio, abandoné la conversación y seguí caminando. Al llegar a casa me desplomé en la cama pretendiendo que el sueño se llevará todas las emociones tóxicas que me lastimaban desde adentro como si tuviera vidrios en las venas.

Episodio siguiente: El carnaval de mierda

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Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social