La hipocresía social

A la hora de comprender los matices de una sociedad en un tiempo determinado, la mejor fuente que un analista social puede tener (ya sea economista, sociólogo, politólogo u otro profesional) es la literatura de la época. Nada describe con más sutileza y crudeza los detalles sociales que habitan un contexto determinado.

Para describir a la Argentina contemporánea (de, digamos, los últimos 30 años) he encontrado una pequeña novela del autor Sergio Olguín que expone los reales y patéticos estereotipos de la realidad Argentina: “Oscura y monótona sangre”. La novela describe los eventos que vive Julio Andrada, un empresario de 50 años de edad, al conocer a una prostituta de 15 años habitante del barrio carenciado “Villa 20”. Lo asombroso de esta novela, es la descripción llamativamente real de los personajes y de lo que les ocurre, empezando, por supuesto, por el protagonista.

Julio Andrada es un empresario dueño de una fábrica y una vasta fortuna que habita en un barrio rico de Buenos Aires. Sin embargo, siempre intenta ocultar sus orígenes humildes en el barrio de Lanús donde de niño padeció una dura situación económica. Por un golpe de suerte y, desde luego, gracias a su esfuerzo y habilidades personales, logra ser dueño de una fábrica y amasar una fortuna. Casado con dos hijos (uno estudiando en el MIT y una hija estudiando psicología en la UCA)  disfruta de las comodidades de una vida de abundancia. Aun así se siente siempre temeroso de perder su fortuna y volver al lugar de donde vino. Siempre en su pensamiento está la idea de que si la gente de su actual estatus social supiera de sus orígenes humildes, lo rechazaría.

“Cada vez que Andrada pasaba por delante de la villa, pensaba: “yo no voy a ser como mi tío”; Su mayor terror era imaginar que un día perdería lo que poseía y debería mudarse a un lugar así. Era tal el temor que ni siquiera su esposa o sus amigos sabían que tenía, o que había tenido, un tío  que vivía en una villa miseria. Era su secreto y también la fuerza que lo impulsaba a acumular cada vez más. Alejarse de la pobreza era lo único que le producía una auténtica tranquilidad  interior.”

Dicen que el mayor miedo de alguien poderoso es  perder todo lo que tiene. Por eso sigue amasando fortunas a costa de la vida de los demás. Eso es lo que ocurrió, por ejemplo, en la última crisis financiera internacional donde un grupo de individuos pertenecientes a grandes empresas financiera (JP Morgan, Goldman Sachs, etc…) quebraron el sistema financiero internacional para ganar aún más dinero del que tenían. Es decir, gente muy rica produjo una crisis por la que mucha gente se volvió pobre para volverse aún más rica. No sé si esta gente responde al mismo patrón que el personaje pero sin duda están intentando cubrir una falencia interna o espiritual con recursos externos o materiales y eso simplemente es imposible. Es como beber de un colador.

La descripción de los hábitos del personaje y sus pares es crudamente realista. Si uno ha trabajado en el ambiente empresarial sabrá identificar la doble moral existente en estos ámbitos: familia y misa los domingos por un lado, y prostitutas y modelos caras por el otro; protección de la familia y los amigos por un lado, actos de corrupción e indiferencia hacia los que no están dentro de su círculo personal y social por el otro. Es interesante ver cómo el personaje justifica sus actos de corrupción alegando que, si bien soborna a los funcionarios públicos para conseguir las licitaciones, sus obras son sólidas. Desde su punto vista, él es un hombre moral con valores bien definidos. Igual que el personaje de Nicholas Cage en la película “El señor de la guerra” cuando dice: “Yo trafico armas, no mato gente. La culpa es de quien las dispara. A diferencia de las drogas, mis armas tienen un seguro”. Mas cínico imposible.

“Andrada sabía que las obras no siempre se conseguían de la manera más limpia, sobre todo cuando se trataba de licitaciones públicas o trabajos para la municipalidad. Pero nada de todo esto le quitaba el sueño, él tenía el convencimiento de que los trabajos que realizaba  siempre estaban bien hechos, eran sólidos, indestructibles; y eso era lo que realmente contaba”.     

Hablé con muchos empresarios y funcionarios públicos en mi vida y, tanto estos actos de corrupción naturalizados como la forma de justificarlos, son moneda corriente en este país donde la corrupción es sistémica.

También aparecen otros temas bastante tabús para nuestra hipócrita sociedad como, por ejemplo, la presencia de prostitutas o “gatos” en el ámbito laboral de las grandes empresas y el sector público. Es muy común en la Argentina que los CEOs de empresas o funcionarios públicos de alto rango contraten prostitutas como secretarias u oficinistas para disponer de ellas cuando lo quieran.

“¿Cuánta plata gastaría Miguens en esa oficina, en esas putas disfrazadas de recepcionistas y secretarias?”

La cultura del machismo en la argentina es algo aceptado por lo bajo, sin importar cuantas  campañas por los derechos de la mujer se organicen. Precisamente, una forma de consolidar el machismo y la desigualdad de género es, precisamente, organizando marchas y eventos en defensa de los derechos de la mujer y colocando mujeres en altos cargos empresariales o políticos. La apariencia lo es todo. Cuanto más cambian las cosas más siguen igual.

También está muy presente en la novela el hecho de que la cultura de la prostitución está totalmente difundida en la Argentina al punto tal que, por más que haya campañas contra la trata de personas, no existe un interés genuino en la sociedad por combatir este flagelo. En la novela se mencionan tanto los circuitos más exclusivos (prostitución VIP) como la prostitución en las clases bajas (prostitución de menores en las villas y barrios pobres). El relato precisamente encierra la relación entre el protagonista y una prostituta de 15 años de edad que vive en un barrio carenciado que el protagonista decide visitar para saciar su morbo de “cogerse a una pendeja”.

Aquí aparece un tema que también se relaciona con la hipocresía de nuestra sociedad, es decir la diferencia entre lo que decimos y lo que ocurre realmente. Muchos hombres en Argentina buscan mujeres menores de edad. Reprobable sí, pero es lo que ocurre y a nadie parece importarle. Menos a los padres de esas chicas que van a boliches/ discos a las dos de la mañana y consumen enormes cantidades de alcohol, éxtasis y otras drogas. Como lo afirma Sergio Sinay, vivimos en una sociedad de hijos huérfanos con padres. Y si usted se quiere hacer el moralista y quiere negar que esto es así, salga a la noche y vaya a una disco/ boliche promedio (donde en teoría no pueden entrar menores de edad) y observe lo que pasa. Lo peor de esto, es que si uno habla sobre el tema, se arriesga a parecer un especie de pervertido. Los hipócritas dicen: “¿Pero cómo se te ocurre decir que las cosas son así?” Son así, no deberían serlo pero lo son. El tema es que decirlo es políticamente incorrecto. Pregúntenselo a Nicolás Maquiavelo quien luego de describir la política tal cual era fue catalogado de ser un hombre vil para el resto de la historia cuando en realidad fue un hombre honesto toda su vida. Su único pecado fue decir: “así son las cosas, así funciona la política. Si, debería funcionar de otra forma, pero no funciona así lamentablemente.”

Al sexólogo Kinsey le ocurrió lo mismo. Al publicar estadísticas certeras de los hábitos sexuales de la sociedad norteamericana fue catalogado de pervertido. El no dijo “las cosas deberían ser así”, él dijo “de acuerdo a un estudio estadístico las cosas son así”. Maten al mensajero parece ser el lema. La única forma de decir la verdad sin ofender o no ser acusado de malvado o pervertido es hacerlo a través del humor. ¿Porqué nos reímos al escuchar a un cómico describir con crudeza la realidad? Porque nos identificamos con lo que dice, porque, en el fondo sabemos que es verdad. Muy en el fondo. Si no, no seria gracioso el chiste.