La hipocresía de nuestra sociedad (Segunda parte)

Continuando con el brillante análisis social que realiza la novela Sergio Olguín “Oscura y monótona sangre” quería destacar otro tema que está casi omnipresente en la novela y, aun así, aparece de forma implícita como “fondo de pantalla” en la cual se desarrolla la historia: las desigualdades sociales y el resentimiento que ellas generan entre las personas como “miembros” de clases diferentes.

En realidad este tema trasciende la situación en la Argentina ya que es una característica intrínseca del mundo que nos ha tocado vivir. Un mundo en el cual cada vez hay más desigualdad pese a la negación constante de los economistas mercenarios (a veces llamados neoclásicos o neoliberales) que son contratados para negar la realidad y recomendar políticas que benefician a unos pocos. Recientemente un economista francés, Thomas Piketty, publicó un trabajo fruto de su larga investigación en la cual afirma que, en el último siglo, la desigualdad económica y social a nivel mundial viene aumentando en forma progresiva ¿De veras? No me había dado cuenta. Si, la obviedad no podría ser mayor pero tiene que venir un economista probarlo “científicamente”. De todas formas, aclaro que su trabajo es válido y sus conclusiones acertadas aunque si se queda un poco corto al describir la gravedad del aumento de la pobreza y la situación de la marginalidad en la actualidad.

Por supuesto, al publicar su trabajo salieron enseguida los cínicos defensores del libre mercado y la libertad individual a despotricar contra su trabajo. En algunos casos lo hacían criticando su metodología mientras que otros, menos disimulados, lo hacían llamándolo comunista, marxista y algún que otro epíteto de esa índole. Por supuesto negar la realidad (ya sea por estúpida ceguera o simple conveniencia) no cambia el hecho que el mundo se ha convertido en una sociedad de castas. Así es, castas, no clases sociales. Digo ¿Para qué engañarnos? El ascenso social es más la excepción que la regla en un sociedad en donde la distancia entre quienes tienen una abundancia de oportunidades y lo que no tienen absolutamente nada es cada vez mayor. En síntesis: a mayor desigualdad menores probabilidades de ascenso social tanto en cantidad como en calidad.

Volviendo al caso particular de la Argentina, se puede apreciar que esta tendencia mundial se ha reflejado en nuestra sociedad (sobre todo a partir de los años noventa) y no ha dejado de empeorar hasta el presente. Lo fascinante de la novela es que el protagonista experimenta su ascenso social en una época donde todavía éste era posible y de hecho bastante común (las décadas del sesenta y setenta). Los tiempos han cambiado indudablemente. Julio Andrada (así se llamaba él) pasó de vivir en una “villa miseria”(o barrio carenciado si prefiere el eufemismo) a habitar en uno de los barrios más pudientes de Buenos Aires en uno de los típicos edificios con todos los servicios inimaginables.

Andrada prefiere estar allí y no en un country o barrio privado donde sentiría realmente que no pertenece. Tendría miedo que descubran la verdad sobre él , que no es uno de ellos. Tendría miedo que descubran la verdad de sus orígenes. Que su sangre no es azul, no es pura. Lo paradójico es que, ahora que pertenece a una clase social privilegiada, desprecia profundamente a los que viven en las “villas”, constantemente insultando a los “cartoneros” que revisan la basura afuera de su edificio. Una suerte de síndrome de Estocolmo social indudablemente.

“…y se habría sorprendido si alguien (su hija, por ejemplo, que estudiaba psicología), le hubiera dicho que cada mañana hacia el camino inverso a su ascenso social, una suerte de recordatorio que señalaba de donde venía y a donde había llegado (…) Porque Julio Andrada alguna vez había sido como la gente que viajaba colgada en colectivos”.

En la argentina actual el resentimiento entre clases ha venido creciendo a medida que la distancia de oportunidades fue creando un precipicio entre la clases marginales (que en cierto barrios viven con niveles de vida muy cercanos a los de África Subsahariana) y las clases más pudientes (que en algunos casos viven barrios privados tan ostentosos que se puede observar la magnificencia de sus construcciones solo cuando uno viaja en avión). El mundo de los ricos y el mundo de los pobres son universos paralelos. Ninguno de los dos podrá jamás comprender la complejidad del mundo donde el otro vive pero aun así se odian. El pobre ( “negro mierda” o “villero” como se lo conoce peyorativamente) odia el rico por dos motivos: por un  lado porque envidia el estatus y la seguridad económica social y biológica con la que cuenta y, por el otro, porque recibe un maltrato y una  estigmatización constante de la sociedad. En pocas palabras: desprecio. El rico cree que el pobre no trabaja porque es vago, porque prefiere robar. Lo que no sabe es que no tiene opción,  su destino en esta sociedad ya fue escrito ¿Puede cambiarlo? Todo es posible pero las probabilidades están en su contra. Una niño que nació con menos capacidad mental debido a la sub alimentación o por mala alimentación, que se crió al lado de una cloaca expuesto a una infinidad de enfermedades, que vive cerca de la violencia más vil producto del narcotráfico, ya no tendrá las mismas oportunidades que otros. Además, este niño tendrá muchas probabilidades de generar un resentimiento hacia el resto de la sociedad por ser percibido con ojos prejuicios debido a cómo se viste, a como luce,  y por vivir en una villa.  Muy probablemente el odio social y la cercanía a malas compañías, un contexto social tóxico y recursos de dolor, los convertirán en el monstruo que la sociedad le dijo que era al nacer. Algo parecido al cuento de Mary Shelley, “Frankenstein”, donde la criatura (originalmente bondadosa) se vuelve malvada ya que, precisamente, es percibido y tratado como si fuera un monstruo por su desagradable apariencia:

“¡Aquella era la recompensa de mi bondad! Había salvado una vida humana y, como premio, me retorcía de dolor a causa de una herida de bala que desgarraba carne y huesos. Los sentimientos de bondad y suavidad abrigados hasta unos pocos momentos antes dieron lugar a rabiosos rechinamientos de los dientes. Vencido por el dolor, juré odio y venganza eternos contra el género humano; finalmente pudo más mi herida, el pulso se me paralizó y perdí el conocimiento.”  

“¿Quieren que sea el monstruo que dicen que soy, entonces lo voy a ser?” El resentimiento que sentimos nos convierte en eso, monstruos. Ya no vemos al otro como un ser humano sino como un objeto de odio que merece el sufrimiento más profundo por habernos hecho sufrir primero.

En su genial artículo Juan García satiriza el pensamiento prejuicioso de las clases altas al afirmar:

“Estas gentes son de escasos recursos y la gente pobre generalmente es mala. Esto es lo bueno de estudiar en el mundo civilizado, se encuentran soluciones rápidas a problemas complejos…”

El rico y la clase media, por otro lado, odian a los marginales porque muchos ya se han convertido en ese monstruo que describí anteriormente y, por lo tanto, no hacen que generalizar. Ese prejuicio a la larga se transforma en odio y resentimiento: “esos monstruos que no respetan la vida deben morir”. Ahora se trata de un círculo vicioso que no tiene fin y que solo genera una retroalimentación de resentimiento, odio violencia y sufrimiento ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Cómo salimos ahora?