La generación de los pendejos manipuladores

Carlos es un muchacho inseguro. Tiene tan solo 19 años. No saber decir que no. Siempre acepta compromisos que no desea realizar. En cuanto a las mujeres, no sabe cómo acercarse y aunque lo hace es rechazado, ya sea con crudeza o cayendo en la fatídica zona de amigos.

Un buen día decide cambiar su situación. Comienza a leer miles de libros de relaciones, seducción, manipulación, negociación y desarrollo personal para mejorar sus habilidades sociales. En los libros que lee y los vídeos que observa se señala que un verdadero hombre debe ser un “alfa”. Alguien que se respeta y que expresa dominancia frente a los otros. Ya sea ante una mujer o ante un hombre. Ya sea si se trata de un grupo o de un individuo.

A partir de ese momento, comienza a tratar a todos con agresividad. Es cortante y constantemente expresa algún ultimátum para obligar los otros a ceder: “O haces lo que digo o me voy”. Cuando le envían un mensaje, no contesta. Solo lo hace luego de varias horas y en forma resumida y cortante. Antes de que el otro conteste, termina la conversación abruptamente diciendo: “No puedo seguir con esta conversación. Soy un hombre muy ocupado”. Aunque solo sea un muchacho. Un pendejo inmaduro que juega a ser adulto.

Ha leído en uno de esos libros de aquellos magnánimos gurúes que un hombre importante no tiene tiempo para aquello que no produzca dinero. “Las relaciones son inversiones”, dice ese orador arrogante en el vídeo más visto de Youtube.

Con las mujeres sucede lo mismo. Comienza a ser cortante y mandón. Algo agresivo en el traro. “Un hombre de verdad se respeta” dice uno de esos sabios modernos que venden millones de libros. Con el tiempo, la acción genera ser. Sus actos se convierten en hábitos y luego éstos se integran a su personalidad. Aparenta ser una persona más segura. Un auténtico alfa. Sin duda muchas personas notan su cambio. Para aquellos con sentido común es simplemente un “arrogante de mierda”. Pero él se siente respetado y confiado. De pronto, los resultados empiezan a surgir. Comienza a tener sexo con muchas mujeres. Eso le da más confianza. Sus relaciones no duran mucho pero fornica en abundancia. Sus amigos ya no lo soportan. “No los necesito”, piensa él. En los ambientes que frecuenta él siempre posee una actitud dominante. Nadie lo confronta. Algunos le temen. En el corto plazo muchos lo admiran. En el largo plazo simplemente se alejan de él ya que no lo soportan.

El sujeto que acabé de describir es el típico pendejo que descubre la vasta literatura moderna basada en el concepto de “sé un macho alfa para tener éxito en los negocios y con las mujeres”. Puede estar disfrazada con adornos de auto superación para no parecer tan cruda pero en realidad se trata de un material que estimula actitudes increíblemente tóxicas y psicopáticas. Una generación de muchachos normales a la que llamamos millennials está interiorizando valores pútridos basados en ésta lógica de pragmatismo negociación y manipulación. Se vende como cultura emprendedora y de la superación personal y la literatura es tan vasta como la Internet. Ellos absorben el conocimiento como esponjas y luego lo aplican. Consideran que las ideas detrás de este paradigma son saludables. En la superficie lo aparentan. Sin embargo, de pronto se han convertido en seres fríos y pragmáticos que ven el mundo en términos de costo, inversión y beneficios. Así es como miden las relaciones con las demás personas y, de hecho, muy seguido obtienen resultados enormes en forma increíblemente rápida. Pero ¿A qué precio?

El falso alfa

La historia de Carlos ya la he escuchado millones de veces. En el ámbito de las relaciones los “pendejos” leen mucho de ese tipo de material y luego actúan como imbéciles. Aun así, gracias a ello obtienen resultados muy rápidamente. Ahora creen que se la saben todas. Encima leen de negociación y retórica y ya es imposible mantener una conversación sensata con ellos.

Una vez, estando en una cena social se comenzó a hablar de política y un hombre, Javier, expresó su opinión. A los dos minutos, Carlos, el “alfa”, saltó a contradecirlo y a humillarlo con ironías y comentarios descalificadores. No obstante, lo hacía utilizando un lenguaje intelectual aprendido de la retórica, lo que disfrazaba su comportamiento inmaduro. Ante las personas presentes, él estaba “ganando” la discusión aunque a duras penas estaba argumentando. Solo estaba descalificando sin embargo para la mayoría era difícil ver la sutil diferencia entre agredir y argumentar. Las mujeres presentes lo deseaban. Él era el macho dominante. Se acostarían con él. Luego descubrirían su esencia y lo dejarían. No obstante, muchas se quedarían con él a pesar de sus maltratos ya que la autoestima de aquellas muchachas también estaba dañada.

 ¿Por qué es un falso alfa? Porque en el fondo es inseguro y lo que hace es simplemente compensar en exceso para disimular su inseguridad y su miseria. Hace un año que viene actuando así. Al principio le costaba pero ahora ya se volvió un hábito. Las personas que poseen una autoestima saludable y han madurado emocionalmente se alejan de él. Para ellos los vínculos significan conectar con el otro y no frías inversiones. Carlos se rodea de personas que tienen la autoestima corroída ya que las puede dominar y manipular fácilmente. El sádico se junta con el masoquista. Él se siente poderoso aunque en el fondo su condición limite con miserable. Sin embargo no lo puede ver. Los resultados diarios (el sexo y el dinero) actúan como un velo que tapa el problema de fondo: aquella angustia original con la que comenzó todo aquel proceso. Tarde o temprano la mierda que se acumula en su interior explotará y luego sentirá una desdicha atroz.

La era del pragmatismo

El ejemplo de Carlos puede presentarse en distintas dosis. Pensemos una versión más diluida: Jorge. Se trata de otro pendejo inmaduro que descubrió el santo grial de la información: las habilidades sociales. El otro día hablé con él. Quise entablar una conversación amena. Al rato, noté que expresaba los patrones tóxicos aprendidos en los manuales. En libros como: “Las 48 leyes del poder”, “Todo es negociable”, “Como manipular a cualquier persona”, etc…

Me dice que no puede escuchar mis audios. Son muy largos comenta. Me pide que resuma y escriba. “Es una cuestión de inversión” exclama. Definitivamente, esa forma de pensar la absorbió de algún lado. Es un admirador de las escuelas de seducción y desarrollo personal que se han expandido en los Estado Unidos. Probablemente de ahí haya sacado esas ideas. Yo lo considero una falta de respeto y no puedo evitar enojarme. Le digo que deje de aplicar a rajatabla lo que lee en manuales de manipulación y negociación. Tal vez no fue una respuesta adecuada.

Lo cierto era que estaba hablando amenamente y con una actitud respetuosa y recibo esa actitud arrogante y asquerosa. Encima obtenida de un manual. Su siguiente respuesta parecía sacada de un libro de retórica: “tu respuesta no es lógica porque es un argumento inválido” dijo con petulancia. Que idiota. Luego señaló que debía seguir trabajando en su emprendimiento. Era un hombre ocupado, aquel pendejo inmaduro que apenas rozaba los veinte. En ese momento, perdí mi paciencia. No solo no había escuchado los mensajes de audio que le mandé muy amenamente y respetuosamente (o con la mejor onda como solemos decir en mi país) sino que insistía en que era por una cuestión de inversión. Partíamos de dos paradigmas distintitos: yo, desde la comunicación y las relaciones humanas, él desde pragmatismo y la negociación. Él hizo lo que decía el manual y “ganó” la discusión. A mí pareció un pendejo idiota y arrogante que cree que se las sabe todas y no sabe nada.

Sí, probablemente él tenga mucho sexo con muchas mujeres y termine haciendo mucho dinero con su emprendimiento. Quiere abrir una escuela de seducción para enseñarles a otros a ser un alfa como él. Cría cuervos y te comerán los ojos. No obstante, tendrá mucho éxito en términos monetarios. Otros como él harán lo mismo y nuevas generaciones de “alfas” saldrán a la sociedad con una visión estratégica de la vida. “Debo vencer al otro, todo es una negociación” como dice Herb Cohen, autor de “Todo es negociable”. Ellos eligieron ver el mundo de esa forma habiendo tantas maneras de ver la vida. Las creencias generan realidades. No es el primer pendejo que observo con este tipo de actitudes. Hace tiempo que se puso de moda.

Otro pendejo, Martin de 18 años suele hacer lo mismo. Siguiendo al pie de la letra lo que dicen los manuales quiso ejercer una técnica para despertar culpa en mí. Resulta que habíamos acordado encontrarnos en un lugar determinado. Una emergencia tuvo lugar y tuve que cancelar. Él ya había llegado al lugar del encuentro. Se enojó y tenía razón. Al otro día me disculpé y le propuse acercarme a su casa para compensarlo por la situación sucedida. Él podría haber aceptado las disculpas y aceptar mi ofrecimiento. Hubiera sido una respuesta emocionalmente inteligente y madura. No obstante, eso no ocurrió. Sacó su respuesta de un manual de la manipulación:

  • Debería darte vergüenza, un emprendedor como tú haciendo estas cosas. No sé de qué forma manejas tu negocio.

¿Qué estaba buscando? ¿Qué pretendía conseguir con esa respuesta? Si esperaba una reacción positiva de mi parte, estaba muy equivocado al decir eso. Le dije: “Pendejo, por favor no utilices esos trucos de manipulación conmigo”. Su respuesta fue irreverente e inmadura como la de Jorge. Martín también tiene una escuela de seducción y de desarrollo personal. Les enseña a otros chicos de su edad a ser un alfa y a ser la mejor versión de sí mismo. En el fondo tiene buenas intenciones, al igual que Jorge. Ambos quieren ayudar a otros y llevar a cabo un emprendimiento exitoso. Creo que sus intenciones son nobles. Pero el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones. Gradualmente, sin que se den cuenta, sus acciones se trasforman en hábitos y estos últimos en su nueva forma de ser.

Ellos no lo saben pero yo ya había conocido a otros como ellos. Sé en lo que se van a convertir si continúan por ese camino. Traté de advertirles. Traté de decirles que yo mismo cometí esos errores al igual que otros que no han terminado nada bien. Pero no escucharon, los mensajes de audio los consideraban demasiado largos. Tal vez debí ser más paciente y comprender que solo se trataba de pendejos inmaduros que no saben nada. Puede haber sido más conciliador. Ahí fallé yo. En el fondo me caen bien y sé que son buenas personas y quisiera conocerlos. Sé que tienen un potencial enorme. Uno puede alcanzar el éxito con cualquier paradigma. La diferencia reside en que, al llegar a la meta, seremos la persona en la que el paradigma nos convirtió. Creo que sus emprendimientos tienen el potencial de ayudar a muchos hombres a ser mejores. Sin embargo deben elegir el paradigma correcto.

Jorge, por ejemplo, tiene miedo. Temeroso de las empresas que compiten con él, se cierra ante la posibilidad de colaborar. Considera que los otros ofrecen basura. Tal vez no ofrezcan el mejor producto pero han ayudado a muchos. El producto de la competencia puede mejorarse pero se desenvuelven bien en el mercado. Es más, él podría aprender de su modelo de negocio. Él no me escuchaba: según en el paradigma de la estrategia, la manipulación y la negociación, todos son sus enemigos. Le sugerí que hablé con una empresa de conocidos con quien podría trabajar en conjunto pero me siguió ignorando.

El gurú del desarrollo personal

Quisiera haberles podido hablar a Jorge y a Martín sobre Francisco, coach de seducción y dinámicas sociales y viajero empedernido. Ese sería uno de sus posibles futuros. Se trataba de una persona que desde los quince años se había obsesionado con la idea de convertirse en un coach de seducción y desarrollo personal. Por supuesto, se leyó todos los libros correspondientes pero fue aún más lejos. Comenzó a viajar por el mundo y a conocer a los gurúes internacionales de la seducción para aprender de ellos. Cuando lo conocí por primera vez, mi impresión fue que se trataba de una especie de genio superdotado. Una suerte de ser iluminado. Uno se encandilaba al escucharlo hablar sobre su vida. Viajaba por el mundo dando seminarios internacionales de seducción y estando con las mujeres más hermosas. Asimismo, hablaba de sus proyectos empresariales junto a los grandes gurúes. Sin duda era una persona que sabía cómo vender un proyecto de negociosos. Y, por supuesto, eso tenía sentido ya que se había leído hasta el último libro de ventas.

Claro que, luego de hospedarlo en mi casa por seis meses, descubrí la verdad. Se trataba de una persona que mucho decía pero poco hacía. Desde su punto de vista delirante él era el un especie de Rock Star y, por ello, el trabajo deberían realizarlo otros mientras él solamente cobraba las ganancias. Desde su perspectiva, a lo largo de su vida él había estudiado y trabajado para convertirse en aquel gurú que él creía que era. En realidad, nadie lo conocía realmente y vivía una constante fantasía delirante. Igualmente era cierto que conocía gente muy importante. Sus habilidades sociales lo habían llevado a estar en los ambientes más privilegiados. De hecho, hacía bastante dinero pero rápidamente lo perdía al gastarlo en forma irresponsable en un estilo de vida pornográficamente lujoso que no podía mantener. Si bien con sus socios temporales hacía dinero y viajaba, cuando llegaba el momento de trabajar él se eximía de toda responsabilidad. Básicamente era una sanguijuela social. Vivía de que otros lo invitasen o le prestaran dinero y cuando alguien cuestionaba sus hábitos tóxicos, él lo atribuía a la envidia que sentían al ver su “exitoso” estilo de vida. Utilizaba con frecuencia técnicas de manipulación para obtener dinero y favores de personas de muy baja autoestima. Al mismo tiempo, sus socios lo abandonaban al darse cuenta con quien estaban tratando. Cuando eso sucedía (e incluso hasta cuando sus víctimas de baja autoestima descubrían su verdadero ser), continuaba haciendo contactos y ganándose a otras personas. Incluso vivía de muchas de sus novias. Por supuesto, a la larga debía abandonar su locación y buscar un nuevo ambiente donde no lo conociesen. Cuando otros dejaban de ayudarlo, se victimizaba y acusaba a los otros de traicionarlo utilizando alguna técnica para manipular y generar culpa. Más allá de su triste verdad, cuando uno estaba cerca de él podía sentir que emanaba una confianza que te absorbía. Uno se sentía indestructible junto a él. Se llamaba así mismo “coach de seducción” y cobraba dinero para ayudar a otros aunque apenas tenía 23 años y no había logrado ningún mérito significativo en su vida.

Personas como él sudan un nivel de auto confianza ilusorio. Esta seguridad puede ser atractiva tanto para una mujer como para un hombre. Al menos en el corto plazo. A veces este tipo de auto confianza delirante puede ser contagiosa e incluso puede ayudar a otros a creer en sí mismos. A pesar de todos sus hábitos tóxicos debo admitir que era divertido pasar tiempo con él.

La mayoría de las personas son pésimas en comprender los motivos de su actuar. Les cuesta llegar a ese nivel donde están los valores en los que basan sus acciones. Si lo pudieran hacer verían que el análisis superficial sobre ellos mismos que hicieron estuvo basado en evitar asumir la responsabilidad de sus problemas en vez de identificarlos. Verían que sus decisiones están dirigidas a alcanzar momentos llenos de adrenalina en vez de la verdadera felicidad. La mayoría de los gurúes del desarrollo personal ignoran ese nivel profundo de conciencia que ellos mismos recomiendan alcanzar. Toman a personas que son miserables y les dan todo tipo de consejos sobre cómo hacer dinero mientras desconocen el verdadero motivo por el cual ellos mismos sienten la necesidad de ser ricos.

Aclaro que no tiene nada de malo hacer plata a partir de un emprendimiento que ayude a la gente. Mientras el producto sea bueno, genial. Aquí estoy hablando de algo más profundo. No importa si terminas como Francisco o si, por el contrario, te llenas de plata. El problema del que hablo consiste en la persona en la que Jorge y Martín podrían llegar a convertirse: en individuos carentes de empatía que ven al mundo como un lugar frívolo y venden valores pútridos disfrazados de ideas optimistas, solidarias y de auto superación. Ellos podrían volverse seres miserables que se esconden detrás de su éxito material y terminan haciendo miserables a otros, o peor, creando una generación de imbéciles que harán a otros miserables mientras su éxito material crece exponencialmente.

El emprendedor

La cultura del emprendedor parece la panacea. Los millennials la han adoptado como su lema. Sus valores parecen puros y honestos: compromiso, voluntad, esfuerzo y disciplina. Sí, existe un potencial enrome. No obstante, estos valores se mezclan con otros indudablemente tóxicos que producen una generación de seres apáticos, cínicos, individualistas y pragmáticos. Ellos predican la colaboración, la sinergia y el crecimiento sin embargo practican el individualismo, el pragmatismo y la lucha por el poder. Muchos rechazan los valores negativos pero otros los adoptan sin darse cuenta. Siguen al pie de la letra las “estrategias” y a la larga la acción genera ser. Muchos se tornan al lado oscuro pero se ven a sí mismos como seres llenos de luz. La degradación es tan lenta que ni ellos la notan. De hecho, la mayoría que los observan los admiran fervientemente. Son emprendedores exitosos, ejemplos a seguir para las nuevas generaciones. Se dice que los millennials son una generación sin valores. Esto es una falacia absoluta. Hay valores, tanto positivos como negativos. El problema es que están tan mezclados que es difícil separarlos. Parece irónico que aunque sean contradictorios (empatía vs manipulación, colaboración vs individualismo, sinergia vs negociación, etc…) están amalgamados de una forma casi inseparable. Debemos ser conscientes de ello para así poder elegir el paradigma más sano para nosotros y para los demás. En esencia, se trata de tomar el punto de vista más humano.