LA ENTRADA

I

«Buenos días, ¿Cómo te sientes?» «Medio dolorido a decir verdad. Me duele la cara y el brazo. También la rodilla. No pude verme al espejo pero pude sentir rastros de cicatrices en mi rostro ¿Qué me sucedió? ¿Fui atacado? No recuerdo tal cosa. Estoy teniendo estos rebotes temporales de vuelta. Debe ser la combinación entre mi condición (producto del proceso) y los medicamentos que me dan ustedes. Ya te dije que estos medicamentos no sirven para nada. Necesito otros y debo contactar a las personas que me lo suministran. Verás, no son sustancias que están en el mercado, técnicamente no han sido inventadas. Es complicado. No importa olvídalo.» «¿Cuándo hablas de este “proceso”, te estas refiriendo a la traslación?» «¿Cómo sabes de eso? ¿Acaso eres uno de ellos?» «¿De quiénes? Es el término que utilizaste cuando estabas semi consciente para hablar de lo que ahora defines como el proceso. Te preocupaba que ciertos medicamentos alteraran tu sinapsis neuronal o algo así ¿Lo recuerdas?» «La verdad no, solo recuerdo que después de haber matado a Hal y a esa chica perdí el conocimiento y me desperté aquí. Probablemente, estaba en un estado disociado. De todas formas, tiene sentido lo que me dice que les comenté.» «¿Por qué sigues insistiendo que mataste a dos de tus compañeros?» «Porque es eso lo que sucedió sino, ¿Por qué otro motivo estaría aquí? Me está doliendo el cuerpo demasiado ¿No tendrá algún analgésico?» «Recuerdo que una vez me dijiste que no necesitabas analgésicos, que podías controlar el dolor, incluso acelerar tu curación» «¿Yo dije eso? Debí haber estado muy desorientado o afectado por las drogas que me suministran. Fui entrenado para controlar los impulsos eléctricos que generan el dolor, pero en casos de que éste sea muy intenso, se me dificulta lograrlo. Sobre todo en el estado en el que me encuentro. Mi mente está hecha pedazos y las más violentas emociones me intentan sofocar día y noche. No tengo energías para controlarlo todo.» «También dijiste que nunca habías estado en el ejército y que nunca habías combatido en guerras ¿Lo recuerdas?» «No, no lo recuerdo. Tal vez lo dije porque estaba harto de que me miraran con esa expresión de incredulidad. No lo sé. Tal vez…Me siento mareado, necesito recostarme…Por favor, llévenme a mi habitación.»

II

El cuerpo de aquel extraño yacía frente a sus ojos. No respiraba, había pasado demasiado tiempo sumergido bajo el agua. Su rostro azul evidenciaba la ausencia de vida. Max controló el pulso. Nada sentía. Ya había vivido situaciones similares, aunque había pasado mucho tiempo desde la última vez. Afortunadamente, aún sabía lo que debía hacerse. Comenzó a reanimarlo masajeando su pecho y dándole respiración boca a boca. «Sería más fácil con el equipo apropiado», meditaba mientras realizaba el procedimiento de resucitación. Recordaba lo lejos que podía llegar la ciencia aplicada a la medicina, si el objetivo era, por supuesto, mejorar la calidad de vida. Los creyentes se hubieran obnubilado si hubiesen sabido lo que él había visto a lo largo de su surrealista vida. Dios en la máquina. Aquella era la expresión más adecuada para describirlo. Y, sin embargo, ahí estaba, desprovisto de todas las herramientas del Dios de la biomecánica. Éste último solo dejaría entrar al cielo a quienes pagaran las módicas cuotas. Mientras aquellos pensamientos nadaban por su mente, Max continuaba intentando salvar con desesperación la vida de aquel extraño. Se hacía llamar Lear, no obstante, él sabía muy bien que aquel distaba de ser su verdadero nombre. Nadie osaba revelar a otros su verdadera identidad. Era demasiado peligroso. «Si la translación funciona, lo mejor será permanecer en el anonimato. Los “orquestadores” son excesivamente paranoicos y algo de razón tienen en serlo, después de todo, las otras “cofradías” tienen sus propios planes y, en muchos casos, los intereses entran en conflicto», reflexionaba Max. «En tal caso, yo sería tan solo un civil en una guerra sin cuartel donde ninguno de los bandos tomarían prisioneros». Muchos hubieran pensado que era algo exagerado el razonamiento que ambos compartían pero los dos conocían muy bien a los semidioses. Sabían cómo pensaban. Estaban al tanto de lo que estaban dispuestos a hacer para crear un nuevo mundo a su imagen y semejanza y, por supuesto, para asegurar su inmortalidad. Por eso mismo, ninguno de los dos había develado su verdadera identidad.

  • ¡Vamos imbécil, despierta!-, Max continuaba con la estimulación. Las gotas de sudor en su frente comenzaban a empañar su visón. Había transcurrido demasiado tiempo. «¿Cuántos minutos puede aguantar el cerebro sin oxígeno antes de que haya un daño permanente?», se preguntaba. El tiempo se acababa- ¡Vamos, te dije!-. Cerrando el puño comenzó a golpear el pecho de Lear con fuerza.

Nada parecía surtir efecto empero, él continuaba intentado traerlo de vuelta. Ya habían pasado tres minutos y no parecía haber ninguna señal de vida. Nada parecía funcionar. Con un último aliento alzó su brazo con el puño cerrado y, frunciendo el rostro, golpeó con todas sus fuerzas el pecho del fallecido. Al hacerlo, pudo observar como el agua comenzó a salir de su boca mientras una violenta tos retorcía el cuerpo del ahora resucitado. El matiz de la piel comenzaba a recuperar su color, su corazón estaba bombeando sangre de vuelta.- ¡Vamos, tu puedes!- exclamó Max mientras lo ayudaba a expulsar toda el agua que se había metido en sus pulmones- lo estás haciendo bien-. Al expulsar todo aquel líquido, Lear experimentó una sensación de alivio celestial. Él era ahora uno de los pocos hombres que podía apreciar la vida como ningún otro. Había cruzado al otro lado. Por unos minutos su existencia simplemente se había desvanecido sin embargo, había regresado. A pesar de ello, desde su punto de vista, nada había acontecido. Solo retenía residuos de memorias confusas y de sensaciones indefinidas, las cuales pertenecían a una realidad inexplorada.

  • ¿Estás bien?- Preguntó Max preocupado.
  • Sí, eso creo-, respondió Lear con dificultad mientras se masajeaba el pecho para menguar el dolor que lo acongojaba. Sus pulmones aún estaban irritados por las feroces convulsiones.
  • Eres más afortunado de lo que crees, por un momento creí que no volverías.

Max se recostó contra una pared cercana. Estaba agotado. Llevaba casi un día sin dormir y los últimos eventos los habían extenuado demasiado. Simplemente, dejó que sus parpados se desplomaran y se rindió ante los pies del mundo onírico. Su conciencia se desvaneció por unos segundos, o al menos así lo percibió él. En realidad, habían pasado tres horas. Cuando abrió sus ojos contempló a Lear apoyado contra una estructura de metal. Tenía una expresión de desasosiego. Algo en su rostro denotaba cierta tristeza, la cual se mezclaba con atisbos de un cansancio tenaz.

  • Lo que son las moscas para los chicos traviesos, eso somos para los dioses. Nos matan para divertirse…- dijo Lear con un tono lúgubre.
  • ¿Qué dices?- expresó Max desorientado.
  • Nada, es del Rey Lear, de Shakespeare. Siempre me gustó esa cita, muy apropiada para nuestra situación actual, ¿No crees?
  • No lo sé, no soy creyente.
  • Yo tampoco, aun así, siento que hay dioses que juegan con nosotros. También hay personas que juegan a ser dioses pero esa es otra historia. Sabes bien de quienes estoy hablando.

Max sabía muy bien a quienes se refería. Durante la última década había trabajado indirectamente para ellos. Incluso había llegado a atisbar su círculo privado en muy reducidas ocasiones. Su mundo, ajeno para él, siempre le había resultado fascinante, con todo y a pesar del desprecio que sentía por ellos. Pese a haber sido un extraño en aquella tierra hostil, su cercanía a aquel universo de opulencia le había proporcionado ciertas ventajas, las cuales lo habían ayudado a sobrevivir.

  • Yo trabajé para ellos- dijo Lear-, ya sabes los hombres que se creen dioses. Fue por mi esposa. Su familia estaba metida en ese ambiente. Yo era un pobre imbécil atrapado por mi propia condición social de clase media pero me gané una beca para estudiar en Harvard y, así como así, terminé casado con una niña rica. Una verdadera historia de ascenso social a partir del mérito personal sin duda- exclamó irónicamente-. El sueño americano como lo llaman ustedes.
  • ¿Entonces así fue como llegaste a trabajar para ellos?- preguntó Max.
  • ¿Qué opción tenía? Como la niña me quería, el padre estaba obligado a integrarme a la familia y esa era la única forma de ingresar a su mundo: entrando en los negocios familiares- respondió Lear con un tono cargado de resignación.
  • No me parece que te haya ido tan mal para que te quejes así- gruño Max.
  • Para nada me quejo, me siento afortunado. En el momento en el que me casé con ella supe que mi vida estaba arreglada. Nunca más tendría que preocuparme por el dinero y la salud. Pero no me malentiendas, realmente amaba a mi esposa. Compartíamos muchas cosas y, de hecho, me enamoré de ella mucho antes de saber sobre su familia. Era un ser lleno de luz que apareció como un ángel para liberarme de la prisión en la que me había encerrado. De hecho, fue ella la que me contagió la pasión por la literatura y el arte. Llegué a descubrir que tenía un talento natural para dibujar y pintar.
  • Si decir eso te hace sentir mejor contigo mismo, allá tú- comentó Max con una inflexión burlona. A pesar de que las experiencias de Lear le recordaban mucho a las suyas propias, Max prefirió mantener una actitud irreverente y esquiva. No tenía intenciones de compartir nada sobre su vida.
  • Cree lo que quieras- respondió Lear-, yo sé que no sabía nada sobre su familia. Sabía que su hermano estaba en la junta de una empresa muy prestigiosa pero nada más. No tenía idea de que la familia o “el clan”, como los llamábamos en secreto, tenía tanto poder. Mi esposa odiaba pasar tiempo con ellos. Los consideraba una suerte de secta enfermiza, pero tampoco era tonta. Hay que ser muy estúpido o muy idealista para renunciar a una vida de comodidades en nombre de la convicción. Cuando veo a esa gente que intenta cambiar al mundo siento admiración y pena por ellos. Yo era así, hasta que me di cuenta que cuando no se puede ganar una guerra no hay que pelearla y simplemente se debe buscar sobrevivir.

Max se quedó reflexionando en silencio con los ojos cerrados. Lentamente comenzó a retomar la conversación.

  • Por lo menos eres honesto. Sabes que tuviste suerte y que no se trató de mérito. Me ha tocado interactuar con muchos que no conocían la diferencia. Creían que estaban donde estaban porque lo merecían, por haber vivido una vida de sacrificio ¿De qué sacrificio me hablaban si habían tenido durante toda su vida una empleada hasta para limpiarles el culo? Viven en otro universo. Una vez me tocó trabajar para unos árabes. Te lo aseguro, era como estar en otra dimensión.
  • De eso es de lo que te hablo- interrumpió Lear-, no tienen ni idea. Simplemente, se sienten merecedores de lo que poseen y consideran que el resto no es dingo de absolutamente nada. Por supuesto que no lo dicen en público porque quedaría mal- su voz tomó un aire de indignación-. Lo paradójico es que se ven a sí mismos como buenas personas aunque te aseguro que no lo son. Ya sabes, hacen obras de caridad y todas esas cosas para lavar culpas. O ni siquiera, lo hacen porque buscan la trascendencia. Y al parecer han alcanzado un medio para lograrla en forma literal.
  • Sí, así parece- afirmó Max-. Bueno, en realidad no lo sabemos. Y no sabría si llamar trascendencia a todo esto. Igual sé de lo que hablas, los conozco, aunque claramente no tan bien como tú.
  • Endogamia- dijo Lear interrumpiendo a Max nuevamente.
  • ¿Qué?
  • Es cuando en una tribu sus miembros se casan entre sí para conservar la pureza genética y la cultura. Como los judíos y los hindúes. En el fondo se trata de eso, de conservar la raza y sus tradiciones. Lo mío fue una excepción, por supuesto, pero para ellos no fue una elección tan vergonzosa. Yo era maleable desde su punto de vista. Un pequeño proyecto personal que mi suegra se encargó de ejecutar.
  • Sí, he visto casos como el tuyo pero siempre a la distancia. Yo siempre fui un empleado, una casta inferior. Tú eras parte del círculo- Max comenzó a recordar situaciones específicas que evidenciaban la validez de la tesis de Lear. Siempre había sabido cómo funcionaba el mundo y, ya para esa altura, solo se había resignado a sobrevivir. Algo parecido a lo que había hecho su interlocutor.
  • ¿Eso crees?- exclamó Lear algo indignado-. Pues te equivocas. Dentro del círculo hay otros círculos aún más pequeños. Si tú te quieres sentir especial y estas rodeado de otra gente especial, buscas formar parte de grupos aún más selectos para sentirte todavía más exclusivo. Mi cuñado tenía esa obsesión. Si te contará sus historias… También estaba obsesionado con la transcendencia y la inmortalidad. En realidad, tienes razón, lo primero se contradice con lo segundo en este caso. Si todo sale como ellos esperan, no podrán obtener su preciada trascendencia. Nadie los recordará cada vez que el ciclo se inicie. Lo irónico es que, en cierta forma, tal vez logren vivir mucho tiempo pero jamás serán inmortales, incluso aunque logren existir por siempre. Un gran escritor dijo una vez que solo morimos cuando nos olvidan y ellos serán olvidados muchas veces. Una eternidad muriendo infinitas veces, no sé si sea una forma agradable de vivir.

Max sintió un hormigueo en su brazo izquierdo y en una fracción de segundo la información llegó a su cerebro. Faltaba poco. Con una expresión de fatiga y un ritmo pausado miró a su interlocutor.

  • La verdad no sé si me interese oír tus historias pero, aunque quisiera, se nos está acabando el tiempo. En lo que a mí me concierne, no importa que nuestras vidas se parezcan o no, en este momento estamos en la misma mi querido Lear.
  • Lear…siempre me gustó ese apodo. Igual insisto, creo que Otello fue la obra más distinguida de Shakespeare. Pero tienes razón, en este momento somos dos personas con un objetivo en común. Dos individuos que luego de alcanzar sus metas preferirán no volverse a ver jamás. Sería muy riesgoso. Más para mí que para ti. Aunque la verdad mientras nadie sepa que nos colamos… – Lear no pudo evitar reírse un poco mientras se incorporaba. Por algún motivo, toda la situación le trasmitía una vibra satírica-. Hasta en el Titanic, donde viajaba la elite de la sociedad, encontraron espacio para colarse los de abajo. El instinto de supervivencia no está monopolizado por los ricos pero los que sean descubiertos no van a terminar bien. Por eso te doy un consejo: sé discreto. Vive tu vida con el perfil más bajo que puedas. Estás tratando con gente muy obsesiva y paranoica: en el momento en que se den cuenta que hay polizones se pondrán en alerta. No quieren que nada se interponga entre ellos y sus planes de crear el nuevo edén sobre la tierra- Lear sonreía amargamente mientras hablaba. Sabía que ese nuevo paraíso sería una aberración horrorosa ya que conocía demasiado bien a los futuros creadores-. Deberías escuchar que bíblico se ponía mi cuñado cuando hablaba de ese tema. Seguimos siendo cercanos incluso luego de que falleciera mi esposa y mi hijo.
  • No deberías darme tanta información personal- le advirtió Max en un tono seco.
  • No tienes idea de quién soy y, en lo que concierne a ellos, ni siquiera saben que estoy aquí. Como te dije, somos polizones. Estamos aventajados. Igualmente, a esta altura, estoy muy cansado. Me he dado cuenta que, a la larga, lo único que quería era pasar un tiempo más con mis esposa y mi hijo. Los extraño. Desde que comencé a vivir esa vida superficial ellos fueron el único cable a tierra que tuve. Y volviendo al tema de mi identidad, cuando llegue a destino, si es que llego, tendré más problemas que tú, porque probablemente me vigilen para asegurarse de que no sea un polizón
  • Creí que no sabían nada- inquirió Max.
  • Como te dije, son muy paranoicos, no van a dejar cabos sueltos. Y mi cuñado podría sospechar. No lo sé. Finalmente, será leal a su sangre como siempre. ¿Y qué hay de ti? ¿Cómo llegaste a esto? ¿Es esto lo que quieres realmente? Seguramente te hablaron de los riesgos. Viajar como polizón es más riesgoso que hacerlo en primera clase.

Max se quedó abstraído. Se podía ver que el comentario lo había perturbado un poco. Trato de responder controlando su genuina preocupación producida por el tema que Lear había traído a acotación.

  • Sí, conozco los peligros. Tenemos menos chance según averigüé. Sin embargo, me han dicho que, a la larga, al repetirse el proceso la degradación es inevitable.
  • Salvo que puedan hacer algo para retrasar el deterioro de salto en salto- adicionó Lear-. Una vez que lleguen tendrán 45 años para hallar nuevas soluciones. Además cargan todo el conocimiento en sus cerebros modificados y encima llevan a los ubicuos para trasportar la información más pesada.
  • ¿Piensan llevar a esos infrahumanos?- Preguntó Max horrorizado.
  • Es la forma más segura de transportar información a esa escala- respondió Lear algo perturbado-. Si la cargaran a sus propias mentes sufrirían un embolia como sucedía con los primeros que se ofrecieron para probar esos procedimientos. Además son versiones mejoradas, no como las que probablemente conociste.
  • Lo que yo vi eran seres desprovistos de alma. Eran como un ordenador formateado y reducido a las funciones más simples- la expresión de Max continuaba evidenciando su asombro mientras hablaba. Recuerdos poco gratos inundaban su mente en ese momento al haber escuchado aquella palabra.
  • Hay mejores versiones- agregó Lear en un vano intento por tranquilizarlo-, de todas formas siguen siendo monstruosidades. Quieren construir un paraíso y lo van a poblar de horrores. Harán de su castillo un infierno.

Un silencio cubrió el espacio entre ellos. El frío inquebrantable del lugar estremecía sus almas. Max comenzó a levantarse con pesadez. Los dos hombres se miraron. Sus destinos estaban atados por un deseo individual de recuperar algo que habían perdido. Esclavos de la nostalgia, solo esperaban tener la oportunidad de ser libres. Esa era la fuerza que los movía a tomar semejante riesgo, a lanzarse hacia un abismo desconocido barnizado con la posibilidad certera de enfrentarse a las más espantosas consecuencias.

  • ¿Cuántos polizones crees que habrán?- preguntó Lear.
  • No lo sé, y no me importa. Hablas demasiado para una persona que acaba de volver de la muerte. Estuviste muerto por unos minutos ¿Sabías?- Lear pareció no inmutarse al escuchar las palabras que salían de la boca de Max. Se lo notaba algo sorprendido aunque no demasiado exaltado.
  • La verdad no me di cuenta.
  • Como sea- refunfuño Max con algo de irritación- Vamos, que el momento se aproxima ¿Tienes el calibrador?
  • Sí, lo tengo conmigo- respondió Lear sin vacilar, quien ahora había adoptado un posición de autoridad.
  • ¿Puedo verlo?
  • Está dentro de mío. Por eso debes estar cerca mí para que el flujo pueda redirigirte a la fuente.

Max se molestó un poco. No era lo que esperaba pero ya no quedaba otra opción. Era lo mejor que había podido conseguir. Ya no importaba más nada. Era hora de que Dios tirara los dados. El azar era el último bastión de aquel ente divino que los hombres desesperados adoraban. Sin embargo, lo cierto era que, a medida que el hombre desafiaba las leyes del universo, Dios agonizaba lánguidamente, hundiéndose en el olvido. Max no era creyente no obstante, al absorberlo repentinamente un terror pocas veces sufrido, no pudo evitar recurrir a un poder superior, aunque éste no existiera. O, incluso, aunque se tratase de un ser cínico.

  • Dios ayúdame…- exclamó Max, a lo que Lear respondió en forma melancólica:
  • Dios se fue de vacaciones.

Capítulo 1: La venganza

Capitulo 2: La tortura

Capítulo 3: el demonio interno

Capítulo 4: El Ascenso

Capítulo 5: La entrada