La ciudad y la soledad

Con un optimismo admirable Julián se subió al bus el cual estaba repleto. Tan solo tenía once años de edad, no obstante, su sonrisa lo hacía destacar entre la muchedumbre ¿Quién sino él podía cargar al menos una onza de alegría un lunes a esas horas de la mañana?

Al entrar no vaciló ni un segundo. Apenas las puertas se cerraron miró a su público y, forzando sus pequeñas cuerdas vocales, comenzó a desarrollar su discurso triunfal. Mientras lo hacía, mostró a la multitud un diminuto cubo Rubik y empezó a manipularlo con una destreza admirable.

  • Damas y caballeros- dijo con un ímpetu encantador- les tengo aquí el enigma de los enigmas. El gran desafío de las mentes suspicaces. El rompecabezas que resiste a todas las inteligencias.

Su emoción era contagiosa y su avanzado léxico, sin duda, llamaba la atención. Una mujer de no más de treinta años no pudo contener la sonrisa que se esforzaba por reprimir. La ternura de aquel pequeño era irresistible. Su mirada era el arma con la que derretía el corazón de los extraños. Sus  ojos, las balas que penetraban el espíritu más esquivo.

  • ¿Sabían ustedes, damas y caballeros, que la inteligencia es algo dinámico. Depende de nosotros desarrollarla- Dijo con un tono provocador y algo desafiante-. Es un hecho científico señoras y señores. Lo leí en la revista “Ciencia hoy”. Nacemos para volvernos inteligentes ¿Qué están esperando?

Y al pronunciar estas sencillas palabras concentró su mirada en los ojos de los pasajeros que, por más que se esforzaban en ignorarlo, no podían desconocer a aquel personaje que había entrado a sus vidas esa mañana.

  • Señor- Dijo Julián –con firmeza- A usted le gustaría ganar más dinero en su trabajo ¿Verdad?
  • Por supuesto- respondió el hombre con firmeza pero sin dejar de sentir simpatía por el intrépido jovencito.
  • Entonces practique todos los días con el rompe cerebros más famoso del mundo y será tan inteligente como Einstein. Su jefe no tendrá más opción que ascenderlo.

El hombre no pudo resistirse al encanto y a la ternura de Julián. Él tenía algo en su mirada que despertaba los sentimientos más cálidos en quien osara mirarlo. Podía agrandar los ojos hasta hacer visible el tenue marrón de sus iris. Una secreción algo anormal los dotaba de un brillo mágico. Ese era uno de sus secretos para vender.

Con un dinamismo poco visto en un vendedor callejero y una actitud positiva inspiradora continuó con su discurso llamando la atención de todos los pasajeros y despertando las más cálidas simpatías. Mientras lo hacía, mostró a su audiencia como resolver aquel enigmático acertijo. La personas allí presenten se deleitaron y no pudieron contener sus ganas de aplaudir.

  • Un nuevo record. Y ustedes también lo pueden hacer si practican todos los días. Entrénese mientras viajan. Cambien la cara. Sonrían mientras su cerebro crece cada vez más ¡Que linda sonrisa tiene señora! Tiene que usarla más seguido, con esos encantos puede quebrar la voluntad de todos los hombres- Le comentó en voz alta a una mujer de cincuenta y pico de años-. ¿Y qué tal usted caballero, no desea que sus hijos sean los más inteligentes de la escuela? ¿Futuros gerentes tal vez?- Le dijo a un hombre que poseía cierto aire serio en su rostro.
  • Sin duda o tal vez abogados- Respondió el hombre quien, por cierto, no paraba de arreglarse el traje marrón que vestía.

Luego de aquel osado comentario retiró de la mochila dos cubos adicionales y comenzó a hacer malabares con ellos. A continuación los tomó y dijo:

  • No se pierdan esta oportunidad única. Inviertan en su futuro y el de sus hijos y diviértanse mientras lo hacen. Por solo 2 mil pesos pueden tener hoy está herramienta que les permitirá ejercitar el músculo más importante: el cerebro. Usted señor ¿Sabe cuánto cuesta un café?- Preguntó a un muchacho joven sentado en uno de los asientos centrales-.
  • Calculo que 2 mil pesos…
  • Exacto- respondió Julián entusiasmado- ¿Y estaría dispuesto a renunciar a un mísero café por aumentar inteligencia?
  • Supongo que sí…- respondió aquel joven con un tono jocoso y algo dubitativo.

Al bajarse de aquel bus, Julián había vendido cinco cubos Rubik. Estaba satisfecho aunque estaba lejos de ser su record. Contempló la ganancia obtenida y, luego de guardarla en su bolsillo, miró hacia el cielo y cerró los ojos. Respiró con calma el aire frío de Bogotá hasta que sus energías estuvieron recargadas y, cuando una brisa de viento otoñal acarició sus mejillas, levantó sus párpados y se metió en el siguiente bus.

  • Muy buenos días damas y caballeros ¿Quién de todos ustedes sueña con incrementar su inteligencia?- volvió a exclamar con ese entusiasmo adorable que lo caracterizaba.

Al terminar la agotadora jornada, Julián estaba exhausto, sin embargo, una sensación de dicha emanaba de su cuerpo. Al descender del último bus se dirigió a la salida de la estación. Ya era de noche y su madre lo esperaba. Quería poder descansar en una cama cómoda y abrasadora. Había sido una jornada exitosa y estaba orgulloso de sí mismo.

Su expresión de ternura, con la cual miraba a las personas mientras recorría una infinidad de trasportes públicos, era una obra de arte que había sido esculpida durante años. Había comenzado a crear aquella pieza artística cuando tan solo tenía siete años. En aquel entonces solo vendía sombrillas y paraguas. Ni siquiera eran las suyas propias. Las había conseguido de su padre y no tenía otra opción que venderlas para sobrevivir. Había recorrido un largo camino para poder tener la posibilidad de comprar aquellos cubos Rubik. Eran orgullosamente suyos, de nadie más. Y aunque los vendiera luego, seguirían siendo suyos.

Continua en: El juego de la inocencia