La chica del Starbucks

Me acuerdo que ese día estaba en un Starbucks, esperando a que se hicieran las cuatro. Como siempre, tenía mis libros. Vos ya me conocés, siempre con la literatura en mano. A veces creo que lo hago para obligarme leer, que se yo. Es un hábito que siempre había querido incorporar. Igual, la verdad era que me sentía demasiado ansioso como para leer. Creo que me sentía más con ganas de hablar. Sí, eso hago para controlar la ansiedad, además de correr. No sé como vos la manejás pero yo lo hago siendo sociable. Además me encanta salir en busca de contactos profesionales. En cualquier lado ¿Viste? Incluso en un Café. Por cierto ¿Querés algo? Yo estoy bien, la verdad prefiero no comer nada por ahora.

Como sea, estaba ahí dando vueltas por el Starbucks de ese centro comercial, cuando vi a esta chica sentada en una mesa contigua. Era la misma a la que le había preguntado donde estaba el baño unos minutos antes. Ella no lo sabía pero, me habló con tanta dulzura, que me cayó bien al toque. Entonces dije “ya fue” y me le acerqué. Como no sabía que decirle, le dije la clásica: “me pareciste muy linda me gustaría conocerte”. La verdad no me gustaba pero fue lo primero que me salió. Sí, ya sé, no me mirés con esa cara, te digo que es lo primero que me salió de la boca. Ya estaba acostumbrado, que se yo. Hubiese preferido empezar por algo más sencillo. Algo como: “la verdad me pareciste muy simpática y como me gusta conocer gente me encantaría conocerte, además soy nuevo en la ciudad”. Algo así me hubiera parecido más genuino, más “yo mismo”.

En fin, eso fue lo que me salió. Y te digo la verdad, ella reaccionó re bien. Sonrió, dijo gracias, y me invitó a sentarme. Y sí, así son las colombianas, por eso me encanta estar acá, en Bogotá. Sí, ya sé, no me lo tenés que recordar. El prejuicio con las argentinas y  las uruguayas. Ya llegaremos a eso. No me mires con esa cara. Ya lo sé.

Bueno, entonces me senté para hablar con ella. La verdad era muy amigable y sintió mucha curiosidad por el hecho que yo era de Argentina. Comenzamos a hablar tranquilamente, le comenté que había llegado hacía muy poco y que ya había decidido quedarme. Ya sabés: “El único riesgo de ir a Colombia es que te quieras quedar, etc…”. Le pregunté a que se dedicaba y me dijo que vendía plataformas digitales a empresas. Eso me llamó la atención ya que, como yo estaba vendiendo el servicio de marketing digital de David, me pareció un buen contacto. Como también estaba buscando trabajo, le pregunté como hacía para vender, a lo que ella, al toque, me empezó a enseñar cómo usar Linkedin para hacer contactos laborales. Re buena onda la mina.

Algo que me llamaba la atención es que, mientras me hablaba, seguía escribiendo en su computadora. Cuando le pregunté qué hacía además de trabajar me dijo:

  • Tengo dos trabajos. Trabajo todo el tiempo y el resto del tiempo me quedo en mi casa y descanso.
  • ¿Pero qué es lo que amas hacer, cuál es tu pasión? Digo ¿Qué es lo que querés en la vida?- Le pregunté para apelar más en su lado emocional.
  • Nada, solo trabajo- respondió ella. Ahí le dije:
  • O sea que ocupas tu tiempo trabajando para no hacerte esas preguntas…- A lo que ella replicó:
  • Sí, supongo.

Sí, lo sé, fue algo re arrogante de mi parte, que querés que diga. De eso me di cuenta hablando con ella. De lo soberbio que podía llegar a ser. De lo pedante que era. A partir de ahí fue cuando la interacción comenzó a irse gradualmente a la mierda. Ahora te explico bien porque pasó eso. Fue por dos motivos esencialmente. En primer lugar, porque empecé con los prejuicios: “uh es la típica boluda que no sabe lo que quiere en la vida y se hace la superada”, “es la típica cheta, la nena rica que mira desde arriba a todo el mundo”, etc. Sí, lo sé, estoy lleno de prejuicios, no me lo tenés que recordar: contra los chetos, contra las argentinas, contra las uruguayas, contra las pendejas, contra las minas de más de veinticinco años, etc. Sí, lo sé, por eso terminé cagando muchas interacciones. Y eso me duele, que querés que te diga, no me gusta ser así. Quiero cambiar eso.

Lo primero que me di cuenta es que tengo una actitud bastante arrogante con las personas que no piensan como yo. Sobre todo desde la perspectiva de hacer lo que  aman, de encontrar su pasión y todo eso. De alguna forma, creo que me siento superior a la gente como ella, que no solo no saben lo que quieren sino que, además, no les importa ignorarlo. Tal vez sean felices haciendo lo que hacen. Tal vez lo único que quieren realmente es tener la casa, el perro y el marido. Con eso tal vez sean felices. Pero claro el “coach de desarrollo personal” tiene que decir: “no, solo vas a ser feliz si encontrás tu pasión y te dedicas a ella”. Que creído de mierda que soy. Ahora me doy cuenta. Además mirame, estoy acá en esta ciudad desempleado y sin un mango…

Además, aunque realmente fuera la típica mujer profesional que trabaja todo el tiempo para tapar sus problemas y su vacío existencial, ¿qué mierda me importa? ¿Acaso soy una especie de salvador? Mi petulancia a veces llega a niveles demasiado altos. Eso es lo que tengo que trabajar en este período de mi vida.

Y lo que pasó después ya me da vergüenza contarlo. No sé porque motivo, le pregunté de una: “¿Y decime, cuando fue la última vez que tuviste sexo?”. Ella se puso algo incomoda. Tenía sentido. Digo, yo era un extraño que había conocido hacía como diez minutos y eran las cuatro de la tarde… ¡Y estábamos en un puto Starbucks! Cuando pienso cuan descalibrado social solía ser, me da ganas de viajar en el tiempo y pegarle una bofetada a mi “yo” del pasado. Que querés que te diga.

En el momento en el que ella me dijo que no me iba a contestar, yo comencé con el típico discurso de “langa” ¿No sabes que significa langa? Es argentino para arrogante o soberbio. El típico “chamuyero”, el que se las quiere levantar a todas ¿Entendés?  Por favor, a esta altura hace un esfuerzo por entender mi lunfardo, no voy a hablar como vos. No me sale. Es así de simple.

En fin, lo que hice fue la típica rutina manipuladora de: “Pero ya estamos grandes, creo que podemos hablar de esos temas ¿No te parece?”. Y claro que funcionó: a una pendeja de veintiún años que la trates de inmadura la vuelve loca, lo odian. Obvio que son unas inmaduras de mierda, pero sus egos les impiden admitirlo. Sí, es una de las cosas que aprendí en el período de mi vida donde me instruí en la seducción y todo eso. Pero ese era el problema, no quería actuar así ¡Ese no era yo!

Estaba usando la máscara frívola del seductor de vuelta. Me había prometido a mí mismo no volver a usarla y estaba de vuelta haciendo la misma idiotez. Lo que tendría que haber hecho es simplemente ser yo mismo, hablar normal y, si veo que la mina no es muy profunda, me pongo a hablar de temas superficiales, y listo. Uno la puede pasar bien hablando de temas mundanos. No tenés que hablar de filosofía con todo el mundo. El tema es aceptar al otro como es. No decir: “Ah, es un idiota porque no sabe lo que le apasiona, porque no lee novelas o porque no ve películas de cine independiente”. Hay que aceptar al otro como es y disfrutar la interacción. Y si la otra persona no te cae bien, te vas y listo.

Te aclaro que ese no era el caso. La mina era copada. Ok, era la típica “chetita”, estudiante de administración, que solo estudia, va al gimnasio y sale con las amigas. Está bien. Pero no tenía por qué empezar a criticarla y a juzgarla. Hasta  te podría jurar que me enojé porque ella era así.

Cuando comencé a hacerle preguntas sobre sexo así de la nada, ella dijo que estaba loco. Y tenía razón. Fue re descalibrado. O sea, una mina de ese perfil si le salís con eso a las cuatro de la tarde… No están acostumbras a eso. En general son muy estructuradas en todo. No es una mina que hace teatro. Por eso, en esos casos, hay que ser observador y controlarse un poco, o calibrarse, como suelo decir.

Finalmente, terminó pasando lo lógico. Cuando llegó al punto de sentirse realmente incomoda dijo la típica: “Porque mi novio…”. Cuando eso pasa ya sabes que hiciste algo mal porque está levantando el escudo. O bien te está probando a ver que hacés porque entró en el juego del chamuyo o, directamente, está intentando alejarte…o ambas. Es muy simple: yo me puse la máscara del chamuyero y ella la máscara de la irreverente. El baile de las máscaras había comenzado. Sí, como en el artículo que escribí aquella vez. Lo único que tendría que haber hecho es ser yo mismo, y no ponerme la careta de la soberbia como lo hice. No debí haber utilizado rutinas estúpidas. Debí haber aceptado al otro como es. Debí haber sido humilde, tolerante. Si no estamos de acuerdo en la forma de ver la vida, hablamos de otra cosa y la pasamos bien. De última, puede ser un valioso contacto profesional.

Y ahora…Ya no era nada. Sí, la agregué a Linkedin pero sabía que esa sería la última vez que la vería. Entre mis prejuicios y mi arrogancia la cagué mal. Y, lo peor de todo, era que ni siquiera me gustaba. Me puse en modo seductor pelotudo simplemente por ego. Todo por culpa de esa idea de que tenés que garcharte a todas las minas que te cruzás. Qué estupidez de mierda. Pero nos viven metiendo esa idea en la cabeza desde que somos chicos ¿Viste? Sobre todo en la Argentina, la tierra del chamuyo. Encima, cuando me dijo lo del novio, me dio bronca. Me sentí agredido, desafiado. “¿Ah sí hija de puta? Ahora va a ver…”, pensé.

Odio esa mierda que, todo el tiempo, te meten en la cabeza tus amigos, las propagandas de cerveza Quilmes y la televisión. Y, encima, en el mundillo de mierda de la seducción, te taladran el cerebro con eso de que, si ves a una mina, tenés que encarártela. Que boludez. En realidad, deberíamos ir tras la mujer que realmente nos gusta y con las otras, bueno, hacer como con cualquiera: ser cordial y tratar a la otra persona como un ser humano y generar un vínculo, ¿no te parece?

¿Que no te conté lo de la seducción? Sí, cierto, nunca te hablé sobre eso. De hecho, es la razón por la que vine a Colombia. La vida es así, una cosa te lleva a la otra y cuando te das cuenta estás en un lugar completamente distinto de donde creíste que estarías años atrás. Te digo la verdad, hace cuatro años, cuando empezó todo esto, ni en pedo pensaba que estaría acá ahora. Ya sé que te cuesta entenderme. Pasa que no conoces mi historia personal. Todo lo que pasé, lo que experimenté. La lucha entre las mascararas: la del seductor o “chamuyero” contra la del personaje medio loco. Y entre ellas mi verdadera esencia…Sí, lo sé, suena re filosófico.

¡Eh, disculpe mozo! ¿Podría traerme un café? Pensándolo bien dos cafés…Sí, gracias.

Te acompaño con el café, necesito energías para contarte esta historia. En realidad, supongo, que son tres cuentos. La historia de tres mujeres que, de alguna forma, fueron las protagonistas de estos últimos cuatro años de mi vida, en donde, recorriendo el mundillo de la seducción, terminé por encontrarme conmigo mismo. Aunque, la verdad, no me encontré del todo todavía como habrás visto, y tal vez nunca lo haga. Pero, al menos, me conozco más que antes.

En fin, como te dije, esta es una historia sobre tres mujeres: la Colombiana, la Uruguaya y la Argentina. Si sigo así voy a tener todo el Mercosur. Bueno, Colombia no está metida en esa agrupación de países, pero ya en serio. Dejame que te cuente la historia de cada una. En realidad, creo que eso es lo más importante y no la mierda de la seducción, de la cual estoy bastante asqueado por cierto. Creo que lo mejor es empezar a contarte sobre la Argentina…