Ser emprendedor: el engaño de la era digital

En un estudio del que formé parte tuve el honor de escuchar cientos de historias de los héroes de esta nueva era: los emprendedores. La idea era a través de entrevistas desenmascarar el mito detrás de esta aparente nueva tendencia: “La moda de emprender”. No todo es lo que parece. Menos en este mundo cínico. Cuanto más cambian las cosas más siguen igual.

Los emprendedores: el nuevo sueño americano

En primer lugar, ya he puesto en duda la afirmación de que hoy en día “todos somos emprendedores”.  Los que emprenden y deciden construir un negocio o una empresa son siempre los mismos. Antes se les llamaba comerciantes ahora emprendedores. Igualmente, es cierto hay una veta generacional asociada a esta moda. Las tecnologías de la información y de la comunicación convocan a las nuevas generaciones. Esto tiene sentido ya que los famosos y estereotipados millennials nacieron a la par de éstas. El término “emprendedor digital” responde, precisamente, a esto.

Sin embargo, como lo he mencionado, vivimos en la era de le precariedad laboral y, aquellos que nacieron en este contexto, también quedan envueltos en esta tendencia. La distribución del ingreso sigue tan regresiva como siempre, la pobreza va en aumento y la precariedad se intensifica ¿Qué es lo que está pasando realmente?

Cuando leo todas esas historias de emprendedores publicadas en libros, revistas y medios digitales no puedo dejar de pensar en el famoso “Sueño Americano”. El mito del ascenso social creado en los Estados Unidos para darles esperanzas a los recién llegados inmigrantes. Básicamente, la historia del trabajador pobre que mediante esfuerzo y dedicación logra el preciado ascenso social.

Al igual que ocurre el día de hoy con las historias de emprendedores exitosos, hace medio siglo se llenaban miles de libros y periódicos con estas estas historias. Todos debían creer que era posible lograr el éxito. El esfuerzo y el trabajo duro era la clave. Vale aclarar que, en la época en que el mito fue creado el, ascenso social todavía era una realidad posible para la mayoría de la población. En la actualidad, en cambio, es nada más que un espejismo para las masas. Por supuesto, si todas las personas se enteraran de que vivimos en un mundo injusto donde el ascenso social es más la excepción que la regla, esto podría provocar ciertos disgustos. Y, normalmente, los disgustos generalizados llevan a cuestionar el status quo lo que, a su vez, termina en cambios estructurales.

Sin duda se necesitan cuentos e historias que nos inspiren y que generan la ilusión de que todo es posible. Para nada estoy diciendo que estas historias no sean ciertas. Lo son. Pero si las examinamos con atención veremos que muchas de esas historias involucran a personas de estratos altos o medios altos que han recibido una educación privilegiada y cuentan con una extensa red de contactos que le permiten progresar y llevar a cabo sus proyectos. Sí, hay personas que de la pobreza han llegado a la cima. O al menos desde una posición media baja. No obstante, de vuelta, encontramos que esas historias son más la excepción que la regla.

Conozco historias de personas que desde muy abajo han llegado muy arriba. Son admirables y mucho se puede aprender de ellas. Ahora bien, la verdad es que los emprendedores de la era digital raras veces provienen de estratos bajos sino que pertenecen a la selecta cultura de las clases altas que cada vez están más solas en la cima. La distribución del ingreso se hace cada vez más regresiva y la exclusión más generalizada. Es la dinámica del capitalismo, siempre la ha sido y siempre la será. Cada vez necesitaremos mejores contadores de historias para generar el opio que nos haga olvidar la miseria que nos rodea. Como si el consumismo no fuera suficiente.

El poder de las historias nos hipnotiza. Nos hace sentirnos fuertes, capaces de todo. De hecho,  llegan a inspirar a un par de personas las cuales tal vez lleguen a conseguir algo y a ser exitosos. Pero, seamos realistas  ¿Cuantos de los lectores de “Padre Rico, Padre pobre” se han vuelto ricos? No muchos. Leer el libro no tiene el mismo efecto que vivir toda tu vida rodeado de la cultura de la abundancia, donde los preceptos del éxito son trasmitidos por ósmosis.

Recuerdo cuando leí ese libro por primera vez. Era una historia bien narrada con valiosas lecciones, lo admito. Ahora bien, lo que nunca voy a olvidar es el comentario de una chica joven de clase alta al ver el libro: “Sí, es bastante básico, es para gente que no tiene muchas nociones sobre el tema”. O sea para gente que no pertenece a su círculo, que no les fue trasmitido desde pequeños los valores necesarios para sobrevivir en un mundo despiadado.

Hace mucho tiempo atrás surgió una teoría conocida como el Darwinismo Social, la cual establece que los ricos de una sociedad son la clase “más apta” para la supervivencia. Son el resultado evolutivo de la lucha por adaptarse a un medio hostil. Por corolario, el resto está condenado a extinguirse. Por supuesto, la antropología rechazó rápidamente este tipo de teorías. Aun así, secretamente, muchos las siguen creyendo. Se disfraza cuando escuchamos los discursos de la meritocracia: “Aquellos que más tienen éxito son los que más esfuerzan y los pobres y desempleados son vagos que no se esfuerzan. No merecen caridad ni riqueza porque no se la han ganado.”

Por supuesto este tipo de pensamiento no tiene fundamento si se tiene en cuenta que alguien que nace en la pobreza tendrá menos recursos que alguien que nace en la abundancia. Desde menos nutrientes para alimentar su cerebro hasta menos recursos educativos. Incluso un joven de clase media no tendrá las mismas oportunidades que un joven de clase alta. Este último estudiará en una escuela y en una universidad de elite cuyo programa fue diseñado para garantizarle el éxito. Y por supuesto la red de contactos será otro activo más con el que contará.

Si usted se fija bien,  en las universidades más prestigiosas del mundo, como Harvard, la mayoría de los alumnos son de clases pudientes.  Y aunque el dinero no fuera la barrera de acceso, es lógico suponer que una mejor preparación académica en el secundario aumenta las probabilidades de pasar cualquier examen de ingreso. Eso sin contar que se dispone de toda la ayuda, tutores, coaches y profesores particulares que el dinero puede comprar.

¿Es realmente un mérito entrar a dichas universidades? Si todas las personas en el mundo tuvieran los mismos recursos dudo que las personas que actualmente allí asisten  puedan entrar. Ahí veríamos realmente quienes son los más capaces. Por supuesto esto es una mera utopía. El discurso de la mertiocracia en un mundo pornográficamente desigual es un cuento más, como el del sueño americano y el de los emprendedores exitosos. Pueden que las historias sean reales pero éstas se han convertido en una herramienta para esconder una triste y desgraciada verdad.

Un nuevo nombre para los mismos de siempre

El emprendedor es el nuevo nombre para algo que ha existido desde siempre: el comerciante o empresario. Ese ser pragmático que no hace más que pensar en la utilidad que podría obtener con cada acción. Ese aquella persona para la que cada acción debe tener su rentabilidad correspondiente. El tiempo es dinero y cualquier segundo que se dedique a algo que no genere rentabilidad es un simple desperdicio. Incluso si se trata de relaciones humanas y afectivas. Estas últimas solo tienen sentido si contribuyen a venerar a su verdadero Dios: el dinero.

El emprendedor es una suerte de versión mejorada del comerciante de antaño. Incluye entre su función de utilidad al bien común. Pero en realidad se trata de una fachada. Quiere poder convencerse que es una buena persona. Que realmente le importa el entorno en el que mueve. Que está contribuyendo a crear un mundo mejor. Así le da sentido a su vida. Y sí, vivir una vida sin propósito no es fácil, incluso para el más cínico de los individuos.

Por eso apareció la célebre Responsabilidad Social Empresaria, en las compañías modernas. En la era de lo políticamente correcto la imagen lo es todo. Y, a su vez, en la era de las relaciones líquidas y el vacío existencial, el propósito es lo único que nos puede salvar de la desesperación. El estar ocupado ya no es suficiente para distraernos del hecho que vivimos una vida sin sentido, la cual llenamos con ocio, relaciones líquidas y proyectos.  El propósito es lo que nos mantiene cuerdos. Aunque se trate de una mentira más.

En el fondo no les importa crear un mundo mejor. Pero creer que lo hacen los hace sentir importantes y satisface su sentido de la trascendencia. Algunos se convencen que es su propia actividad la que proporciona ese factor de cambio a su entorno y al futuro de la humanidad. Otros donan dinero a fundaciones  e incluso participan de alguna que otra actividad solidaria. En los casos más llamativos hasta buscan ser presidentes honorarios de dichas fundaciones. Es su forma de sentirse importantes, de creerse el discurso de que son buenas personas.

Antiguamente solo se conformaban con ir a la iglesia todos los domingos o a la sinagoga los viernes. Hoy en día eso ya no es suficiente. Tal vez lo era para el empresario o el comerciante de otras generaciones. El emprendedor busca que la fachada sea aún más realista. En el fondo sigue siendo un hipócrita solo que termina convenciéndose así mismo que le importan los demás. En este sentido, el cínico que no le importa los demás y es consciente de ello y honesto al respecto, tiene más dignidad ya que es menos hipócrita. Esto ya era reflejado por la literatura hace medio siglo. Como aparece escrito en la novela de Sandor Marai  “La mujer justa”:

“Todo burgués es orgulloso si es un verdadero burgués. Y no me refiero a los burgueses de tres al cuarto que solo llevan ese título en virtud de su dinero o porque han ascendido de cualquier modo en la escala social. Esos son una paletos. Hablo de los verdaderos burgueses ya sean creadores o conservadores. Es en ellos donde un día empieza a cristalizar la soledad. Y entonces empiezan a tener frio, se vuelven hieráticos y majestuosos, como los nobles objetos de artes, los jarrones chicos o las mesas renacentistas. Se vuelven solemnes, empiezan a coleccionar títulos estúpidos y condecoraciones inútiles, hacen todo lo que están en sus manos para que los llamen Ilustrísimo o Su Excelencia, o pierden su tiempo en procedimientos tortuosos para que los nombren vicepresidentes o, incluso, presidentes de algo, aunque sea presidentes honoríficos…Es la soledad que actúa de ese modo. Las personas felices no tienen títulos, no hacen distinciones de rango, no conocen ni pretenden ningún papel inútil en el seno de la sociedad”.

¿Todos quieren ser emprendedores pero lo son realmente?

Volviendo al discurso imaginario de “Ahora todos somos emprendedores”, “Emprendedores una raza de campeones”, etc…no pude notar a través de varios estudios de etnografía digital que leí, que la mayoría de los integrantes de los grupos de Facebook que agrupan a los interesados en convertirse en emprendedores y alcanzar la tan ansiada libertad financiera, raras veces lo logran. De hecho se trataba, en su mayoría, de personas con pequeñas actividades que son, en la mayor parte de los casos, de carácter informal. Adicionalmente constituyen los principales consumidores de productos hechos a la medida de sus necesidades: libros, seminarios virtuales y presenciales, etc de cómo volverse un emprendedor y alcanzar la libertad financiera.

Los “verdaderos” emprendedores o empresarios ni si quieran se molestan en meterse en estos grupos. Si bien pueden ser útiles para armar algún tipo de negocio, no lo hacen porque tienen su propio círculo de contactos. Esos grupos fueron creados por y para personas que buscan perseguir el nuevo sueño americano pero no saben cómo. De hecho, una gran parte, no saben ni siquiera lo que quieren en la vida. Por eso “compran” el discurso de “soy emprendedor”. Precisamente porque les da una identidad y un círculo de pertenencia. Ahora son alguien importante. Alguien que lucha por ideales nobles como lo es la libertad financiera, el santo grial de la modernidad. Para nada estoy diciendo que en esos grupos no haya personas enfocadas que estén en un proceso de crear su propia empresa. Tampoco estoy diciendo que allí no encuentren recursos para crecer. Los  hay pero son la minoría. La mayoría están más concentrados en defender a la nueva “raza” de emprendedores y sus ideales que en encarar un proyecto. Se vuelven feroces defensores y agreden con violencia a cualquiera que proponga una actitud crítica.

Decir “Soy emprendedor” para muchas personas significa ser alguien. Tener una identidad. En el fondo no saben bien que quieren decir pero suena importante. Recuerdo que un chico español que me contactó por Facebook me dijo orgulloso que quería ser emprendedor. No sabía que quería hacer con su vida ni que amaba hacer pero estaba seguro que quería ser una persona emprendedora, la mejor versión de él mismo. Alguien que aporte algo a la sociedad y, por supuesto, ser independiente financieramente. Un discurso repetido una y otra vez en los medios y la Internet. Palabras vacías si me preguntan.

Algo parecido ocurre en los grupos de seducción y desarrollo personal: “Soy un seductor, quiero ser la mejor versión de mí mismo”. Me parece genial, pero ¿Qué es lo que realmente amas? ¿Qué quieres hacer de vida? La verdad es que no lo sabes.

Hace un tiempo atrás publiqué en uno de esos grupos un artículo donde describo la forma en la que las empresas de multinivel explotan esta nueva moda de querer ser emprendedor y su discurso para obtener una fuerza de venta prácticamente gratuita. El artículo lo escribí como parte de una serie de análisis sobre esas empresas que me habían pedido. En el fondo no estaba diciendo nada nuevo sino más describiendo algo que ya ha sido analizado miles de veces. Incluso hay un documental en Netflix sobre el tema. Me pareció interesante ver la reacción de las personas en estos grupos de emprendedores.

Lo que ocurrió confirma muchas de las cosas que he venido enunciando. Si bien una gran mayoría coincidió con el análisis, un porcentaje no menor se dedicó a insultarme en forma directa. Casi como si hubiese insultado a su propia madre. Le expresión “Más papista que el papa vino a mi mente”. Me decían de todo: que era un “zurdo de mierda”, que era un análisis poco serio, que era un fracasado que quería pasar toda mi vida trabajando para una empresa, etc… Al comentario de “zurdo de mierda” le respondí que, de hecho, era de derecha y que había estudiado finanzas en una universidad de elite. Lo cual es cierto. Quería probar la ridiculez de la argumentación pero era inútil, seguían agraviando. De hecho muchos me denunciaban al administrador como niños pequeños llamando a su madre. Al final me echaron de dicho grupo con la excusa que había puesto el link al sitio donde había publicado el artículo y a otro donde tenía otros artículos del estilo. Como esa página la creó un amigo con un perfil comercial me acusaron de promocionar mi emprendimiento y encima traicionar a la causa.

Lo único que evidenciaba estas actitudes era que se trataba de gente muy frustrada que necesitaba descargar dicha frustración con otras personas y que realmente carecían de identidad al adueñarse de una causa que ni siquiera era la suya. A uno de ellos le pedí que leyera otro artículo a lo que me respondió “No puedo, mi tiempo es valioso, soy emprendedor”. A aquel le respondí de porque perdía su tiempo agrediendo a un extraño desde el anonimato de la Internet si su tiempo era tan valioso como decía serlo. Aquí se evidencia que repite un discurso y frases hechas.

Lo gracioso fue que tuve la oportunidad de mostrarle la discusión a varios amigos empresarios los cuales se descostillaron de la risa. Básicamente porque jamás tendrían el tiempo de ponerse a discutir en la Internet sobre un artículo. Simplemente no tenían tiempo. A duras penas contestan un mensaje cuando se los enviaba. Desde luego, y como lo reveló otro estudio, en estos grupos se aglutinaban personas de estratos bajos y medios que ansiaban obtener el sueño dorado. Un porcentaje de ellos con altos niveles de frustración más que con ganas de ir por sus metas. Por supuesto, como siempre, hay de todo.

Aquel artículo como este mismo, no lo escribí con el fin de criticar o agredir sino como una forma de plantear un punto de vista crítico hacia una tendencia. Quien sabe, tal vez a muchos les sirva. De hecho estos amigos empresarios me comentaron que estaban totalmente de acuerdo con lo afirmado en el artículo de las empresas multi nivel. Incluso uno de ellos incorporó uno de los conceptos que mencioné a una estrategia de marketing que realizó. Era una persona muy pragmática. Una vez me dijo: “cuando leo un artículo veo si me sirve y tomo lo que me sirve, no hago nada más. Si no me sirve busco otro y punto. No me pongo a discutir si está mal o no.” Quien realmente está encaminado hacia una meta no tiene mucho tiempo que perder en esas cosas. Más todavía en insultar o responder a insultos.

Les dejo uno de los comentarios representativos para que vean no solo el nivel agresividad y frustración de esos grupos sino también como muchas personas han asumido una posición de “defensores de una causa” más qué aplicar los principios que ellos mismos predican:

“DAS LASTIMA.TIENES UN PROBLEMA EXISTENCIAL..MISERABLE ERES UN DON NADIE…SEGURO ALGUN VEZ HICISTE MULTINIVEL Y TE FUE MAL…BASURA ERES UN ESTUPIDO …NUNCA DEBES NOMBRAR EMPRESAS… BASTARDO MAL PARIDO ESPERO TE VIOLE UN GORILA POR ESTUPIDO…NO TIENES NI EL MAS MINIMO CONOCIMIENTO DE LO QUE ES SER UN NETWORKER…TU DEBES ESTAR AUN EN LA ERA INDUSTRIAL
…BESTIA…LAS PIRAMIDES DE VEN DESDE LA IGLESIA..LOS GOBIERNOS…LA UNIVERSIDAD…UN TRABAJO TRADICIONAL…LAS FUERZAS ARMADAS ETC NO PUEDES HABLAR ESTUPIDECES PERRO MISERABLE….BASURA SIN CEREBRO…..”

Cada cual con su tema. Si me preguntan, no importa a lo que te dediques. No importa si trabajas para alguien o si eres independiente. Lo importante es que busques aquello que te apasiona y te haga feliz. No tienes que ser un seductor, un emprendedor, un tipo de alto valor o exitoso para ser feliz. Solo sé lo que quieras ser. Por cierto ¿Lo sabes?