El juego de la inocencia

Su madre estaba preocupada y, a pesar de su corta edad, Julián podía ver la ansiedad en su rostro. Para cualquier mujer en su posición era fácil deducir el motivo. Le consternaba la idea de que el padre de su único hijo estuviera, una vez más, preso de la bebida. Su hábito de perder todo el dinero que juntaban cada mes  le producía una dolencia en el alma que a duras penas podía soportar. Esa congoja, en realidad, provenía de pensar en el destino que Julián sufriría si, de un día para el otro, la fuente de su ingreso sufriera alguna eventual interrupción. Su preocupación era entendible, las probabilidades jugaban en su contra. El edificio no tenía habilitación, sin embargo, ese era el menor de los problemas.

  • Mamá ¿Por qué las señoras alquilan las habitaciones por solo una hora?

La inocencia de Julián era ciertamente adorable. Su madre ya se había acostumbrado a aquellos planteos y, en lo posible, intentaba responder con sinceridad. En un panorama de escasez, vulnerabilidad e incertidumbre, el pragmatismo es el mejor aliado de un niño. La abuela de Julián se lo había recordado a su hija cada día de su vida:

  • Hija mía, el mundo no es color de rosa. No para nosotros. Esto es lo que tenemos y debemos aceptarlo con orgullo. Julián debe entender la situación y debe comprender que el negocio de sus padres es lo que es y punto.
  • Pero madre – respondió María con cierto aire de preocupación- Es solo un niño ¿Qué pensarían las otras madres?
  • ¿Realmente te importa lo que piensen esas desgraciadas? ¿Dónde están ellas ahora?- Replicó con hastío aquella anciana – Desde que nuestra situación limita con la desgracia a duras penas nos saludan. ¿Acaso no lo ves? La familia es lo más importante.  Son las únicas personas con las que puedes contar.
  • Pero aun así…
  • Pero nada, tu hijo depende de ti para sobrevivir. Debes enseñarle cuanto puedas. Dios no lo quiera pero nunca sabes si algo pueda llegar a pasarte ¿Qué hará él entonces? ¿Depender del inútil de tu marido que se gasta todo el dinero en alcohol?

Aquella conversación resonaba como un disco rayado en la memoria de María. Había tenido lugar hace tan solo un año. Parecía irreal que su madre ya no estuviera con ellos. Sus sabios consejos era lo que ella más extrañaba. En aquellas palabras cargadas de una firmeza profunda, se escondía un cariño incondicional. Su preocupación, incluso su pesimismo, eran la más sólida evidencia del amor que sentía por su hija y su nieto.

Ahora María tenía a su hijo delante de ella. Con una tierna curiosidad formulaba una pregunta cuya respuesta sincera podría  juzgarse como inapropiada para un niño. Aun así, ella no pudo evitar imaginarse lo que le hubiera dicho su madre:

  • Hija mía, ¿Crees que en estas circunstancias importa lo que es políticamente correcto? No hay nada de malo en que un niño aprenda las verdades de este mundo. Algunos tendrán la fortuna de aprenderlo tarde y esa será su desgracia. Quién aprende a sobrevivir en este mundo desde una temprana edad tendrá más oportunidades de tolerar su crueldad cuando sea un adulto.
  • Gracias madre, quisiera que estés aquí con nosotros.

María no pudo contener las lágrimas al recordar a su madre. Sintió deseos de encerrarse en su habitación pero sabía que debía responder a la pregunta que Julián le había hecho.

  • Hijo- dijo en un tono casi académico- Esas mujeres alquilan las habitaciones por una hora porque solo están trabajando.
  • ¿Y de qué trabajan?- Preguntó Julián curioso y, al mismo tiempo, con una seriedad admirable.
  • Atienden a los caballeros que las acompañan. Ellos pagan por estar con ellas durante una hora. Pagan por su compañía.

Julián se quedó reflexionando sobre la última respuesta de su madre. Luego de unos segundos reaccionó.

  • ¿Pagan por su compañía porque se sienten solos?
  • Si, Julián, en la mayoría de los casos así es. En otros casos lo hacen por diversión.
  • ¿Y cuánto les pagan?
  • No mucho considerando lo que ofrecen.

La última respuesta causó algo de confusión en el niño. Aun así pareció satisfacer su fisgoneo. María estaba cansada. La noche había sido larga y su esposo aun no aparecía. Ya no le importaba su ausencia, solo le angustiaba la idea de que hubieran cambiado las autoridades barriales y que esta vez exigieran tributos más altos  ¿Qué sería de ellos si clausuraran el local? ¿Cómo pagaría la escuela de su hijo? Esa era realmente la causa de su angustia.

  • ¿Cuándo viene papá?- Preguntó Julián interrumpiendo el silencio meditabundo de su madre.
  • No lo sé hijo, no lo sé.
  • Quiero mostrarle que he vendido cinco sombrillas.
  • Qué bueno hijo, papá estará muy orgulloso de ti- dijo María con un tono alegre aunque algo distante.

Efectivamente, el día anterior había sido un momento triunfal para Julián. Un episodio que jamás olvidaría. Por la mañana temprano su padre le había dado unas sombrillas y con mucho detalle, le explicó que debía cambiarlas por un billete de cinco mil pesos. Como recién estaba comenzando a interiorizar el concepto de dinero solo se concentró en intercambiar aquellos artículos por aquel pedazo de papel que se diferenciaba de los otros por tener impresa la imagen de un señor muy particular. No era igual a la de los otros billetes. La expresión de aquel hombre era más intensa y expresaba algo que podía interpretarse como enojo. “Tal vez había tenido un mal día en el instante que decidieron dibujar su retrato”, reflexionaba Julián para sí.

Con toda la emoción en su espíritu, Julián salió aquel día a vender aquellas sombrillas. Para él era sencillamente un juego. No tardó en comprender las reglas de éste y como doblarlas. Pasó apenas una hora cuando comenzó a percatarse de lo importante que era la expresión de su mirada para llamar la atención de las personas que pasaban por la calle. Sintió una sensación de felicidad magnánima al descubrir el poder de la sonrisa, la ternura y la lastima. Efectivamente, era como un juego y, con tan solo seis años de edad, estaba comenzando a descifrar sus trucos y la manera más rápida de ganarlo.

Cuentos relacionados: La ciudad y la soledad