El hidalgo y la francesa

Nicolás era un tipo de lo más jovial. Ese tipo de persona que nació con el don del encanto y la seducción. Si uno observa una foto de cuando solo tenía seis años de edad, ya se podía notar su potencial como seductor irresistible ¿Cuál era su rasgo característico? La sonrisa del pícaro. Esa mueca que expresa alegría, astucia y algo de perversión. Con dicho gesto era capaz de subcomunicarles a las bellas cortesanas un mensaje intenso y demoledor: “La vas a tener adentro…es solo cuestión de tiempo”. Y ellas se deleitaban y se humedecían en forma absurda al ser penetradas por su mirada.

Y normalmente era así, era solo cuestión de tiempo, porque tarde o temprano se las enhebraba. Era hábil, astuto y, lo peor de todo, paciente. Tal natural era la seducción para él que desde pequeño había tenido esa curiosidad innata. Quería entender a las mujeres, comprender su compleja idiosincrasia. Él quería saberlo todo, ese era el motor de su mejora constante: la curiosidad.

Recuerdo una historia fascinarte en la que, en un estado de total ruina, logró empalmarse en tiempo récord a una libidinosa francesa que osó cruzarse por su camino. Lo increíble de la interacción no fue la forma ni el tiempo en el que logró semejante proeza, sino el hecho de que él, en aquel entonces, no hablaba ni inglés ni francés. Y la francesa, por supuesto, no hablaba castellano. Una misión imposible si me preguntan pero no para el gran Nicolás.

El hombre llama imposible a aquello que cree que no puede lograr. Las creencias generan realidades y la creencia o juicio maestro de nuestro héroe era suficiente para crear una realidad de abundancia absoluta: “Son todas zorras, solo hay que llegar a sus emociones para pervertirlas”. Y sí, con semejante creencia, quien no engarzaría cortesanas en abundancia.

La historia comienza un épico viernes de un frío mayo en la ciudad del tango: Buenos Aires. Nicolás venía de realizar una jornada maratónica: había estado trabajando durante veinticuatro horas sin dormir. Agotado por el esfuerzo, estaba a punto de descender al mundo onírico cuando recibió una llamada que lo instigaba a salir para disfrutar de la frenética noche porteña. Como buen seguidor de la filosofía de la “partuza”, creada por David Hume en el siglo dieciocho, Nicolás no pudo rechazar dicha invitación.

Al llegar a la disco (o “boliche” como son llamados en Argentina), se podía observar en su rostro su extremo cansancio, pero eso no lo detuvo para interactuar con las damiselas del lugar. El antro, estaba abarrotado de gente. Todos con un ánimo orgiástico digno de un “festichola” filosófica de David Hume. Apenas entró se abalanzó hacia una hermosísima ninfa francesa y comenzó a bailar con ella en forma muy sensual. El baile era una de las habilidades del joven Nicolás para lograr enhebrarse a cualquier damisela que deseara.

Rápidamente, utilizando el contacto físico que provee el baile, comenzó a subir la temperatura con un sagaz manoseo y, sin perder tiempo (así era él), se abalanzó sobre ella y le comenzó a comer la boca. Ella, por un tiempo, cedió ante sus instintos más bajos. Sin embargo, de repente, su lado racional se activó y comenzó a hacerse la pregunta maldita: “¿Quién es este sujeto a quien me estoy entregando tan fácilmente?”.

Nicolás se detuvo para iniciar la célebre charla “post chapada” cuando se percató que la dama no era local y que apenas podía pronunciar una palabra del español. Rápidamente, su cerebro activó el recurso de emergencia para encontrar en su pasado todas las palabras en inglés que alguna vez había oído. En situaciones desesperadas, sin duda, nuestro cerebro hace magia.

  • My name is Nico, what is yours. – Dijo nuestro aguerrido héroe con un tono vacilante. A lo que ella respondió:
  • Marie, I am from France.

Algo que siempre repetía Nicolás es que las mujeres son híper sensitivas por lo que siempre hay que apelar a su cerebro emocional. Esa parte de la mente solo quiere una cosa: diversión y emociones positivas y, para provocarlas, lo más importante no es lo que se dice sino como se lo dice. Para contagiar la alegría debemos hacerlo con el cuerpo, con las expresiones faciales, con la sonrisa, con el tono de voz.

Nicolás conocía por instinto los mecanismos de la excitación femenina: las emociones y las sensaciones. Él sabía que el secreto para calentar a una mujer es tocarla y él era un maestro con las manos. Las acariciaba suavemente, “con temple”, como solía decir. Para nada lo hacía como un vulgar “pajero”. Él era más bien como un profesor de tango o de yoga con sus alumnas: había una naturalidad asombrosa en su manoseo calibrado.

Mientras le hablaba con frases escuetas, la seguía sujetando de la cintura y acariciaba su espalda baja para continuar subiendo la temperatura. “El secreto”- decía él- “es distraer a la mente consciente con palabras y emociones mientras estimulás con el tacto la parte emocional. El lado racional es como un muro que debemos saltar.”

  • ¡Oh from france! Paris the city of love…you, me, you know. – Decía con una sonrisa picaresca es su rostro.

Ella se reía por su actitud pícara y algo payasesca y no advertía como sus dedos se deslizaban suavemente por su espalda. El humor, sin duda, era un arma mortífera para distraer al ser racional que habitaba en la mente de la joven francesa. Pero Nicolás no solo utilizaba el humor, su mirada podía ser libidinosa y ladina al mismo tiempo, despertando los más bajos instintos en las cortesanas a las que contemplaba.

De pronto, sin más interludios, Nicolás se lanzó nuevamente al ataque y comenzó a bajar hacia las partes más erógenas de la dama. Ella se excitaba más y más. No obstante, ella volvió a detener el manoseo y dijo con un tono algo preocupado:

  • My friends, I must find my friends.

Nicolás la miró con una expresión relajada y jovial y replicó:

  • ¿Your friends? We find your friends, ¡Come on!

Y la tomó del brazo, llevándola estratégicamente a la salida del lugar. En su mente, todo estaba perfectamente claro: debía mantenerla entretenida. Tenía que apelar a su lado emocional haciéndola reír mientras la llevaba lentamente a su apartamento, el cual, por cierto, estaba en la otra punta de la ciudad.

  • Come, your friends outside.- dijo, y con la firmeza de un líder la sacó de la disco.

Una vez afuera comenzó a jugar un juego.

  • ¿Do you know which my car? – Preguntó con su carita pícara. A lo que ella respondió riéndose:
  • No, mmm, ¿It’s that one?
  • – Respondió él en tono irónico y algo juguetón.

Él sabía perfectamente que tenía que seguir jugando para que ella se divirtiera y su lado racional no se activara. El objetivo era claro: llegar al auto, el cual estaba estacionado a cien metros de donde estaban. Durante toda la caminata él siguió jugando el juego de “adivina cual es mi auto” hasta que finalmente llegaron a donde éste se encontraba.

  • ¡¡¡Yes, that is my car!!!- Dijo con emoción el noble caballero.

Sin perder tiempo, comenzó a besarla apasionadamente y a estimularla tocando su húmeda rosqueta con delicadeza. Había que seguir subiendo la temperatura a como dé lugar. Luego, pulidamente, nuestro hidalgo abrió la puerta del auto con suavidad y la invitó a pasar diciendo en un inglés primitivo:

  • I take you to your Hostel.

Ella entró sin dudar. La seguridad y liderazgo del ilustre hombre eran majestuosos. Dentro del auto, Nicolás contempló su siguiente objetivo: llegar a su casa. El trayecto era largo y él estaba algo tomado por lo que debía evitar un control de alcoholemia ¿Cómo haría para entretenerla? Muy simple: jugaría al idiota durante todo el trayecto.

  • I show you the city…this is River plate, this is….¿Where are you from? ¿City?- Dijo él.
  • Marcella- Respondió ella.
  • ¡Oh great! Describe your city please.

Y así continuo el viaje hasta que, finalmente, llegaron a los aposentos del noble caballero. Al llegar, ella exclamó con incredulidad:

  • This is not my hostel- A lo que él replicó con emoción y picardía:
  • No, this is my apartment, ¡Come, we have breakfast!

Ella subió al apartamento sin titubear y durante el viaje en el ascensor volvieron a manosearse con más pasión. Se metieron en el apartamento y comenzaron a desvestirse pero algo sucedió, algo inesperado. Al parecer el bastón viril de Nicolás no funcionaba como debía. El alcohol y la falta prolongada de sueño estaban afectando su funcionamiento. Estuvo a punto de decir que era la primera vez que le ocurría pero recordó el discurso de un célebre comediante que decía:

  • Si decís que es tu primera vez nadie te cree…entonces lo mejor en esa situación es fingir un ataque cardíaco.

Por supuesto, Nicolás no pensaba hacer eso, así que la agarró con tranquilidad del hombro y la llevó a su cama. Al caer en ella ambos sucumbieron ante el cansancio y se entregaron a la calidez del sueño.

Una hora después nuestro semental recobró la conciencia. Sin abrir los ojos comenzó a sentir un cuerpo desnudo pegado a su cuerpo. Comenzó a tantear y pensó “¡Opa! Es el cuerpo de una bella cortesana totalmente desnuda”. Y sin vacilar la enhebró como un campeón.