El estatus social

¿Che cuanto falta para que traigan la comida? Tengo un hambre terrible. Ya me conocés, de un rato para el otro se me abre un agujero en el estómago. Me encanta Bogotá a estas horas. Es el único momento del día donde hace calor, después del medio día vuelve a su clima otoñal depresivo ¿Qué la historia te parece algo exagerada? ¿Por qué? Te dije que era una descalibrado social y aquél fue mi período de ajuste. Cada detalle que Barney y los muchachos me explicaban yo lo aplicaba al pie de la letra. Para una persona que no tiene sentido común lo mejor que puede haber es un método de aprendizaje sistematizado y secuencial ¿Qué exagero con el hecho de que no tenía tacto y sentido común? Tal vez había casos peores pero créeme cuando te digo que tenía mucho que aprender sobre como relacionarme con los demás.

Como te había comentado antes, durante la semana me la pasaba leyendo en la biblioteca del Mecon o probando alguna que otra técnica por los pasillos del frío edificio gubernamental. Me aburría mucho ahí. Sentía una ansiedad tan poderosa que me levantaba cada veinte minutos del asiento y salía a caminar por los pasillos. Hasta me iba a otros pisos y, de paso, de vez en cuando pasaba a saludar a la Argentina. En cierta forma era como un proyecto personal: sacarla de zonas de amigos.

Solía entrar a las oficinas y me ponía a conversar con la gente. Por supuesto, mi jefe no tardó en reprimirme por mis caminatas. Aparentemente se quejaban por mi presencia en algunos de los otros departamentos y subsecretarías. Si bien en algunos casos era algo molesto, tenés que agregarle el detalle de que el funcionario público es un auténtico imbécil. Es como la película “Sueño de libertad”. La del tipo que se la pasa toda la vida en la cárcel. Su espíritu se consume y ya no puede vivir fuera de la prisión. Eso mismo les pasaba a los que habían trabajado en el sector público durante demasiado tiempo. Es como si su espíritu se hubiese podrido a causa de la rutina y la monotonía. Ese lugar se vuelve su mundo y son capaces de enojarse porque alguien les robo su lapicera o el asiento de su escritorio. Todo es una lucha por el territorio. Son ratas pelándose por un pedazo queso podrido. Encima, agregale a eso mi forma ser histriónica y descalibrada. Muy mala combinación sin duda. Lentamente mi jefe me iba teniendo cada vez menos simpatía y, para peor, mi desempeño no era muy bueno. Mi mente estaba en otro lado.

Durante los fines de semana que no había salidas seguía con hábito de ir a los bares solo para probar las rutinas. Luego hacía los reportes de campo. Me encantaba hacer cosas locas y después narrar mis aventuras. Sin darme cuenta la pasión por la escritura comenzaba a surgir. A veces, después de las clases, también salíamos con los chicos de la camada a bares y a boliches. Durante los miércoles a la noche Palermo tenía siempre mucho movimiento. Eso sí, volvía muy tarde y al otro día me costaba un huevo levantarme para ir a trabajar. Por eso empecé a llegar tarde a la oficina, lo que empeoraba mi situación laboral todavía más. Aun así, la verdad era que no me importaba. Lo fundamental era leer los libros de seducción, estudiar de los apuntes de las clases y hacer las tareas que me encomendaban. Sí, teníamos que hacer tareas de lo más locas. Recuerdo una en particular que me encantó. Tuvimos que llamar a varios números al azar y hacer que nos recomendarán una película. Fue muy gracioso. Después de llamar a seis números logré que me dieran las recomendaciones. Dos señoras colgaron el teléfono y una se enojó. De las tres que me dieron su opinión cinematográfica, una resultó ser una chica joven. A ella le dije que era un ejercicio de un curso de teatro y que debíamos llamar a alguien al azar para pedir una recomendación. Se enganchó con la charla. Creo que hubiese podido invitarla a salir o al menos hubiese podido obtener su Facebook, aunque al final no lo hice. En realidad, ya había hecho algo así. Sí, siete años antes. Ahora que lo pienso, empiezo a entender el motivo por el que progresé tan rápido. Como te dije, siempre tuve potencial.

¿La historia? Sí, fue cuando estaba terminando la universidad en 2007. Estaba estudiando y de repente sonó el teléfono ¿Y quién era? Una de esas vendedoras. En este caso me quería vender un servicio de ambulancias para emergencias graves o algo así. Como tenía amigos que trabajaban en los terribles “call centers” me apiadé de ella y escuché lo que tenía que decir. También me dio algo de curiosidad saber sobre este servicio. Al final terminamos hablando una hora y, por supuesto, la invité a salir. Nos vimos ese mismo día para tomas un café. No resultó muy atractiva pero sin duda fue una anécdota interesante. Tenía la capacidad de generar empatía en poco tiempo. Ese siempre había sido mi fuerte.

En las clases teóricas que siguieron vimos un par de temas fundamentales que muchas veces me habían costado interacciones. Uno de ellos, fue el momento justo para hacer la llamada telefónica. De más chico este paso me daba gastritis y nauseas de los nervios que me producía. En este sentido, Barney nos dio un par de consejos de los que nunca me voy a olvidar. Todo dependía de cuan profunda haya sido la interacción. Es decir, de que tanto confort se había generado. Si la interacción duró diez minutos y se habían hablado de cosas superficiales, se debía llamarla al día siguiente. O sino mandar un mensaje lo antes posible, incluso el mismo día. En cambio, si la interacción alcanzó un grado de conexión emocional importante y había durado algunas horas, lo mejor era hacer “la llamada de confort” a los tres días. Según Barney, cuando mayor era la inversión, mayor era el tiempo que debíamos esperar. Esto para mí era un dato de suma importancia. Normalmente, a lo largo de mi vida, no había esperado ni diez minutos. La ansiedad y la calentura sexual me vencían. Además, si no respondía seguía llamando igual. Grave error. Tenía que ser paciente y esperar a que devolviera llamada. Y, en caso de que no contestara, esperar una hora o mandar un mensaje. Para muchos eran consejos obvios, para mí, en cambio, era el conocimiento que había perseguido toda mi vida y del que había carecido en tantas situaciones. A partir de ese momento pude medir el pasado con la vara del presente y descubrir cuantos errores había cometido.

En cuanto a lo que técnicas de confort se refiere, Barney nos enseñó el célebre “Juego de las preguntas”, que según él había sido inventado por la película “Hasta el amanecer”. Básicamente, el truco consistía en proponerle un juego a la mina. Como ellas aman los juegos, lo más probable es que dijera que sí. Además, según el coach, en un marco lúdico se pueden preguntar cosas que normalmente en otros contextos no se puede. La idea era que cada uno hiciera una pregunta original la cual no se podía repetir. El objetivo era hacer preguntas de tipo emocional para ir generando lo que en la PNL se llama Rapport (conexión). No sé, por ejemplo: “¿Cuál es el recuerdo más feliz de tu infancia?”, “¿Cómo fue tu cumpleaños de quince?”, “¿Cuál fue la última película que te hizo llorar?”. También sirve para hacer preguntas de índole sexual. Igualmente, para ese caso, tenés que ir subiendo de a poco empezando con preguntas inocentes como “¿Cuál fue tu primer beso?” e ir subiendo hasta llegar a “¿Cuántas veces te tocas por semana?”. Sí, reíte no obstante te aseguro que funciona tal cual ¿Sabés a cuántas le pregunté eso? Ninguna sintió pudor y todas respondieron. Eso ayuda a generar tensión sexual y si lo hacés con picardía funciona aún mejor. Sí, ya sé. Es un recurso para personas que no tienen habilidades de conversación y ese no era mi caso. Sin embargo, como ya te dije, dudaba tanto de mis habilidades sociales y conversacionales que estaba dispuesto a hacer todo al pie de la letra. Como un robot. En cierta forma, por más ridículo que te parezca, es una buena forma de aprender el célebre sentido común: probando, equivocándote y ajustando (calibrando).

En cierto momento tuve que cambiar el día de las clases teóricas por que comencé con el curso de stand up. Como sería los miércoles tuve que pasarme a la camada de los jueves. Igualmente las salidas las seguiría haciendo con los chicos de los miércoles ya que, para ese entonces, habíamos consolidado nuestros vínculos. Las clases teóricas de los jueves las daba un coach conocido como Zeta. Otro gran tipo. Él me enseñó la parte de las citas. -“Jamás la lleven al cine”- nos decía con un aire serio- “Es el peor lugar. No se puede hacer kino y no se puede hablar. Hollywood le arruinó la vida a miles de hombre metiéndoles esa idea en la cabeza”. Y tenía razón. Al escuchar su afirmación no pude pensar en las miles de veces que había invitado diversas mujeres al cine. Era lo que siempre había hecho para las primeras salidas. Un verdadero desastre.

Él nos dijo algo sumamente valioso: “Para una cita deben llevarla a algún lugar divertido y donde se pueda hacer kino, donde las sensaciones sean las protagonistas. Ejemplos clásicos pueden ser jugar al pool o al bowling, eso ya lo saben. Pero lo más importante es que sean originales, así no se va a olvidar de ustedes. Tienen que destacarse del resto”.

Al escuchar ésta última frase mi rostro se iluminó. Era tan obvio y, sin embargo, lo había ignorado durante tanto tiempo. Zeta nos sugirió un par lugares muy buenos de los que luego me volvería un habitué. Para empezar nos habló del teatro ciego. Excelente lugar porque se trataba una obra en la oscuridad donde las sensaciones se intensifican. No obstante, el lugar que más me llamó la atención fue “The brake Club”. Un lugar donde pagabas por romper cosas (televisores, botellas, computadoras, etc…). “Las chicas se vuelven locas ahí”- nos comentaba Zeta en un tono jocoso- “Con la música del Heavy metal se ponen como locas. Y jamás se olvidan de que fuiste vos él que la llevó a ese lugar tan divertido y original”. En ese mismo instante subrayé en mi cuaderno de anotaciones la palaba “Brake Club”.

También repitió algo de lo que Barney ya nos había hablado: el poderoso “social proof”. Este concepto, que puede traducirse como estatus social, se refiere al nivel de importancia que una persona tiene o aparenta dentro de un contexto determinado. Si vamos al caso de los boliches, el DJ y el dueño tienen mucho social proof. Asimismo, cualquier famoso o persona conocida en un ámbito determinado lo posee. Por eso nos recomendaban empezar a ser habitués de ciertos lugares. De esta forma empezaríamos a ser conocidos en aquel ambiente y, cuando fuéramos, las chicas lo notarían. Parece algo tonto sin embargo, ponete a pensar: si entrás a cualquier lugar y ves a un tipo que es saludado por todo el mundo ¿No te da curiosidad saber de quién se trata? La curiosidad mató al gato y genera atracción.

Si bien el trabajo ya no era una prioridad, aún lo necesitaba para poder tener recursos financieros. Al mismo tiempo, seguía teniendo esa fuerte impronta de querer desarrollar mi perfil profesional. Por eso siempre buscaba la forma de armar proyectos y negocios, ya sea con la empresa de inversiones como también a nivel académico. Hasta comencé a contactar a cuanto profesor pudiera para poder conseguir un puesto de profesor adjunto de macroeconomía. No era una mala estrategia: me daba experiencia y estatus. El profesor tiene social proof desde el punto de vista de alumnas y, si bien ya había sido ayudante hacía como siete años atrás, no le había sacado mucho jugo a la situación. La verdad es que no había sabido cómo. No obstante, las cosas ahora eran distintas. El objetivo de toda esa parafernalia era convertirme en ese hombre de alto valor del que todos hablaban. Se podía aparentar serlo (por lo menos en el corto plazo) pero lo mejor era volverse uno. Por eso también empecé el gimnasio: estaba realmente excedido de peso y tenía que subcomunicar que era un tipo saludable (elemento indispensable de un alto VSR).

En fin, más allá de las acciones que había comenzado a implementar, era claro que tenía que empezar a llevar la teoría a la práctica. Eso no fue problema para un cara rota como yo. Además, dado el nivel de calentura sexual, incentivos no me faltaban. Así fue como torpemente comencé moverme más.

¿Te acordás de las pendejas chetitas de Rosarios que había conocido en aquella fiesta? Sí, en la misma en donde había conocido a la peruana. Bueno, como a una de ellas la tenía en Facebook y estudiaba economía, le propuse ir a comer algo durante el almuerzo. Mi idea era usar el estatus de analista del ministerio y profesor de la universidad para generar atracción. Normalmente, durante toda mi vida había utilizado mi estatus profesional como un recurso para levantar. En la mayoría de los casos sin demasiado éxito. Sin embargo, como te lo mencioné, ahora las cosas eran diferentes. Me junté con la susodicha y fuimos a un restaurant. Hablamos durante un rato y le di un par de consejos útiles con respecto su carrera profesional. Al terminar el almuerzo me despedí amablemente con la esperanza volverla a ver. Lamentablemente eso no sucedió. Sí, le mandé una par de mensajes por celular pero, lamentablemente, a duras penas respondía. Finalmente me enojé y la bloqueé del Facebook a ella y a todas sus amigas. Sí, muy reactivo e inmaduro de mi parte pero bueno, en aquel entonces me estaba calibrando. Ah, y por cierto, todavía no tenía Whastapp. Es más, no sabía que existía. Tampoco tenía un guardarropa muy abundante. Había mucho que corregir todavía.

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Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social
  14. el beso