El espía y el empresario

El hombre aguardaba en la sala. No estaba impaciente. Nunca lo había estado en toda su vida ¿Porque lo iba a estar ahora? La ansiedad solo afecta a quien ha sido esclavizado por el tiempo. Aquellos que fluyen fuera de su caudal poseen la paciencia eterna. La virtud más preciada. Gracias a esa cualidad él había podido sobrevivir tantos años en la oscuridad. Igualmente, aunque quisiera, ya no podría vivir fuera de ella. Su alma ya estaba condenada y aquel que alberga el mal huye de la luz.

Su rostro arrugado parecía inmutable, incluso cuando miraba a aquella atractiva secretaría. Para él, ella era un insecto más viviendo una existencia predecible. La pobre apenas podía percatarse de lo que ocurría a su alrededor. Vivía en automático. Muerta en vida ¿Qué sabe una hormiga de las complejidades del mundo humano? Eso es lo que era ella: un insecto miserable viviendo una existencia limitada. Él la observaba desde arriba. Podía pisarla si quería. A nadie le iba a importar. Por otro lado ¿Para qué matarla? Es solo un parásito insignificante que a nadie le importaba. Ni siquiera a él. Si en todo caso su deceso le divirtiese, pero ni siquiera eso ocurría. Su vida y su muerte le eran indiferentes.

Él era uno de los pocos seres humanos que habitaba este mundo. La soledad era el precio de ver las cosas desde lo alto. Se veía como un hombre caminando en una tierra desierta. Los insectos eran una decoración más de ese mundo desolador. Ya no quedaba nadie. Los otros seres humanos apenas le hablaban. Igualmente, su indiferencia no le afectaba. Él tampoco quería hablarles más de lo necesario. Ya no quedaba nadie con quien tener una conversación de verdad. Todos a los que alguna vez consideró como sus amigos estaban muertos. La soledad era el castigo que él merecía. De hecho, era el único posible. Igualmente, eso ni siquiera le importaba.

Si bien también él era esclavo de una rutina, tampoco podía percatarse de ello. Mirar a las hormigas lo hacía creerse Dios. Pero lejos estaba de serlo. Por el contrario, él era exactamente lo opuesto. Había vivido en el inframundo toda su vida. En las cloacas hediondas del poder.

Al otro lado de la sala lo esperaba otro hombre que también se creía Dios. Que también miraba a los otros desde lo alto. Un hombre que había vivido iluminado por la luz. Eduardo era su nombre.

Al rey de las tinieblas poco le importaba la temática de la reunión. Solo había ido para neutralizar el aburrimiento insufrible que reinaba en su vida. Encontraba algo despreciable a Eduardo. Pensaba que era bastante ingenuo al creer que todo su dinero le otorgaba poder absoluto. Solo le otorgaban pizcas de éste. El verdadero poder, dijo un gran hombre, está constituido por la cantidad de almas que posees. Y nadie tenía una colección tan grande como él. Eso era lo que realmente llenaba el vacío de su existencia: agregar el alma de hombres que creían ser Dios a su colección. Ver sus rostros cuando se percataban que ni todo el dinero del mundo podía ponerlos a salvo de su influencia.

– Señor Antonio puede pasar – Dijo la secretaría en un tono cordial- el señor Eduardo lo espera.

Antonio se levantó en forma muy lenta y sin mirar a la mujer se dirigió hacia la puerta. Al entrar pudo contemplar la nueva decoración de la oficina. Había cambiado mucho desde la última vez. Sin embargo, como siempre, los detalles revelaban una personalidad digna de un hombre que sufría el complejo de creerse Dios. Pero, en realidad, solo se trataba de un dios menor. Para él, el verdadero Dios era la indiferencia pura. Si bien no era creyente, se divertía analizando conceptos teológicos. “Si Dios existiera”-Pensaba.- “Querría estar solo y, difícilmente, sentiría compasión por alguien. Es más, preferiría que los hombres no sepan de su existencia. Solo querría vivir entre ellos mientras los mira con desprecio”. Al igual que Eduardo, él había creado a Dios a su imagen y semejanza.

  • ¿Cómo estas Antonio? Me alegra verte. Sentate por favor.- Dijo Eduardo en un tono seco.

Antonio suspiró con decidía y se sentó frente al hombre al que llamaban el dueño del universo. “Mejor reinar en el infierno que servir al cielo”, pensaba en silencio. Esas citas bíblicas lo divertían. No pudo contener la leve sonrisa que expresó su rostro en ese momento al pensar en aquella frase. El rey del inframundo y el amo de los cielos sentados frente a frente. Cada uno sintiéndose omnipotente e inmortal. Amos del destino de los seres inferiores. En el fondo eran solamente hombres. Seres miserables cuyos crímenes reclamaban un castigo tan grande que jamás les llegaría. Ni en esta vida ni en la siguiente.

Uno creía en la vida después de la muerte, el otro estaba muerto en vida. Ambos se merecían mutuamente. Lo que sucedía era ignorado por el resto del mundo. Las consecuencias de sus conversaciones, nefastas para la humanidad como siempre, eran desconocidas por el vulgo. Si algún mortal se hubiera enterado de aquel encuentro, ambos estarían muertos. Nadie podría resistir la tentación de acabar con la vida de seres tan perversos. Por desgracia, sus nombres eran solo susurros en la oscuridad para el hombre común. Así como sus extensos prontuarios espirituales.

Nada ni nadie podía detenerlos. Solo Dios, si existiese. O si al menos le importara. Pero nada sucedía, la tragedia era inevitable. Tal vez Dios era tal cual como Antonio siempre lo había imaginado: un ser apático con un enfermizo sentido del humor. O tal vez era como Eduardo lo concebía: un ente benevolente solo con aquellos que obraban para su beneficio individual y que ocupaban los puestos más altos en la escala social gracias a su auto declarada actitud meritocrática.

El daño que esos dos hombres habían ocasionado a lo largo de su corta existencia era incalculable. La nueva tragedia que se avecinaba era la cereza del postre. Si Dios existía, no pensaba detenerlos. En definitiva podía tratarse de ese ser cínico que había imaginado uno de ellos, o de aquel ente elitista mercantil que describía el otro. Tal vez Lucifer se reveló al descubrir la verdad sobre el Creador. Tal vez su mala reputación se debió a que no supo contratar a un buen publicista. Ni los hombres, ni Dios, ni el Diablo podían detenerlos. Nadie podía. Tal vez ni Dios, ni el Diablo existían. Tal vez ellos eran el punto más alto.