El espejo reflejado

“El tiempo se bifurca perfectamente hacia innumerables futuros.”

Jorge Luis Borges

 

«A veces tengo la sensación de residir en un delirio. El pasado me parece más vívido que la misma realidad. Sin embargo, es solo a través de los sueños que puedo acceder a ese mundo pretérito. Sé que es difícil de entender pero así lo experimento. Así lo siento. Cuando trato de pensar en el pasado, de recordar los momentos antes del accidente, todo se vuelve difuso. Todo se pierde en la bruma del tiempo. Las imágenes están fuera de foco. Cuando las experimento en el mundo onírico, en cambio, se vuelven claras. La nitidez es tal que alcanzan un hiperrealismo voraz. Los colores brillan y se vuelven intensos. Es como estar dentro de una pintura renacentista. La luminosidad me encandila pero me trae paz. Me relaja. Me da seguridad. Ahora, mientras te cuento todo esto, considero que permanezco muerto en vida. Como un sonámbulo: caminando al costado de la materialidad. Al presente lo siento gris, apagado, estéril. Todo los días son iguales: me levanto, desayuno, salgo a trabajar, ceno y luego duermo. La rutina me embota, aun así me otorga cierta sensación seguridad. El trabajo en la oficina es repetitivo y automático. Ni siquiera pienso, simplemente hago. El tiempo pasa volando. Cuando me doy cuenta, estoy de vuelta en casa y el día se me escapó de las manos como un puñado de arena. Muchas veces me percato de que pasaron días, semanas, años. Mi existencia se volvió líquida y se filtra por el fregadero.»

Rubén camina por la calle con la mirada hacia abajo. Reflexiona sobre sus dichos. Durante toda la sesión, el psicólogo lo miraba con extrañeza. «Se quedó callado toda la puta hora ¿Para qué le pago?», cavila para sí con irritación. Ha pensado en buscar uno nuevo, aun así se resiste a cambiar los hábitos, a cambiar la rutina. Ese camino que repite todo los días es su prisión y su refugio. En el fondo, le hace bien hablar sobre el tema con alguien. El alivio catártico lo libera por unos momentos. Ese beneficio es lo que lo mantiene pasivo. Por eso no ha buscado un nuevo analista.

«Por las noches sueño con dos momentos. Por un lado, con los años antes del accidente. Los que pasé con mi esposa. Por el otro, con el momento mismo del choque. Ayer me proyecté estando en el auto con ella. En un momento la veía sonriendo, un segundo después, observaba como agonizaba mientras nos sacaban del vehículo. Fue horrible. A partir de ese momento, mi realidad se volvió vacía, gris. Pasaron cuatro años pero tengo la sensación de que todo ocurrió ayer. El tiempo se volvió relativo, discontinuo, abstracto. Vos debés creer que tengo estrés post traumático. Es posible. Estoy tomando algo para la depresión. A veces siento que es un placebo.»

Continua caminando cabizbajo por la vereda de la Avenida Corrientes. Las luces y el sonido del tránsito parecen lejanos. El frío del invierno lo adormece. Lo obliga a presionar las lanosas vestimentas contra su piel. Exhala aire que se transforma rápidamente en vapor. Parece un barco avanzando en el ártico. Llega al edificio, abre la puerta con resignación y entra con lentitud. Sube por las escaleras. No vale la pena esperar al ascensor. Es solo un piso. Ingresa al apartamento. Un espacio reducido se extiende ante él: la cama ordenada, una mesita de luz y la modesta biblioteca. A la izquierda la recatada cocina. Una pava y una sartén desplegadas. Al costado, el baño. Recuerda haber salido de allí a la mañana con total claridad. Aquella memoria posee un matiz incoloro e insípido. Por el contrario, las remembranzas del día son borrosas, vagas. Quiere relajarse. Se sirve un Fernet en un vaso de vidrio opaco. Ingiere un trago, luego otro. Se sienta en la cama. El cuerpo le pesa. Se recuesta, el cansancio lo inmoviliza. Se rinde ante el agotamiento y su ojos se cierran. Un calor emerge de su estómago y comienza a subir hacia su pecho. Se vuelve intolerable, parece una quemadura, sigue subiendo. Al llegar a la garganta le produce un hormigueo cruel. Comienza a toser, sus ojos se llenan de lágrimas. Quiere gritar pero no puede. Siente que se está ahogando. Busca abrir los ojos. Es inútil, su cuerpo está paralizado. La desesperación comienza a dominarlo.

Se despierta bañado en sudor. El calor del ambiente lo sofoca. El aire acondicionado aún no ha sido arreglado. Tarda unos segundos en percatarse de su ubicación. La angustia se disipa. Experimenta un alivio existencial a pesar de que la humedad lo incomoda. Su esposa observa su agitada reanimación y lo contiene. Él se ríe mientras recuerda lo las creaciones de su mente. Ella expresa curiosidad. Rubén siente la obligación de explicarse: «Es una estupidez. Soñé que vivía solo en un departamento por la zona de Abasto. Habíamos tenido un accidente y habías muerto. Cuatro años de eso habían pasado. Era todo gris…Creo que trabajaba en una oficina pero no me acuerdo mucho. Sí recuerdo el apartamento. Era un mono ambiente». Ella lo mira con extrañeza, no puede evitar preguntar si había otra mujer. Él replica que no con atisbos de fastidio en su rostro. Se ríe un poco «Solo recuerdo que veía a un terapeuta. No hablaba mucho. Creo que era el tipo que vi en el congreso hace un mes. El que dio una conferencia sobre los hábitos.  Mi sub consiente lo debe haber registrado. Nunca fui al psicólogo, tal vez sea una señal. ¿No creés?». Ella sonríe y lo besa dulcemente. Sigue durmiendo durante una hora. La alarma suena y ambos se levantan. Preparan el desayuno: unos deliciosos huevos con jamón, cereal con leche  y frutas. Se despiden. Camino al trabajo todavía experimenta la desazón sufrida en aquel universo onírica. Se alegra de haber despertado. Llega al colegio. Los alumnos de tercer año lo esperan con ansias. Contempla las expresiones faciales de los otros docentes. Algunos transmiten resignación y cansancio, no es fácil trabajar en una escuela pública. Para él, en cambio, el acto de enseñar es una acción de poderosa transformación. Creer eso lo motiva. Sabe conectar con sus alumnos, conoce sus sufrimientos. No ha sido fácil para ellos. «Nada lo es hoy en día», reflexiona para sí. Muchos de sus colegas lo envidian por el respeto que le tienen sus estudiantes. Sabe cómo llegar a ellos. Le apasiona ser profesor. Por eso puede levantarse todos los días. Tiene un motivo para hacerlo, tiene un propósito que cumplir. No necesita de un estimulante artificial como los otros, además odia el sabor del café. Al entrar al aula, observa a dos de sus alumnos peleando con violencia. Él se acerca a ellos con rapidez y firmeza. Retira de su saco una tarjeta de color amarillo. Se las muestra adoptando una actitud severa. Los estudiantes dejan de pelear y vuelven a sus lugares. Lo respetan, él es más que una figura de autoridad. Ellos notan que, a diferencia de otros, el “Profe” Rubén sí quieren ayudarlos. Él los entiende y los respeta. Por eso acatan sus órdenes.

«Cuando llegué el jueves, encontré a dos agarrándose a piñas. La mayoría de los docentes no saben cómo manejar esas situaciones. Simplemente, se quedan afuera y observan. Esperan a que se tranquilicen. Una vez uno intervino y le pegaron. Por eso nadie hace nada. A los sumo, llaman a un preceptor pero éste tampoco reacciona. Yo fui y les saqué la tarjeta amarilla a los dos. Así se calmaron. ¿Qué voy a hacer sino? ¿Empezar a aleccionarlos sobre que la violencia es mala? Para ellos la violencia es su forma de hacerse valer. Si les decís lo contrario, no te respetan. Se dan cuenta que no entendés sus códigos. Si, en cambio, aceptas sus reglas, ellos consideran que conocés el mundo en el que viven. Por eso hice lo de la tarjeta. Ellos comprendieron. ¿Te acordás de Mariela? Va a tener a bebé. El rector dijo en una reunión que era una irresponsable, que lo hace para cobrar un plan social. Es un idiota, por eso no lo respetan. Ella quiere ser madre porque en la villa ahora va ser alguien. Va a ser una madre. Eso le da sentido a su vida. Me gustaría que no dejara la secundaria pero lo veo difícil».

Analía lo escucha con admiración y cariño. Es muy buena escuchando. Siempre lo fue. Le encanta aprender de él. Lo ve como alguien sabio. Rubén disfruta mucho de las mateadas en el Parque Centenario con su esposa. Las mañanas son calurosas sin embargo, una brisa angelical les da un descanso del agobiante calor. La sombra de los arboles es el refugio ideal. A él también le encanta escucharla. Admira sus análisis sociológicos. Su ojo crítico lo deleita. La marea conversacional transita todos los temas: desde el cine y la literatura, hasta la política y la economía. Ella ama la música, la siente en la piel y se estremece al percibir los sonidos armoniosos producidos por los más variados representantes del jazz y del rock alternativo. Ella le pregunta sobre lo soñado.

«Nunca me había pasado de despertarme así. Esa sensación de tristeza me desgarraba el pecho. La sentí durante todo el día. Era de lo más extraña. Toda la situación que vivía. Era como si mi existencia no tuviera sentido. Como si estuviese en un circuito que se repetía una y otra vez. Hablaba del presente como si fuera el pasado y tenía la sensación de que el ayer era más real que el ahora ¿Me entendés? Era como si viviera en una ilusión dentro del sueño mismo aunque, ahora, cuando evoco esas imágenes, tengo la sensación de que ellas tenían una consistencia física. Como si fueran el recuerdo de algo real. Es raro ¿No? Paradójicamente, a veces siento que vivo en una suerte de universo onírico. Es algo redundante: tanto en el sueño como en la realidad tengo la impresión de que existo en una fantasía. Y cuando recuerdo el mundo onírico, esté parece un remembranza. No sería mala idea ver a un psicólogo. Aunque, la verdad, prefiero hablar con tu amiga, la que hace constelaciones familiares. Me cae mejor. Son medio creídos los psicólogos. Hace un calor terrible con esto del cambio climático, los veranos vienen cada vez más calurosos y los inviernos más helados. La última vez que sufrí este calor fue cuando fui a Paraguay. Un amigo me decía que en Asunción hay solamente dos estaciones: verano e infierno».

Ella ríe, aunque ya conocía el chiste. Rubén pone sus manos alrededor del cuello de su esposa. Acaricia suavemente sus mejillas femeninas con sus anchos pulgares. La mira intensamente a los ojos y la besa con pasión. Ambos se recuestan sobre el pasto. El césped verde se vuelve majestuosamente penetrante. El azul del lago artificial se torna enérgico y cristalino. Él se relaja y cierra los ojos. Analía apoya la cabeza en su pecho.

Un dolor agonizante lo despierta. Su rostro está cubierto de sangre y moretones. Mira a un costado y ve la silueta de su mujer cubierta con una sábana blanca. La están llevando a otra ambulancia. Una tristeza sádica se apodera de él. No volverá a verla de nuevo. Su vida está desecha, sus planes quebrados. Uno de los enfermeros comenta algo acerca de su condición. Cree escuchar la frase “sangrado interno”. El dolor se torna punzante. «Quiero algún tipo de calmante. Anestésienme por favor», piensa mientras la luces titilantes lo encandilan. Su rostro desmantelado se cubre de lágrimas. Quiere escapar de ahí, desea liberarse del dolor y del sufrimiento.

Se despierta en la cama. Tiene frío. Han apagado la calefacción central. Busca una frazada para cubrirse. Ya son las seis de la mañana. Faltan unos pocos minutos para que el despertador suene. Prende la radio: la temperatura anunciada es de menos cinco grados bajos cero. Enciende la hornalla para calentar la pava. Saca el café instantáneo. El agua hierve, pone una cucharada en la tasa, luego otra. El azúcar le sigue, el agua cae a lo último. Está demasiado caliente, agrega leche fría para compensar. Una ducha caliente lo revitaliza. Se viste lo más abrigado posible. Busca los calzoncillos largos y las camisetas. Reconoce una prenda. Analía se la había regalado en su primer aniversario. La nostalgia lo acongoja. Busca distraerse y leer las noticias desde su celular. Abre la puerta de su apartamento y baja por las escaleras. Llega a la puerta del edificio donde una bruma fantasmagórica lo envuelve. Aún está oscuro, tiene la impresión de no haber visto el sol en años.

«¿Te acordás de nuestra primera sesión? Me preguntaste porque quería hacer terapia y te respondí que sentía que mi vida no avanzaba. Que estaba estancado, atrapado en un existencia pegajosa. Hoy volví a soñar con Ani. Estábamos en el Parque Centenario. Solíamos ir seguido. Le contaba sobre algo que había pasado en el colegio. Extraño dar clases pero después del ataque de pánico ya nadie me quiso contratar como docente. El trabajo en la oficina era lo único que me quedaba. Me acuerdo de esa vez, cuando le conté sobre la pelea entre esos dos chicos en el colegio. A ella siempre le gustaba escuchar esas historias. En el sueño la situación era igual, con la excepción de que había soñado que ella había muerto y que vivía en un futuro ubicado a unos años de su muerte. Le comentaba que en “la pesadilla” yo creía que esa era la realidad y que nuestro presente era el sueño. Es raro ¿No? Cuando uno está metido en el mundo de Morfeo, uno cree que esa es la realidad y que lo otro es la ilusión. Después soñé que estaba en el accidente. Me estaban metiendo en la ambulancia. Me desperté melancólico, amargado. Antes de que mi conciencia volviera completamente me pregunté: “¿Qué es real y que no? ¿Es esto real? ¿Qué tal si el sueño era realidad? ¿O qué tal si todo es real y me desplazo en el tiempo?”. Me reí cuando recobré la consciencia en un cien por ciento. También experimenté una emoción lacerante y agria cuando me di cuenta de que estoy acá, en el presente, y que lo otro es un delirio de mi psiquis. No sé si te lo dije, pero cuando estaba en el hospital me sentía tan desolado que contemplé la idea de suicidarme. No lo hice claramente. Ni siquiera lo intenté, no tenía fuerzas.»

La semana trascurre con inusual rapidez, como de costumbre. Las ilusiones nocturnas vuelven a la normalidad: rompecabezas incoherentes y amalgamas abstractas de experiencias y pensamientos. Nada de pasados concretos y nítidos, solo ambiguo caos. Ya es sábado y el aburrimiento lo arrastra a la frivolidad del entretenimiento banal. Comienza a leer artículos publicados en las redes sociales. Uno llama particularmente su atención: “Sobre el significado de los sueños”. Su contenido es escueto, no obstante, una semilla traviesa se siembra en su fértil mente. Comienza a buscar artículos, libros y vídeos. Lee un ensayo académico publicado por un respetado científico. Luego pasa a leer cuentos de ficción. Llega a la conclusión que debe intentar recordarlos. Coloca una cuaderno en su frágil mesita de luz. Su idea es anotar todo lo que pueda recordar antes que se pierda en la espesura del olvido. Cierra los ojos, el cansancio lo invade.

Sus ojos florecen. El calor lo abraza. La presión en el pecho ejercida por la cabeza de Analía lo incomoda un poco. Los rayaos de sol irritan las ventanas de su alma. Ya es mediodía. Se levanta para acomodarse. Ella le sugiere instalarse en otro lugar, en uno donde haya asombra. Aquel espacio ya ha sido invadido por las flamas de Apolo.

«Volví a tener esa pesadilla. Ese meta sueño, como lo llamo. Es realmente fascinante. Primero estaba siendo trasladado en una camilla. Recuerdo haberme sentido agobiado por una sensación de intensa melancolía al ver tu cuerpo inerte. Me desperté y estaba en ese departamento helado. Cargaba aún con la angustia. Algo curioso: comencé a investigar sobre los estados de inconsciencia en el mismo sueño. ¿No te parece loco? Tengo en mi mente ráfagas de información que encontré durante la experiencia onírica. Quizás leí todo eso en algún lado y esos datos quedaron atrapados en mi psiquis. O tal vez vos me hablaste de eso. Hasta decidí escribir lo que soñaba en un cuaderno. O sea, dentro del sueño. ¿No hacías vos eso en una época? Tal vez debería hacerlo.»

La tarde pasa con premura. La noche se agazapa en el horizonte. Las altas temperaturas y la humedad no ceden. Rubén coloca un cuaderno al costado de la cama, su esposa lo encuentra gracioso y tierno al mismo tiempo. Se recuestan, hacen el amor intensamente para después rendirse ante la despótica extenuación. Durante la semana él anota en su libreta las experiencias oníricas muy juiciosamente. Abstracciones y ambigüedades se configuran en el universo de la inconsciencia. Ningún despertar en una camilla o en un gélido apartamento emerge. El viernes por la noche se relajan luego de una intensa jornada laboral.

«Me encanta este ejercicio. Es cierto que si uno no anota lo que soñó apenas se despierta lo olvida en seguida. Me encanta releerlo, parece el argumento de esas películas surrealistas francesas que vimos hace un mes. ¿Puedo leer tu cuaderno?». Ella le comenta que lo extravió hace tiempo atrás y lamenta aquella pérdida así como la de su diario íntimo que escribía cuando era apenas una adolescente. «Voy a pasarlo a la computadora y me lo voy a enviar a mi propia casilla de correo para que no se pierda como te pasó a vos», exclama él. Analía se siente complacida. Le dice que lo ama, se besan. El fin de semana pasa volando entre mates, facturas y discusiones políticas y culturales. Se acuestan, los parpados se pegan, la inconsciencia reina.

Los ojos se despegan, la sangre circula por su rostro, su sabor es salado, algo agrio quizás. Está dentro de la ambulancia. Se percata de la presencia de un cuello ortopédico que lo envuelve. Los médicos lo ignoran. Experimenta la velocidad de vehículo. El sonido de la sirena lo aturde. Divisa un suero conectado a su brazo. Percibe el dolor de la aguja clavada.

El frio lo envuelve, han vuelto a desconectar la calefacción. Al volver a la helada habitación busca el cuaderno y con una velocidad inaudita retira una lapicera azul del cajón. Comienza a escribir.

«Comencé a realizar un ejercicio. Seguro que lo conocés. Pongo un cuaderno al costado la cama y cuando me despierto anoto lo que soñé. Sentí el impulso de hacerlo. Lo gracioso es que esa misma noche, volví a soñar con mi esposa. Estaba en el parque. Seguíamos ahí. Encima le hablé sobre esto. Sobre mi presente, todo como si fuese una proyección futura onírica. Hasta le mencioné el hecho de que había dejado un cuaderno al costado de la cama para anotar lo que soñaba. ¿Y sabes lo qué pasó? Hice lo mismo en el sueño. Empecé a escribir las cosas con las que mi mente me entretenía cada noche. El último fue el de la ambulancia. Me estaban trasportando después del accidente. Ahí me desperté. Después mi sub consciente proyectó otras cosas pero eran incoherencias. Meras estupideces sin sentido.»

Mira hacia abajo. Cabila mientras intenta remembrar las imágenes que su mente había creado. Se pregunta a que mundo su psiquis lo llevara esa noche. Los siguientes días las anotaciones son vagas. Describen escenas variadas de viajes nocturnos. La semana finaliza. Son las siete de la tarde, aún está en la oficina. El calor de la calefacción lo mese apaciblemente, afuera del edificio el frío es impiadoso con los transeúntes. Finalmente, junta el valor para abandonar el lugar y volver a su aposento. La caminata por la ciudad es solitaria y glacial. La crudeza del clima lo atormenta. Pequeños copos de nieve comienzan a notarse. Al llegar a su refugio, abre una lata de atún y la ingiere desapasionadamente. Se sienta en el borde de cama, cierra los ojos y suspira.

El ruido de la ambulancia no lo deja dormir. Los médicos tratan de confortarlo, le recitan palabras dulces. El dolor es agudo y se extiende a lo largo de su cuerpo. Intenta focalizar la atención en otra cosa que no sea las sensaciones tortuosas que lo mantienen cautivo. El vehículo frena con violencia.

Sus parpados retoñan y divisa a su mujer vistiéndose. Ella lo mira con devoción. Rápidamente toma el cuaderno y escribe, libera su mano para llenar de vocablos las paginas blancas. Dos carillas son cubiertas con detalladas descripciones. Media hora transcurre. Siente la necesidad de ducharse. Al salir del baño, se sienta en la mesa y contempla las tostadas y la mermelada.

«El ciclo lectivo parece no terminar nunca. Ahora que me di cuenta, se extendió casi un mes por culpa de los paros. Encima el calor se hace insoportable. La primavera y el otoño cada vez duran menos por el aumento de la amplitud térmica.»

Analía asiente. Le preocupa la ecología desde que tiene once años A él le despierta ternura su actitud idealista. También era así en su infancia sin embargo, durante la adolescencia sus intereses se dispersaron. Ella menciona el cuaderno de anotaciones.

«Sí, otra vez el del accidente y el del futuro en el departamento frío. Me hace acordar a dos de los cuentos de Borges que leí durante el secundario. “Las ruinas circulares” y “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Es muy loco ¿No? En el sueño la realidad es el sueño, ad infinitum. Me gusta lo que escribo. Ya lo pasé a la nube para que no se pierda. Estaba pensando que sería un buen argumento para una de esas películas de ciencia ficción de los ochenta. Un personaje que viaja en el tiempo y que modifica su presente.»

Ella concuerda y menciona un par de largometrajes que vienen a su mente. Consensúan que deben verlas el próximo fin de semana. Él sale del apartamento y entra al ascensor. Mientras desciende observa como los espejos ubicados uno enfrente del otro proyectan su imagen repitiéndose infinitamente. Aquello le produce gracia al pensar en la conversación previa. El día trascurre con rapidez. La noche emerge antes de que pueda percatarse de ello y ya está de vuelta en su casa.

Rubén entra al consultorio perturbado. Parece distraído, confundido. Necesita hablar. «Algo pasó. Esto va a sonar muy descabellado. Me desperté la otra vez. Anoté todo para no olvidarme antes de salir al trabajo. Cuando volví a casa leí lo que había escrito. Hablaba sobre la  experiencia de soñar que la realidad era el sueño y viceversa y sobre como ambos planos se retroalimentaban. Decía que sería un buen argumento de una película de ficción especulativa o algo así. En ese momento un pensamiento muy absurdo apareció en mi cabeza. En el sueño también llevaba un registro escrito. Obviamente ese cuaderno no existe porque nunca pasó eso. Y aunque lo hubiese hecho no podría encontrarlo. Tiré todo después de que Ani falleció cuando me agarró la depresión. Tener esos recuerdos me producía una sensación de ardor. Ya medio que te conté sobre eso. En fin, pero después leí que había pasado el limpio lo que escribí y que me había enviado el archivo a mí mismo por mail. No tuve mejor idea que buscarlo en la casilla de correos. Me pareció absurdo y gracioso al mismo tiempo…Hasta que lo encontré. Hallé el archivo con las anotaciones…Sí, ya sé, es una locura. No recuerdo haber hecho eso. O sea, no pasó. A ver, teníamos conversaciones esotéricas pero nunca llegué a soñar con un accidente de auto o con una vida futura ¿Entendés? Sí, ya se lo que crees. Sí, que pasó y lo olvidé. Como en el cuento “El otro” de Borges. No pensaba en ese cuento desde hacía años. Fue por la conversación imaginaria con Ani, ahí le mencioné dos cuentos del autor: “El jardín de los senderos que se bifurcan” y “Las ruinas circulares”. Pero escuchá esta entrada, está fechada mucho antes del accidente: “la retroalimentación dinámica entre el sueño y la realidad es fascinante. El otro día soñé que le contaba al psicólogo que encontraba un archivo en una computadora donde estaban las anotaciones que hago. Él no me creía y yo me estresaba por eso. Me vino a la mente la imagen de mi silueta en el espejo proyectándose infinitamente”. ¿Lo ves? Ya sé, hay una explicación racional. Lo pude haber olvidado pero aun así, eso no importa. Esta es la prueba que hace años atrás soñé con lo que me pasa ahora. Quizás tuve una premonición y lo olvidé. Me puse a leer sobre parapsicología y sobre la teoría de las cuerdas. Ya sé, parece una locura ¿Pero realmente lo es? Esto no lo inventé yo. El registro está en la casilla. ¿Qué tal si estoy atrapado en un bucle de tiempo? No hay más entradas. En teoría si escribo algo en el pasado aparecerían más ¿no? ¿Puedo modificar el pasado o todo ya fue escrito? Tal vez no hay más entradas porque “había dejado de escribir” o más bien “dejé de escribir”. La segunda frase sería más apropiada porque todo está ocurriendo ahora. Es más, siento que todo pasa ahora. Esa sensación cada vez se vuelve más real. Siento que el tiempo no existe, que todo pasa ahora, el pasado y el presente ¿Entendés?»

Sus retinas se expanden, toma el cuaderno y anota todo en detalle. Escribe casi de manera automática. Su esposa abre los ojos y le pregunta si se encuentra bien.

En el hospital, los recuerdos de un pasado colorido se confunden con los de un futuro gris y oxidado. Asimismo, el desasosiego del presente produce una mezcolanza de imágenes y emociones imprecisas. La vaga remembranza de una proyección onírica invade su mente. Le da la excusa perfecta para ceder a la impiadosa angustia. Con las pocas fuerzas que le quedan toma la sonda que conecta su brazo con el suero y desarma la goma. Coloca el orificio de entrada en su boca y sopla con decisión, quiere deshacerse de la desazón que lo lacera y del dolor que lo tortura, quiere terminar con su vida. Unos segundos más tarde un intenso y agudo dolor comprime su pecho. Parece como si una mano se cerrara con fuerza alrededor de su corazón. Escucha el sonido una máquina acelerar su ritmo. Se retuerce sobre sí mismo.

Sus ojos florecen. Su mujer aún duerme. Tiene vagos recuerdos de una pesadilla. Evoca las sensaciones con claridad sin embargo las imágenes son difusas. Se levanta y camina hacia la ducha. Al salir, Analía lo espera con una expresión dulce y un desayuno exquisito. Contempla las tostadas y la mermelada. El sabor es sublime, se toma el tiempo para degustar cada bocado. Sale hacia al trabajo con una expresión de dicha en su rostro. Está feliz de estar ahí. Recuerda las palabras que le dijo a ella durante el preciso ritual del desayuno.

«Te amo, ¿sabés? Estoy feliz de estar acá y ahora con vos. Ojalá toda la vida pudiera consistir en momentos como estos. Me desperté sintiendo un desasosiego horrible, por eso ahora me siento así, bañado de felicidad. Es como comer algo dulce después de tragar sal. Se siente más dulce. Te quiero.»

Al llegar al colegio se dirige al aula sin mirar a su alrededor. Entra por la puerta y observa dos alumnos peleando. Algo en esa escena le resulta familiar. La sensación de haber vivido ese momento congela su accionar por unos segundos. Vuelve en sí rápidamente y retira una tarjeta amarilla de su bolsillo. También la acción posee el cálido gusto de la familiaridad. Por algún motivo, sabe que es la acción correcta. El día pasa con premura. Durante la noche siente la necesidad de narrar los eventos que se desarrollaron durante la jornada. Al finalizar la anécdota pronuncia un comentario que despierta cierta intriga en su esposa: «Fue raro, cuando pasó sentí que ya había vivido ese momento.»

Despierta con cierto cansancio. Abre la ventana y contempla el cuadro otoñal. Analía ya se levantó y le dice que se apresure, están llegando tarde. Rubén se viste rápidamente y baja junto a ella en el ascensor mientras observa sus figuras replicarse en el filo de la eternidad. Una sensación de malestar lo invade. Cuando entran al auto una ansiedad emerge de su corazón. Siente que no debe subirse no obstante lo hace. El auto aumenta su velocidad. A la mitad del recorrido él la mira. Ella sonríe. Un chirrido hiriente roza su oído. Un golpe sacude sus entrañas.

Se levanta abruptamente del asiento. Está cubierto en sudor. El consultorio está pintado de un gris opaco. La alfombra verde desentona con el resto de la decoración. Un cuadro de flores marchitas se extiende ante él. La secretaria le pegunta si se encuentra bien. Él responde que sí. Se abre la puerta y ve a un paciente retirarse. Al cabo de unos segundos, se asoma el psicólogo. Éste le indica que puede entrar. Una sensación de familiaridad lo mese con suavidad.

«Perdón estoy un poco alterado. Tuve una pesadilla. Soñé que estaba en el momento del accidente donde murió mi esposa. Me da la sensación de ya haber tenido esa pesadilla y justo recién tuve un deja vu. Disculpame,  no respondí a tu pregunta. La verdad no sé qué esperar, nunca había hecho terapia. No vine por lo del accidente, eso ya lo superé, o más bien lidio con eso a mi manera. Quiero empezar porque tengo la sensación de vivir caminando en círculos. Siento todo que se repite constantemente. La rutina es redundante pero hay algo más y no sé qué es. Siento que estoy atrapado en una existencia pegajosa que no tiene sentido. Tengo la sensación que mi vida no avanza. También poseo la impresión de ya haberte dicho esto aunque es la primera vez que vengo. Es raro de explicar pero me hace sentir mucha angustia.»

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