El Director

Amanecía. Un pájaro golpeó la ventana y el viejo se sobresaltó un instante. Escuchó en el silencio del cuarto el sonido de su corazón que se alejaba…se alejaba, hasta que se le iba de los oídos y se le metía en el pecho otra vez. Después se acomodó de costado donde el sol de la mañana lo miraba de frente cada vez que abría los ojos.

La cara del viejo era solemne; solemne y tranquila.

Miró el despertador y lentamente se levantó. Era el día de su cumpleaños número 92.

Como todos los domingos de Concierto en la Plaza su rutina era casi siempre la misma.: un desayuno liviano, salir a caminar, volver cerca del mediodía. Un almuerzo frugal y una pequeña siesta completaban el cuadro. Luego de eso tomaba las partituras que iba ha dirigir ese día, Brahms, Schubert, Vivaldi eran los elegidos y como cada domingo, la Glorieta de Barrancas de Belgrano el lugar.

Preparó las partes en su maletín y comenzó a preparar su atuendo. Tanto los músicos como él iban de traje negro, camisa siempre blanca y corbatín negro.

Le gustaba dirigir al aire libre, la música mezclada con el sonido urbano, los pájaros. los gritos de los chicos jugando. Todo le confería a la música un aditivo integrador, él pensaba que la completaba.

Tocaban también temas populares, ahí donde la concurrencia participaba en forma activa, bailando, cantando, coreando. Durante muchos años disfrutó de ésa actividad.

Esa tarde salió como siempre a encontrarse con sus músicos en la Glorieta de Barrancas. Ya estaban esperándolo preparados con sus instrumentos listos, y con gran afecto fue saludado por todos.

Luego de las presentaciones al público congregado allí se aprestaron para comenzar. Acomodó las partituras en el atril mientras concluían con la afinación. Les pidió unos acordes para chequear. Elevó su batuta un instante y empezaron con el ¡Presto Andante ma non troppo!

En un banco cercano a la glorieta, dos señoras mayores jugando con sus nietas charlaban distraidamente. Una de ellas  fijó su mirada en un viejito de traje negro subir con extremo cuidado las escalinatas de la glorieta. Al tiempo que le pregunta a la otra, ¿decime? ¿lo conocés? señalándolo. ¿Quién? Ah, sí, es don Joaquín, vive acá enfrente.

Se mudó después de un accidente de auto donde murió toda su familia, solo el se salvó. Salió en los diarios. Estuvo en coma mucho tiempo y se recuperó.

Decían que fue un gran director de orquesta allá por los años 50, dirigía los conciertos precisamente aquí en esta glorieta. Pero después de eso no quedó muy bien, de acá sabes, se señaló la cabeza, también no es para menos, otro quizá se hubiese matado.

Y ahora viene todos los domingos, se para en el medio de la glorieta como ahora, y míralo, agita los brazos como si estuviese dirigiendo. Se queda un buen rato y después se va. Un día me acerqué y lo saludé cuando se iba. Tenía la mirada como perdida. Me preguntó si me había gustado el concierto. Le dije que si, que me había encantado. ¿Que le iba ha decir…que estaba loco?! Me agradeció y cortesmente se despidió hasta el domingo que viene. Pobre viejo.

Con el último acorde la ovación de los presentes no se hizo esperar. Rubricó un concierto maravilloso. Hizo levantar a sus músicos y con una sutil reverencia agradeció los aplausos.

Acaso él, como todos nosotros, necesitamos ese aplauso que nos impulsa ha seguir adelante pese a todas las adversidades y tomáramos como razón para vivir el compromiso de volver cada domingo para dar nuestro mejor concierto. Ese era su razón. Ese era su proyecto. ¿Loco? Tal vez, pero ¿Quién puede cuestionarlo?

Lentamente, bajó las escalinatas rumbo a su casa.