EL DEMONIO INTERNO

I

«Me siento algo desorientado el día de hoy. Creo que fue por un sueño que tuve.» «¿Qué es lo que soñaste?» «Que vagaba por un desierto junto a una suerte de escuadrón. Yo era invisible, nadie podía verme. Era uno de esos sueños en tercera persona. Seguía de cerca a uno de los soldados. Los uniformes eran algo estereotipados. Luego lo vi enfrentarse a unos sujetos armados en una aldea. Me sentí raro al despertar porque esa secuencia tenía algo de familiar. Creo que siempre sueño con él. Con el soldado. Me suena conocido. Recuerdo que podía sentir su tristeza. Una profunda soledad lo torturaba. Una vez lo vi en los brazos de alguien que anestesiaba su melancolía pero él huyó de esa persona. Así como hay adictos al dolor físico, hay quienes se deleitan con las dolencias emocionales. Tal vez mi subconsciente utilizó alguna imagen que vi en algún lugar o algo que me contaron. Realmente no lo sé. Mi mente está hecha añicos. Me cuesta recordar mi pasado, siento que estoy perdido en el laberinto de mi propia mente. Algunas cosas están claras como el agua, otras, por el contrario, oscuras como una noche sin luna. Recuerdo, sí, que una vez hablé con varios veteranos de guerra. Habían peleado durante todas sus vidas, durante varias existencias…Es complicado de explicar. Traté de ayudarlos pero en ese momento era muy joven. No sé si joven. Inexperto quizás. Inmaduro. Ellos me adoraban, me veían como una suerte de guía espiritual o algo así. Yo realmente los quería ayudar pero la arrogancia me cegaba. Se siente bien cuando la gente te admira. Muchos me admiraban y me trataban como si fuera un gurú espiritual. Y no lo era. Yo lo sabía, nunca me creí aquella idea. Sin embargo, se sentía bien que me agasajaran con esas miradas. Era como si me acariciaran el alma. Es ahí donde aparece la tentación del ego. Los grandes maestros espirituales nunca ceden a esa tentación. Viven desapegados, son humildes. Por eso no son famosos. Yo quería ser como ellos. Nutrirme de su sabiduría, pero al final me volví una caricatura de ellos y ahora siento que terminé decepcionando a tanta gente…A personas a las que verdaderamente quería. Cuando por las noches veo sus miradas repletas de devoción pidiéndome que los libere de sus miserias, la culpa me carcome el alma. Siento mi garganta cerrarse mientras la angustia me lacera. Agarrar un objeto afilado y cortarme los brazos es lo único que repele mi sufrimiento. Me encanta sentir lo que ocurre cuando un objeto tajante rasguña mi piel lentamente. Luego de que el dolor se disipa siento un alivio paradisiaco. Es el dolor físico el que opaca la desazón espiritual. Me encanta sentir las gotas de sangre salpicar mis brazos. A veces se me pone la piel de gallina por el cosquilleo que generan. El hormigueo me produce cierto placer. También la sensación de humedad es catártica. Me concentro en ella y por unos segundos, tanto la dolencia corporal como el desasosiego se esfuman. Es algo que aprendí hace tiempo. Una suerte de chamán me lo enseño. Pasé casi nueve meses con él en medio de una selva lejana, fuera del alcance de todas las tribulaciones humanas. Era uno de los pocos lugares que quedaban aún vírgenes. Luego sucedió lo inevitable pero, para ese entonces, ya no me importaba.» «Creí haberte escuchado decir en otras conversaciones que habías sido un soldado durante mucho tiempo de tu vida. Y que, de hecho, habías estado en el servicio militar.» «¿De qué estás hablando? A duras penas sé cómo manejar un arma. Realicé una serie de cursos porque me obligaron pero nada más ¿De dónde sacaste esa idea?» «Lo has mencionado en varias ocasiones ¿No lo recuerdas acaso?» «Que estupidez, por supuesto que no…Me está doliendo la cara. Sobre todo el pómulo izquierdo. Tengo un moretón. Debí haberme caído de la cama y no lo recuerdo.» «Tienes varios moretones. De hecho, te fracturaste varios huesos de la cara y del cuerpo.» «Es extraño que menciones esto porque…Siento que lo que dices sí tiene sentido…No recuerdo haberme fracturado nada pero aun así, siento que en el filo de mi mente hay una chispa intentando encender un recuerdo que no logro ubicar…» «¿Qué necesitas para hacerlo?» «Tiempo supongo…» «¿Quieres un analgésico?» «Te lo agradezco, pero puedo manejarlo. El dolor físico nunca fue un problema. Puedo desintegrarlo en segundos si me concentro lo suficiente. Una vez conocí a un sujeto que usaba su mente para sanar su cuerpo. La gente me tomaba por incrédulo cuando contaba este tipo de historias. Eran unos idiotas, muchos de ellos se enfermaban con el stress que sufrían. Aceptaban que su mente los podía enfermar pero no curar. Ridículo. Corre para los dos lados. Me la pasé buscando a esos maestros para aprender sus secretos y encontré a muchos más. La regeneración era la punta del iceberg. Luego encontré a personas que sí creían que aquello era posible pero querían adueñarse de ese conocimiento. Querían patentarlo y venderlo como se hace con todo desde que se inventó el dinero. Eran unos idiotas. No entendían nada. Eran invidentes cegados por sus propias ambiciones y su limitada forma de ver el mundo y la vida. Obsesionados por inmortalizarse, no podían disfrutar ni un segundo de sus patéticas y vacías vidas. Al principio los ayudé. O eso les hice creer. Deben estar buscándome pero no estoy preocupado, no me encontrarán, terminarán comiéndose su propia cola como Uróboros. En fin…No, gracias, no quiero un puto analgésico. Solo necesito tiempo para reparar mi mente. Está totalmente quebrada. Sé que puedo repararla pero necesito tiempo y el tiempo está de mi lado…Sí, lo está.» «Háblame más de esas personas que te admiraban.» «No hay mucho que decir, creían en mí. Veían en mí una escapatoria para sus infiernos personales y yo sentía que tenía un propósito: el de ayudarlos. No estaba listo para hacerlo, primero debía ayudarme a mí mismo. Luego estaban los otros, los que me admiraban pero también me temían. Siento desprecio y pena por ellos. A veces creo que me subestiman, no obstante, prefiero que sea así. En ese caso, sí anhelo que me idealicen. En cambio, para el caso de los primeros, no. Odio que la gente no pueda verme por quién soy.» «¿Y quién eres?» «Alguien que busca la verdad y se perdió en el camino.» «¿Qué es la verdad para ti?» «La real esencia de las cosas más allá de las vulgares apariencias, de la materialidad y del deseo. Eso es. Es lo que busqué toda mi vida…Es raro, recuerdo haber estado aquí frente a ti diciendo esto.» «Has estado aquí por cinco meses» «No me refiero a eso…¿Ya pasaron cinco meses? Por Dios…Me refiero…Siento como si…» «¿Recuerdas como llegaste aquí» «No realmente…Mi memoria es un rompecabezas cuyas piezas he extraviado antes de comenzar a armarlo…Aun así, recuerdo haber escapado de este lugar…¿Fue así? ¿Intenté escapar? No siento que tenga intenciones, mi mente aún está muy alborotada y, muy internamente, siento una convicción absoluta de que debo quedarme aquí hasta repararla…» «Respondiendo a tu pregunta, no, no has intentado escapar, recién hace unas semanas te removieron los yesos. Aunque hubieras querido, dudo que hubieses podido. Tal vez lo soñaste.» «No, ocurrió, sé que lo hice en algún momento. Ya he estado aquí antes…varias veces. Lo sé, es raro de explicar.» «La semana anterior te pregunté si sabías porque estabas aquí y dijiste que habías asesinado a dos personas. Dos ex compañeros del colegio. Uno llamado Hal.» «No conozco a nadie llamado así…Aunque ese nombre me suena de algún lado…» «De todas formas, a los días te olvidaste de todo eso y solo hablabas de tus experiencias en las guerras.» «Honestamente no recuerdo tal cosa y, como ya le dije, no he sido un soldado jamás en mi vida.»

II

Ya habían pasado tres años desde que había llegado a aquel país desconocido. El bar poseía un atmosfera bastante festiva y él buscaba tan solo relajarse luego de una jornada sofocante y agotadora. Uno de sus amigos volvió de la barra con dos cervezas heladas. Era la justa y merecida recompensa. Mientras mojaba sus labios en la refrescante bebida y sentía el frio del vidrio acariciarlo con suavidad, un sujeto algo morrudo se acercó a su mesa con una actitud petulante. Su rostro presentaba inflexiones de odio y, según lo pudo percibir, estaban dirigidas hacia él. Max enderezó su cuello para oírlo mejor. Lo acusaba de haber mirado a su novia. No entendía porque aquel individuo realizaba tal inculpación pero, sin previo aviso, algo sucedió en su interior mientras el hombre uniformado vomitaba su ira con entusiasta verborragia. El anclaje de la amenaza tácita encendió la llama del rencor que ardía en su interior. Su cuerpo comenzó a emanar un calor emocional infernal cuyo flujo avanzaba derritiendo cada centímetro de racionalidad como la impiadosa lava que devora todo a su paso. Esa advertencia pedante mezclada con un aire de superioridad le recordaba demasiado a la actitud que solía tener Hal. Sus músculos cargados de sangre le dieron la velocidad necesaria para abalanzarse sobré él y destrozarle la nariz en milésimas de segundos. El rostro de aquel muchacho tardó días en recomponerse luego de aquel salvaje castigo. Por fortuna, en aquel entonces, el ejército estaba demasiado corto de soldados. Diez días en el calabozo fue la punición que recibió. Nada mal por imponer respeto. Algo que hubiera deseado hacer años antes en el bachiller con Hal. Hacer un ejemplo de él lo hubiese puesto en una posición totalmente distinta. Hubiera dejado de ser la puta del pueblo, víctima de la burla colectiva y chivo expiatorio del encarnizamiento adolescente.

III

Se encontraba en el medio de aquel desierto amarillento amilanado por la presencia de un enemigo furtivo y despiadado. Las casas rústicas entre las que se movía ocultaban individuos que lo despreciaban. Él los aborrecía también. Aquello era irónico: unos años antes ni siquiera había escuchado hablar sobre ellos. Es más, ni siquiera había oído hablar de aquel conflicto y, por supuesto, desconocía la existencia de aquel rencor que había corrido por las venas de esas dos facciones desde tiempos inmemoriales. El desagrado que sentía hacia ellos provenía de la actitud mezquina que tenían hacia su presencia. Encontraba dicha reacción totalmente estúpida: él era parte de un proceso de paz genuino. Por ello, la rebeldía violenta de los “ocupantes”, como eran llamados, era considerada por su persona como una irracionalidad absoluta. Aun así, no se había apegado a la causa por la que peleaba. Simplemente, estaba allí para huir de sí mismo y, con algo de suerte, para volver a encontrarse. Que mejor lugar para conocerse que aquel mar de caos sinsentido.

Mientras atravesaba aquella aldea (si así se la podía llamar), escuchó por el radio un pedido de ayuda de uno de sus compañeros. Aparentemente, estaba siendo atacado por dos objetivos. Max ubicó rápidamente la posición de su hermano de armas gracias a la señal satelital y atisbó la posición de los blancos que lo estaban atacando. El entrenamiento que había recibido lo había ayudado a desarrollar un instinto evolutivamente superior. También poseía detallada información de las estrategias y escaramuzas implementadas comúnmente por el enemigo. Aquello le era de mucha utilidad ya que le posibilitaba anticipar sus movimientos.

Al llegar a un rango de veinte metros de la locación señalada, comenzó a circundar el área con el propósito de embestir por sorpresa a los atacantes. Al bordear una de las construcciones de cemento que se encontraba allí, observó con desdén la figura de un soldado adverso regocijándose ante el cuerpo de su compañero caído. Había llegado tarde.

Desde su posición, aquella figura grotesca constituía un blanco fácil sin embargo, pudo recordar que, según la transmisión, eran dos objetivos móviles los que habían atacado a su fallecido compadre. «¿Pudo haber ocurrido que, antes de ser ejecutado, haya podido derribar al segundo agresor?», pensó fugazmente. Era una posibilidad por seguro. No obstante, ¿qué tal si el segundo blanco estaba esperando pacientemente la aparición de otra víctima? Era posible aunque algo improbable. De todas maneras, ya no quedaba más tiempo que perder: apuntó al hostil con su M16 y la cabeza de éste estalló en pedazos. Los impactos continuos creaban la sensación de que el bulto de carne humana allí presente era tan solo un montículo de arena siendo desbaratado por una ráfaga de viento.

Luego de que el combatiente contrario cayera con la parte superior de su cabeza desecha,  se quedó contemplando aquella escena. El miedo y el horror ya habían sido eliminados de su organismo. “Sobreadaptación” lo llamaban los psicólogos. Luego de haber presenciado escenas similares, incluso peores, la mente construye una campo de fuerza que protege al individuo de los más burlescos horrores. Para él, era ahora otra escena más que decoraba el monótono paisaje cotidiano. Parecía increíble que, cuatro años antes, se había orinado encima al enfrentar una escena similar. No solo por lo repugnante de la imagen que había contemplado, sino por el miedo real a la muerte que involucraba encontrarse en aquel contexto disfuncional. Habituarse era esencial para sobrevivir y, sin duda, los ejercicios de reprogramación cognitiva que había comenzado a utilizar el ejército en forma experimental, lo habían ayudado a vencer el pavor que era normal sentir en aquellas circunstancias. Estaba orgulloso de ello. Se sentía dichoso por haber dejado de ser ese niño que quedaba inmovilizado por el miedo ante las más banales situaciones. Ahora era libre y su fortaleza actual era el premio mayor. Esta última era, incluso, más valorable que el entrenamiento de elite que había recibido durante todos esos años. Y, sin duda, más gratificante que la reprogramación subconsciente que lo había vuelto más adaptable a los contextos hostiles. La fortificación del alma era su mayor victoria.

Mientras observaba los dos cadáveres bailar la inmóvil danza macabra, sintió como un metal helado perforaba su pierna derecha. El acero se introdujo en forma irregular en su músculo gemelo con tanta rapidez que el dolor tardó unos segundos en arribar a su sistema nervioso central. Al girar su cabeza, observó a sus pies un segundo némesis intentando ejercerle el mayor daño posible. El cuerpo de aquel hombre estaba cubierto de sangre, al parecer, a causa de una herida mortal que poseía en su vientre recibida durante el primer enfrentamiento con su fallecido compañero. Se arrastraba con sus últimos suspiros expresando una mirada de intenso odio mientras palidecía lánguidamente. Max no perdió ni un segundo: dirigió el cañón del arma hacia el rostro del agonizante individuo y, sin vacilar, apretó el gatillo con furia. Solo quedó un cuerpo sin cabeza chorreando litros de sangre desde lo que restaba del cuello.

IV

En la base se podía sentir el nerviosismo. La paz prolongada estremecía los huesos de todos, incluso de los combatientes más experimentados. La frontera con el Líbano estaba a unos pocos kilómetros de la base en donde él se encontraba. El calor era sofocante no obstante, ya se había habituado a lidiar con él. Aquellos momentos de espera en el ojo del huracán resultaban tediosamente incómodos. Sin embargo, no había otra opción más que aguardar. Mientras el crepúsculo se asomaba, desde la esquina de uno de los edificios Max contemplaba pasivamente como los vestidos celestiales enrojecían majestuosamente el panorama. Taylor se acercó a él sigilosamente y también quedó cautivado por el espectáculo proveído por la cúpula celeste. La serenidad que aquel juego de colores producía en los observadores los hacía olvidar la guerra, la tensión, el enemigo y la espera. La eterna espera que caracterizaba a esa guerra meticulosamente planeada cuyos momentos de máxima adrenalina solo duraban unos minutos en un mar de horas. Una brisa de viento refrescó los espíritus sedientos de paz que admiraban la soledad del desierto. Eso era lo único que tenían, nada más había allí. Mientras ellos observaban en silencio aquel reencuentro con la infinitud, un sujeto delgado cruzó el camino frontal con intenciones de abordar un vehículo motorizado de medianas proporciones. Iría al almacén para buscar lo que sería la cena para su familia. Habitaba la base desde hacía unos cuatro meses y se le había asignado un trabajo como operario gracias a un convenio entre su empresa y el Estado. Max se quedó observándolo con cierta indiferencia. Creyó recordar que su nombre era Ori. Poco importaba realmente. Fue en ese mismo instante cuando escuchó un sonido similar al de una ráfaga de viento aguda, uno que cortó el silencio que reinaba en aquel momento. No tardó demasiado en identificarlo. Era el ruido característico de un misil ruso de corto alcance. Ahora solo tendría que esperar el estruendo con el que solía finalizar el ya conocido violento concierto de muerte. Tardó lo acostumbrado y el auto en el que Ori se encontraba se elevó por los cielos sumido en una bolsa de humo negro y unos torbellinos de combustión ardiente. Su vida se acababa de extinguir.

Al día siguiente Max y Taylor se encontraban en el mismo lugar vislumbrando nuevamente el ocaso. Sin darse cuenta, aquella contemplación se había convertido en un ritual que repetirían una y otra vez hasta abandonar aquellas tierras áridas. Un soldado raso se les acercó sigilosamente. Su atención no se centraba en la obra de arte natural que se desplegaba frente a ellos. Más bien, sentía cierta congoja al contemplar los restos del auto en el que Ori se había desintegrado al fusionarse con las llamas impías. Necesitaba expresar su angustia. Había hablado con él minutos antes de la explosión.

  • Pobre diablo, ni siquiera supo lo que le pasó…- dijo con la voz empapada de melancolía.

Los dos interlocutores lo miraron y acompasaron su emoción dominante con una mirada de asentimiento. A los pocos segundos, Max decidió acompañar el comentario de su camarada de armas.

  • Lo que más pena me da es que la familia no pudo comer los fideos- comentó con una seriedad fingida. Taylor no pudo contener la risa y luego Max también se quebró a carcajadas. El soldado no pudo evitar expresar una tenaz indignación al ver la reacción de aquellos dos contempladores del cielo crepuscular.
  • Debería darles vergüenza ¿Cómo se les ocurre decir semejante cosa? ¿Acaso les parece gracioso?

Max lo miró con una desidia relajada y algo de lástima.

  • Espera a estar el tiempo que hemos estado nosotros y comprenderás. Es trágico pero ¿Qué podemos hacer? Lo hecho, hecho está. Lo único que espero es que, si alguna bomba o misil me hace volar por los aires, al menos alguien haga un chiste decente sobre eso. Si no ocurre tal cosa, muy probablemente moriría en vano.

El soldado se sintió ofendido por el comentario cínico y se retiró sin mediar palabra alguna. Los dos amigos se miraron con una sonrisa cómplice y continuaron admirando el ocaso ¿Qué otra cosa podían hacer?

Durante la mañana siguiente, el desayuno se pudo saborear con un maravilloso deleite. Ambos no comprendían el motivo. Simplemente degustaban los huevos y las salchichas con una dicha poco usual. El ambiente se había relajado recientemente. Luego de un ataque se producía un extraño fenómeno: un período de paz que antecedía el momento de la nueva espera. La música comenzó a sonar desde un parlante conectado a una computadora portátil y las mujeres del escuadrón se subieron a las mesas comenzando una muy detallada y estimulante coreografía a través de la cual fueron removiendo su uniforme hasta quedar en ropa interior. El aplauso de los reclutas condimentaba dicho espectáculo con una pizca de normalidad que alejaba a los presentes de la locura diaria. El show duró una hora hasta que el jolgorio fue interrumpido por el aviso de una alarma que informaba un inminente ataque. Dos horas después las mismas jocosas e improvisadas bailarinas portaban, además de sus armas y el uniforme, una expresión cuya seriedad se contrastaba con la actuación que había tendió lugar hacía tan solo unas horas antes. Max y Taylor marchaban junto a ellas y a los otros soldados, todos unidos como hermanos y hermanas de armas listos para enfrentar lo que viniese.

V

La cafetería estaba algo vacía. La mayoría de los reclutas ya estaban en los entrenamientos. El olor a café viejo se pegaba en las paredes produciendo que aquel lugar adoptara un aire de decadencia y suciedad, como si se tratara de un modesto bar en la zona céntrica de una gran ciudad.

  • No puedo creer que aun sigas resentido por lo que te paso en ese período de tu vida. Ya han pasado diez años- dijo Taylor- ¿No te parece que es momento de soltarlo?

Max levantó la cabeza al escuchar la sugerencia de su compañero. Meditó un poco y luego de unos segundos decidió finalmente responder

  • Es fácil para ti decirlo- recitó con calma mientras masticaba un pedazo de pan integral-. Para mi fueron como cinco años en una prisión de máxima seguridad. Así lo sentí yo. A esa edad cada vivencia y emoción son amplificadas por un lente deformador.

Si bien su expresión contenía una seriedad genuina, el discurso que sus labios digitaba era algo chusco. Quién lo escuchaba sonrió al oír aquel planteo y fue muy asertivo al responder:

  • Creo que estás exagerando. Además nunca estuviste en una cárcel para que puedas hacer una comparación válida. Realmente, mira todo el tiempo que ha pasado. Y encima estas a kilómetros de distancia. No tiene sentido que te sigas carcomiendo la cabeza con esto. Déjalo ir, es ridículo.
  • ¿Qué acaso no recuerdas la clase de neurociencias?- declaró Max expositivamente-. Sí, mi cerebro racional reconoce que ha pasado esa cantidad de años ¿Y qué? El cerebro emocional no es lineal. Las emociones pueden ser recordadas como si hubiesen ocurrido ayer.
  • Sí, lo sé- admitió su compañero con algo de fastidio-, recuerdo la clase, aun así, es tu decisión soltarlo o seguir atrapado en esa “prisión”.

Al finalizar la frase, Taylor llevó una bebida caliente a su boca y la bebió lentamente mientras esperaba la respuesta. Probablemente, sería más de lo mismo. Ya conocía de memoria los vicios mentales de su interlocutor.

  • Es que, en realidad, no quiero soltarlo, solo quiero mi revancha. Siento la necesidad de vengarme. No solo con Hal, sino con todos esos idiotas y con aquel contexto- Max continuaba manteniendo la seriedad en su discurso. Su amigo no pudo contener el hastío:
  • Sabes que no tiene sentido, a esta altura probablemente todos habrán seguido con sus vidas. Seguramente ni siquiera sean las mismas personas.

Aquellas palabras eran aceptadas por el oyente como algo verdadero no obstante, produjeron una curiosa amargura depresiva que arrugaron su rostro. Un aire de resignación se atisbó en la vibración del sonido que su boca comenzaba a expectorar con la intención de responderle a su camarada.

  • Eso es lo que me enfurece. Las personas a las que quiero castigar ya ni siquiera existen, están solo en mi…
  • Mente- interrumpió Taylor sagazmente-. Sí, lo sé, por eso no tiene sentido. Deberías trabajarlo con un psicólogo, realmente no te sirve para nada andar cargando con ese resentimiento, solo te haces daño a ti mismo.
  • Yo no lo veo así- contestó Max rápidamente-. Al contrario, esa bronca y esa hambre de venganza me da la voluntad para volverme más fuerte, física y mentalmente. Es como si, al seguir fortaleciéndome, pudiera, no lo sé, sentirme más seguro. Y cuando vean en lo que me he convertido, todo lo que he cambiado…- sus palabras habían adoptado un tenue matiz de grandeza.
  • ¿Quiénes?- preguntó su amigo en forma efusiva- ¿Esas personas que ya no existen o que, mejor dicho, solo existen en tu cabeza? Porque los verdaderos, si no están muertos, deben tener sus propios problemas. O deben haber continuado con sus vidas.
  • Eso no importa- continuó Max-, es un precio a pagar por tener esta fuente de poder para seguir creciendo. Para poder seguir fortaleciéndome.

La última oración generó preocupación en el interlocutor. Ya había visto las consecuencias de usar el rencor como recurso interno para desarrollarse. Era caminar sobre la cornisa. Él lo sabía, probablemente mejor que nadie.

  • Pero ¿A qué precio? Piénsalo Max, tu motor es el rencor y por más que la ira te dé fuerza, a la larga te corroe por dentro como si tuvieras vidrios en la sangre. Es como un caracol que se arrastra sobre el filo de un cuchillo.
  • No es así- replicó Max de manera cortante-. Sé que lo puedo manejar. Es como el lado oscuro en la “Guerra de las galaxias”.

Taylor se rió al escuchar tan ridícula comparación.

  • Esa me parece una pésima analogía, realmente.
  • ¿Por qué lo dices?- replicó Max velozmente-. Sí, según esas películas la mayoría de los que se pasan al lado oscuro se pierden en el camino pero hay algunos que no. Es un equilibro de filo de navaja, eso sin duda, sin embargo es una cuestión de controlar las emociones negativas para que no se vuelvan peligrosas. Es como el fuego: si lo puedes controlar es una fuente de energía y calor, si no lo sabes manejar, pierdes el control y es una fuerza destructiva.

Taylor continuó manteniendo un aire risueño. No podía evitarlo, encontraba la comparación particularmente ridícula e hilarante.

  • Como sea, es solo una película. En la vida real las cosas son distintas.

Max seguía aferrado a su línea de razonamiento aunque no pudo dejar de sentir curiosidad ante el último comentario.

  • ¿A qué te refieres?- exclamó algo molesto.
  • ¿Conoces a Viktor Frankl?
  • Sí, el psicólogo que estuvo en el campo de concentración ¿Qué tiene?
  • En uno de sus libros, no recuerdo en cual, habla sobre un prisionero al que le habían matado a toda su familia y, debido a ello, se había obsesionado con uno de los guardias.
  • A mira tú, no recuerdo esa historia- manifestó Max con cierta indiferencia.
  • Bueno- prosiguió su amigo-, aparentemente, este guardia era particularmente sádico y creo que, efectivamente, había sido él quien había matado a su esposa e hijos. Además solía atormentar a los prisioneros inventando juegos sádicos para su propio divertimento. Como sea, este prisionero pasaba todos los días de su encierro pensando en cómo matar a aquel monstruo.
  • ¿Y qué ocurrió? ¿Logró matarlo?- preguntó Max algo curioso.
  • No exactamente. Verás, se había obsesionado a tal punto que, finalmente, fue el odio que sentía lo que lo mantuvo vivo durante todo su confinamiento. Se la pasaba pensando en formas de ejecutarlo cuando finalizase la guerra y repetía una y otra vez que lo primero que haría al ser liberado sería matar al hijo de puta.
  • ¿Y bien? ¿Qué pasó?
  • Bueno, finalmente llegó el día de la liberación y, por supuesto, lo primero que hizo fue tomar una roca y buscar al hijo de puta. Y lo encontró…Muerto. Aparentemente, había sido ejecutado cuando los aliados entraron al campo ¿Sabes lo que le ocurrió al prisionero cuando vio el cadáver?

El rostro de Max fue cubierto con una expresión de tedio

  • No, pero supongo que me lo vas a decir…
  • Murió en el acto. Como el odio hacia esa persona se había convertido en su razón de vida, al ver que el objeto de su venganza no existía más, simplemente falleció.

El oyente reflexionó con cierta soberbia sobre la conclusión de la historia. Encontraba muy patéticos los intentos de su amigo para hacerlo experimentar epifanías.

  • ¿Y tú crees que esto se aplica a mí? Estás loco. En primer lugar no creo que se haya muerto por eso. Y en segundo lugar, yo también hubiese querido matarlo pero no me hubiese muerto al ver su cadáver. Así de simple. Me parece de lo más estúpido. Ok, estaba muerto, entonces a partir de ese momento debió haber seguido con su vida.
  • Verdad o no, es una forma de decir que nada bueno sale de hacer del rencor y del odio el motor de tu vida- remató Taylor luego de escuchar con cierta resignación las palabras precedentes.
  • Creo que exageras- insistió Max enfáticamente-, y aunque sí admito que siento una necesidad de tener mi revancha, he aprendido a dirigir esos sentimientos hacia algo constructivo: como te dije, para hacerme más fuerte.
  • Sí, ya lo creo- interrumpió su camarada con un tono irónico-, como sucedió con el imbécil del aquel bar. Lo recuerdas ¿Verdad?

El ejemplo traído a la conversación molestó un poco a Max quién no se esforzó por disimular el enervamiento que sentía.

  • Ese ejemplo no es justo pero está bien, lo acepto, déjame explicarte.
  • Adelante…
  • Para esa época todavía tenía mucha bronca contenida- realizó un suspiro solemne. Quería encontrar las palabras justas para expresarse aunque le resultaba sorprendentemente complicado-. Piensa que recién salía de esa “cárcel”. Quería alejarme de todo. Por eso me fui del país y vine aquí para poder hacer el servicio militar. Quería ganar fortaleza, quería adquirir el valor que nunca tuve. También quería huir, no lo sé.
  • Y sí que te fuiste lejos…- acotó Taylor con una sonrisa suavemente burlona aunque reflexiva.
  • Sí, como sea, el tema es que la herida estaba fresca. Y cuando estaba en ese bar y ese imbécil se me acercó con esa actitud arrogante tan parecida a la de Hal, me dieron ganas de matarlo. Pero, como te dije, ahora he logrado redirigir esos sentimientos. Siguen allí, pero ahora me ayudan a recordar que debo seguir fortificándome.
  • No lo sé, a mí me suena un poco enfermizo.
  • Para mí no lo es- respondió Max firmemente-. Hasta mi inconsciente me recuerda que debo seguir luchando contra la debilidad. Aún, cada cuanto, tengo un sueño donde estoy todavía en el colegio y, cuando intento reaccionar o defenderme de los que me atacaban, mis golpes no surten efecto. Es como si no tuviera fuerza. Luego, cuando me despierto, inmediatamente me voy a practicar con la bolsa de entrenamiento. Por eso también me anoté en Boxeo.
  • Ya veo, igualmente, sigo insistiendo, todo está en tu mente- rumió Taylor-. Esa situación de debilidad, como la llamas, quedó perdida en el tiempo. No hay forma de que la puedas volver a enfrentar.
  • Sí, lo sé. Eso me vuelve loco en cierta forma porque muy dentro mío aun siento la necesidad de volver y hacer las cosas de otra forma. A veces, ese deseo se hace tan intenso que comienzo a fantasear con ello. Otras veces me olvido y me concentro en el presente. Considerando todo lo que he vivido y lo que nos está tocando vivir en este país de locos, por momentos esos sentimientos se desvanecen. Tal vez por eso acepté todos estos trabajos, para poder distraerme. Igualmente la sensación siempre está allí.

Un paréntesis de largo silencio volvió aparecer entre aquellos buenos amigos. Ambos reflexionaban sobre lo discutido aunque cada uno lo relacionaba con los eventos de su propia vida y con sus expectativas del futuro.

  • No lo sé, a mí me parece una locura- declaró Taylor.
  • Puede que tengas razón, pero no siento que yo sea diferente de la mayoría de los que se encuentran aquí. Son mis demonios internos, fuentes de mi fortaleza y mi debilidad. Todos los tenemos y debemos aprender a estar en paz con ellos-. En el fondo Max sabía que algo de razón Taylor tenía, sin embargo, hacía mucho tiempo atrás él había elegido transitar un camino del cual no pensaba desviarse, pasara lo que pasara.
  • Bueno, si te sirve, allá tú. Por cierto, ¿Qué es lo que te dijo aquella vez ese pobre tipo del bar para que reaccionaras así?
  • Fue una mezcla de lo que dijo y la manera en la que lo dijo.
  • ¿Cómo es eso?
  • No sé si te paso alguna vez cuando eras chico. Siempre en los grupos de juegos en el colegio o en el parque había algún imbécil que se hacía el pedante porque practicaba algún arte marcial.

Taylor no pudo evitar invocar un recuerdo de su infancia y mostró una sonrisa cómplice al mirar a su amigo.

  • Sí, siempre había uno.
  • Normalmente- prosiguió Max- esos idiotas usaban ese dato como carta de presentación para intimidar al resto y reclamar dominancia, lo que normalmente funcionaba ya que, ante la duda, todos cedían. En esas situaciones yo me preguntaba: “¿Y qué tal si algún día aparece alguien dispuesto a enfrentarlo y lo desenmascara mostrando lo imbécil que es?”. Claro que nunca pasaba. En cierta medida, yo quería ser ese. Él que lo expusiera frente a todos.
  • Sí, ahora que lo mencionas cuando estaba en el colegio primario tuve varios encuentros con un par de esos energúmenos. Te reconozco que eran insoportables.
  • En fin, para hacerla corta, el tipo del bar era como uno de esos. Un individuo medio arrogante que utilizaba la humillación para ganar estatus en los grupos. Encima se solía vanagloriar diciendo que era un experto en lucha sin armas y en no sé qué arte marcial. Claro que para ese entonces, las cosas eran bien distintas. Yo ya estaba muy bien entrenado. Y en cuanto empezó a despotricar contra mí. Hice lo que siempre había querido hacer.
  • Es decir, tuviste tu revancha y, aun así, sigues teniendo sed de más- acotó Taylor rápidamente con una sonrisa burlona en su rostro-. Y créeme cuando te digo que nunca calmarás esa sed ya que es como beber de un colador.

Ahora Max se sentía algo hastiado por la insistencia de su amigo.

  • ¿Qué eres mi psicólogo ahora?- le preguntó con tedio.
  • No, pero deberías ver a uno, ya te lo dije.
  • No lo necesito. Me conozco bien. Me gusta como soy y eso no va cambiar.
  • Allá tú. Bueno, el horario de almuerzo terminó. Debemos irnos.

 

Capítulo 1: La venganza

Capitulo 2: La tortura

Capítulo 3: el demonio interno

Capítulo 4: El Ascenso