El carnaval de mierda

Como te había dicho, durante enero y febrero del 2013 me la pasé buscando trabajo como economista al mismo tiempo que buscaba clientes para la empresa de inversiones en la que trabajaba. La idea de vivir de un salario por comisión no me entusiasmaba mucho. Por eso seguía buscando un ingreso fijo. Algún puesto de trabajo que pudiera devolverle la dignidad a mi vida. Tenía 28 años, estaba sin trabajo y, encima, vivía en la casa de mis viejos. Mi vida profesional tenía que volver a encaminarse a como dé lugar.

Como también te lo mencioné antes, siempre me había destacado por mi perseverancia: seguía avanzando sin importar lo desesperada que fuera mi situación. Y eso fue lo que hice. La clave consistía en contactar constantemente gente que no veía hacía mucho e ir a comer algo con ellos. De la conversación algo podía surgir: tal vez podría vender un producto de inversión, conseguir un trabajo o, quizás, se presentaría la oportunidad de hacer algún negocio. Como dice Mark Manson: cuando no sabés que hacer simplemente comenzá a moverte hasta que algo pase. Gracias a que conservaba mis viejas agendas pude reunirme con ex compañeros de la maestría, de la universidad y hasta del jardín de infantes. Facebook me ayudó mucho para lograr ese propósito. Por varios contactos que tenía trabajando en el Ministerio de Economía tuve varias entrevistas para entrar a distintas subsecretarías. Al final, gracias al contacto de una ex alumna y ex compañera de la carrera, pude ingresar a trabajar allí. Estaba realmente contento. Trabajaría para lo que consideraba un importante organismo público en un proyecto que le daba un nuevo significado a mi vida. Estaba orgulloso de ello. Iba a empezar el 3 de marzo. Solo tenía que esperar.

A fines de febrero Maxi me invitó al tristemente célebre carnaval de Gualeguaychú, un lugar conocido por sus orgías veraniegas. Al igual que Villa Gessel, el lugar era frecuentado por pendejos que apenas habían terminado el secundario. Igual siempre había de todo. Por supuesto, yo nunca había ido a ninguno de esos lugares en toda mi vida. Como te dije, nunca tuve ni las ganas ni la oportunidad. Ni siquiera había tenido a los amigos adecuados con quienes ir. No obstante, como ya había tomado la decisión consciente de recuperar el tiempo perdido, acepté la invitación.

La verdad era que no estaba muy entusiasmado. Tampoco tenía demasiadas expectativas. Ese carnaval duraba tres días y para mí era como ir a un boliche gigante donde nunca se hacía la hora de irse. En pocas palabras, era desde mi perspectiva la imagen del infierno sobre la tierra. Podía aguantar un boliche hasta cierta hora… ¡Pero tres días! Ya para ir un boliche tenía que clavarme tres pajas como mínimo antes de ir. No sabía cómo haría para tolerarlo.

Para ser honesto, no la pasé muy bien. Era un espectáculo muy decadente. Millones de machos en celo en un camping intentando cogerse cualquier cosa que se asemeje a una mujer. Mientras que las mujeres, al recibir los lances de mil cromañones excitados,  reaccionaban cómo todas las pendejas histéricas de Argentina: con indiferencia y esperando que las entretuvieran y las hicieran reír de alguna forma absurda.

Recuerdo que el caso más llamativo que vi fue a uno de esos idiotas disfrazado de caja de cartón gigante. A ese nivel llegaban los machos para atraer la atención de las hembras. A mi entender, todo una parafernalia bastante ridícula. Honestamente no la entendía y para nada la toleraba. El momento más patético fue cuando la horda de homo erectus descerebrados se ponían a cantar la triste y conocida canción: “Si nos organizamos cogemos todos”. Irónicamente la organización era muy pobre ya que, mientras que los hombres hacían el coro, todas las mujeres se encontraban a una distancia razonable para evitar ser violadas  por la tribu de orangutanes. Quería irme de ahí. Encima todas las minas estaban re buenas y vestidas con bikinis muy provocativos. No podía evitar huir cada diez minutos a la carpa para hacerme una paja y, de esta manera, evitar que la ansiedad, la frustración, la bronca y la depresión me consumieran ahí mismo.

Hubo, sin embargo, algo positivo en ese viaje. Mientras estaba junto Maxi en el río entre la multitud, nos pusimos a charlar con dos pendejas. Eran las típicas pendejas inmaduras para la cuales tenés que actuar como payaso retrasado si te las querés levantar. Yo no sabía mucho de eso pero, de alguna forma, terminé chapándomela. Así es como decimos besar en argentina. También usamos “tranzar” aunque es medio viejo ya.

Maxi, groso entre pocos, hizo lo mismo con la amiga, la cual, por cierto, no era muy atractiva. Encima era media gorda por lo que le costaba levantarla incluso en el agua. La mía era algo linda aunque a mí no me atraía demasiado. En un momento la calentura empezó a subir y quise empezar a meterle la mano por debajo sin embargo ella no me dejaba hacerlo. Continuamos durante un tiempo hasta que, de repente, empezaron a reírse y a comportarse en forma errática. Al final nos alejamos porque vimos que las minas estaban en otra. Al rato, vi como la mina que me había chapado estaba entreteniéndose con las pelotudeces que hacía un flaco en el agua. Básicamente imitaba a una ballena dando coletazos al agua. Como te dije, así era la forma de captar la atención de esas pelotudas, siendo un payaso retrasado. Los miraba con bronca mientras me alejaba. Una mierda.

Lo días pasaron muy lentos porque no la estaba pasando bien. Encima no podía dormir nada en esa carpa de mierda por culpa del calor insufrible. Para colmo de males, me terminé engripando el último día. Esa fue la primera y última vez que fui a ese carnaval del orto. Al volver, me tomé unos días para recuperarme. Dentro de poco empezaría mi nuevo trabajo que de seguro traería estatus a mi carrera profesional. O eso creía.

Finalmente la primera semana de trabajo llegó y comencé con todas las energías. Eso era lo que quería hacer desde hacía tiempo: dedicarme a temas de desarrollo económico y contribuir en forma activa al bienestar social. El hecho de trabajar para el MECON y, al mismo tiempo, para una empresa de inversiones, me hacía sentir importante. Es más, fortalecía mi frágil autoestima. Por si te olvidaste, te recuerdo que ésta última siempre estuvo atada a mis logros profesionales porque, según lo veía, era lo único que tenía.

Luego de una productiva semana de trabajo, el fin de semana llegó y Maxi me llamó para ir a una fiesta de cumpleaños. Resultaba que una chica brasilera que habíamos conocido en Rosebar (un boliche cheto muy popular de Palermo) nos había invitado al festejo de su aniversario. Cuando llegamos a la celebración, noté que estaba llenísimo de minas. La mayoría pendejas medias chetas. O sea, estaban todas buenas. Como sabrás, cuanta más plata tiene una persona mayores probabilidades existen de que sea atractiva físicamente. Eso se da en todos lados ¿Acá también? Y sí, obvio. Debe ser porque los ricos se reproducen entre ellos y mantienen la pureza de sus genes o algo así. Hay un montón de teorías medias locas y medias en serio sobre el tema. También se da que las elites de todos los países bananeros (como los nuestros) están formadas por gente blanca, rubia y de ojos celestes. Es medio estereotipado, lo sé, pero se da bastante. Eso debe ser porque se mantiene todavía la hegemonía de las elites coloniales. Sociedad igualitaria, sí claro, como no.

Como sea, estaba en un sillón tomando algo cuando noté que una chica de tez morena me miraba riéndose mientras hablaba con la amiga. Esto lo recuerdo muy bien ya que era la primera vez que me pasaba algo así: es decir, darme cuenta que una chica atractiva se fijaba en mí. Entre que siempre estaba en las nubes y me costaba observar lo que pasaba a mi alrededor, era un milagro que hubiese hecho esa observación.

Después de un rato de recorrer el departamento, me uní a Maxi quien estaba hablando con un grupo de pendejas muy lindas de Rosario. Tendrían entre 18 y 19 años. No sé si te había aclarado pero pendeja en “Argentino” no es lo mismo que acá. El término se refiere a una mujer inmadura y muy joven. Ok, ok, te lo aclaro nomás.

Lo gracioso era que una de ellas estudiaba economía en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Eso, a mi entender, me ponía en cierta posición de autoridad. Digo, conocía a todos los profesores con los que cursaba y, además, yo trabajaba en el Ministerio de Economía. Pensá que la mayoría de los que cursaron conmigo en la universidad estaban para ese entonces como profesores o, por lo menos, como ayudantes. A esto me refería cuando te dije que apostaba a que mi crecimiento profesional traería una solución a mi problema con el levante. Algo de razón podía llegar a tener, ya que, después de todo, la autoridad es un afrodisiaco. Sin embargo, en mi caso no me ayudaba tanto porque no sabía cómo usarla. A un tipo promedio, igual, le termina salvando la vida sexual. Es decir, un chabón más o menos “calibrado” con una posición de autoridad en cualquier lugar, algo consigue. Es la verdad de la vida. Por eso estaba buscando la forma de enseñar en algún curso: para seguir construyendo autoridad, lo que me daría más confianza y, por supuesto, me ayudaría con el tema de las minas. Ahora lo veo un poco ridículo este razonamiento pero en aquel momento me parecía bastante lógico y lineal.

Me resultaba muy gracioso ver a Maxi interactuar con las pendejas. Realmente se manejaba muy bien. A esa edad y por ser argentinas, son insoportablemente irreverentes y provocadores pero Maxi tenían un temple increíble. Tenía una forma de hablar muy segura a través de la cual decía las cosas más disparatadas pero sonando serio. Nunca me voy a olvidar cuando se puso hablar con la más consentida y malcriada del grupo. Sí, de esas que se ponen a agredirte en forma sarcástica o directamente te ignoran con esa fría indiferencia. Así de la nada, Maxi comenzó a explicarle su teoría de que las mujeres van juntas al baño porque tienen alineado el ciclo menstrual. La chica reaccionó con cierta incredulidad  y replicó que era muy estúpido lo que estaba diciendo con el clásico “Nada que ver nene”. A lo que mi viejo amigo continuó su argumentación como si estuviera dando cátedra en alguna universidad. Fue gracioso observarlo ya que la chica, por más que estaba algo molesta y hacía ver su objeción, se quedaba discutiendo con él. En ese momento, inconscientemente, comenzaba a intuir una regla universal del levante: si cualquier reacción de la chica era positiva, por más que se enojara un poco, estás yendo por el buen camino. A la larga, es la indiferencia lo que mata a la interacción. Esa es el arma con la que las mujeres dominan a los hombres. Ella estaba molesta pero se quedaba ahí discutiendo. Si realmente le caía mal Maxi ¿Para qué se quedaba hablando con él?

Luego de sacarles el Facebook y el teléfono a las chetitas de Rosario me puse hablar con la chica morocha que me había mirado al entrar ¿Qué? ¿Nunca escuchaste hablar de Rosario? Es la ciudad donde nació Messi, pelotudo. Se dice que ahí están las mujeres más lindas de Argentina. Bueno, como sea, me puse a hablar con ella y la verdad que se generó buena energía.

En un momento dado, la cumpleañera propuso ir a un boliche que estaba cerca. Así fue como terminamos todos caminando en la calle. Éramos un grupo bastante grande. Por supuesto, aproveché para seguir hablando con esta chica. Resultaba, que era peruana y estaba estudiando en la UBA. Había venido con una amiga al festejo por lo que Maxi, groso entre grosos, se puso a hablar con ella para que yo pudiera seguir la cálida charla.

Cuando llegamos al boliche empecé a bailar con la mina. Torpemente, por supuesto. Ya sabes que soy más duro que una piedra. Hacia todo lo que podía y, como la música era una especie de reggaetón, yo aprovechaba para hacer el baile más interesante. A ella le copaba porque era extranjera y porque ese tipo de baile sexual estaba más en boga en otros países. En realidad en Argentina también se baila así pero en boliches especiales. Las chetas no bailan mucho de esa forma. Igual depende, hay de todo.

Al final, me la terminé comiendo. O sea besando (ya sé que para ustedes comer es coger). Después de eso, terminamos acompañándolas con Maxi al departamento donde vivían. Pasamos un rato al depto y, mientras yo intentaba continuar chapándomela, Maxi hablaba con la amiga (que por cierto, nuevamente, no muy atractiva). La verdad que él era un tipazo en serio. Finalmente, como no sabía mucho que hacer, le pedí el número y nos fuimos. Soldado que se retira a tiempo sirve para otra batalla, pensé. Todavía no tenía esa mentalidad de ir hasta el final y tampoco sabía cómo hacerlo.

Te lo juro, todas estas experiencias eran nuevas para mí. Calculá que durante la mayor parte de mi existencia me comía como mucho una mina por año. Ahora estaba teniendo más resultados. Bastante humildes pero, comparado con lo que había sido mi vida hasta ese momento, resultados al fin. Además estaba saliendo como nunca y descubriendo nuevos mundos. Eso sí, estaba más caliente que un termostato en un día de verano lo que hacía difícil que me pudiera controlar a la hora, por ejemplo, de llamar para concretar una cita. La desesperación te juega en contra siempre. Te produce ansiedad e impaciencia al máximo. Igualmente, pude concretar un encuentro con la peruana. Para ese entonces, ya había arrancado el célebre curso de seducción. Sí, ahora te cuento sobre eso. A partir del día en que empecé ese seminario, mi vida dio un giro de 180 grados.

Episodio siguiente: La primera clase 

Episodio anterior: La noche porteña

Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social