El beso

Mariela, así se llamaba. Disculpá, suelo hacer esto de sacar un tema así de la nada. A veces mis pensamientos van más rápido que mis palabras. Por eso cambio de tema todo el tiempo y la gente no entiende como estos están conectados. Lo que ocurre es que no pueden leer mi mente y ver como cada tópico está relacionado con el siguiente en una gran cadena lógica de eventos. En esa estructura el tiempo no existe. No hay linealidad como te habrás dado cuenta. Por lo menos no la hay para mí.

Mariela era una chica que había conocido cuando viajé a Barcelona por segunda vez, en la época de los últimos sinsabores, unos meses antes de volver de Francia. Era otra compañera de Fernando que también estaba de intercambio no obstante, a diferencia de las otras, ella era muy copada. No parecía cheta para nada. Al contrario, era de lo más humilde. Tenía una suerte de onda artística que realmente me cautivaba. Las chicas que estudian arte, o que al menos se sienten atraídas hacia él, tienen un aura muy particular ¿Sabés? Pareciera que nunca envejecen. Una estudiante de administración o una abogada ya a los veinticinco años está hecha una cínica. Y ni hablar a los treinta. Para ese entonces ya se volvió una amargada resentida que odia a los hombres. Sí, ya sé, no todas son así. Pero, date una vuelta por un bar de Palermo y decime que no les pasa a muchas. Las artistas, por el contrario, conservan esa magia que las mantiene jóvenes para siempre, no importa la edad que tengan. Ese aura de creatividad que tienen siempre lo consideré increíblemente atractivo.

Cuando la conocí ya estaba en ese estado de resignación absoluta del que te había hablado anteriormente. Había activado el modo “personaje payaso” para poder tolerar la miseria que me acongojaba. Conversamos bastante  mientras caminábamos junto a Fernando y a otros de sus amigos y, pese a que mi comportamiento era un tanto errático, le terminé cayendo bien. Como la había agregado a Facebook, siempre la tenía presente y fue, precisamente, en la época entre la segunda y la tercera salida cuando decidí recontactarla. Si bien todavía yo era un retoño y apenas estaba comenzando a incorporar un nuevo conocimiento, mi naciente nueva mentalidad me otorgó el impulso necesario para comenzar a chatear con ella. Estar en esa nueva etapa de mi vida en la que me sentía como si lentamente despertara de un coma, me hacía querer buscar revanchas de situaciones en la que había fracasado y Mariela era una de ellas. Una de muchas aunque, en definitiva, no la más significativa. No obstante, representaba la posibilidad de tener una segunda oportunidad. Ella estaba de novia sin embargo, eso ahora no era un impedimento infranqueable. Tal vez aún no estaba listo para el desafío ni conocía las técnicas necesaria para afrontar el reto pero, al menos en mi mente, había concebido la posibilidad del éxito por muy remota que ésta fuese. Antes de iniciar el curso, el noviazgo era sinónimo imposibilidad. Después, descubrí que la mayoría de las mujeres, sobre todo de menos veinticinco años, engañan a sus novios de forma sistemática. Eso abría para mí un mundo de posibilidades.

El primer lugar a donde se me ocurrió llevara fue, por supuesto, al “Brake Club”. Sin duda, eso dejaría una marca en ella. Pero ahora no era un improvisado y por ello debía planear todo meticulosamente para luego implementarlo a la perfección. Sí, ya sé que suena estúpido y, de hecho, lo fue de formas que ni te imaginas. Dejame contarte.

Lo primero que hice fue contactar al dueño de lugar, un joven emprendedor llamado Guido que hacía poco había comenzado con aquel negocio. Le expliqué que le pagaría por adelantado y luego le pedí que, al llegar yo con la chica, me dijera frente a la susodicha que por nuestra amistad y por todo lo que lo había ayudado con el emprendimiento no nos cobraría nada. La idea era jugar con el concepto de social proof que había aprendido. Obviamente, ahora me parece una tremenda pelotudez sin embargo, en aquel momento era una aplicación a raja tabla de los conceptos teóricos que estaba asimilando. Al final todo sucedió como lo había planeado: al arribar, Guido dio su discurso estratégicamente planificado para subirme el valor y nos metimos en la habitación donde romperíamos todos los objetos por haber. Fue divertido y ella lo pasó bastante bien, sin duda era algo original. Al terminar de romper todos los objetos disponibles, pasamos a una sala más tranquila para tomar unas cervezas y nos pusimos a charlar un rato. De allí le propuse ir a un bar de la plaza Cerrano que se encontraba no muy lejos de allí. Nos despedimos de Guido y nos dirigimos rumbo al nuevo lugar. Cuando llegamos al bar ella pasó al baño mientas yo la esperé cerca de las mesas. Recordando las lecciones aprendidas, comencé a buscar unos sillones adyacentes para que nos sentemos cómodamente uno al lado del otro. Mientras lo hacía, un viejo con un aire amable se me acercó y me preguntó qué opinaba del lugar, a lo que yo respondí que me parecía excelente. Efectivamente, la luz tenue que iluminaba el lugar y los sillones lo convertían en la locación perfecta. Al escuchar esto, el hombre me agradeció el cumplido y me dijo que él era el dueño del bar y de otros más que estaban en la misma zona. Al escuchar esto, una idea genial vino a mi cabeza: le pedí amablemente que cuando volviera Mariela del baño comenzara a mencionar aspectos positivos de mí para subirme el valor. Le sugerí que le dijera que me conocía desde hacía tiempo y que lo había ayudado con algunas de sus inversiones. Él accedió gustoso. Creo que existe una complicidad casi universal entre los hombres en lo referente al levante. Una suerte de código implícito que siempre me sorprendió no encontrar entre las mujeres, la cuales son presas de la envidia y la vanidad. En fin, al volver, el chabón desarrolló el discurso formidablemente. Realmente se lució. Al terminar nos llevó a una de las mejores mesas del segundo piso y nos ofreció algo para tomar. Muy buena onda el viejo.

Cuando quedamos solos comenzamos a charlar en forma amena. Lo bueno de las chicas con espíritu sensible y artístico es la facilidad con la que uno puede conversar con ellas y el hecho que, definitivamente, uno tiene la posibilidad de adentrarse en los temas más maravillosamente fascinantes. Si bien de vez cuando yo introducía algún bocadillo para subcomunicar alto valor o VSR (al estilo de protección de seres queridos y algo sobre mi desarrollo profesional), lentamente me fui relajando y comencé a disfrutar de la charla. Me parecía muy gracioso, y al mismo tiempo interesante, su atracción hacia la música alternativa. Era fanática de Emir Kusturica a quien yo admiraba por sus películas. Me comentó que había estado en uno de sus célebres conciertos cuando vino a Buenos Aires y que hasta se había subido al escenario a bailar. Fue una imagen curiosa. Mientras hablábamos, un pensamiento muy específico comenzó a circundar mi mente: “¿Cuándo la beso?”. El problema eterno y mi trauma desde tiempos inmemoriales. Nunca había sabido cómo hacerlo ni como determinar el momento justo para realizar la acción pertinente. A causa de infructuosas experiencias había desarrollado un miedo casi patológico a siquiera intentarlo. Es más, un estrés sobrenatural me impedía ejecutar cualquier acción dirigida a lograrlo. Sí, ya había leído sobre “las técnicas” para besar tales como la mirada triangular o la estratégica del perfume, pero, aun así, solo era teoría y jamás las había implementado. Barney nos había enseñado un par de rutinas sin embargo, en ese momento estaba paralizado. Al final no hice nada y sencillamente seguimos hablando hasta terminar de tomar nuestras infusiones. Fue un lindo momento de todas formas. A la hora de pagar la cuenta, recordando las instrucciones que había recibido en el seminario, dejé que ella pusiera la mitad. “Es importante que ella invierta”- Nos había instruido Barney en las clases- “Es elemental que ella invierta ya sea emocionalmente (contándote algo personal), físicamente (dándote un beso o dejando que la temperatura aumente) o financieramente (aportando algo a la hora de pagar)”. Supuestamente, cuanto más una mujer invertía en la interacción, más se comprometía con ella y, por lo tanto, más difícil era que se tirase para atrás. Es básicamente la teoría del costo hundido aplicada a la seducción. Como sea, eso fue lo que hice y luego la acompañé a la parada del colectivo. Nada sucedió, simplemente nos despedimos y eso fue todo.

El problema del beso realmente me atormentaba, siempre lo había hecho. No obstante, no fue hasta la tercera salida del curso de seducción cuando tuvo lugar un verdadero punto de inflexión en esta materia. Las misiones que nos había dado Barney involucraban utilizar las rutinas de confort, ya sea el juego de las preguntas, los juegos utilizando el kino y los famosos test de obediencia. Estos últimos, para tu información, consistían en pruebas que hacías para medir, precisamente, el nivel de obediencia y comodidad de la dama. Por ejemplo, le pedías que te tuviera la campera para ver si aceptaba y luego ibas aumentando gradualmente la exigencia de los pedidos para acostumbrarla a que siempre dijera que sí. ¡Exactamente! Es la famosa “escalera del sí” de Milton Erikson. La “kino escalda”, de hecho, tenía la misma lógica. Lamentablemente, en aquel entonces, aún estaba un poco verde con la aplicación de esos conceptos.

No recuerdo bien cómo pero terminé hablando con una chica oriunda de la ciudad de La Plata en ese especie de boliche bar llamado “Honduras” ubicado en el epicentro de Palermo. Como de costumbre, no sabiendo que hacer, comencé a mencionar mis méritos profesionales para “subirme el valor”. Luego, comencé a jugar un poco al famoso “tira y afloje” (con el objetivo de crear ansiedad) para terminar con algunas rutinas de lectura en frío. Ella parecía responder bien a mi robótico comportamiento lo que me permitió relajarme un poco. A partir de ese momento, comencé a tener una charla más placentera aunque tuve que recurrir al juego de las preguntas para sexualizar la charla. Acordate que mi obsesión era evitar la zona de amigos a como diera lugar por lo que era elemental, según había aprendido, generar tensión sexual mediante preguntas de dicha índole. A pesar de que sus amigas estaban cerca, nos habían dado un espacio. Precisamente, una de las misiones era separarla completamente del grupo para poder llegar a ejecutar las rutinas de confort y, aún más importante, usar las técnicas del beso. Usando alguna rutina cuadrada para separar de su grupo a mi “objetivo”, la incité a recorrer el bar conmigo dirigiéndome estratégicamente a uno de los sillones. Creo que usé la famosa rutina del juego de “¿Con quién te casarías? ¿Con quién tendrías una noche de pasión? ¿A quién matarías?”. Esencialmente la idea consistía en recorrer el bar eligiendo una persona para casarse, otra para tener un encuentro sexual y otra para matar. Un juego tonto cuyo único objetivo era aislarla de sus amigas y así evitar el factor fulana. Mientras nos dirigíamos a los asientos tomados de la mano, ella dudaba un poco, aun así se dejaba llevar. Las palabras de Barney retumbaban en mi mente: “Siempre tomá la iniciativa, liderá la interacción, las mujeres responden a eso, es parte de un VSR alto”. Y eso hacía mientras ella se dejaba llevar a donde yo quisiera. En un momento, le solté un poco la mano para observar que es lo que haría. Para mi sorpresa, la volvió a tomar con más fuerza. Según nos habían enseñado, aquel se trataba un indicador de interés muy poderoso. Por esta razón, la llevé inmediatamente a los sillones donde nos sentamos tranquilos. En ese momento, ella comenzó a pronunciar comentarios contradictorios como: “Estoy de novia no debería estar acá”. Fue en esa situación cuando comencé a sospechar que la mayoría de las mujeres se ponían de novias para evitar la soledad. Digo, era una buena pregunta: ¿Qué hacía en un boliche extremadamente oscuro hablando con flaco en un sillón? En ese momento supe que el siguiente paso lógico era el beso así que utilicé la conocida técnica del perfume. En esencia, consistía en oler su perfume y proponerle que oliera el mío para luego volver a acercarme a su rostro con el fin de besarla. Era un buen plan sin embargo, el pavor me frenaba. En un momento, cuando parecía que la interacción moriría allí, Barney apareció de la nada y me dijo: “Hume, después nos vamos a otro lugar que está en esta dirección”. Y me mostró la pantalla de su celular. En ella se podía leer muy claramente un mensaje: “¡Kiss close ya!”. Luego de que lo hube leído se alejó con rapidez. Sabía perfectamente lo que debía hacer no obstante no lo hice. Sentía miedo. Por ello le pedí su número de teléfono y su Facebook y finalicé la interacción. Al fin y al cabo, una de las misiones de la noche era obtener tres teléfonos. Me sentía algo decepcionado conmigo mismo pero Barney se me acercó con una actitud comprensiva y me dijo:

  • No te preocupés, sé que cuesta. Te voy a dar ahora una misión especial para que le pierdas el miedo al beso. Quiero que entrés a un grupo solo de mujeres y le digas a la que te gusta: “Hoy es tu día de suerte”. Cuando te pregunte porque, simplemente poné tus manos en su cuello y besala. Así de simple. Aunque no lo creas esta técnica funciona bastante bien, sobre todo a las cuatro de la mañana cuando ya todas están bastante borrachas.

Siguiendo la sabiduría de mi maestro procedí a cumplir con la misión. Si bien fue bastante desastroso el resultado, a medida que iba pasando de un grupo a otro el miedo se iba diluyendo. Me retiré del lugar con una sonrisa en mi rostro. Había dado un nuevo paso. Algo dentro mío se había transformado una vez más dando nacimiento a una nueva creencia.

Además fue muy agradable sentir la sensación que era supervisado de cerca por cálidos maestros que querían sacar lo mejor de mí.

¿La chica? Intenté coordinar una cita un par de veces pero, entre que era una histérica mierda como la mayoría de las minas en Argentina y el hecho de que vivía en La plata, la cosa se complicó. En una de las clases Barney comentó que una de las recomendaciones del Dueño de la empresa para esos casos era ser bien cortante. Si rompía mucho las pelotas había que bloquearla del Facebook y no hablarle más. Según el susodicho (a quién hasta ahora no habíamos conocido en persona sino solo a través de vídeos), la mejor forma de subirte el valor era la de ser cortante y tener una actitud firme, casi limitando con el enojo pero sin ser reactivo. Por ejemplo, si en una determinada situación una chica nos comenzaba a contar sobre sus ex novios o sobre su novio, la recomendación del capo de la compañía era decir con un tono firme: “no me hablés de otras pijas” y cambiar de tema rápidamente. Sé que suena un poco fuerte sin embargo, si te fijás bien, muchos de los tipos que tienen un éxito rotundo con las mujeres suelen tener este tipo de actitudes. Es casi como si buscaran despertar un miedo visceral en ellas. Siempre serios y con un aire gradual de enojo, las chicas temen despertar su ira. Parece una idiotez pero lo he observado demasiadas veces. En muchos casos, se trata de lo que Mark Manson llama “Falsos Alfas”, es decir hombres muy inseguros que sobrecompensan su titubeo siendo extremadamente serios y pretendiendo enojarse por todo. En algunos casos, llegan a humillar a otros para mostrar dominancia. Ese es el típico ejemplo del matón de secundaria no obstante, lo he observado una infinidad de veces en múltiples contextos. Por ejemplo, en el ámbito académico tenés al típico pedante que, mediante el uso de la retórica y la agresión verbal, humilla a los otros para ganar discusiones y mostrarle al público que tan grande la tiene. Un auténtico pelotudo si me preguntás pero, así y todo, garcha mucho. A veces creo que las mujeres no pueden distinguir entre la arrogancia, la agresividad y la seguridad. Es como si esos tres conceptos se mezclaran en una masa amorfa y no pudieran ver la sutil diferencia. En el extremo, están los patovicas que directamente llegan a la agresión física para demostrar su poder y, aunque muchas feministas pongan el grito en el cielo, muchas mujeres se sienten atraídas hacia estos cromañones. La prueba está en el día a día. Por supuesto que, a la larga, nadie se los banca y terminan siendo abandonados por la mayoría de las damas. Sin embargo, aun así, muchas chicas los siguen bancando por mucho tiempo. Desde luego, se trata generalmente de las que sufren algún tipo de patología funcional con su forma agresiva de ser.

Lo que he observado, es que muchas de las personas que se meten en el “mundillo de la seducción” emulan a estos bólidos pedantes descerebrados en su actuar y, tristemente, logran algunos resultados. El tema es que, a la larga, terminan arruinando muchas de sus relaciones afectivas. El ser humano es complejo, sin lugar a dudas.

A la chica del bar la terminé bloqueando del Facebook luego de unos cuantos intentos fallidos de verme con ella. Antes de hacerlo le había dado una suerte de ultimátum como nos habían dicho que hiciéramos. Algo como: “o nos vemos o ya fue y no me ves más”. Luego la volví a agregar e intenté volver para atrás pero esto denotaba demasiada incongruencia en mi comportamiento y ella no me habló más. La idea de ser “un alfa”, según lo transmitían los libros y gurús de la seducción, era la de ser coherente con tu actuar y decisiones lo que, claramente, yo no estaba haciendo. Si bien admito que tenés que ser un poco sorete (mala persona) cuando lidias con pendejas consentidas e irreverentes, el punto no es adaptarte a su disfuncionalidad sino de juntarte con gente sana. Es decir, evitar a la gente tóxica, ya sean hombres o mujeres. Eso me llevó tiempo asimilarlo pero, en esos momentos, simplemente usaba el marco teórico que me habían enseñado. Tenía sus defectos, lo admito, no obstante me permitía responder a preguntas cuya respuesta hasta ese momento habían sido un misterio para mí.

¿Mariela? Sí, la volví a ver uno o dos meses después. Esta vez ella me propuso ir a un bar de jazz con una amiga alemana. La idea me entusiasmó. Fui un rato después del trabajo y fue entretenido. Yo sabía que ella estaba de novia pero aun así mantenía mis expectativas. Después de todo, el novio vivía en Europa y era una relación a distancia. Aun así nada pasó. Eso sí, cuando estábamos volviendo en taxi comenzó a hablar sobre su novio lo que me irritó mucho. Ahí solté la frase: “no me hablés de otras pijas”. Tal vez fue algo descalibrado, no lo sé. El tema es que por suerte dejó hacerlo. Fue la última vez que la vi aunque cada cuanto intercambiaba algunos chats con ella. Creo que todavía le caigo bien o por lo menos no le caigo mal. Es una mina muy simpática, que se yo. En otra vida o en otra realidad paralela tal vez algo hubiese pasado.

Episodio anterior: El estatus social

Primer episodio: La chica del Starbucks 

Todos los capítulos:

  1. La chica de Starbucks 
  2. Locuras de oficina
  3. Los años en la cárcel
  4. Los últimos sinsabores
  5. Tocar fondo
  6. La noche porteña
  7. El carnaval de mierda 
  8. La primera clase
  9. La primera salida
  10. Una segunda oportunidad
  11. No me olvides
  12. La segunda salida
  13. El estatus social
  14. el beso