EL ASCENSO

I 

«¿Y qué hay de tu familia?» «¿Qué hay con ellos? No los veía desde hacía décadas. Sí, ya lo sé, mi respuesta no tiene sentido como de costumbre pero, a decir verdad, poco me importa…Si de todas formas creen que estoy loco, ¿para qué voy a andar inventando mentiras coherentes?» «No quiero que lo hagas. Solo quiero escuchar tu verdad, la cual es válida como la de cualquiera.» «Como sea, nunca les importé, me alejé de ellos la primera vez y es lo que pienso hacer esta vez. Igualmente, ellos ya no son mi familia, solo son proyecciones de personas que alguna vez existieron, aunque poco significaron para mí. Ahora se sienten avergonzados. Están ansiosos de deshacerse de mí y de borrar cualquier lazo que los conecte conmigo. No los culpo dadas las circunstancias. Por lo menos, esta vez, les di la oportunidad que buscaban.» «¿Estabas pensando huir de tu casa?» «Esa pregunta tendría sentido si fuera un adolecente rebelde encerrado por un atroz crimen. Pero, como ya te dije, es más complicado que eso. Sí, en apariencia soy un adolecente sin embargo, vengo viviendo más de un siglo de existencia ¿Lo ves? ¿Para qué me tomo la molestia de responderte? Como sea, respondiendo a tu pregunta, la primera vez simplemente me alejé al cumplir los dieciocho años y emigré lejos para tener la posibilidad de recibir un entrenamiento militar. En aquel entonces pensé que eso me daría carácter. Y, de hecho, lo hizo. Supongo que fue una buena decisión.» «¿Qué es el carácter para ti?» «Es la capacidad de hacer frente a todas las situaciones y dar una respuesta eficiente a pesar del miedo. Es ser congruente con tus valores. Es crear una fortaleza interna.» «¿Y para qué querías desarrollar esa fortaleza interna?» «En aquel entonces porque me sentía menos. El abuso escolar me había dejado con un autoestima bastante dañada. También quería venganza, y la obtuve. Luego de eso, seguí con mi vida pero algo quedó, y el segundo proceso lo extrajo de mis entrañas y lo potenció. Por eso me volví un loco iracundo e hice lo que hice.» «¿Y qué hiciste?» «¿Es una broma? ¿Por qué crees que estoy aquí?» «No lo sé, tu dímelo, si es que lo sabes».

II

Las colinas estaban cubiertas por un verde esplendoroso. Caminar por aquel sendero era una verdadera bendición, sobre todo, teniendo en cuenta los panoramas desérticos que Max había transitado anteriormente. La vida de un mercenario lo había llevado a recorrer los territorios más hostiles, sin embargo, por una vez, parecía que la fortuna lo había favorecido: había encontrado un oasis en medio de la desolada realidad. El agotamiento era molesto, por lo que la idea de llegar a la aldea más cercana lo llenaba de una frescura relajante. El territorio era levemente peligroso, no obstante, en aquella ocasión, el riesgo era mínimo. Simplemente, debía atravesar aquel camino para asegurar la ausencia de grupos extremistas. Lo importante, era garantizar que las actividades mineras, la cuales se desarrollaban a unas lejanas millas de distancia, no corrieran peligro de ser interrumpidas. Igualmente, él sabía que ninguna eventualidad se presentaría. Ningún altercado había tenido lugar hacía meses. La misión era puramente rutinaria. Por ello, se presentaba una oportunidad única para contemplar la beldad del ambiente en toda su magnificencia. Apenas podía recordar la última vez que había apreciado la existencia de aquel verde majestuoso producido por el césped esparcido sobre las colinas. Sus ojos estaban sedientos de belleza.

Al llegar a la cima de un montículo, pudo observar, a lo lejos, una pequeña aldea de campesinos, cuya existencia era de público conocimiento. Según los reportes, no presentaría ninguna amenaza. La gente que la habitaba, trabajadores laboriosos de la tierra, vivían concentrados en sus actividades diarias, permaneciendo indiferentes a los conflictos del mundo capitalista. Sus principales preocupaciones se limitaban a los quehaceres de la rutina diaria. Poco sabían ellos del desgraciado destino que les esperaba unas décadas más tarde, a causa de la codicia de los intereses privados.

Para su fortuna, Max ya dominaba el urdu con fluidez, por lo que no encontraría muchas dificultades para socializar con los locales, quienes, a pesar de su simpleza, mostraban una amabilidad que se contraponía, notoriamente, con la hostilidad presente en otras regiones. Pragmáticos como eran, preferían mantenerse neutros a todos los conflictos, siendo conocidos por ser los agradables habitantes de aquellos páramos. Habían aprendido bien que, cualquier asociación tóxica con grupos violentos o la simple oposición a los intereses de las codiciosas empresas multinacionales, significaría su inevitable perdición. Sobre todo, teniendo en cuenta los recientes desalojos por parte de militares gubernamentales en regiones aledañas, los cuales, por una cuestión de protocolos, habían sido llamados “migraciones transitorias” para evitar ser denominados masacres.

Mientras caminaba a paso lento, pudo observar una pequeña casa tradicional al costado del sendero que conducía al pueblo. Al acercarse, notó la presencia de una mujer mayor sentada sobre un cobertizo de madera, el cual estaba rodeado por unas piedras rectangulares. El trayecto hacia la puerta estaba circundado por unas alineaciones de diminutos guijarros, los cuales llamaban la atención de Max quien se maravillaba con el brillo esplendoroso que desprendían. La mujer, al verlo arribar con lentitud y una actitud apacible, sonrió con delicadeza. Sin duda, ya estaba acostumbrada a la presencia de hombres caucásicos y sabía muy bien que, para sobrevivir, debía jugar su rol a la perfección. En pocas palabras, estaba obligada a interpretar el papel de una mujer mansa y sumisa. Una anciana que no trasmitía amenaza alguna. Una, cuya actitud tierna representaba un activo valioso para los despiadados viajeros que solían frecuentar aquellas tierras. Por ello, siempre tenía preparada una comida simple pero nutritiva, y una humilde habitación con suficientes cobijas, las cuales proporcionaban abrigo durante las noches. Ella sabía muy bien que, mientras la tomasen por una vieja débil pero amable, estaría a salvo. Su secreto consistía en lograr que la piedad rosara el corazón de la mayoría de los hombres armados que pasaban por allí. De esa forma, había garantizado su supervivencia. Una vida presenciando las consecuencias de la ambición humana sumada a la pérdida de un esposo a una temprana edad, le habían enseñado aquella valiosa lección. Para ese entonces, ya manejaba con maestría el arte de producir lástima y simpatía en los corazones ajenos, sentimientos que compraban el más accesible y eficiente seguro de vida que jamás hubiera podido adquirir de otra forma, teniendo en cuenta sus escasos recursos. Max, al verla, no pudo evitar sentir más que apego y compasión por aquella buena mujer que lo miraba con ojos piadosos llenos de sencilla alegría. Por ello, fue inevitable para él devolverle la sonrisa para luego pronunciar, en un dialecto específico, un saludo estándar. Al observar aquello, la anciana respondió con una sonrisa aún más extendida y, a continuación, invitó a Max a entrar en su morada. Éste, se sintió halagado por el gesto de extrema amabilidad de la mujer y aceptó gustoso la cortesía.

La casa, típicamente rural, presentaba rasgos autóctonos muy marcados y era habitada por aquella anciana, sus hijas y sus nietas. La necesidad de movilizarse para obtener trabajos insalubres, había alejado a los hombres de aquel lugar, dejando el cuidado de una precaria granja a las mujeres. Max conocía algunos detalles históricos de aquella región y, por ello, no le sorprendió la presencia de un matriarcado en estado puro.

Sin demasiada vacilación, Max siguió a la anciana hacia lo que parecía una rudimentaria cocina. La mujer señaló una silla de madera haciéndole entender a su huésped que debía sentarse. Mientras él lo hacía con cierto alivio, no pudo dejar de preguntarse sobre la edad de aquella señora. Si bien, por su aspecto, podía asumirse que se trataba de una mujer de sesenta años, las apariencias podían resultar engañosas dada la presencia de un envejecimiento prematuro en esas partes del mundo. Por el contrario, a diferencia de aquel territorio alejado de las maravillas tecnológicas, en los bastiones del mundo civilizado (o lo que quedaba de él) la juventud se extendía hasta los cincuenta años. Asimismo, la esperanza de vida lo hacía hasta los cien. Por supuesto, esos beneficios estaban reservados para los dueños del mundo, que viviendo en sus burbujas de oro, fingían ignorancia ante las guerras, la explotación y la miseria que existía en la mayor parte del planeta. El cinismo y la indiferencia eran los elementos creadores de su felicidad artificial, la cual era sostenida por la pornográfica riqueza material a la que tenían acceso.

Ahora, Max se encontraba allí, sentado en esa morada rústica pero confortable, observando a la mujer trayéndole un plato de comida. «Probablemente algún tipo de cereal cultivado en las cercanías», pensó. La mujer llevó la diminuta bandeja a la mesa, siempre portando una sonrisa cálida en su rostro. Max asintió levemente con la cabeza en señal de agradecimiento y comenzó a degustar aquella especie de pasta de trigo que había sido colocada frente a él. Su sabor era algo aburrido, no obstante, podía percibirse la presencia de ciertas especias cuidadosamente colocadas. Esos detalles que el paladar de Max podía percibir, le producían un conjunto de emociones variadas que lo retrotraían a distintos momentos de su vida. Por momentos, aquellos recuerdos se hacían tan vívidos que Max se preguntaba si las rutinas neuro cognitivas eran las responsables de ese festín de sensaciones que experimentaba. A decir verdad, poco le importaba ya que la experiencia resultaba interesantemente amena. Al terminar de consumir el nutritivo alimento, la anciana le indicó, con un gesto amable, en cuál de las habitaciones podría quedarse. Max, nuevamente, le agradeció moviendo la cabeza, considerando que su lenguaje corporal era suficiente, por el momento, para comunicarse. Lo cierto, era que no sentía demasiada avidez por expresarse oralmente a pesar de sus fluidos conocimientos del idioma local.

Luego de una suculenta siesta de cuarenta minutos, su cuerpo se sentía totalmente reparado. Gracias al entrenamiento mental, podía maximizar el tiempo de sueño para que su organismo pudiera realizar los ajustes necesarios y, así, arreglar cualquier desbalance en el ritmo circadiano. Esto le otorgaba a Max una ventaja sin igual. Para aprovechar el tiempo de manera eficiente, salió de la casa con la intención de visualizar el territorio y asegurarse que ningún contratiempo se presentara. Al hacerlo, pudo notar a la decrepita mujer remendando una antigua prenda en el mismo lugar en donde la había visto por primera vez. Siguiendo su cordial tradición, ella sonrió al ver a su huésped salir por la puerta. Max le devolvió la gentileza y prosiguió a recorrer las cercanías de la propiedad. Durante su paseo con aires de escaramuza, no pudo dejar de notar que una joven de unos veinte años se encontraba apoyada en un árbol. Lo que le llamó la atención de aquella imagen era la presencia de un material de lectura en las manos de la joven. Bien sabía que la mayoría de los campesinos que habitaban esos territorios no poseían el conocimiento de la lectura y la escritura. Por ello, se vio cautivado por el cuadro vívido que se desplegaba ante él. En sus largos viajes por las vastas áreas rurales, había podido notar la presencia reducida de muy precarias escuelas, por lo que el retrato que contemplaba constituía un evento posible. Nunca supo el motivo pero, en aquel momento, sintió la urgencia de aproximarse a aquella muchacha. Algo había en ella que lo cautivaba, una especie de aura que emanaba de su ser: una suerte de vibración melódica y radiante que pintaba sus alrededores con colores luminosos y fulgentes. Con tranquilidad y armonía, el observador absorto interrogó a la mujer, en el idioma nativo, acerca del contenido de libro que parecía disfrutar con tanta pasión. La mujer lo miró con dulzura y respondió, para su sorpresa, en un inglés cristalino.

– Es de un autor de Argelia que vivió en Francia. El libro se llama “El canto de los caníbales”.

Al escucharla hablar en inglés, Max no pudo ocultar su cara de asombro. Ella lo notó y prosiguió a explicar lo que parecía haberlo sorprendido.

– Sé que no es común que se hablé otro idioma que no sea urdu o alguna de sus variantes, pero yo constituyo un caso especial por varios motivos. A muchos como tú siempre les sorprende.

Su tono al hablar era suave y armónico, y su actitud dulce y afable. Adicionalmente, era poseedora de unos ojos particularmente agraciados. Eran verdes como esmeraldas y resplandecían dulcemente, iluminando aquel rostro lleno de ternura. Las ventanas de un alma pura y generosa que se complementaban con una sonrisa agraciada y pacífica. Fue el rasgo característico que más llamó la atención de Max.

–  Evidentemente, aún me es difícil ocultar mis expresiones faciales, especialmente si alguien sabe leerlas- comentó Max sonrojándose un poco-, debo decir que no suelo sorprenderme con facilidad pero esto, la verdad, es digno de asombro– en ese momento consideró que el comentario podría malinterpretarse y sonar ofensivo-. Disculpa no quise agraviarte, es solo que realmente eres la primera persona que oigo hablar en un idioma internacional. No sé si me explico.

La mujer notó el nerviosismo de Max y se rio delicadamente.

– No me siento ofendida. Yo también me sorprendería si estuviera en tu lugar. Como ya te dije, soy más una excepción que una regla.

– ¿Cómo te llamas?- preguntó Max sumido en la curiosidad de saber quién era esa cautivadora mujer que lo contemplaba con tanta ternura.

– Afreen, ¿Y tú?

– Max, un placer conocerte.

La conversación que había comenzado a partir de una banalidad, como lo era el título de un libro, prosiguió hacia ámbitos más profundos, llegando ambos a conectarse de una manera poco usual. Max estaba intrigado por aquella joven y no podía comprender el motivo. Por ello, simplemente, se distendió y, sentándose junto a ella, se zambulló en una plática que evaporó las horas. Gracias a ello, pudo comprender la compleja idiosincrasia de Afreen, al mismo tiempo que se sintió conmovido por su historia. Llegó, así, a palpar en su interior una arraigada admiración por ella. Nunca antes había sentido semejantes emociones hacia una persona y, fue por ello, que él también se mostró vulnerable, por primera vez en décadas. Afreen, a su vez, pudo apreciar la verdadera esencia de Max quién desplegaba la sensatez de su espíritu más allá de lo concebible. Ya no le importaba estar en medio de la nada (como así solía denominar a aquellos páramos), ahora se encontraba más allá de las limitadas dimensiones terrenales y podía abrazar la compañía de un ser que entendía sus dilemas y sufrimientos. Que podía ver más allá de la dura y fría carcaza que había construido alrededor de su alma para protegerse de las congojas del pasado y la locura del presente. Ella lo vio como aquel niño sensible que siempre había sido. Él la vio como una mujer de una valentía indescriptible, como alguien que podía protegerlo del cinismo y la crueldad del mundo, pero más que nada, de sus propios demonios.

La vida de Afreen no había sido fácil. La sociedad en donde ella había florecido era extremadamente despiadada con las mujeres, aun así, había desafiado su destino y había enfrentado con brío la adversidad. Su infancia había consistido en un festival lúdico creado por su poderosa imaginación. La vida rural la había aislado de todos los beneficios y perjuicios de la tecnología de las comunicaciones, lo que había provocado un desarrollo particularmente sorprendente de su creatividad. En la época en la que sus congéneres citadinos se zambullían en el mundo inmaterial de la virtualidad, ella trepaba los escasos y enanos árboles que caracterizaban a su tierra natal, jamás conociendo más allá de unos kilómetros de su finca.

La primera vez que tuvo contacto con un extranjero, había sido a los siete años de edad. Se trataba de un hombre caucásico de nacionalidad española que, en aquel entonces, buscaba contactar a un líder tribal de la región. De origen acomodado, aquel individuo se apiadó de la inocente niña, la cual estaba sumida en lo que él percibía como un estilo de vida precario. Fue por ello, que quiso otorgarle un regalo modesto para apaciguar la culpa que le producía pertenecer a un estrato superior en un país civilizado y, no teniendo más que un libro que había llevado para distraerse durante el viaje de negocios, decidió entregárselo a Afreen, aun desconociendo si ella sería capaz de comprenderlo. El libro estaba escrito en inglés, idioma que él manejaba a la perfección gracias a su educación en colegios de élite. A pesar de ello, el hombre prefirió pensar que, tal vez, por los caprichos de la fortuna, aquel acto revolucionaría el mundo de la niña. Lo cierto, era que aquello era improbable pero, aun así, él optó por convencerse de que estaba realizando un acto trascendental en la existencia de la infante. Probablemente, se trataba complejos de grandeza de un ser que vivía en la comodidad de la abundancia, sin embargo, su profecía, aunque improbable, terminó por cumplirse. Por supuesto, él nunca lo supo, jamás regresó aquel lugar. Al ser ascendido, los enviados a esas regiones que habían venido luego, consistieron en cuadros inferiores de la multinacional para la que él trabajaba. Había destinos más deseados que aquel páramo en medio de la nada. Por lo menos, antes de irse para jamás retornar, había lavado su culpa. Ahora, él era libre para vivir dentro de los dominios de la riqueza extrema, sin que su conciencia lo perturbara. Afreen nunca habría de olvidar la última frase pronunciada por aquel hombre antes de que se subiera a un pomposo vehículo con ventanas polarizadas. Fueron pronunciadas en un Urdu algo tosco aunque sus palabras fueron entendidas: “Tu país será potencia. El futuro está aquí”.

La fascinación que aquellas palabras generaron en Afreen fueron descomunales. Su imaginación la hizo conjeturar lo imposible y, queriendo conocer más de aquel mundo desconocido de donde provenía aquel hombre, se obsesionó por comprender el contenido del manuscrito. Era su tesoro y, conociendo los hábitos conservadores de su madre, procuró esconderlo en uno de sus refugios personales preferidos: debajo de una roca caliza ubicada al pie de un escuálido árbol, el cual se encontraba a unos veinte metros de la humilde morada en la que vivía. A partir de aquel día, se dedicó a encontrar la forma de traducir el libro y, para su suerte, logró hacerse de un modesto diccionario de inglés que le fue proveído por su maestra, una mujer de espíritu indomable que, luego de haber recibido una privilegiada educación universitaria, decidió instalarse en la pequeña escuela rural a la que Afreen asistía. Ella fue un modelo a seguir para la pequeña niña, no solo por su actitud irreverente y desafiante hacia una sociedad dominada por los hombres, sino porque fue la única persona que supo ver su potencial y el deseo ardiente que crecía dentro de ella por descubrir los secretos que se escondían en las páginas que contemplaba todos los días con absorta curiosidad.

Gracias a su nueva obsesión, Afreen no tardó mucho tiempo en descifrar el libro. Asimismo, para su suerte, las visitas de los extranjeros se aceleraron gracias a los avances de las actividades industriales en las áreas vecinas y en el país en general, el cual, como aquel hombre había vaticinado, comenzó a experimentar un intenso y vehemente crecimiento económico. Esto le proveyó de las oportunidades necesarias para practicar el nuevo idioma y, así, mejorar su comprensión del mismo. Si bien a su madre no le agradaba la idea de que molestara a los extranjeros que eran recibidos como huéspedes de honor en la humilde vivienda, Afreen siempre se la ingenió para ostentar su mejoría lingüística a los invitados, los cuales sentían ternura y admiración al ver como la dulce niña se comunicaba con ellos.

A los once años de edad, uno de sus primos, un especie de sub normal característico de aquellas tierras, adquirió el desagradable hábito de abusar de ella. Por supuesto, una vez develado aquel penoso acontecimiento, debido a la presencia una estereotipada cultura machista, la mayor parte de su familia política decidió creer la versión del perpetrador, el cual era diez años mayor que ella. Según la versión de aquel ser sádico que habíase aprovechado de las risibles reglas de una sociedad decadente para saciar los deseos de la carne, era ella quién había procedido a seducirlo a él. Afreen, como consecuencia de ello, terminó sufriendo las tempestades del estigma social durante casi toda su pubertad, siendo tratada como una vulgar prostituta. Sin embargo, pese a lo padecido, su mente desarrolló una capacidad asombrosa para regenerarse. El poder de la resiliencia en ella era prodigioso, tanto que el castigo físico y la condena social terminaron por producir un fortalecimiento admirable de su temple emocional y de su autoestima. Afreen solía decir que nadie se amaba tanto como ella lo hacía y que, pese a que en algún momento había experimentado el resentimiento como emoción despótica, la transformación de su ser interno había convertido  los deseos de venganza en compasión. Así, el amor propio pronto se volvió la piedra angular de una autoestima inusualmente saludable.

– ¿Cómo se llamaba el libro?- preguntó Max empapado en curiosidad.

Habían pasado cinco horas desde que había comenzado a conversar con aquella fascinante mujer. Para esa altura, ya la admiraba profundamente por su intrepidez y perseverancia para burlar al destino, el cual condenaba a sus semejantes a vivir una existencia miserable galvanizada por la ignorancia más absoluta. Ella era distinta. En un mundo impregnado de cinismo e indiferencia donde el destino de los seres humanos estaba sellado por el estrato, la casta o la clase social a la que pertenecían, ella había decidido mofarse de las leyes elitistas de los hombres y los crueles mandatos del dios o los dioses que los gobernaban. Recordó aquel famoso poema que alguna vez había escuchado: “Soy amo de mi destino y capitán de mi alma”. Ella era eso, alguien única e irrepetible en una existencia repleta de vulgares copias y estereotipos. Tanto le fascinaba su historia y su actitud hacia la vida, que Max apenas se había percatado del paso del tiempo. Al hacerlo agradeció aquel encuentro. Se sintió bendecido. Por primera vez en su vida, creyó en la magia únicamente proveída por los encuentros fortuitos con almas en espejo que apaciguan la soledad.

– “La peste”, es de un autor Argelino de origen francés- respondió Afreen-. Se trataba de una versión en inglés, aparentemente muy bien traducida. Una vez que pude comprender cada pulgada del texto me maravillé con la forma en la que aquel hombre describía con tanta hermosura un evento tan trágico. Jamás había escuchado sobre aquel país, sin embargo, sentí el dolor de su gente y fue por ello que luego quise saber más.

– Conozco Argelia- agregó Max-, viví unos seis meses allí. Estuve en Argel, la capital y en el interior. No lo llamaría un país interesante, aun así, para ser justos, no me tocó estar en lugares donde la hospitalidad fuera la regla, si entiendes lo que quiero decir. Estuve tan solo en campos de petróleo en medio del desierto.

Afreen escuchaba atenta las palabras de Max. Era la primera persona con la que hablaba que había estado en el país de su primer amor, aquel escritor que iluminó su mente cuando apenas era una niña. Un mago de las letras que, para su desgracia, llevaba largas décadas durmiendo en el valle de las sombras. Aparentemente, un accidente automovilístico había despojado al mundo de aquel poeta sufrido. Afortunadamente, la muerte no había podido vencerlo porque ahora él era inmortal y el alma inquieta de una niña curiosa se había cruzado con su encarnación en letras en una tierra lejana.

– Oran- dijo ella-. Esa es la ciudad en donde ocurren los eventos que el autor describe.

– Escuché hablar de ella, está en la costa también- acotó Max.

Ahora Max comprendía porque estaba leyendo un libro cuyo creador procedía de aquel país revuelto en el caos y en el fanatismo religioso. Un país localizado en la antípodas de un continente abandonado por Dios y presa de la codicia más despiadada e insufrible jamás imaginada. Efectivamente, Afreen le confirmó que, a partir de su primera incursión por el universo literario, había querido saber más, no solo sobre aquel autor, sino también sobre ese país oculto, especialmente sobre su historia, y sobre su cultura. Irónicamente, había descubierto que la tragedia y la violencia no eran un monopolio exclusivo de su país. La historia de la humanidad se escribía con la sangre que brotaba de las heridas cortantes que producía la injusticia, la prepotencia, la arrogancia, el cinismo y la inferencia.

-Pero la literatura…-ella suspiró de placer- eso es otra cosa. No importa que sea tétrica o desgarradora, que cuente los relatos más tristes u horrorosos, siempre enriquecerán el alma de quién siente su mágico rose. Siempre será un subterfugio de los horrores del mundo y un escape de la aburrida mundanidad.

Max escuchaba con atención. Nunca había sido un adepto de los libros o de las novelas. Aun así, la pasión que Afreen trasmitía al hablar de ella lo zambullían en un mundo desconocido aunque majestuosamente radiante. Max no pudo contener los deseos de sonreír. La tarde pasó volando mientras intercambiaban recuerdos y apreciaciones de la vida. Ambos se complementaban: Afreen sentía una fascinación magnánima al escuchar los relatos de Max acerca de todos los lugares que había conocido, mientras que él comenzaba a sentir un fuerte cariño por aquella criatura de campo.

Max pasó la noche en la morada y, para su sorpresa, dormir y soñar en aquella cabaña constituyó una experiencia de paz absoluta jamás vivida. Sentía tranquilidad en su ser. Ya ninguno de los problemas del mundo material lo perturbaban. Abrió los ojos unos minutos antes del amanecer y, repleto de energías, se incorporó deseoso de caminar bajo las rojizas luces del alba. Salió de la casa y, por primera vez en mucho tiempo, pudo apreciar las sensaciones que producen los fenómenos de la naturaleza que apenas son percibidos por las personas que se han sumido en las complejidades de sus mentes ocupadas. Pudo sentir el frote del viento matinal, pudo apreciar el agua que cae al amanecer mojando el pasto, se permitió escuchar el sonido de los grillos. Simplemente, caminó en bajada hundiendo sus pies en el suave césped que rodeaba la propiedad. Fue un momento mágico de quietud, uno que él necesitaba.

III

La sensación era de armonía: la caída era lenta. Ésta se prolongaba cada vez más, a medida que el tiempo se tornaba inevitablemente lánguido. El vértigo era intenso, sin embargo, por el motivo más extraño, éste solo le producía paz. Observaba el frío pavimento en la lejanía, pero no había temor en su ser. El miedo se había extinguido. Quizás aparecería luego, no obstante, mientras la paz durara, todo tendría sentido. Max no sabía dónde estaba, su memoria estaba en blanco. Se había perdido en un laberinto onírico, ni siquiera identidad poseía. De pronto, el vértigo se hizo más intenso y el viento atravesó su cara con violencia haciendo que su corazón se acelerara. Abrió los ojos sobresaltándose. Nuevamente, sus memorias y recuerdos lo trajeron al presente. Afreen notó su brusco despertar y se le acercó con dulzura para tranquilizarlo.

  • ¿Qué pasa amor mío? ¿Qué te ocurre?- preguntó ella con dulce ternura. Su forma de hablar era tan suave y angelical que, al escuchar sus palabras, Max creyó poder liberarse de la atroz cotidianidad que lo aprisionaba. Efectivamente, el suave susurro de aquellas preguntas apaciguaron su espíritu agitado.
  • Tuve una pesadilla- respondió él-. Fue de lo más extraña, al principio se sentía como un sueño relajante y, de repente, apareció esa sensación de caída. Fue raro, la experimenté como si realmente estuviera ocurriendo. Se sentía horrible.

Afreen se acercó a la modesta cama en la que Max se encontraba. En realidad, se trataba tan solo de un colchón apoyado en un piso de madera húmeda. Aquel cimiento, a su vez, constituía la base de una humilde cabaña que se encontraba en el medio de una meseta irregular. Hacía ya cinco meses que Max venía trabajando en aquella región. Las cosas se habían tornado inestables pero, más que nada, surrealistas. Lo que había visto en los últimos meses era, para muchos, la definición misma del horror. Para él también lo hubiera sido, sin embargo, afortunadamente, los bloqueadores cognitivos filtraban con eficiencia las imágenes que percibía, dándoles a éstas una tonalidad más digerible. Lamentablemente, ninguna de esas complejas programaciones podía aislar el desasosiego. Por ello, la compañía de Afreen era vital para él. Además, sentía que era lo correcto haberla llevado allí, lejos de su poblado y de sus tradiciones ancestrales obsoletas. Para Afreen, la compañía de Max también era trascendental. La presencia de aquel hombre, a quién amaba con devoción, era todo lo que necesitaba para adaptarse a un nuevo contexto. Solo sufría las prolongadas esperas durante el día ya que Max solía regresar a tardías horas de la noche. Aun así, se entretenía preparando una nutritiva comida cuyo principal ingrediente era el amor.

  • Amor mío- dijo Afreen con ternura y compasión- debes relajarte. Es importante que concilies el sueño, has trabajado mucho este último mes-. Y acarició muy suavemente la mejilla izquierda de Max-. Debes comer lo suficiente para tener energías. Las largas caminatas que realizas te exigen demasiado.

Max aguardó en silencio mientras escuchaba la dulce voz de Afreen. Se sentía a salvo al apreciar como aquellos brazos femeninos lo abrazaban. Era realmente amado por primera vez en su vida y se odiaba así mismo por no poder corresponder dicho amor. Experimentaba una gratitud enorme y, por ello, se sentía en deuda con ella. Ese era el motivo por el que se demandaba a sí mismo proveerle seguridad material y felicidad mientras estuviera allí. Afreen comenzó a acariciar suavemente los brazos de Max quién aún estaba algo agitado a causa de la pesadilla.

  • Todo va estar bien, no te preocupes, te prepararé una especialidad de mi pueblo que te pondrá de humor.

Max no pudo evitar conmoverse al observar la dulzura genuina de aquella mujer. Sus ojos verdes iluminaban su alma al proyectar el más puro y desinteresado cariño. Sentía que no merecía la piedad de aquella buena mujer. Sentía culpa de que tanto amor se desperdiciara en él. Sin embargo, necesitaba de ese cariño más que nada en el mundo. Hasta aquel momento, no se había percatado cuanto le era necesario esa contención amorosa. Al mirarla a los ojos, él le devolvió la sonrisa. La tristeza y la culpa revoloteaban alrededor de su alma. Esa ambivalencia, producto del choque entre la angustia y la necesidad, lo volvía loco. Por ello, siempre intentaba relajarse y disfrutar del aquí y del ahora, olvidándose de su trabajo, de su pasado y de sus rencores. Durante esos segundos, Max podía escapar de la prisión que se había edificado para sí mismo.

La mañana siguiente, Max se levantó muy temprano, apenas unos minutos antes de que sol fuese parido por el horizonte oscuro. El rocío se hacía sentir en el ambiente, así como el frío de la aún presente noche. Con mucho cuidado, se levantó de la cama para no despertar a Afreen y prosiguió a vestirse. Calentó un café y unas tostadas para luego guardar en un saco, con mucha delicadeza, la deliciosa y nutritiva vianda que la mujer más tierna del mundo le había preparado con un amor infinito. Los años de vagar por tierras malditas y abandonadas, sumados a las experiencias de participar en eventos desgarradores, lo habían despojado de toda esperanza y fe en la humanidad. A su vez, el cinismo, que ahora era su coraza contra la crueldad del mundo, había hecho que reniegue la existencia de Dios o de cualquier deidad. A pesar de ello, sentía la necesidad convocar a un poder superior todas las mañanas para pedir por la salud y el bienestar de aquella mujer, un verdadero ángel enviado para protegerlo de los males mundanos y, sobre todo, de sí mismo. Antes de cruzar la puerta, la miró una vez más, conmoviéndose profundamente al verla descansar tan mansamente. Luego, miró hacia abajo y comenzó su ritual matutino: «No sé si existes, probablemente seas un invento de viejas supersticiosas y yo esté hablando solo pero si no es así, te pido que protejas a esta mujer, uno de los pocos seres humanos que vale la pena. Dale felicidad, por favor te lo pido, ella se lo merece, su bondad es grande y pura e ilumina este mundo sumido en la oscuridad». Y luego de pronunciar aquella frase en voz baja, se retiró caminando firmemente mientras el agua matutina mimaba su piel y sus vestimentas, humedeciéndolas con una frescura gélida e indiferente. Mientras se alejaba de la casa, escuchaba como el pasto crujía al ser pisado por sus botas de cuero marrones. La bóveda del cielo se desplegaba con todo su esplendor, asomándose tímidamente la luz del alba. Las estrellas parpadeantes aún eran cautivas de los charcos de agua. Los remolinos de viento invitaban a las hojas secas a unirse al baile de la soledad. Max continuaba a paso firme sobre el apenas marcado sendero de guijarros que se extendía sobre los discretos montículos de hierbas. Su mente comenzaba a programarse para enfrentar las actividades del día. Sacó su celular y miró la fría pantalla de plasma. Debía encontrarse con un hombre recién llegado al país quién le daría nuevas instrucciones. Ajustó con firmeza su cinturón y acarició la culata de su arma con la yema de sus dedos. Experimentó el frio metal recubierto por una fina capa de plástico. Su mente estaba focalizada, lista para cumplir con su trabajo, cualquiera fuese. Sus emociones estaban meticulosamente adiestradas para responder con eficiencia. Un día más colocado cuidadosamente en el muro de una vida estructurada.

Llegó caminando al poblado donde un contacto local lo esperaba con impaciencia para llevarlo al helipuerto. Sin demasiados preludios, Max ingresó al Jeep gris para sentarse, luego, en el asiento delantero. El conductor parecía molesto, algo preocupado tal vez. El vehículo poseía una decoración curiosamente particular. Esto incluía una serie de calcomanías en el tablero y unos colgantes cerca del espejo retrovisor. Probablemente, un fino reflejo de la personalidad de su dueño, un local con aspiraciones de grandeza cuyo sentimiento de superioridad frente a sus compatriotas era tan evidente como su falta de higiene. Era una situación común: un aldeano analfabeto empleado por alguna empresa de subcontratación. Éstos, al ganar estatus, no tardaban mucho en expresar condescendencia hacia sus conciudadanos. El poder revelaba su naturaleza mediocre. Precisamente, esa idiosincrasia en su personalidad era muy deseada por las firmas que intermediaban entre el paraíso corporativo y las tierras desérticas. Las grandes multinacionales no querían ensuciarse. Necesitaban de esos terceros para lidiar con los problemas autóctonos. «Otro morenito con pretensiones más allá de su condición», pensaba Max con cierto hastío. Al observarlo, resopló aire por su nariz. Sus labios formaron una expresión que atisbaba una risa contenida. Al cabo de unos minutos, se rio de la ironía que la situación evidenciaba: Max se sentía superior a aquel pobre diablo cuando, en realidad, él mismo era un análogo de aquel patético ser que contemplaba. Por supuesto, la diferencia consistía en que él se desenvolvía en una escala superior de la estructura. Había visto la mirada de algunos de sus superiores cuando lo observaban y podía reconocer en su ojeada al conductor expresiones faciales similares: auténticas expresiones de superioridad. Muy probablemente, la cadena continuaba hacia arriba. Siempre se preguntaba hasta donde llegaría y quién, o quienes, estarían en la cima. Los amos del mundo tal vez «¿Y arriba de ellos? Quién sabe». Todos estos pensamientos lo entretenían mientras el viaje trascurría en presencia de un silencio sepulcral. No había necesidad de intercambiar palabras con aquel espécimen ¿Qué podría decirle que ya no supiera? En el fondo, eran todos iguales: predecibles en su comportamiento y de naturaleza aburrida. Todos eran así en ese país. Salvo Afreen. Ella era distinta, pero no solo con respecto a su compatriotas, ella era única con respecto al resto de las personas que Max había conocido. Jamás había estado frente a una mujer como ella. Ya había salido con otras chicas antes, no obstante, aquellas lo habían fastidiado con sus patéticos comportamientos auto saboteadores. Repletas de temor compensado con arrogancia, solo provocaban que los hombres se alejaran. Y así lo había hecho Max con ellas. Afreen, en cambio, era diferente. Ella era una fuente de paz y amor genuino, y Max lo sabía. Por ello, la necesitaba cerca suyo. Ella era como un tesoro hundido en el vasto océano del tiempo: una perla en el mar de la desesperación. Él no era tonto, sabía lo que ella representaba y, a pesar de su tendencia a distanciarse de las personas, la energía que esa mujer irradiaba contrarrestaba sus deseos masoquistas de hundirse en el abandono.

El jeep arribó a una propiedad privada. La entrada estaba vigilada por una docena de hombres armados hasta los dientes. Por su tez blanca, era bastante obvio que eran extranjeros. Al pasar por el puesto de seguridad, el conductor mostró su identificación. A Max también se le exigió que develara la suya. Uno de los guardias le pidió que descendiera del vehículo y que lo acompañara, solo él podría entrar. Habiendo atravesado la barrera, el hombre le indicó que se subiera a un pequeño vehículo muy similar a los utilizados en los campos de golf.

  • Ahora lo llevaremos al helipuerto como se nos ha indicado- dijo en un tono hermético.

El pequeño “carrito” se movía con lentitud por un sendero pavimentado muy prolijamente. Estériles edificios blancos rodeaban el pequeño camino que conducía al área de aterrizaje. La propiedad estaba rodeada de una cerca electrificada y se extendía a lo largo de varias hectáreas. Los inmuebles trasmitían la presencia de asepsia absoluta, lo que se contraponía con la suciedad y la pobreza de muchas de la aldeas cercanas a las instalaciones. Era una burbuja de civilización y frialdad en medio del calor putrefacto de la marginación. Max sentía una repugnancia visceral al recorrer aquel tipo estructuras. Las despreciaba, al igual que rechazaba con empalago los pueblos ubicados a varios kilómetros de dicha geografía. La pobreza extrema no lo impactaba en lo más mínimo, gracias a los filtros cognitivos ya se había adaptado. Aun así, el olor nauseabundo de la marginalidad le resultaba intolerante. Irónicamente, la frescura y el aroma de lo artificial de aquel lugar también le producía rechazo, pero de otro tipo. No era el olor lo que le generaba dicho sentimiento, sino la falsedad y la artificialidad de aquel lugar. Esa zona constituía la encarnación, en concreto y hormigón, de la mismísima hipocresía. Sabía perfectamente lo que hacían ellos en aquel espacio, aunque no le importaba realmente. Lo que sí le irritaba, era su falso discurso, a través del cual se vanagloriaban de proveer a la humanidad de un servicio invaluable cuando, en realidad, eran tan solo usureros de la carne y el metal. Podrían extenderse por el vasto mundo alrededor de un centenar de naciones, e incluso podrían ensalzarse de estar a la vanguardia tecnológica, pero no eran distintos de un vulgar, codicioso y mezquino prestamista. Así los veía Max quién, en silencio y fingiendo una actitud sumisa hacia su poderío, los despreciaba con tenacidad.

Al llegar a la ubicación en donde aterrizaría el helicóptero, el guardia le indicó el punto de espera. Max se colocó, con cierta resignación y cansancio, en el lugar señalado. Al rato, el calor del sol comenzó a sentirse en su pálida piel. En el cielo, la marea celeste se esparcía furtivamente. Sintiéndose ansioso, comenzó a preguntarse cuanto debía esperar antes de que su rostro se inundara de pegajoso sudor. Para su fortuna, el artefacto no tardó en arribar y, paulatinamente, comenzó a descender. Al aterrizar, salió del interior del vehículo un hombre de unos cuarenta años de edad el cual, visiblemente, se encontraba en muy buena forma. Por su vestimenta, se podía deducir que ocupaba un cargo importante. Sus ojos estaban cubiertos con unos ostentosos lentes negros, los cuales confirmaban el estatus irradiado por sus vestimentas. Detrás de él, un hombre de menor estatura y de ascendencia asiática lo seguía desde una prudente distancia. También parecía importante lo que hacía difícil determinar sus jerarquías. Por último, lo que parecía una secretaria se bajó con timidez del vehículo. Pese a su evidente atractivo, Max la ignoró rápidamente. No había nada de interesante en ella. A paso entrecortado, la mujer se le acercó y comenzó a hablarle.

  • Usted es Max, ¿Verdad?- le dijo ella en un tono quejumbroso.

Max asintió con desgano. La mujer retiró de su cartera un pequeño artefacto electrónico y le pidió que colocara su pulgar derecho en la pantalla. Max obedeció y, luego de unos segundos, la mujer le indicó a los otros dos visitantes que todo estaba en orden. De la nada, el hombre de apariencia oriental se expresó en forma categórica:

  • Desearíamos ver las instalaciones lo antes posible. Debemos regresar en doce horas.

Según el reporte que Max había recibido la noche anterior, se trataba de una visita de máxima prioridad. Debía llevarlos a un poblado ubicado a las afueras de Lahore. Sería una visita de supervisión. Un equipo de seguridad los esperaba. Max ya había coordinado con ellos. Conocía el camino, aunque nunca había entrado. La zona cuatro la llamaban. Había escuchado los rumores aunque no les había prestado demasiada atención. Para él, era otra instalación más destinada a las investigaciones médicas o al ensamblado de algún producto que se exportaría luego. Según lo estipulado, al arribar a destino uno de los recién llegados debía darle instrucciones específicas sobre una temática aún desconocida para él. Aquellos informes solían ser irritablemente vagos, por lo que, en general, debía esperar el desenvolvimiento de los acontecimientos para enterarse lo que realmente debía hacer. Así solían ser las cosas y, normalmente, cuanto menos información recibía, más monstruosos solían ser los acontecimientos que se reproducían luego. De todas maneras, ya todo le daba igual, sería lo que debía ser y, al final, le darían una nueva excusa para justificar el desprecio que sentía hacia ellos. Lo raro, sí, es que ahora habían pedido específicamente por él. Era extraño que su presencia fuera requerida en aquel lugar. Sencillamente, no tenía sentido. Sus actividades siempre se habían relacionado con la seguridad y el control de daños. Igualmente, debía esperar para saciar su curiosidad.

Utilizando una pick up blindada los tres visitantes, Max y un miembro de seguridad asignado para conducir el vehículo, se dirigieron a su destino final. Como se esperaba de él, Max permaneció en silencio, observando con atención las características de las rutas y el movimiento de los otros vehículos que también las utilizaban. El visitante de aspecto asiático comenzó a hablar en forma pausada con su compañero. Tenía un acento marcadamente norteamericano. La mujer permanecía en silencio mientras revisaba en su pantalla lo que muy probablemente habría de ser el itinerario establecido.

  • No tenemos mucha opción a decir verdad. Debemos acelerar las pruebas. La competencia está haciendo lo mismo. Si ellos ganan, todo el esfuerzo habrá sido en vano- dijo decisivamente.
  • Ya hemos avanzado en ese aspecto: hace unos meses una nueva unidad comenzó a trabajar en las aldeas. Solo resta iniciar las pruebas de segunda generación- respondió el hombre rubio. Por su acento, se podía deducir que su ascendencia era alemana o austriaca.
  • Asegúrense que las subcontratistas hagan firmar los consensos, no queremos problemas legales como ocurrió en Angola hace unos años.

Aquel fue el único fragmento de la conversación que despertó la suficiente curiosidad en Max como para retenerlo en su memoria. El resto de la charla fue ocupado por temas triviales. La mujer realizó un par de anotaciones siguiendo las instrucciones de lo que parecían ser, definitivamente, sus superiores. Max escuchaba la plática sin demasiado interés, debía estar atento a los vehículos que circulaban. No habían ocurrido ataques recientemente pero nunca había que confiarse.

Finalmente, llegaron a destino sin complicaciones. Max descendió del vehículo y se contactó con uno de sus colegas para que cumplieran con los protocolos de seguridad. Las instalaciones eran mucho más precarias que las de la base principal. El paisaje era selvático y no había sido modificado por fines estéticos como había ocurrido en otros casos. Se trataba de una serie de casuchas extendidas a lo largo de una propiedad irregular que se encontraba ubicada entre colinas. La seguridad estaba a cargo de un conocido de Taylor a quién ya había visto en varias ocasiones: un chileno de nombre Diego. Se trataba de un individuo algo malhumorado cuya oculta adicción a los opiáceos lo había vuelto un tanto quisquilloso. Si se le hubiera designado otra área, probablemente lo hubieran despedido rápidamente al descubrir sus vicios. En ciertas zonas los controles eran más estrictos. Pero allí las reglas, aparentemente, eran bastante más flexibles que en otros lugares. En cierta forma, a Diego lo habían enviado allí ya que su historia personal era funcional con la tareas allí llevadas a cabo. Un lugar alejado, discreto y de no muy fácil acceso. Diego se acercó a Max y lo saludo afectuosamente.

  • Es bueno ver a alguien como uno por estos lados. Me la paso lidiando con estos indios de mierda todo el tiempo, no veo la hora de irme- su malestar era evidente. Claramente experimentaba un desprecio profundo, tanto hacia el lugar como hacia las tareas que allí desempeñaba.
  • Tal vez dentro de unos meses tengas suerte y nos trasladen a todos, escuché que hay mucha actividad al oeste por lo que, quizás, nos necesiten- respondió Max.
  • Eso espero, la verdad no entiendo lo que hacen aquí, es un desperdicio, que quieres que te diga, pero órdenes son órdenes- sentenció Diego con amargura.

Max asintió en señal de acuerdo y luego hizo una seña para que escoltaran a los huéspedes a las instalaciones. El conductor les abrió la puerta y dos hombres armados los acompañaron hacia la entrada de una casona metálica donde un hombre con nariz aguileña y algo encorvado los recibió gustoso de tenerlos en su territorio.

  • ¿Quién en ese?- preguntó Max con curiosidad.
  • El científico que dirige este manicomio. Es realmente un idiota, que quieres que te diga aunque, se supone, que es un “un activo de valor”- contestó Diego con un tono burlón.

La mujer le indicó a Max que los acompañara. Esto era algo aún más irregular. Normalmente, el acceso a dichas instalaciones estaba restringido al personal autorizado y de alto rango. Al parecer, había recibido un ascenso implícito. Quizás su trayectoria y su discreción a lo largo de todos esos años habían rendido frutos. O, al menos, eso parecía. Diego no pudo evitar confirmarle lo que ya sospechaba.

  • Vaya, parece que has pasado a otro nivel. Ahora eres digno de su confianza.

Max lo miró con cinismo y, suspirando, respondió:

  • Soy un activo desechable. Un gusano que pueden aplastar en cualquier momento siempre será un gusano confiable- y, luego de pronunciar dicha sentencia, prosiguió a obedecer la orden de la mujer.

Al ingresar por la puerta metálica Max observó una estructura subterránea desplegarse ante sus ojos. Lentamente, los invitados siguieron al hombre encorvado que dirigía aquella instalación. En su rostro se podía atisbar cierto nerviosismo. Era claro que estaba deseoso de impresionar a sus huéspedes.

  • Hemos avanzado mucho desde que se flexibilizaron los protocolos. Una vez firmados los consentimientos, procedemos directamente a implementar las pruebas- comentó expositivamente el anfitrión. Mientras contaba detalles menores referentes a la legalidad de las actividades realizadas, los dos hombres de alto estatus asentían mostrando su aprobación. La secretaria los seguía a paso firme aunque con una actitud algo dubitativa, esperando las futuras instrucciones de sus superiores-. Como se estableció en el programa inicial, empezamos los procedimientos con personas con algún tipo de deficiencia mental probada. Por supuesto que, para ello, necesitamos el consentimiento de alguno de sus familiares. Eso no es problema, a cambio de algunos víveres, están felices de deshacerse de ellos. En cierta forma, les hacemos un favor. Dada su precaria situación, para ellos tener un familiar con algún problema neurológico grave representa una verdadera dificultad. En el mejor de los casos, los cuidados que les dan son mínimos, en los peores los abandonan a su suerte. En este sentido, se encuentran mucho mejor con nosotros y hasta, quién sabe, en un años tal vez podamos ayudarlos a tener una vida perfectamente normal. Es solo cuestión de tiempo, y de capital invertido, claramente.

En aquel momento, se hizo evidente cual era la intención del hombre encorvado: demostrar los avances en el área de investigación que se desarrollaba allí. Visiblemente, estaba frente a las personas con la autoridad suficiente para incrementar su presupuesto. A medida que avanzaba sobre el vasto desierto de acero, Max era poseído por la más bizarra sensación de conocer aquel lugar, pese a no haber pisado esos fríos pisos metálicos jamás en su vida. Había algo en aquel escenario que les resultaba horrorosamente familiar. De todas formas, a pesar de lo fuerte que aquella sensación latía en su espíritu, decidió reprimirla para poder seguir escuchando las palabras cuidadosamente pronunciadas por el hombre de nariz aguileña, cuyo discurso también despertaba en su interior una sensación de cálida familiaridad. El hombre continuaba con su argumento de venta disfrazado de exposición científica:

  • Hemos progresado considerablemente. Los primeros implantes no funcionaron como habíamos esperado. Asumimos que fue la falta de experimentación. Ustedes saben bien que, en la teoría, todo funciona perfectamente pero cuando se pasa a la práctica, recién ahí podemos saber lo que realmente funciona y lo que no. Justamente, desde que se han acelerado las pruebas hemos podido corregir muchos de los problemas de interface entre el sistema artificial y el sistema orgánico. Y ni hablar de las reacciones reales de las redes neuronales a los algoritmos prediseñados. En algunos casos, nuestros programadores tuvieron que empezar de cero. Fue muy decepcionante para muchos pero yo pienso que era esperable, y necesario. Por lo menos, ahora sabemos dónde estamos parados ¿Acaso no dicen que hay que retroceder para tomar impulso?

Su tono ahora había adquirido destellos de jactancia. Se podía notar que estaba orgulloso de los recientes progresos. Allí fue cuando el individuo asiático, sumido en la curiosidad, intervino de forma abrupta.

  • ¿Sería posible ver a alguno de estos sujetos? Nos gustaría apreciar de cerca los avances. Sabemos que el adelanto en esta área no es sencillo, por eso queremos ver el estado del arte.
  • Pero, ¡por supuesto!- respondió el científico exaltado por el pedido de su huésped de honor- justamente quería que vieran lo que hemos logrado hasta ahora. Créanme que nadie ha llegado tan lejos. Nadie se atrevería. Siempre he dicho que se necesita valor para cruzar las fronteras de la ciencia, y créanme cuando les digo que la mayoría se quedan a pocos pasos de un gran descubrimiento simplemente por tener miedo al éxito. Así he visto que ha ocurrido en otros lugares en donde he trabajado. Ni hablar del ambiente universitario. Pero no quiero seguir hablando, vean por ustedes mismos lo que hemos logrado.

Con un movimiento acelerado y cargado de cierto nerviosismo el hombre hizo pasar a sus huéspedes por una puerta lateral. Ésta se encontraba en un pasillo iluminado por una luz enceguecedoramente lustrosa. Al ingresar, Max pudo vislumbrar lo que parecía la escena de una película de terror. Sobre varias mesas de chapa metálica se extendían lo que parecían órganos humanos recién removidos de sus correspondientes cuerpos. Podía contemplar también la presencia de cirujanos maniobrando muy sutilmente, con minúsculos objetos cortantes, lo que parecían ser cerebros humanos. La sangre se extendía sobre toda la superficie de las consolas y parecía no afectar a los individuos que trabajaban juiciosamente. El olor del ambiente era un tanto desagradable aunque, sin duda, era el espectáculo visual lo que producía más rechazo. A Max le perecía extraño ver toda aquella desprolijidad en los procedimientos y las actividades llevadas a cabo. Se contraponía mucho con respecto a las otras instalaciones. Eso fue lo que más llamó su atención, así como la impasividad obscena que los dos hombres de alto estatus mostraban al presenciar tan nauseabunda escena. Era llamativo que no se conmoviesen al observar aquel espectáculo de grotesco horror visceral. «Deben tener algún tipo de programación sensorial cognitiva. Sin duda, de la mejor clase. Alguien como ellos se las pueden pagar», reflexionó Max rápidamente. En contraposición, la cara de la mujer palideció repentinamente y pudo notarse, con extrema facilidad, que aquella escena la estaba enfermando violentamente. En un momento, pareció que perdería el equilibrio pero, gracias a un esfuerzo sobrehumano, logró evitar humillarse estúpidamente dirigiendo su mirada hacia a las paredes y al techo de la habitación. Sus superiores contemplaron su actitud con indiferencia y con un leve desprecio para, luego, continuar recorriendo el taller sin inmutarse en lo más mínimo. Al llegar al final del recorrido, el científico los hizo pasar a una nueva habitación. Al entrar, se pudo apreciar la presencia de un equipo instrumental muy avanzado. Parecían herramientas quirúrgicas automatizadas. Unos sujetos con expresiones vacías sentados sobre modestas sillas de ruedas completaban el escenario. Tenían un aspecto demacrado y, a juzgar por las características de su fenotipo, eran evidentemente locales, probablemente habitantes de las aldeas inmediatas. Podía notarse la presencia de cicatrices en sus cráneos. También ciertas protuberancias en la zona cercana a sus hipotálamos. Parados al costado de ellos, se localizaban unos individuos vestidos con delantales azules. Éstos últimos, se la pasaban tomando anotaciones y observando los números producidos por diminutos artefactos que estaban conectados, mediante cables, a las protuberancias de los “conejillos de india” humanos. El hombre encorvado extendió con satisfacción su brazo para señalar a uno de los individuos que se encontraba sentado en una camilla.

  • Tomemos como ejemplo a este sujeto. Nacido con el Síndrome de Down, despreciado por sus congéneres y dejado a morir por sus familiares. A través de recientes intervenciones y la utilización de un interface orgánico artificial, hemos podido introducir complejos algoritmos para incrementar sus procesos de razonamiento en un veinte por ciento y sus reflejos en un cuarenta por ciento. Claro que, aún nos faltan décadas para poder reprogramar su red neuronal en forma completa. Todo, debido a la complejidad del sistema nervioso y su naturaleza orgánica. Sin embargo, combinando los avances de la farmacogenética y la optogenética, los progresos en nanotecnología, y el progreso sin igual en programación de algoritmos complejos, revolucionaremos el mundo en menos de los esperado. Es realmente un placer ver como todas las áreas de la ciencia se juntan para mejorar la condición humana. Debo admitir que he aprendido un poco de todo colaborando con mis hermanos ingenieros y neurocirujanos. Todos aprendemos de todos. El espacio para el aprendizaje es ilimitado. Una hermosa retro alimentación. Además, contamos con sujetos de excelentísima calidad. Por supuesto, sería ideal tener a nuestra disposición más pacientes con demencia senil pero, como habrán notado, en estas regiones, las esperanza de vida no pasa los cincuenta, por lo que no hay muchos viejos con Alzheimer disponibles.

El último comentario realizado en un tono jocosamente humorístico dibujó una modesta sonrisa en los tres visitantes. Max, en cambio, sintió una profunda indignación mientras observaba con lástima el rostro carente de vida del hombre sentado en la camilla. Su mirada era la mera evidencia de que el discurso del hombre con el delantal blanco superaba cualquier cinismo conocido. Aun con los ojos abiertos, era difícil ver a través de ellos la presencia de un alma. A pesar de ello, el hombre encorvado bramaba una alegría descontrolada al hablar de los progresos efectuados con aquel subyugado. Allí fue cuando el hombre rubio lo interrumpió con la intención de realizar una breve acotación:

  • Realmente lo felicito. Hemos leído los reportes en donde se aprecian sus esfuerzos pero, verlo personalmente, es otra cosa. Queremos informarle que hemos decidido aumentar el presupuesto en investigación y desarrollo asignado a su área y que, adicionalmente, aceleraremos nuestras investigaciones destinadas a la creación de un procesador cuántico, el cual, según tengo entendido producirá avances sin precedentes en su área.
  • Yo también quisiera felicitarlo- agregó el hombre de apariencia asiática-. También sepa que tendrá todo nuestro apoyo en lo que a la logística se refiere. Hasta hemos reclutado a uno de los grandes expertos en optogenética aplicada a la reprogramación neuronal.
  • Desde ya les agradezco que sepan apreciar mis esfuerzos- contestó el científico-. No saben lo difícil que ha sido trabajar anteriormente con tantas trabas burocráticas y legales. Si fuese por esos moralistas, aún viviríamos en la edad de piedra.
  • Sin ninguna duda- respondieron al unísono los visitantes.

Mientras Max presenciaba toda aquella conversación, no podía dejar de notar las náuseas reprimidas por la mujer, la cual aún no se había recuperado del todo. Advirtió también que extraía una pequeña píldora de su bolsillo, la cual ingirió velozmente. Max sospechó que era un medicamento para las náuseas aunque, fácilmente, podría haberse tratado de uno de los nuevos ansiolíticos especialmente diseñados para incrementar la atención y reducir el stress. Algunos de sus compañeros los ingerían con frecuencia. Sin duda, tenían menos efectos secundarios que sus antecesores.

Mientras se retiraban de aquella sala, Max giró su cuello para observar, nuevamente, el rostro escuálido y espectral del pobre diablo que había sido el protagonista de aquel show de fenómenos. No supo porque, pero creyó haber visto anteriormente aquella tristemente fachosa escena. Hacía tiempo que venía experimentando los llamados “Déjá vu”. También experimentaba una sensación de extrañeza. Había detalles de aquella escena que, por algún motivo, no le resultaban congruentes. No importaba ya, el anfitrión invitó a los huéspedes a dirigirse a la salida. El hombre de túnica blanca continuo exponiendo orgullosamente sus triunfos:

  • Cuando pienso en todo lo que hemos avanzado en la última década. Comenzamos aumentando la memoria en ratas aplicando optogenética. Ustedes saben, estimulando neuronas concretas de la amígdala (previamente convertidas en sensibles a la luz) con láser e impulsos acústicos. Sin embargo, con mamíferos inferiores no podíamos explotar al máximo el potencial de estas técnicas. Por ello, cuando comenzamos con experimentos con voluntarios, un horizonte infinito se abrió ante nosotros. Como bien saben, las neuronas Tac2 son necesarias para almacenar en la memoria los recuerdos asociados con el miedo, por lo que, al manipularlas, pudimos hallar un muy eficiente método para tratar fobias, trastornos obsesivos- compulsivos o el famoso trastorno de estrés post traumático. La cuestión era reducir el impacto de la memoria de largo plazo. No obstante, eso fue la punta del iceberg. Lo que hacíamos realmente era resinificar el valor emocional de los recuerdos “malos” en los sujetos de experimentación, ahorrándoles el malestar emocional que caracteriza a los traumas. Y, luego, combinando esto con la farmacogenética, empezamos a fabricar recuerdos que reemplazaban a los verdaderos. La mente no ve la diferencia. Sin embargo, señores, estoy hablando de cosas del pasado. Todas estas técnicas y los descubrimientos que éstas permitieron, dieron paso a la neuro programación. Ahí fue donde nuestros expertos en cibernética orgánica y programación neuronal contribuyeron en forma abismal a nuestra humilde investigación. Al principio, debo admitir que no nos llevábamos muy bien. Ustedes saben cómo somos los hombres de ciencia, cada uno en su parcela. Pero apenas comenzamos a colaborar…

Los dos hombres de alto estatus rieron en complicidad. El hombre Asiático no pudo evitar emitir una opinión.

  • Sí, por supuesto. Por eso siempre nos aseguramos de que haya buenas dinámicas de equipo. Es elemental para hacer progresar las investigaciones.
  • Desde luego- agregó el científico-. Fue, precisamente, gracias a esos campos que pudimos comenzar a introducir, no solo recuerdos sino, mediante ellos, conocimientos específicos en los sujetos. Actualmente, estamos buscando resolver el problema de la integración dinámica.
  • ¿Integración dinámica?- preguntó el sujeto rubio.
  • Sí, usted verá. Introducir información es sencillo pero, hacer que el cerebro la incorporé congruentemente de forma tal que el sujeto pueda aplicarla, es otra historia. De lo contrario, el cerebro se vuelve un centro de almacenaje y nada más. Con eso, terminaríamos solamente con seres enciclopédicos que no saben ni siquiera comer con cubiertos. Eso sería estúpido. El objetivo real es la aplicación directa de dichos conocimientos. La idea es que mejoren sus capacidades cognitivas y su aprendizaje. Ahí es donde se encuentra nuestro actual desafío. Y ni hablar de todos los problemas que representa la programación sobre tejido orgánico. Las técnicas con las que contamos, aunque de vanguardia, siguen siendo demasiado artesanales y el cerebro humano continua ocultándonos sus más maravillosos secretos. Es como si, por ahora, pudiéramos tallar una estatua en mármol ejecutando precisos golpes pero, al hacerlo, modificáramos la estructura, forma y color del mármol. Para terminar la estatua, necesitaríamos hacer todas las modificaciones de una sola vez, contando con una suerte de impresora láser con un diseño predeterminado. No obstante, para ello, necesitamos una comprensión sistémica de cómo funciona ese mármol. Saliendo de la analogía, necesitamos conocer cada detalle del sistema nervioso y su funcionamiento completo a un nivel de complejidad que aún estamos lejos de alcanzar. Por eso, creo que este es el trabajo más emocionante del mundo. Hay días que me siento como un niño jugando a “La búsqueda de los tesoros”. De manera que estoy convencido que todo los secretos serán develados. Es solo cuestión de tiempo…y de capital invertido, por supuesto.

El grupo de visitantes avanzaba a lo largo de un angosto pasillo de metal. Max continuaba algo perplejo por el hecho de estar allí. Como nada podía hacer hasta que le informaran sus nuevas tareas, continuó escuchando atentamente la conversación que se estaba llevado a cabo.

  • ¿Y qué hay de la personalidad?- interrumpió el hombre asiático-. Hemos visto que, según los últimos informes, los sujetos de prueba se comportan en forma errática.
  • Sí, pero es como le digo, es solo una cuestión de tiempo- respondió el científico de manera categórica-. La personalidad de un individuo es producto de sus recuerdos. Al modificarlos o cambiarles su significado emocional (por ejemplo dándole un valor emocional positivo a un recuerdo negativo), podríamos establecer una personalidad específica. La idea consiste en malear la psiquis de un sujeto hasta volverlo la mejor versión de sí mismo: colaborativo, empático optimista. También podríamos volverlo adaptable a contextos hostiles y/o actividades que involucran mucho stress. Al reducir los niveles de empatía, los sujetos podrían adaptarse más fácilmente a situaciones que, de otra forma, les resultaría extremadamente traumáticas. Por favor, díganme si voy demasiado rápido. A veces me entusiasmo demasiado. Deben entender: estamos realizando avances sin precedentes.
  • Lo entendemos no se preocupe- contestó el hombre con rasgos occidentales. A lo que el individuo de apariencia asiática agregó:
  • Por cierto, leí un escrito de uno de sus colaboradores el cual encontré increíblemente fascinante. El que habla de la auto reprogramación neuronal.

El hombre de blanco pareció algo sorprendido al escuchar dicho comentario. Su rostro pareció arrugarse por unos segundos aunque, luego de un rato, sonrió con cierta complacencia.

  • Ah sí, debo admitir que es una pieza académica impresionante aunque un tanto pretenciosa- dijo seguro de sí mismo-. Usted verá, algunos de nuestros colaboradores son considerados las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Es gracias a su imaginación y creatividad que hemos progresado tanto en tan poco tiempo. Aun así, en ciertos casos, esa imaginación excede los parámetros de la realidad. Se los digo con toda la humildad del mundo. Es el deber de un científico conservar la humildad y la objetividad.
  • Por supuesto- comentó el individuo de los ojos rasgados-. Me alegra que sea una persona de su temple y calibre la que esté liderando esta investigación.

Al salir nuevamente de las instalaciones, los sujetos de alto estatus se despidieron del científico y prosiguieron a subirse al vehículo. La mujer, ya recuperada, se acercó por segunda y última vez a Max.

  • De acuerdo con las nuevas directivas usted será asignado a trabajar para el doctor Maurer en estas instalaciones. Ya hemos arreglado su transferencia. Se le enviarán los detalles de sus nuevas tareas a la brevedad. Desde ya le agradecemos su siempre correcta y juiciosa actitud.

Y sin decir más, subió a la camioneta polarizada. Max estaba algo sorprendido por lo acontecido aunque, luego de unos minutos, aceptó su nuevo destino con algo de resignación como lo estaba acostumbrado a hacer.

Luego de una jornada intensa, Max retornó a su morada en medio de la pradera. Ya había anochecido. Al acercarse a la casa, pudo ver desde la lejanía como el humo se escapaba por la chimenea. También observó como las luces de la casa destellaban magnánimamente, concibiendo una sensación cálidamente hogareña en el remoto espectador. En ese momento, aquel era su único refugio de la enajenación que presenciaba día tras día  y que, por lo que había presenciado aquel día, se aceleraría a un ritmo exponencial. Al abrir la puerta, pudo vislumbrar como el rostro de Afreen emitía una sonrisa de una pureza magistral. Ella se acercó con amor hacia él y lo beso con pasión, tomándolo de la mano luego para llevarlo a la mesa y así agasajarlo con una amorosa comida caliente. Aquella burbuja en la que ahora se encontraba, lo llenaba de sosiego y recargaba sus energías. El hormigueo de felicidad burbujeaba en su pecho con rigor. Luego de sentarse, miró con dulzura a la mujer que había salvado su alma del averno diario que lo aprisionaba. Allí, su alma era libre de todas las cárceles que sus demonios eran capaces de crear.

IV

La sala estaba completamente vacía. Taylor acomodaba las sillas en sus lugares antes de comenzar a encerar el piso. Originalmente, había pensado en utilizar el trapeador automático pero, esa misma semana, se había descompuesto. Aquello le había causado un gran dolor de cabeza. El artefacto no tenía garantías ya que era usado y repararlo tendría un costo considerable. Estaba cansado, ya era viernes y la semana había sido dura. Las ventas de productos alimenticios y perfumes requerían una dedicación constante.

Lo que realmente le enervaba de las ventas era que ya apenas las hacía personalmente. Desde la segunda digitalización, prácticamente la mayoría de los procesos se hacían desde la nube lo que, para un hombre chapado a la antigua como él, resultaba bastante fastidioso. Las nuevas modalidades requerían cada vez mayores conocimientos en programación. De ventas él sabía bastante, sin embargo, la técnica requería su adaptación a los nuevos medios. Su capacidad de actualizarse, precisamente, estaba limitada por su poca tolerancia a los cambios constantes, frente a los cuales poseía muy poca paciencia. Mientras reflexionaba sobre los nuevos tiempos, un individuo de altura promedio se arrimó a la puerta.

  • Sí que es estas viejo Tay- dijo el hombre parado en el marco de la puerta.
  • ¿Max? ¡No puedo creerlo!

Taylor se acercó con una sonrisa cálida y abrazó a Max con fuerza.

  • ¿Viejo yo? No te miras muy seguido al espejo por lo que veo, ¿Cuántos años han pasado desde la última vez? ¿Seis, siete años?- exclamó Taylor lleno de alegría al ver a su antiguo amigo después de tanto tiempo.
  • Más o menos, la vida pasa volando- respondió Max sonriendo.
  • Qué bueno verte viejo, la verdad me trae una sensación de realidad volverte a encontrar. En todos estos años, mi vida se ha vuelto demasiado surrealista. No tienes idea- el rostro de Taylor se ensombreció levemente. Una melancolía delgada se hizo notar al pronunciar dicha frase, aun así, pudo conservar la alegría que sentía.
  • No sé qué te habrá pasado, pero no creo que llegue al nivel de surrealismo al que llegó la mía- contestó Max con cierta pesadumbre en su rostro-. El mundo está cada día más loco.
  • ¿De veras lo crees?- exclamó Taylor algo sorprendido. Luego comenzó a suspirar lentamente-. Si supieras por lo que tuve que pasar a causa de esta nueva cultura de lo virtual… Ya casi todas las ventas se hacen por la nube. Ahora todo es más fácil, sí claro, no hay que viajar mucho. Todo desde tu casa, pero para ganarle a la competencia, debes ser rápido y estar innovando todo el tiempo. Me la paso todo el día programando a los bots para que salgan a vender por la red. Todo el puto día buscando nuevas actualizaciones para mejorar sus ritmos de aprendizaje. Lo que me da miedo, es que cada día se vuelven más inteligentes. Aprenden todos los trucos de venta que existen y encima inventan nuevos. Al principio, los bots eran aparatosos pero, ahora, ya parecen humanos. Lo interesante es verlos negociar entre ellos. Y lo peor no es eso: ahora muchos de los potenciales clientes usan softwares para negociar con los bots que utilizo y, debido a ello, debo programarlos mejor para que evolucionen más rápido. Y te digo la verdad, ya estoy viejo para eso. Las nuevas generaciones ya nacieron con un antena en el culo. Se mueven como pez en agua por la red y hablan más en lenguajes de programación que en su propio idioma. Eso sí, cuando quieres hablar con ellos personalmente se cuelgan como un ordenador de hace veinte años. El problema es que son más inteligentes y más tarados al mismo tiempo. Más tarados diría yo. Somos los últimos de una especie en extinción. Igual todo depende de la educación que hayan recibido o, mejor dicho, de la formación a la que pudieron acceder- comentó Taylor en forma risueña aunque con cierto aire de preocupación.

La verdad era que las finanzas de Taylor no venían para nada bien. Ya habían pasado seis años desde que se había metido en el mundo de las ventas. La vida militar nunca había sido para él. Si bien su experiencia y habilidades lo habían convertido en un formidable soldado, las noches de pesadillas habían sido un precio demasiado caro por llevar esa vida. Por eso había decidido retirarse. Ya tenía más de cuarenta y el potencial deterioro de su salud, sumado a sus problemas financieros, lo ponían en una situación muy delicada. Max lo sabía, por eso había ido a verlo. La larga y exitosa carrera de Max en las fuerzas armadas y los servicios de seguridad lo habían convertido en alguien solitario. Taylor era uno de sus pocos amigos. Una de esas pocas personas con las que realmente podía contar en la vida. Realmente, valoraba mucho su amistad y, pese a que hacía tiempo que no se veían, la lealtad los seguía uniendo.

  • En fin, pero dime, ¿qué fue de ti? Espera, no me cuentes nada. Sentémonos un rato, ¿Quieres café? Tengo la mierda sintética solamente- Taylor señalo una máquina de café colocada en una pequeña mesa.
  • Sí, no importa, está bien.

Taylor acomodó dos sillas y le sirvió a Max un vaso de café sintético.

  • Dicen que esta mierda causa cáncer- comentó Max irónicamente. Normalmente, él solía beber los productos de alta gama.
  • Hoy en día ¿Qué no lo causa?- Taylor se rio sutilmente-. Te acostumbraste a la buena vida evidentemente, ¿sigues trabajando para los ricachones?
  • Ya no. Hace años que estoy en algo nuevo – señaló Max mientras olía el aroma del brebaje-. Fue por un contacto que hice trabajando para los Morgan. Pagan menos pero es más interesante.
  • ¿Y desde cuando prefieres divertirte que ganar dinero tú?- preguntó Taylor.
  • Me pagan bien. Sabes bien lo que quiero decir- hubo una pausa. Max llevó la infusión a su boca y luego continuó-. Veo que sigues con las juntas todos los viernes.
  • Sin excepción- exclamó orgulloso Taylor- es lo que le da sentido a mi vida. Vender productos de belleza y jugos nutricionales no me llena para nada, como ya lo podrás deducir. Digo, ¿Conoces a alguien que le llene el alma hacer esa mierda?
  • A los imbéciles de veinte supongo que sí. Siempre te vienen a vender con esa sonrisita de idiotas y sus ojos iluminados. Se creen toda la mierda esa de que están cambiando al mundo- respondió Max con cierta resignación y cinismo mientras apoyaba el vaso en el frio suelo.
  • Bueno, es la edad para creer esas cosas- acotó Taylor-, ¿Tu nunca creíste eso? Ya sabes, cambiar al mundo, ser la mejor versión de ti mismo, etc…
  • Lo primero, la verdad, nunca lo creí- el tono de Max se tornó algo áspero-. El mundo para mí fue una mierda desde el principio. Lo segundo, bueno, aun lo sigo intentando.

Taylor reflexionó un poco al escuchar el comentario de Max. Presentía cual era el motivo que originaba en Max aquella perspectiva.

  • Sí, me acuerdo que me contabas como te maltrataban en el colegio. A mi sobrino le pasa lo mismo. Igual, ahora el bullying es más virtual que offline.

Max se consternó un poco aunque mantuvo la cordialidad mientras ingería el café nuevamente. Luego de tomar un sorbo habló con cierto aire de seriedad:

  • Igual, sigue siendo una mierda ya sea online u offline. Deberías decirle a tu sobrino que le rompa la nariz a esos infelices. Así aprenderán. Nada mejor que un buen ejemplo para prevenir futura violencia y ganarse el respeto de los demás- su tono de voz se volvió algo áspero mientras recordaba su vergonzosa pubertad-. Si tuviera la oportunidad de enfrentar de nuevo ese período de mi vida haría las cosas bien distintas.

Taylor se sobresaltó al escuchar la argumentación desarrollada por su amigo.

  • ¿Estás loco? Si le digo a mi sobrino que haga eso mi hermana me mata.
  • ¿Y qué prefieres que sea la puta del lugar y se termine suicidando?- contestó Max aumentando el volumen y la amargura de su voz.
  • Veo que sigues igual- dijo Taylor con cierta resignación-. Pasaron ¿Cuánto? ¿Veinte años? Y todavía sigues con ese rencor por lo que te hizo un infeliz en el colegio. A esta altura tienes que soltarlo. O si no puedes, búscalo y confróntalo. Hace muchos años había un streaming de “realities” donde pasaban uno que se trataba de eso: elegían a un tipo y luego lo juntaba con el bully del colegio. Era muy gracioso y patético, por supuesto, aunque entretenido.
  • Sí, creo que lo recuerdo- comentó Max algo irritado.
  • Bueno- prosiguió Taylor-, hoy en día, está todo en la nube. Y encima tú tienes acceso a todo tipo de bases de datos por tus amigos en puestos importantes. Encontrarlo sería fácil, ya sea si quieres hacer las paces, o matarlo.
  • Hace poco lo busqué- suspiró Max-. No encontré nada. Es como si hubiera desaparecido. Tal vez si lo hubiera buscado antes…Los años pasaron tan rápido que apenas me di cuenta.
  • A medida que los años pasan, el tiempo transcurre más rápido. La regla de la vida- agregó Taylor.

En ese momento, Max se enervó un poco debido a la dirección que la conversación estaba tomando. Sutilmente, trató de cambiar de tema para conservar la cordialidad de la charla.

  • Como sea, ¿sigue viniendo gente a tus reuniones?- preguntó sonriendo con curiosidad.
  • Hoy vinieron diez- respondió Taylor-. Tengo veteranos de dos guerras y de tres conflictos armados. Vienen varios de medio oriente y hasta uno de China.

Max se quedó meditabundo por unos segundos. Luego retomó la conversación.

  • Los conflictos son universales en este mundo de mierda. Igual ahora todo se hace por subcontratación. Ya nadie se alista a los ejércitos nacionales. Pagan muy poco. La milicia privada, en cambio, es un negocio lucrativo, ¿te acuerdas de Marko? Puso una empresa de reclutamiento y le ha ido bastante bien con los contratos de defensa y con las empresas del sector privado.

Taylor reconoció aquel nombre y su mente lo retrotrajo a un período mucho más simple de su vida donde las oportunidades solían crecer como árboles en un bosque. Siempre se había preguntado porque Max nunca había incursionado en tales emprendimientos. Sin vacilar, aprovechó la oportunidad para librarse de aquella duda:

  • ¿Y a ti nunca se te ha ocurrido hacer lo mismo? Creo que te hubiera ido bien.

Max reflexionó un poco. Era una pregunta razonable por lo que la respuesta requería una explicación sensata. Al fin y al cabo, siempre había sido honesto con su viejo amigo.

  • Al principio estuve como entrenador para una de esas compañías pero me aburría. Prefiero el trabajo de custodia. Se gana más e, insisto, es más entretenido. Además forja el carácter. Ser la niñera de un montón de hijos de mama que juegan a ser soldados no me interesa. Me dan ganas de golpearlos. No saben lo que es la guerra. Muchos lo hacen porque prefieren eso que vender productos online. En ese sentido, los entiendo, con los contratos militares aunque sea tienen seguro- el tono de Max se volvió jocoso y provocativo. Siempre había encontrado hilarante aquel asunto de las coberturas de salud. Una muestra más de la decadencia social que se aceleraba a un ritmo exponencial.
  • No es tan malo como parece. Mejor eso que el desempleo o peor, la desafiliación- respondió Taylor suspirando con resignación.
  • Sí, supongo- alegó Max algo desganado-. Pero con tu experiencia, yo podría conseguirte un trabajo donde quisieras, ya sea entrenando imbéciles o como custodio de alguna corporación. De hecho, estoy trabajando con una muy importante en este momento-. Max sacó de su bolsillo su tarjeta de presentación y se la entregó a su amigo. Taylor la miró de reojo.
  • Escuché hablar de ella, el conglomerado tecnológico. Fue una de las pocas que sobrevivió cuando tuvo lugar la crisis financiera de las empresas tecno.
  • Así es- agregó Max- la compró un conglomerado financiero y le inyectaron mucho dinero. Por eso ahora es la marca líder. Y yo estoy encargado de la seguridad de la compañía. Más que nada de proteger a los ejecutivos. No sé si pueda hacerte entrar ahí precisamente. Es casi imposible ingresar. Son muy paranoicos a la hora de contratar a alguien por todo el tema del espionaje industrial. Yo conseguí ese puesto por alguien muy de arriba, uno de la realeza. Pero de seguro que puedo conseguirte algo en una empresa de reclutamiento. Es lo menos que puedo hacer.

Los ojos de Taylor se iluminaron. Sabía bien que había pasado demasiado tiempo desde que hubo tenido un trabajo relacionado con el entrenamiento militar. A esta altura nadie lo contrataría, por eso lo había descartado hacía tiempo. A su edad ya era obsoleto, incluso para los trabajos administrativos. La propuesta de Max era un bote salvavidas en medio de una tormenta.

  • Suena bien, lo voy a pensar- contestó reprimiendo el júbilo para conservar su dignidad- aunque, a decir verdad, no creo que haya mucho que pensar. La verdad es que necesito un trabajo como ese. Sin seguro, es cuestión de tiempo para que me agarre algo. A un amigo le dio un tipo de cáncer raro y olvídate, no pudo conseguir nada. El tratamiento era demasiado caro y cuando ya estuvo muy enfermo para trabajar prefirió gastar sus últimos ahorros con los de “Dreams”. Le ofrecieron un paquete decente. Buenas alucinaciones antes de dormir.
  • ¿“Dormir” así le dicen ahora? Yo no sé si accedería a algo así- interrumpió Max sintiéndose incómodo al escuchar aquella historia. Él conocía muy bien al llamado “Club del paraíso”, como se lo denominaba informalmente. Desde que la eutanasia se había vuelto legal y desde que la medicina especializada era cada vez más inaccesible, la opción del “sueño eterno” comenzó a volverse muy popular. Se trataba de una compaña más adquirida por la rama de nanotecnología del conglomerado para el que Max trabajaba. Por ese motivo sabía de ella.
  • ¿Y qué opción tenía?- dijo Taylor amargamente-: ¿seguir pudriéndose hasta que lo encontraran muerto en su habitación o, peor, que lo mandaran a un hospital de estrato cero? Comparado con esos dos escenarios prefirió lo menos doloroso. No es una mala opción mientras puedas pagarla. Y ahora tienen paquetes accesibles para estratos dos y tres.

Max se quedó pensando en la imagen del amigo de Taylor. Un sueño placentero antes de ser desconectado era para muchos lo más cercano al paraíso y a la vida eterna. Sobre todo para los no creyentes. Uno podía diseñar su propio paraíso personal y mediante una precisa estimulación cerebral era posible crear la sensación de la eternidad. Considerando que la alternativa era un infierno real, muchos lo consideraban. Max no. Había conocido subsidiarias de aquella empresa en países abandonados por Dios y lo que había visto lo hacía desistir de aceptarlo como una opción. Hizo una larga pausa y luego habló suavemente.

  • Bueno, a menos que quieras terminar como tu amigo, te sugiero que aceptes el trabajo en esta empresa de entrenamiento. Es de un colega que estuvo conmigo en Pakistán.
  • Gracias Max, no sabes cuánto te los agradezco ¿Por cierto como está Afreen?

El rostro de Max se ensombreció un poco. Una nube de melancolía pintó en su cara una expresión facial que pocas veces había manifestado. Tardo unos segundos en responder.

  • No lo sé, hace cuatro años que se volvió a Pakistán. Siempre le mando dinero para que tenga una buena vida. Decía que no podía estar sin su familia.
  • Una pena, hacían una linda pareja.
  • Sí, fue la única mujer con la que podía estar- prosiguió Max adoptando un tono nostálgico-. No sé si la quería tanto como ella a mí pero era la mujer que necesitaba en ese período de mi vida. Supongo que era un trato justo. Yo la sacaba de la pobreza y ella a mí del infierno. Una anestesia para el alma. Prefería eso que tomar la porquería que nos daban los de la compañía. Decían que era un equilibrador del estrés pero a mí nunca me había gustado “empastillarme”.
  • Sí, mejor una mujer que el Danivinilo y sus derivados- reflexionó Taylor-. Encima en esa época estaban probando las primeras versiones. A las reuniones vienen tipos a los que les dieron peores cosas y quedaron muy mal.
  • Yo tuve suerte- agregó Max-, conmigo probaron solamente los neuro entrenamientos. Ahora están testeando los implantes. Con eso ni loco me metería. Son un verdadero desquicio. Se vuelven todos locos. En China los probaban con gente de barrios pobres y quedaban lobotomizados.
  • Sí, algo leí sobre esos experimentos. La ONU armó un escándalo pero al final no hicieron nada.
  • Por eso nunca quise una familia- comentó Max suspirando-, ni con ella, ni con nadie. Traer a una persona a un mundo así no es justo. Es simplemente cruel. Si a lo sumo yo fuera como los tipos que protejo, estrato cinco y seis, todavía, pero la verdad, incluso ganando bien, siento que estoy en la cuerda floja. Alguna enfermedad o algún accidente, y listo, se acabó todo.
  • De última guárdate algo para los del club de paraíso- dijo Taylor riéndose en forma irónica. Max lo miró con una expresión de fastidio.
  • Eres un idiota. Bueno, se está haciendo tarde. Debo irme, tengo que levantarme temprano mañana. Fue bueno verte. Guarda mi contacto y en la semana alguien de la empresa te llamará. Si quieres, nos podemos juntar a almorzar en la semana.
  • Sí, me parece perfecto, así nos actualizamos- dijo Taylor complacido-. Gracias por todo, ha sido bueno volver a verte. En un mundo en donde todos somos islas es bueno cruzarse con otro naufrago.
  • Nos vemos Tay.

Max abrazó a su viejo compañero de armas y salió por la puerta. Ese encuentro lo había hecho sentir normal de nuevo. Como si no estuviera solo en este mundo. Fue como una brisa de aire fresco en el averno diario. Una isla en el océano del tiempo. Hacía mucho que no se sentía así. Pensó en Afreen y una añoranza recubierta de tristeza lo envolvió. Quiso llorar no obstante no lo hizo.

Capítulo 1: La venganza

Capitulo 2: La tortura

Capítulo 3: el demonio interno

Capítulo 4: El Ascenso

Capítulo 5: La entrada