Costa Salguero: la muerte toca a la puerta de nuestra conciencia

Las muertes que ocurrieron en la fiesta electrónica de Costa Salguero (producidas por consumo de éxtasis en “mal estado”) dejaron una vez más expuesta a nuestra sociedad. Sin embargo, debido a nuestra falencia como colectivo de asumir un compromiso de largo plazo con las futuras generaciones y con el bienestar general, nos limitamos a ver solo el problema en forma superficial. Pero, ¿cuál es realmente el problema?

Como siempre la reacción institucional y política fue predecible: se toman acciones de apariencia ejecutivas para calmar al vulgo y trasmitir un mensaje claro: “Nos estamos ocupando. No importa cuál sea al problema (porque en el fondo a nadie le importa), estamos haciendo algo”. Es como si un médico dijera: “No sé cuál es la enfermedad pero vamos a operar al paciente y llenarlo de medicamentos”. Esta actitud podrá parecer irresponsable, incluso estúpida sin embargo, la verdad, es que si yo estuviera en lugar de los políticos y las autoridades haría lo mismo. La culpa no es del cerdo sino del que le da de comer, es decir de la sociedad.

Los políticos saben que la personas, en general, se guían por las apariencias y que, lo único que se tiene que hacer es actuar, hacer algo que parezca trascendental y pragmático. También saben que si se indaga sobre lo que se esconde detrás de esta tragedia, la conclusión sería tan compleja que obligaría a la sociedad entera a asumir responsabilidad. No obstante, la gente no quiere eso, quiere respuestas simples y superficiales a problemas complejos. Quieren meter todo debajo del alfombra y olvidarlo en un breve tiempo. Quiere encontrar culpables en lugar de asumir responsabilidad como parte de un colectivo. Los gobernantes lo saben y, aunque estuvieran decididos a hacer frente al problema (sea cual sea), no se arriesgarían a perder capital político. Un líder que exige mirar hacia dentro y auto sacrificio es disfuncional en una sociedad hedonista de corto plazo que no hace más que buscar “quien fue el culpable”, en lugar de buscar la forma de solucionar el problema.

Ya hemos visto la primeras medidas superficiales para calmar a doña Rosa, quien por cierto es una triste representación de la mayoría del electorado argentino: “Hay que hacer algo con el narcotráfico” gritan algunos. Y los políticos se lanzan hacia una lucha que, por cierto, ya se perdió antes de comenzarla. No se puede derrotar a un enemigo que se encuentra adentro. Además, el narcotráfico (o el crecimiento exponencial de éste en las últimas dos décadas) obedece a estas causas complejas y sistémicas que no queremos conocer y menos aún, abordar, ya sea por miedo o pereza. Y, por cierto, no hablo de un miedo a algo externo, hablo del miedo a mirarnos al espejo y ver algo que podría no gustarnos.

Se habla de suspender las fiestas electrónicas y de cerrar los locales nocturnos. Como si eso tuviera algo que ver con lo que ocurrió. Respuestas unidimensionales para problemas complejos, la fórmula de los políticos para manejar una sociedad onanista que pretende soluciones rápidas para seguir (sobre) viviendo. Y probablemente, dentro de poco, vuelva la ya conocida estrategia del falso debate: legalidad vs ilegalidad de las drogas.

¿Qué es una falso debate? Es una estrategia de la retórica que consiste en crear una discusión bipolar (donde hay dos opciones contrapuestas e irreconciliables) para evitar que se entre en una discusión más profunda que pueda sacar a la luz problemas mucho más complejos. Es una forma de reducir el análisis a un enfoque superficial que evite entender la complejidad que nos rodea. Y tiene sentido, si podemos llegar a entender aunque sea un uno por cierto de la complejidad de nuestra realidad, aplicar las respuestas y soluciones indicadas nos costarían cien veces más. Y nadie quiere eso. Si fuera político, haría exactamente lo mismo: “Hay que luchar contra el narcotráfico, “Hay que discutir la legalización de las drogas”, “La culpa es de los inmigrantes ilegales”, “La culpa de las discotecas, la policía, los políticos, los padres que les importan poco y nada su hijos, etc…”.

Bueno, de esto último salió algo interesante. No digo que sea la única causa porque eso sería caer en el simplismo que estoy denunciando sin embargo valdría la pena preguntarse el rol de la apatía parental en todo esto. Por lo menos ya tendríamos que hacernos cargo de algo en lugar de echar culpas afuera y sería un buen comienzo. Sería un punto de partida para hacer preguntas inteligentes. Pero sigamos haciendo preguntas para ver qué es lo que ocurre.

Queriendo cuestionar la estupidez del falso debate y sin entrar en él me pregunto ¿Realmente todo se reduce a la legalidad o ilegalidad de una sustancia? Digo, las drogas más consumidas a nivel masivo son de origen legal, ya sea que se obtengan sin o con prescripción médica ¿De cuáles hablo? De los anti depresivos. Y también hacen estragos.

Un dato interesante es que, según la Organización Mundial de la Salud, el consumo de anti depresivos en jóvenes entre 13 y 25 años aumentó llamativamente en las últimas dos décadas. Aquí apareció algo interesante. Valdría la pena preguntarse por qué, por supuesto sin caer en el mismo reduccionismo estúpido de siempre. También valdría la preguntarse porque aumentó llamativamente el consumo de drogas sintéticas (LSD, éxtasis y otras) desde los 13 años de edad. ¿Tendrá esto que ver con la apatía parental o esta última es solo la punta del iceberg de un problema aún más complejo? Solo hago preguntas nada más. No tengo las respuestas.

También valdría la pena preguntarse sobre el rol de cada uno de nosotros, ya sea en el aumento de la demanda del consumo en jóvenes de distintos estratos sociales como en el aumento del narcotráfico y el auge de la industria de las drogas sintéticas. Sí, por supuesto, nada de eso hubiese ocurrido sin la complicidad política, de la policía, del periodismo, de los empresarios, de los padres, de los hijos, de los sindicatos, de…todos.

Habrá complicidades más directas que otras pero la indiferencia y el cinismo es también una peligrosa forma de complicidad. La más peligrosa a mi entender. La cultura del “dejar hacer, dejar pasar” no está pasando factura. Tal vez para mejor, tal vez eso nos mueva a actuar y a romper el círculo vicioso de la indiferencia y la impunidad. Tal vez nos obligue a asumir  nuestro rol en todo lo ocurrido.

O tal vez no, quizás hagamos como siempre: exigiremos explicaciones simplistas y acciones superficiales para ahogar nuestra culpa y sentirnos más tranquilos. La corrupción, el cinismo, la indiferencia y los miles de problemas sociales parecerán puntos aislados en el espacio. Nada tiene que ver el aumento de la pobreza con la destrucción del vínculo familiar. No, claro que no…o tal vez sí.

Tal vez todo sea parte de un sistema podrido cuyas partes se retro alimentan dinámicamente generando resultados cuyas causas las buscamos en los fenómenos más simples y más cercanos.