¿Conquistar damiselas durante el día?

Como experto en el estudio de la naturaleza humana, me siento privilegiado al observar la interesante forma de ser de las mujeres argentinas en el siglo XXI. Sin duda las diferencias culturales con mi amada Escocia de hace más de 300 años me ha forzado a adaptar un poco mis estratagemas a la hora de acercarme a una dulce damisela.

Gracias a mis queridos amigos argentinos Juan y Milton, he podido no solo comprender la naturaleza particular de las doncellas en este inusual país, sino que también he descubierto con asombro las tribulaciones de los caballeros que lo habitan. Aparentemente, traumados por lo que interpreto como un complejo de inferioridad, el hidalgo promedio argentino (que es conocido por él mismo como “macho argentino”) carece de absoluto sentido común para dirigirle la palabra a una dama por la calle. Utilizando improperios de proporciones bíblicas, muchos pretenden que dichas damiselas se dejen enhebrar por sus filosos miembros. Por el contrario, otros  simplemente observan a las suculentas doncellas sin siquiera acercarse a iniciar una sencilla conversación. En esta categoría se encuentra mi buen amigo Juan García cuyos prejuicios sobre las mujeres lo han llevado al onanismo in extremis. Con actitud fraternal me he propuesto sacarlo de tal lugar. Tal vez porque me recuerda mucho a mi buen amigo y colega Adam Smith quien también poseía le fatídica enfermedad de la “paja mental”. En aquel entonces no la llamábamos así pero sospecho que se trata del mismo problema.

Adam era un “tipo” muy tímido y conservador. De hecho, vivió casi toda su vida en la casa de su sabrosa madre, la cual tuve el honor y el placer de ensartar numerosas veces (“La gran Milton” como la llaman en la Argentina moderna). Siempre ante mis constantes llamados a comilonas épicas, el muy otario (o “gil” como dicen en Buenos Aires) se negaba a venir adjudicando razones meramente intelectuales. He aquí alguna de sus patéticas excusas:

1) Tengo que terminar mi obra magnánima “La riqueza de las naciones”.

2) Me incomoda la presencia de filósofos positivistas cuyo pensamiento no comparto.

3) En muchas de vuestras “festicholas” (como así las llama) Jean Jacques Rousseau intentó violarme reiteradas veces.

4) No recuerdo lo que sucedió en la última de vuestras orgias o “partuzas” pero al otro día sufría de una irritación fecal y Monsieur Rousseau me miraba con una mueca sádica.

En fin, pura paja mental si me preguntan. Yo solo lo invitaba para que saliera de sus aposentos y superara su timidez.

El caso de Juan no era tan extremo ya que al menos buscaba superarse a la hora de encarar damiselas. Particularmente lo incité a encarar doncellas durante el día utilizado frases celebres que yo utilizaba en mis tiempos en Edimburgo:

“Estimada damisela, permítame escoltarla en este bello día…” Y frases de ese tipo. Debo reconocer que, si bien los tiempos han cambiado, aun me siguen funcionando aunque no con la eficacia en la que solían hacerlo. Juan se queja de que mis frases son consideradas ridículas en estos tiempo pero yo creo que el problema no reside el “que digo” sino en el “como lo digo”.

Milton es la prueba viviente de que esto es así ya que apenas domina la lengua castellana y, con una sonrisa picaresca y algo pervertida, moja a la mas frígida de las doncellas. Compartiendo algunas caminatas por los parques de Buenos Aires con él, he podido presenciar su “compleja” técnica que simplemente consistía en ponerse en frente de ellas y mirarlas en forma lujuriosa. Cada vez que hacia esto las damiselas emitían un sonido extraño con sus cuerpos que luego me fue dicho que en Argentina se lo conoce bajo el nombre de “pedo de concha”. Jamás escuché una expresión tan curiosa.

En conclusión puedo decir que para conocer damiselas en periodos diurnos lo importante es como decir las cosas más que el contenido de dichas frases. He comprobado que puede hacerse no solo en parques  y mercados sino también en transportes públicos como trenes y subterráneos.

Debo decir que en mi Escocia natal no existían los trenes y los subterráneos así que me tuve que convertir en precursor del “encare en movimiento”, seduciendo damiselas en los carruajes. Debo decir que era más sencillo ya que los viajes muchas veces duraban días  y siendo el viaje largo encontraba siempre formas creativas de entretenerme…

Su servidor

David Hume