EL PRIMER DESPERTAR

“Hay, por lo tanto, al menos dos universos, dos géneros de vida que son ajenos uno al otro, y cuyas masas respectivas encuentran su explicación, sin embargo, una gracias a la otra.”

Fernand Braudel

I

Me desperté algo trastornado y la vi a mi lado. Estaba tiesa y el color de su piel era pálido. Algo grisáceo y verdoso. El pánico se apoderó de mí. Jamás había visto el cadáver de alguien tan de cerca, a centímetros de mi rostro. La cama era lo suficientemente grande para tres personas pero solo había dos en ella. En realidad una, la otra yacía sin vida. Sentí una sensación de horror y un asco intenso. No sé si era por el hedor o por el hecho que estuviera tan cerca de ella. Quería levantarme y salir corriendo pero mi cuerpo tardó en reaccionar unos segundos.

De un sobresalto me incorporé y miré a mí alrededor. La habitación estaba desordenada. Luego volví la mirada sobre el cadáver de aquella mujer ¿Quién era? Y lo más importante ¿Qué estaba haciendo yo ahí en esa cama con ella? No podía recordar nada de lo que había pasado. Bueno, tal vez algunos fragmentos. Tenía la sensación de haber dormido durante días. Aun así, el cansancio era intenso. Tenía un vago recuerdo de haber ingerido algo que me mantuvo despierto por un tiempo prolongado. Era lo único que podía recordar. Eso y el hecho de haber experimentado una sensación de extrema euforia.

Mi mente hacía un esfuerzo por ignorar el cadáver gangrenoso. Noté un agujero en su pecho y mucha sangre derramada sobre el colchón. Estaba algo seca. “¿Qué hago acá? ¿Dónde estoy?”. Preguntas que no era capaz de responder. La ansiedad seguía creciendo mientras seguía interrogándome “¿Yo hice esto? ¿Yo la maté? ¿Acaso soy capaz? No, imposible. Pero si no fui yo ¿Entonces quién?”

Miré a mi alrededor para reconocer el lugar pero nada me era familiar. De pronto, una sensación nauseabunda me poseyó. Pude sentir como los ácidos estomacales subían por mi garganta. Sobre la mesa había lo que parecía ser un arma. Un revolver con silenciador. Parecía una pistola nueve milímetros. Parecía. La verdad es que no tenía idea de qué tipo de arma se trataba ¿Qué sabía yo de armas? Tal vez la reconocí de algún programa de la televisión. Verla sobre aquella mesa solo me hizo respirar más rápido. Sentía que mi corazón iba a explotar. Experimentaba su latido en todo mi pecho. El sonido y la sensación se extendían hacia la garganta. Finalmente reaccioné y vomité violentamente. Las arcadas se producían una tras otra hasta que mis entrañas quedaron absolutamente vacías. Tenía que salir de ahí. Debía escapar “¿Qué tal si alguien entra? ¿Qué tal si alguien llamó a la policía?”. La paranoia invadía mi mente. El pasado era una nebulosa oscura. Sentía un dolor agónico en la cabeza. Como si tuviera vidrios dentro del cráneo recorriendo las venas de mi cerebro. “¿Qué día era?”. Ni si quiera eso sabía.

El miedo a ser atrapado era sepulcral. Traté de calmarme y racionalizar mi situación. Era muy probable que estuviera allí desde hacía un buen rato. “Tal vez nadie sabe que estoy acá. Quizás nadie escuchó nada. Si yo la maté nadie habría podido escuchar nada. La pistola tenía un silenciador”. Mi mente seguía rumeando. Me costaba creer que yo había sido capaz de semejante acto pero en esos momentos era una hipótesis plausible. Tal vez la encontré así y me desmayé, quien sabe. No importaba ya, culpable o inocente tenía que escapar. Si no era un asesino sería fácil para la policía asumir que sí lo era. No era un hombre poderoso. No tenía a mi disposición abogados importantes. Está bien que no era Estados Unidos, pero aun así, me sería difícil evitar una condena en una cárcel común. La idea de terminar en uno de esos lugares hizo que los ácidos estomacales volvieran a mi garganta.

Traté de tranquilizarme pero mi mente no hacía más que volver a esos pensamientos paranoicos y fatalistas. La mujer era joven y ciertamente atractiva. Por la estructura de la habitación parecía una mujer pudiente. Mis sospechas y temores se confirmaron cuando salí de ahí. El departamento era grande. Más que grande, enorme, y encima moderno. Definitivamente era una mujer de mucho dinero ¡Mierda! Ahora sabía que estaba jodido. Realmente jodido. Si me atrapaban me darían unos treinta años mínimo. Los medios me catalogarían como un asesino despiadado. Tal vez como un misógino ahora que la violencia de género se había puesto tan de moda. Con tal de vender hacían cualquier cosa. Encima era rica. Si se hubiese tratado de un habitante de una villa miseria a nadie le importaría pero no, tenía que ser una “cheta”. Hay vidas que importan más que otras en nuestra sociedad y, cuando una de ellas deja de existir por la presunta responsabilidad de alguien, la sociedad clama por venganza. En un país sin justicia el populacho o la “gilada” siempre quiere satisfacer su sed de sangre cuando uno de sus ciudadanos importantes y hermosos es asesinado. Es una forma de compensar y disfrazar la impunidad generalizada. Y, para mi desgracia, aunque no fuese su departamento y no fuese rica, era hermosa, y eso bastaba para que su muerte causara la indignación suficiente. Pedirían un castigo ejemplar.

La idea paralela de que si se hubiese tratado de una “negra de mierda” sería todo distinto me hizo reflexionar. Hace tiempo atrás un amigo abogado me había dicho que si alguna vez tenía que deshacerme de un cadáver lo llevara a la entrada de una villa. “En los lugares donde la pobreza se expande como una infección matan gente todo el tiempo. A nadie le importaría una persona anónima más”, pensé con cinismo y crueldad. “Y a lo sumo si lo hacen, no van a tener problema en inventar algún culpable. Algún pobre diablo habitante de ese barrio marginal”. De pronto, esa idea me llenó de rabia. “Esos hijos de puta de la policía viven castigando a los que menos tienen y llenándose de guita a costa de la corrupción. Hijos de re mil puta. Alguien debería matarlos a todos”. Traté de calmarme y reflexionar sobre la idea. Me parecía una locura. No tenía un auto a mi disposición e incluso si lo hubiese tenido no sabía manejar. Debí haber tomado lecciones para aprender. Igual ya era tarde para eso. Solo restaba escapar. Tenía que salir de ahí a como dé lugar.

Revisé el departamento en busca de alguna pertenencia personal que podría llegar a incriminarme pero no encontré nada. Todas mis pertenencias estaban en mi bolsillo: mi billetera, mi celular y las llaves. Sí, mis huellas estaban en todos lados junto con mi ADN pero nada podía hacer. No había tiempo de limpiar las huellas de mi presencia. Traté de calmarme pensando que, a menos que alguien me hubiera visto entrar, la policía no tendría motivos para cotejar mis huellas y mi material genético con el encontrado ahí. A menos que yo estuviera en una base de datos ¿Existe eso en la Argentina? No lo sé. En Estados Unidos probablemente. Qué bueno que no vivo en aquel país. “No importa, ya fue”. Me dije. Tenía que salir de ese lugar de pesadilla. Si alguien me había visto cuando entré al edificio o si me habían filmado ya era muy tarde. No había nada que hacer, estaba jodido. Traté de calmarme. Lo mejor era mantener el optimismo y la esperanza. Era lo único que me quedaba.

Sabía que tenía que evitar todo contacto a la hora de escapar. “Si alguien me viera y si quedara registrado en alguna cámara, si no es que ya sucedió, de seguro que voy a estar jodido. Podría escapar por la ventana”, pensé súbitamente. Entonces me asomé y para mi fortuna estaba en un piso no muy alto. Era fácil saltar hacia un techo adyacente que, a su vez, daba a un patio contiguo. Estaba a punto de saltar cuando otro pensamiento paranoico navegó a gran velocidad a través de mi mente. “No tengo ni la más puta idea de cómo llegué acá, ni bajo qué circunstancias. A duras penas puedo recordar lo que aconteció en mi vida durante la última semana ¿Qué tal si alguien me busca? ¿Qué tal si hay personas esperando a que salga?”. Mi diálogo interno era caótico, no obstante, no lo dudé ni un segundo: volví y tomé el arma. La trabé en mi cinturón y rápidamente busqué en el guardarropa de la habitación alguna vestimenta para cubrirla. De pronto un alivio celestial me atravesó el alma como una ráfaga de viento en un día de calor insufrible. Había una suerte de campera con una capucha lo sufrientemente grande como para cubrir mi cabeza y el arma. La tomé y me la coloqué con celeridad.

Luego me dirigí a la ventana. Tomé valor y salté. Al caer en el techo de chapa sentí un leve dolor en mi tobillo izquierdo. No fue tan terrible. Era claro que el nivel de adrenalina me protegía de cualquier dolencia que pudiera sufrir. Me bajé del techo y me encontré en una suerte de patio. Había una mesa que utilicé para escalar el muro que dividía dicha propiedad de la siguiente. Para mi suerte, cuando me encontré del otro lado, me percaté que se trataba de un estacionamiento. Pude vislumbrar una salida. Había un puesto de vigilancia algo precario. Se escuchaba una música relajante. Parecía un tango. Con mucho cuidado me deslicé por debajo del puesto para que nadie pudiera verme. Una vez afuera simplemente corrí con toda la furia. Ni siquiera me pregunté en que barrio estaba, solo quería alejarme de ese lugar siniestro. La vida es de lo más extraña. En ese momento solo quería estar a salvo ¿Pero a salvo de quién o de quiénes? Eso no lo sabía.

Luego de una corrida infernal comencé a moverme a un paso más gradual “¿En qué barrio estoy?”, me pregunté desconcertado. Traté de ubicarme pero aún estaba muy desorientado para poder saberlo. “¿Cuánto tiempo estuve corriendo?”, inquirí desesperado. En el estado en el que me encontraba a duras penas podía registrar el paso del tiempo. Todo parecía un sueño. Tal vez había recorrido unas veinte cuadras sin darme cuenta. De repente, sentí una fatiga tortuosa que me angustió el espíritu. Me dolía el pecho. Era un dolor agudo e intenso. No pude evitar comenzar toser con violencia. Fue entonces cuando me detuve un rato a descansar. Me senté en el zócalo de la entrada de una casa humilde mientras miles de pensamientos me atacaban despiadadamente. Comencé a llorar y a maldecir a Dios. Solo quería que la pesadilla terminara.

Un sujeto algo extrañó me observó desde una distancia media y se acercó con mucha decisión. Mis ropas eran algo elegantes aunque no demasiado. Las de él, por el contrario, dignas de la escoria de la sociedad. Eso sí, tenía unas zapatillas Nike muy llamativas. En un tono arrogante y algo agresivo me preguntó si tenía dinero. Yo lo miré como a quien hace una pregunta muy desubicada en un momento sensible.

  • Mirá, la verdad es que no tengo nada. Como te darás cuenta no estoy en un buen momento. Disculpá, si no te daría.

La verdad es que no sabía si tenía dinero en mi billetera. De todas maneras, no le quería dar nada. No estaba de humor, claramente. Quería estar solo con mi miseria. El tipo pareció no entenderlo e insistía con cada vez mayor agresividad.

  • ¡Eh! Dale cheto, no ves que no tengo nada. No seas gato.
  • ¿No te das cuenta que no tengo nada? ¿Qué sos sordo? – Respondí con violencia y visible irritabilidad.

El adefesio no se tomó bien mi respuesta y comenzó a increparme. Quería alejarme de él lo antes posible. Me levanté y seguí caminando pero él me seguía de cerca y me continuaba agraviando en forma constante. Cansado de su acoso me di vuelta y puse mi mano en su pecho.

  • Para un cacho y déjate de joder- Le dije con un tono hermético
  • ¡Eh, no me toqués guacho!- Me respondió él impetuosamente.

En ese momento el negro de mierda se puso agresivo y me empujó con violencia. No sé qué sucedió dentro mío pero sentí como si un calor infernal se esparciera por  mis venas. Una cólera asesina comenzó a dominarme. El reflejo fue inmediato: saqué el arma, le apunté a la cabeza y se la hice estallar.

  • Morite infeliz, negro de mierda. Vos y toda tu prole.- Expresé con desprecio.

Su cuerpo cayó sin vida sobre el pavimento. Mientras veía la sangre salir de su cabeza, miraba a mi alrededor. Era un barrio algo humilde. Tal vez de clase media baja. No había nadie en la calle y la luz apenas alcanzaba para ver mis alrededores inmediatos. El sonido del silenciador había reducido el ruido del disparo por lo que era muy probable que nadie lo hubiera oído. Esta vez los pensamientos fueron más tranquilizadores. A nadie le interesaría esa escoria humana. La sociedad ya lo había juzgado y lo había declarado culpable al nacer. Nadie me había visto. Solo debía continuar.

Guardé el arma y comencé nuevamente a correr. Esta vez con un sentimiento de omnipotencia y seguridad que pocas veces había sentido. Me sentía poderoso y, por algún motivo, la culpa que hubiera sentido normalmente o que esperaba sentir en semejante situación, no aparecía. Tenía una sensación ambigua de haber hecho lo correcto. Como si ese asesinato que acababa de cometer no entrara en los dominios de la moral y de la ética. Además, sentía cierta satisfacción. Si alguien me vendría a buscar, mejor que esté listo porque yo lo estaba. “Los espero hijos de puta” pensé para mis adentros. “Vengan cuando quieran, estoy listo”. Nuevamente una leve rabia envolvió mi alma y provocó un hormigueo en mi garganta. Quería descargarla con alguien más. Pero alguien que lo mereciera. “Alguien como esa lacra a la que había despachado. O como esos policías corruptos que acusan a gente inocente de crímenes que no cometieron. O como esos chetos que se creen dueños del mundo. O como esos empresarios que…”. De pronto percibí como una especie de ráfaga de luz inundaba mi mente con fragmentos de información. Algo en esa palabra o en esa frase que no llegué a terminar me sonaba familiar. Creí que el pánico se iba a apoderar mí nuevamente pero no fue así. Por el contrario, una confianza cálida y abrazadora me circundó. El miedo no se disipaba del todo, aun así, sentí una chispa de esperanza.

Seguí corriendo una diez cuadras más doblando en varias esquinas hasta llegar a una avenida iluminada. Revisé mi billetera y encontré que tenía suficiente dinero como para tomarme un taxi. Ninguno parecía pasar por ahí así que decidí seguir trotando por la avenida hasta que alguno apareciese. Luego de un rato, pude divisar que uno se acercaba. La luz roja indicaba que estaba disponible. Hice una seña para que se detuviese y me subí a gran velocidad. Al sentarme suspiré con fuerza y, por primera vez en la noche, sentí un alivio reparador y genuino.

II

A pesar de mis esfuerzos, mi mente continuaba siendo un revoltijo. Una suerte de nebulosa que mezclaba imágenes reales y oníricas. Tenía sentido, me sentía como si hubiera estado soñando durante días. Las escenas que proyectaba en mi cabeza iban de lo surrealista a lo espantoso. Casi bordeando la locura. Estaba en ese estado híbrido que uno experimenta cuando recién se despierta y aún no puede diferenciar la realidad del sueño.

Lo primero que hice fue sacar el celular de mi bolsillo para ver la fecha de hoy, pero estaba descargado. Fue entonces cuando decidí preguntarle al taxista la información que necesitaba saber.

  • Disculpe, ¿Sería tan amable de decirme la hora?- Pregunté con una actitud tímida.
  • Dos de la madrugada caballero.
  • ¿Qué fecha es hoy?

El taxista me miró algo desconcertado pero expresando una sonrisa de simpatía. Tal vez pensaba que estaba algo borracho. Debido a mi aspecto era fácil hacer esa suposición.

  • Domingo 5 de febrero. Veo que tuviste una jornada muy dura. Sos la tercera persona en la noche que pregunta lo mismo. Se ve que durante el fin de semana las personas se olvidan de todo. Es normal, después de laburar como negro te querés relajar. Yo no tengo esa opción. Entre que la economía va de mal en peor y que mi ex mujer me tiene cagando con sus gastos tengo que estar acá todos los putos días de la semana.

Pese a mi mareo, lo escuchaba atentamente. Sentía lástima y cierta empatía por aquel pobre laburante. Su existencia se limitaba a trasportar personas de un lugar a otro. Anónimos que vagaban de un punto de la ciudad al siguiente. Almas perdidas, como yo, que ni siquiera saben dónde mierda habían estado los últimos… “¿Tres días? ¿Pasaron tres días?”. Súbitamente me percaté que mi último recuerdo se situaba el jueves a la mañana. Luis me había llamado para ir a tomar algo a la noche. Hice un esfuerzo por recordar más pero de pronto me agarró un dolor de cabeza terrible. No quería pensar. Se ve que por eso, inconscientemente, me enganché con la historia del tachero. Mi mente quería bloquear todo lo que había pasado esa noche. Y, por lo visto, también quería impedir que accediera a lo que me había sucedió durante los últimos tres días. Las memorias de la semana tampoco estaban claras del todo. El dolor que sentía me obligaba a distraer mi mente. Hablar con otras personas siempre me ayudaba a relajarme. Sobre todo escucharlas. En particular a los tacheros. Creo que no hay personas en el mundo tan interesantes como ellos. Un taxista con cuarenta años de experiencia tiene historias que te vuelan la cabeza ¿Cuántas personas habría trasportado un tachero con ese nivel de experiencia? ¿Cuántas historias y confesiones habría escuchado? Historias de espías, de políticos, de delincuentes, de famosos, de ricos. Dramas, comedias, tragedias. Todos los pecados de una sociedad son confesados en los taxis. Ellos son el caño de escape de la sociedad y la memoria colectiva de lo que realmente sucede. Todo el mundo le cuenta al taxista sus verdades. Al fin y al cabo ¿Quién les va a creer? Después de todo, es un tachero. Una pena que cada vez quedaban menos. La vieja generación se estaba extinguiendo. Las generaciones del Uber y la de las aplicaciones que vinieron después no eran lo mismo. Les faltaba esa sabiduría ancestral. Él era uno de los pocos sobrevivientes de una especie en vías de extinción.

  • ¿Hace cuánto que conducís el taxi?- Pregunté sumido por la curiosidad.
  • ¿Yo? Uh, hace como treinta y cinco años. Empezó como algo temporal luego de que perdí el laburo en la época de la convertibilidad. Después pasó un tiempo y ya estaba ganando casi lo que ganaba en la fábrica así que seguí de una. Igual no creo que dé abasto para más. O sea, puedo seguir unos años más pero ya no tengo ganas. Con todo el tema tecnológico las cosas se volvieron feas. Ojo, yo me entiendo con los nuevos aparatos y aplicaciones pero no me gusta. Las cosas están cada día más raras. Hoy tuve suerte, pude hablar con varios pasajeros. Hoy en día, en la mayoría de los casos, se la pasan conectándose a esas máquinas. Ya ni saben lo que pasa alrededor de ellos. Cada día la tecnología nos aleja más. Encima ahora con esos softwares de inteligencia artificial la gente ya ni con personas habla. Cada uno con su amigo virtual personalizado. El otro día un tipo de mucha guita se subió y tenía uno de esos modelos interactivos carísimos. Te juró que parecía una persona. Me lo mostró y todo. Hasta hablé con él por su celular. Cuando todos tengan uno como ese no sé lo que va a pasar. El mundo se fue a la mierda. La tecnología progresa, sí, pero cada vez hay menos laburo y más pobreza.

Pese a mis problemas, lo escuchaba atentamente. No podía estar más de acuerdo. El mundo se había ido al carajo tan gradualmente que a penas no habíamos dado cuenta. Y esté país, como la mayoría de los países bananeros de la región, se había ido más en picada todavía. Cada vez más negros cabeza en la calle mientras que los mismos de siempre tienen cada vez más guita y, no importa quien gane, todo sigue igual. Bueno, empeora para la mayoría.

  • Ahora se vienen las elecciones de vuelta. Para mí son todos ladrones pero igual sigo votando contra el peronismo. No sé por quién. Capaz que por los que están ahora. Son unos pelotudos pero aunque sea hicieron algo con el tema de la inseguridad. No mucho, pero más de lo que habían hecho los otros. Ahora por lo menos los villeros no salen tan fácil de la cárcel como antes. Igual se siguen reproduciendo como cucarachas y si uno los mata para defenderse se le arma el re quilombo. La policía encima está re arreglada y la justicia ni hablar. Debería crearse un escuadrón de la muerte como hacían en Brasil en una época. Es mucho más fácil.

Es gracioso que haya sacado ese tema. Irónico, teniendo en cuenta lo que había pasado hace unos minutos. A pesar de eso, permanecí en silencio escuchándolo.

  • ¿Sabés?- Dijo él en un tono cómplice- Yo ya me cargué a dos. Después de unos años en el taxi ya estaba re podrido de que me afanaran todo el tiempo así que un día me conseguí un arma para defenderme. El primero fue cerca de Villa Soldati. El muy hijo de puta me hizo ir hasta ahí. Yo como un boludo le hice caso. Qué se yo, estaba bien vestido. La cosa es que en un momento me apuntó con un fierro en la nuca y me dijo que fuera a un terreno baldío. Yo me quedé tranquilo. Tristemente ya estaba acostumbrado a la rutina. Le di la plata para que se fuera pero el muy hijo de puta me pidió que me bajara. Me quería afanar el auto. En esa época estaba lleno de deudas y encima no tenía seguro. Las nenas estaban en un colegio privado encima. Si se lo llevaba iba a estar re jodido. Menos mal que me conseguí un fierro.- En ese momento hizo una pausa y luego continuo.- En esto se convirtió la sociedad, en una jungla, el más fuerte sobrevive.

Esta última frase se me grabó en la cabeza a tal punto que me pareció escuchar un eco que la repetía. Quería saber cómo había terminado la historia.

  • ¿Y qué pasó?- Lo interrogué curioso.
  • Cuando me bajé el tipo no se dio cuenta que había agarrado el arma. Quería que yo abriera el baúl así que él se bajó también. Cuando lo estaba abriendo la lacra se puso a mirar en dirección al descampado para ver si había alguien y ahí saqué el chumbo y le disparé en la columna. El tipo se quedó retorciéndose como un pez. Lo dejé ahí tirado y me fui.
  • ¿Y no se te armó quilombo?
  • ¿Qué quilombo se me va armar? Era un negro de mierda en un descampado ¿A quién mierda le importa? Seguro que lo mandaron a la morgue unos días después y cerraron el caso sin hacer preguntas.

Era muy probable que haya sido así. Los amigos de Luis que estaban en la policía me lo habían comentado alguna vez. Solo le dan pelota a los casos importantes y eso lo determinan los medios. El resto pasa como si nada. Matan a demasiada gente por día. No hay suficientes recursos ni para cubrir las noticias ni para investigar. Menos si es un don nadie cerca de una villa. Esa es la verdad.

  • ¿Cómo te llamás? – Le pregunté luego de un silencio.
  • Miguel Correa
  • Mucho gusto Miguel. Me llamo Sergio.
  • Un gusto.

Luego de la breve introducción me quedé en silencio. Una parte mía sentía la tentación decirle que éramos hermanos de armas, que ambos habíamos hecho justicia en esta sociedad podrida pero, por algún motivo, me contuve. Siempre fui una persona muy precavida. Es mejor ser así que un boludo que vive como si el mundo fuera color de rosa. Eso lo aprendí de Luis. Para él tenía sentido ser así. Más que nada por su profesión.

Durante aquel silencio ese pensamiento me hizo regresar a mi situación presente. La mujer, el departamento, los tres días perdidos. No había podido ver su rostro con claridad pero algo en ella me había resultado familiar. Si tan solo me hubiera quedado más tiempo para averiguar quién era. No, hubiera sido torpe y muy peligroso. Los últimos meses de mi vida habían sido lo bastante surrealistas para justificar cierta paranoia ¿Sería prudente ir hasta a mi departamento? Tal vez no. Tal vez lo mejor sería suponer lo peor.

En un segundo de lucidez le indiqué a Miguel que me dejara a unas cuadras de la dirección que le había dado originalmente. Me había agradado nuestra breve charla, era una de esas personas con las que uno puede hablar en esos momentos de calma en medio de la tormenta, en el ojo del huracán. Le comenté que viajaba seguido y le pregunté si podía darme su teléfono en caso de que necesitara sus servicios. Él asintió gustoso y me entregó una tarjeta que tenía a mano. Le pagué y luego me bajé del vehículo lentamente. Al cerrar la puerta, el auto partió a gran velocidad. Una brisa de aire veraniego me despeinó y me dio escalofríos. Ahora solo tenía que avanzar.

Mientras caminaba mi mente empezó a llevarme hacia el pasado. Hacía ya más de dos años que había comenzado a relacionarme con aquel mundo oculto. “El inframundo” como lo llamaba en broma. Fue gracias a Luis que empecé a conocerlo más por dentro. Si bien a él lo conocía desde hacía mucho tiempo creo que fue en esa época de mi vida cuando comencé involucrarme más. También “Jorgito” fue otra puerta de entrada. Él siempre había vivido entre el cielo y el infierno. A pesar de que aparentaba ser un buen tipo siempre me dio la impresión de estar metido en la pesada. Sin embargo, era mucho más disimulado. Luis, por el contrario, no disimulaba quien era. Lo admitía, y con orgullo, al igual que aceptaba sus incontables vicios y pecados. Por eso yo no le tenía miedo. Sabía que era un tipo peligroso. Eso seguro. Pero, aun sabiendo lo que había hecho, no me despertaba el mayor temor. Es como uno de esos animales salvajes que son amistosos siempre y cuando no cruces ciertos límites. Con él era así. Mientras yo fuera un compañero de cervezas, un oyente comprensivo y un observador lejano de aquel mundo en el que él habitaba, no representaba para mí ningún peligro. Fue cuando empecé a involucrarme más en aquel universo que esa línea se hizo más delgada.

Jorge, en cambio, se hacía la buena persona y era muy ambiguo en cuanto a de donde sacaba toda esa información que comentaba en ciertas ocasiones como dicho al pasar. Hasta donde yo sé, trabajaba en el mercado agro financiero como un intermediario entre los productores y los exportadores. Era el típico hombre de negocios. Nada del otro mundo. Siempre con su actitud bondadosa y simpática. Tenía esa capacidad de llevarse bien con todo el mundo. Y, ante los ojos de todos (incluso ante los de él mismo) era un personaje bonachón. En cierta forma, yo creo que él se lo creía y, de hecho, se lo sigue creyendo. Incluso se traga ese papel de padre de familia cristiana que tanto ostenta. No obstante, en el fondo, yo sé que todo es una pantalla para ocultar quién es realmente. Obvio que él lo negaría en toda ocasión. Es cierto que puede sonar descabellado sin embargo ¿Cómo sabía esas cosas? Tenía que conocer gente en el bajo mundo sino ¿Cómo era capaz de poseer tal conocimiento? Siempre tenía algún contacto donde fuese necesario para resolver situaciones de lo más variadas. Hubo una vez que el hijo de un amigo de él cometió la estupidez de cruzar ilegalmente a Perú sin pasaporte. Una tontería de juventud. Cuando cayó preso por las autoridades locales y lo llamó al padre, éste enseguida se contactó con Jorge y le hizo saber sobre la situación. No sé como pero al final alguien de la Interpol local recibió un llamado del director de las oficinas de Argentina y no solo lo soltaron, lo mandaron en avión y lo escoltaron por el aeropuerto de Ezeiza. Resultó que Jorge y el director de Interpol Argentina jugaban al futbol 5 todos los jueves. Yo también juego un picado con amigos un día a la semana. Pero ninguno de mis amigos tiene un puesto jerárquico en una organización internacional de esa influencia. También se ofreció a ayudar cuando en el colegio de uno de sus hijos alguien hizo una llamada en broma diciendo que había una bomba. Dijo que conocía a alguien que trabajaba no sé dónde que podía rastrear el número. Al final no fue necesario. Se trató de una broma de mal gusto de un alumno revoltoso. Aun así ¿De dónde conocía a esas personas? De todas formas eso no era nada. Lo que me preocupaba, como dije, es el tipo de información que manejaba. Si bien la soltaba a cuenta gotas, lo decía con una convicción que asustaba. Dicen que la información es poder y que solo hay que temer a lo desconocido. Bueno, por eso él me inspiraba más miedo que Luis. No era lo que decía si no lo que callaba. No era la certitud de haber cometido actos impíos sino la ambigüedad de su discurso. Dicen que quien ama lo profundo ama la máscara y por la perfección de su máscara siempre tuve mis sospechas de que su amor llegaba hasta el mismo inferno. Por supuesto nunca compartí estas sospechas con nadie. Los amigos en común que teníamos se hubieran cagado de la risa de mis suposiciones. Ellos no sabían lo que yo sabía.

Durante los últimos años me había hecho de amigos que habitaban en el mundo subterráneo de la política y los negocios, el inframundo, y sabía cómo operaba la sociedad a grandes rasgos. Fue gracias a sus historias que comprendí mejor que nadie que la mayoría de las personas vive en el reino de las apariencias. Hay un mundo oculto que se esconde tras el velo de lo aparente. Esa fina tela nos protege. Hay cosas que simplemente no queremos saber y una vez que las sabemos, ya no hay vuelta atrás y solo resta seguir descendiendo como lo estaba haciendo yo.

Luis, en cierta medida, había sido mi guía de turista por aquel mundo donde se juntaba todo: lo rico, lo pobre, lo legal, lo ilegal, lo inmoral y lo amoral. En el fondo allí no había diferencias. Todo era lo mismo. La gente que se movía por esos círculos ni siquiera pertenecía a una clase social. Estaban más allá de esas estúpidas divisiones sociales. A lo sumo, constituían una casta especial, no lo sé.

III

Mientras caminaba y las ráfagas de aire se hacían cada vez más discontinuas todas esas ideas circulaban por mi cabeza. Reflexionaba sobre mis relaciones con estos personajes. Pensaba en cómo había conocido a cada uno de ellos. Pensaba en los dos cadáveres que había visto esa noche. No eran los primeros que veía en mi vida sin embargo de uno, por seguro, yo era responsable. Trataba de distraerme y por ese motivo mi mente continuaba llevándome al pasado. Mi vida había sido bastante regular, por no decir mediocre. Siempre lo había negado pero, a esas alturas del partido, simplemente ya me había resignado a aceptarlo. En el fondo, cuando uno llega a cierta edad simplemente acepta como son las cosas y, llanamente, se decide a disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Por ejemplo, algo tan simple como que llegue el fin de semana. Una vez había escuchado que el pez dorado tiene una memoria de cinco segundos. Si está feliz cree que toda su vida fue feliz. Cuando está muriendo cree que toda su vida estuvo muriendo. No sé porque, pero siempre usaba esa analogía para describir al empleado de una oficina. Está feliz cuando es viernes mientras que esta triste cuando es lunes. El ciclo se repite eternamente. Cuando uno es joven disfruta de los placeres de esa vida. Al pasar el tiempo se achata y, finalmente, se resigna ante el poder la rutina. A partir de ese momento, precisamente, son los pequeños placeres los que representan el pico de felicidad durante la semana. Momentos como un after office con los compañeros de trabajo, o cuando tiene lugar la fiesta de fin de año, o cuando uno gana algún premio en algún concurso del trabajo. Y no hay que olvidar, por supuesto, el intercambio de los chismes de oficina.

Mi existencia había trascurrido así. Luego de recibirme de administrador en la UADE entré a una empresa de seguros. Primero estuve en la parte comercial lo que me hizo ampliar mi círculo social (hasta ese entonces bastante reducido). Allí pasé los primeros ocho años. Luego, por una cuestión de comodidad y estabilidad, pasé a la parte administrativa. Aun así, siempre mantuve mis viejos contactos de mi época como comercial. Asumo que la sociabilidad fue un activo muy valioso que obtuve en aquella época. De hecho, fue al final de ese período que lo conocí a Luis. Era el amigo de un cliente que solía organizar fiestas y reuniones los fines de semanas. Solía invitar a todo tipo de personajes. Yo iba de pura cortesía pero más que nada por la posibilidad de encontrar nuevos clientes. No voy a decir que era el mejor vendedor pero me alcanzaba para tener un ingreso decente. No obstante, la variabilidad del sueldo es algo que tarde o temprano te hastía. Fue por eso mismo que después busqué algo más estable.

La fiesta en donde lo vi por primera vez fue particularmente aburrida. Creo que fue por el hecho de que la mayoría de los presentes era fanáticos acérrimos de la pasión argentina: el futbol. Yo no era particularmente futbolero, prefería hablar de otras cosas. Me gustaba escuchar las historias personales de los individuos con los que hablaba. Sin duda eso era mucho más interesante. Además, luego de absorber toda su diarrea mental sin interrumpirlos, se terminaban sintiendo increíblemente felices. Es más, decían que era un excelente conversador aunque no hubiera pronunciado ni una sola palabra. Para ser honesto, no lo hacía porque me importaban los otros, simplemente siempre me había fascinado descubrir la verdad detrás de la gente. En el mejor de los casos se trataba una historia maravillosamente entretenida. En el peor de los casos confirmaba que la vida de los otros era tan miserable como la mía y que la sociedad era una cloaca putrefacta disimulada con dibujos de flores en la pared y perfume francés. Toda una fachada. Cuantas más historias escuchaba más confirmaba que esa era la verdad detrás de toda esa mascarada de hipocresía y consumismo. Si bien en mis épocas de comercial lo hacía más que nada para ganarme al cliente, después se volvió algo más. Asumo que terminó siendo un gusto adquirido. Una suerte de pasatiempo si se quiere. Tal vez uno de lo más constantes que jamás haya tenido. Era un coleccionador de historias y, en menor medida, un confidente. Igualmente, yo me veía, más bien, como un inodoro social, recibiendo toda la mierda de nuestra sociedad. En el fondo creo que esa mi verdadera utilidad como individuo.

Cuando me lo presentaron a Luis me dijeron que era el campeón del “chamuyo” virtual. – “¿Ves a este tipo de acá?”- me dijo un personaje que me encontré aquella noche-  “Se garcha más pendejas en una semana que nosotros en un año. Nadie lo supera. Y todo lo hace por chat. Un groso”.

Semejante afirmación llamó mi atención. No era mucho de chatear para levantarme alguna mina. Cada cuanto usaba Tinder o alguna otra aplicación. En aquella época solía usar más las fiestas y las reuniones para cogerme alguna boluda que pasara por ahí. En la oficina me había agarrado a un par pero prefería mantener esas cosas separadas del laburo para evitar cualquier problema.

  • ¿Cómo es eso que te garchás a miles de minas por chat? ¿Qué usas Tinder y esas cosas?- Le pregunté inmerso en curiosidad.
  • En realidad no tanto. Uso más Facebook y el Whatsapp. Tengo un método que estuve desarrollando por años y ya lo tengo totalmente pulido.
  • ¿Y cuantas te agarras por semana? La verdad…
  • Yo diría que una tres o cuatro. Las contacto el lunes y las trabajo durante la semana. Para el jueves o viernes ya tengo arreglado todo para el fin de semana.
  • ¿Y en qué consiste tu método?- Pregunté sintiendo una intriga enorme.
  • Uso las debilidades de las mujeres en contra de ellas: la envidia y la vanidad.- Dijo en un tono serio y científico.
  • ¿Cómo es eso?
  • Vos pensá que las mujeres siempre se quieren hacer las diosas. Sobre todo en este país. Ellas quieren sentirse que son las más lindas del mundo. Ahí aparece la vanidad. Después, no soportan que otra mujer sea más linda que ellas. Quieren toda la atención para ellas. Ahí tenemos la envidia. El resto son detalles pero esa es la esencia principal.

La verdad que hasta el momento era la conversación más intrigante que había tenido con alguien. Además me producía mucha gracia la forma en la que abordaba el tema. Era prácticamente un enfoque meticulosamente analítico. Además ya me estaba imaginando las jugosas historias que aquel singular personaje podía tener en su haber. Sin embargo, algo que nunca sospeché, fue que, en realidad, era su historia personal la más sorprendente de todas. De todas formas, pasaron tres horas hasta que abordamos ese tema por primera vez. Durante todo ese tiempo yo lo interrogaba detalle por detalle sobre su sofisticada técnica y como había llegado a ella. Por supuesto que me interesaba ¿A quién no? Cogerte una pendeja de veinte es lo mejor que te puede pasar y no era algo que me ocurría muy seguido. Sobre todo eso de cogerme alguna de esas modelitos chetitas. Las que se hacían las difíciles, las insoportablemente histéricas. Igual tenía mis tretas. Hablar con muchas personas te da acceso a esta clase de información. Luis, igual, era un caso particular. Cuando lo conocí tenía treinta y ocho años y un aspecto muy seguro. Era un tipo alto y morrudo y poseía un temple de acero a la hora de hablar. Yo, por el contrario, tenía tan solo treinta y dos años y mi lenguaje corporal no era el mejor del mundo. Igual las cosas mejoraron mucho después de diez años. En parte gracias a Luis.

  • ¿Y cuándo empezaste con todo ese tema?- Le pregunté intrépidamente.
  • Cuando tenía trece años. En esa época no cazaba una pero, desde aquel entonces, me propuse como meta cogerme a todas las minas que pudiera. Quería vengarme porque en esa época no me daban mucha pelota así que, por eso, me focalicé para volverme el mejor y, con el tema del chat, empecé a ver una veta interesante que podía explotar. Pensá que yo empecé con esto en las épocas de Dial Up. Ya desde ahí empecé estudiar el tema. Leía libros de ingeniería social, novelas eróticas. Hasta cursé un par de materias de psicología para aprender lo que necesitara. Siempre fui así, tomo lo que me sirve de cada cosa y sigo explorando. En parte lo hago porque soy un adicto al sexo, por eso lo tuve que hacer mecánico.
  • ¿Y hasta ahora a cuantas te cogiste?
  • Voy por unas 784.

El número realmente me sorprendió. No pude contener el asombro.

  • ¿Me estas jodiendo?
  • Para nada. Lo mío es la disciplina. A la mayoría de los hombres les falta eso. Lo toman muy personal y se enojan. Pierden la paciencia. Para mí es un juego y nunca me involucro emocionalmente. Siempre lo vi desde el punto de vista técnico. Y así es como veo todo. Tengo hielo en las venas.

En otras conversaciones que íbamos a tener más adelante entre cerveza y cerveza iba a comprender el verdadero significado de esa expresión. Más allá de su deseo inicial de devolverles a las mujeres la indiferencia con la que lo habían atacado a comienzos de su adolescencia, Luis era una persona increíblemente desapegada emocionalmente. Fríamente lógica podría decirse. Él no jugaba ese juego para obtener el sexo solamente. Eso era lo menos importante. Lo que más disfrutaba era el combate estratégico con el oponente. Las quería vencer psicológicamente para someter sus mentes. Después del sexo no le interesaba volverlas a ver sino seguir encontrando nuevos oponentes con quien afinar su método.

  • Me encanta ver cuando finalmente se quiebran y ceden- Afirmaba muy seguro y serio-. Cuando llega el momento en el que dejan de ser indiferentes y se entregan totalmente. Ese punto de quiebre es hermoso. Y ese es uno de los secretos. El marco que impongo es que yo soy el premio. Yo soy el objeto de deseo. El problema con la mayoría de los hombres es que plantean el marco opuesto y las ponen en un pedestal. Eso es lo peor que podes hacer. Sobre todo con las pendejas que gracias a la Internet tienen el ego por las nubes. Miles de cyber pajeros tirándoles “me gusta” a las fotos en pelotas que publican. Eso es lo último que hay que hacer. Es al revés, hay que analizar las cosas fríamente. Ahí está lo que te decía sobre la vanidad. La mayoría de las pendejas tienen la autoestima por el piso y buscan a estos pajeros para sentirse lindas. Sobre todo las más hermosas.
  • Jodeme- dije sorprendido.- Esas histéricas de mierda son las más jodidas.
  • Todo lo contrario. Se sienten más solas de lo que pensás. Por eso es mucho más sencillo de lo que creés. Además a ese target ya lo tengo bien definido. Siempre apunto a un rango entre 16 y 23 años. Eso porque son las que más están conectadas y además porque son las más lindas. Si son más grandes ya me es difícil moverme. Es como que a muchas ya les rompieron el corazón y se volvieron cínicas. Además, si voy a coger, prefiero que sean jóvenes. Es natural. Es el grupo etario que vengo manejando hace veinte años y ya lo tengo totalmente analizado.

Al escucharlo me quedé atónito. No podía dejar de preguntar los detalles de su estrategia y él las respondía con gusto. Le encantaba responder a mis preguntas. Como éstas eran detalladas, a él le daba la oportunidad de analizar su propio método. Las horas pasaron volando. Desde esa ocasión quedamos en contacto y después ya era una tradición encontrarnos los sábados para tomar unas cervezas. A lo largo de nuestras conversaciones iba revelando cada vez más los fascinantes y terríficos detalles de su vida y del mundo en el que habitaba. Lo único que hacía yo era escucharlo atentamente.

La vida de Luis había sido marcada por un hecho bastante trágico: a los 17 años, viviendo en Suiza, perdió a quien él había considerado su primera novia en un accidente de aviación. Desde lo quince años vivía en aquel país ya que había decidido ir a visitar a una tía que, por esas cosas de la vida, había emigrado en los años ochenta. Luego de ir, decidió quedarse y allí fue cuando conoció a esta chica con la que luego entablaron una relación. Su muerte lo había afectado aunque su reacción fue muy distinta a la de un ser humano promedio. Desde temprana edad había sido una persona pragmática. Alguien que reacciona a los eventos con rapidez y racionalidad. Supongo que aquella tragedia lo que realmente hizo fue naturalizarle el concepto de la muerte, internalizarlo, en cierta medida, y otorgándole, luego, un carácter banal.

Inmediatamente después de ello, se volvió a la Argentina para inscribirse en el ejército. La carrera militar, según me ha contado, le dio esa disciplina por la que era famoso. Ese nivel de foco que pocas personas en el mundo poseen. También fue donde hizo sus primeros contactos con el mundo de los servicios de inteligencia. Su entrada a aquel universo fue gradual. Al principio trabajaba en la unidad de custodios de jueces y fiscales. Fue su primer trabajo luego de salir del ejército y, para llevarlo a cabo, según relataba, recibió un entrenamiento increíblemente profesional. Aparentemente habían traído lo mejor de lo mejor para reclutar y entrenar a los miembros de su equipo. Llamaron a un experto de Israel que era famoso por sus métodos de entrenamiento poco ortodoxos. Él nunca podía disimular la admiración que siempre había sentido por aquel personaje. Hablaba de su tortuoso sistema de enseñanza como si hubiera sido la experiencia más divertida de su vida.

Como guardaespaldas de funcionarios públicos no tardó mucho tiempo en destacarse. No solo por su eficiencia sino, sobre todo, por su frialdad. “Hielo en la sangre”. Esa expresión siempre me resonaba cuando pensaba en él. Una persona capaz de mantener la calma y el temple en las más peligrosas y terribles circunstancias. Podían llegar a insultarlo o a escupirlo en la cara y, sin embargo, no reaccionaría impulsivamente. En ese sentido era increíblemente desapegado y eficiente. Por eso era el “patovica” ideal. Sí, además de servir como guardaespaldas, en su tiempo libre trabajaba en la seguridad de los boliches y bares de Buenos Aires. Y no precisamente en lo más pintorescos sino, por el contrario, en lo más violentamente macabros. Llegó a trabajar en partes del conurbano bonaerense que habían sido olvidadas por Dios. De ahí sacaba sus historias más escalofriantes. Esos cuentos que te hielan el corazón. No solo por sus descripciones de seres infrahumanos sino por el realismo con el que narraba esas horrorosas peripecias. Igualmente, en aquellas épocas, las cosas no se habían puesto tan horrorosas como, supuestamente, lo están ahora.

  • Mi trabajo en los boliches era simple- solía decir con un profesionalismo orgulloso- Si hay dos personas que se quieren ir a la piñas, mi trabajo es hablar con ellos para que se vayan a tomar una cerveza juntos. Jamás hay que empezar una pelea en el boliche. Si lo hacés hay dos escenarios posibles y ninguno te conviene. O terminas vos en el hospital o el otro resulta herido y después viene una demanda judicial que le complica la vida al dueño del lugar y a vos. Lo mejor siempre es evitar una pelea. Nunca sabes a quien tenés enfrente. Yo soy un tipo muy bien entrenado pero siempre puede haber alguien que te supera. Me acuerdo cuando una vez fuimos a un boliche con mi profesor de Taekwondo. Te estoy hablando del campeón latinoamericano. Eso sí, lo ves y te cagas de la risa. Es un alfeñique. Resultó que un tipo de estos adictos a los esteroides se quiso hacer el guapo con él y así le fue. Mi profesor lo tumbó de una sola patada. El tipo no se la esperaba ¿Cómo podía saber a quién tenía enfrente? Esa es la diferencia entre los patovicas y los encargados de seguridad como yo. Los primeros son unos creídos reactivos de mierda que van a hacerse lo machos y a demostrar que la tienen grande. Reaccionan ante cualquier cosa. Buscan la excusa para pegarle a la gente. Son unos infradotados. Siempre arman quilombo y después el dueño del local termina pagando las pelotudeces que hacen. El profesional jamás levanta una mano. Su objetivo es convencer al otro, en forma psicológica, de que se calme.

Cuando nos juntábamos solía escuchar con mucha admiración sus historias y enseñanzas. Recuerdo una vez cuando me contó como calmó a uno de esos típicos borrachos violentos que van a los locales nocturnos con el solo propósito de armar quilombo.

  • Me acuerdo cuando estábamos con un amigo haciendo la vigilancia de la entrada. Palpando a los pibes para revisar que no tuvieran armas. El lugar era pesado así que imaginate. La cosa es que aparece un tipo con un cinturón de tachas. Nosotros ya sabíamos que ese tipo de elementos puede traerte problemas, entonces mi amigo le pidió que se lo sacara y lo viniera a buscar cuando saliera. Eso sí, no se lo pidió muy bien. Ese fue un error. Tenés que ser firme pero amable. Siempre amable. Esto último no significa debilidad, quiere decir que lo respetas al otro. Aunque sea un borracho de mierda. Todo queremos sentirnos respetados. Es la esencia de la psicología humana. Bueno, la cosa es que el tipo se sacó el cinto poniendo mala cara y entró tranquilo. El problema fue que cuando entró compró una botella de cerveza y salió de vuelta para rompérsela en la cabeza a mi amigo. Y eso fue lo que hizo, y mi colega cayó con la cabeza ensangrentada. En eso, yo intervine bien rápido, pero con firmeza, no con violencia. Me acerqué y le dije con un tono firme y respetuoso: “Flaco ¿Qué te pasa? Mirá lo que hiciste. Está con la cabeza llena de sangre y la gente está asustada. Venimos acá a divertirnos”. El reaccionó algo confundido. La gente no está acostumbrada a que actúes así. “Perdoná, no sé lo que me pasó”, me dijo él. A lo que yo le dije: “Mirá, el motivo por el que les hacemos dejar ese tipo de artículos es por su propia seguridad. No es algo personal, es un trabajo. Hay que laburar para vivir, ¿Entendés? Hacé una cosa ¿Por qué no te vas a tu casa a dormir un rato así te relajas? De última volvés más tarde u otro día ¿Te parece?”. El tipo se quedó callado y después de eso se fue calmando. Antes de irse me dijo: “Disculpa che, no sé lo que me pasó. Me enoje con la actitud del otro. Vos me caíste bien”.

Ese era su secreto: el temple. El desapego emocional. A pesar de que hubiese podido romperle el cuello fácilmente, eligió dominarlo psicológicamente. Por supuesto, si tenía que matar a alguien no tenía problemas, lo hacía, pero desde la fría racionalidad, jamás desde la impulsividad. Y esa situación no fue nada comparada con otras que presencié personalmente. Recuerdo que atestiguarlas me cambiaron para siempre y, hasta el día de hoy, me generan un espasmo que me sacude el alma. “Hielo en la sangre”. Era capaz de torturar a cualquier persona, incluso a un amigo o a un familiar si tenía que hacerlo y no iba a sentir absolutamente nada. Ni placer, ni culpa, ni remordimiento: absolutamente nada.

Cuando hablaba de algún que otro pobre diablo al que había despachado a disparo limpio, lo hacía con un tono objetivo. Describía la situación con frialdad. Era una cuestión de trabajo.

– Mientras una persona no joda a los demás está todo bien, ahora, no me aguanto cuando cruzan esa línea- Solía decir.- Eso me saca. ¿Entendés? Cuando aparece algún chorro o un negro medio falopeado y quiere joder yo hago lo que tengo que hacer para limpiar la sociedad de esas lacras.

Con el incremento de la inseguridad en la provincia de Buenos Aires sumada a las amenazas que sufrían los funcionarios que protegía, era común que terminara usando su arma. Como estas situaciones implicaban una amenaza inminente para él o su protegido, la violencia estaba justificada y la ejecución era perfectamente legal. Y, aunque a veces las circunstancias eran algo confusas y cayeran en una tibia área gris, ¿A quién le importaba un ladrón o un sicario muerto? De última, el juez o el fiscal, agradecidos, siempre salían a decir  “no hubo otra opción, fue defensa propia”. Sí, podía matar con impunidad aunque técnicamente las circunstancias no ameritarán el uso de un arma de fuego y estuvieran lejos de poder ser catalogadas como legítima defensa. La sociedad hacía la vista gorda. Una lacra menos que nadie iba a extrañar no eran motivos para indignarse. Por el contrario, secretamente, muchos hubieran sonreído al enterarse de estas ejecuciones sumarias. En el mundo de la violencia del conurbano todo vale y las reglas de la modernidad no se aplican. Claro que, una vez hubo una excepción. Una situación que lo puso al borde del abismo. Estaba protegiendo a un juez y, siguiendo la rutina, entró a la casa del susodicho para revisarla. Algo había visto, por lo que decidió indicarle al funcionario que permaneciera en el auto mientras él entraba. Al hacerlo, descubrió a un ladrón que había invadido la morada. Probablemente no tendría más de dieciocho años. Al verlo a Luis y al observar que portaba un arma su sangre se heló. El malviviente no estaba armado por lo que su única opción era huir por la puerta trasera por donde había entrado. Lo hizo a una velocidad increíble motivado por el pánico más brutal a tal punto que, en pocos segundos, ya se encontraba afuera de la propiedad. Creía estar a salvo pero un proyectil le hizo estallar la cabeza en forma grotesca. No hubo forma de reconocer su rostro en la autopsia. Luis había hecho su deber cívico al limpiar la mugre de la sociedad. Un trabajo que él había asumido y del que la gente nada quería saber, aunque tampoco nada querría hacer para evitarlo aún si lo supiera o sospechara. Un caso más, pensó él. Nada del otro mundo. Sí, estaba desarmado. Sí, estaba huyendo y de espaldas a él. Pero no era distinto de otras ejecuciones similares salvo que esta vez algo sí fue diferente.

  • Resulta- me comentó en una de nuestras charlas- que era el hijo de un comisario. Imaginate el quilombo. Ese tenía contactos y empezaron a ver que las circunstancias no ameritaban el uso de la fuerza. Caratularon la causa como homicidio pero eso no fue lo peor. El tipo me quería boletear. Era un tipo pesado. Tuve que rajarme de país por tres años.
  • ¿Y qué pasó con la causa?- Pregunté aturdido.
  • Ahí tuve suerte. Cayó en manos de un fiscal al que yo había protegido y al que, encima, le había salvado la vida durante un asalto. El tipo cajoneó la causa de una.

Aquella circunstancia fue la primera vez que habló en detalle de una de sus ejecuciones. No pude contener mi curiosidad morbosa y le hice la tan temida pero ansiada pregunta.

  • ¿A cuántos mataste? Si querés no contestes la pregunta.

Hizo una pausa, como si realmente le incomodara responder, no obstante, finalmente, contestó en un tono seco y hermético.

  • 37 en total. 20 eran chorros, lacras y villeros. 11 era algún que otro sicario contratado para matar a alguno de los funcionarios. O directamente era el familiar de alguno de los procesados, que se yo. Después hubo 6 que fueron para trabajos privados o de la parte de inteligencia.

Después de escuchar la respuesta preferí cambiar de tema. En algún punto sentía que debía estar horrorizado e incluso atemorizado, sin embargo no lo estaba. Solo escuchaba atento la existencia de una realidad ajena a la mía. Un especie de universo paralelo en donde las leyes de la física operaban distinto. Cuando más de sus historias escuchaba menos me impactaban y más me disociaba. Incluso, llegué a tomarlas con humor y hasta a considerar necesaria la existencia de un ejecutor como él. Al fin y al cabo la justicia no funcionaba y si esto era lo mejor que había en un mundo olvidado por Dios, que así sea. –“Que se jodan esas lacras”- pensé- “Lástima que no hay alguien como Luis que extermine a los hijos de puta que están en la otra punta, arriba de todos. Los que se cagan en todo desde lo alto del poder”. A medida que esos pensamientos aparecían en mi mente empecé a comprender que, finalmente, por mirar tan intensamente al abismo, éste había mirado al interior de mi alma.

IV

Sentía la garganta pastosa y seca. Aquella sensación me producía una irritación tal que me hacía desear tomar litros de alguna bebida dulce y fría. A medida que me acercaba a mi edificio, imágenes de recuerdos comenzaban a vislumbrarse muy torpemente. Apenas podía comprender su significado y apenas tenían sentido. Parecían recuerdos muy vagos de una pesadilla tan terrible que realmente, por algún motivo, mi psiquis seguía negándose a rescatar. Hacer un esfuerzo para extraerlos del foso de mi memoria me producía una sensación de miedo, angustia y un terror sobrenatural. Al mismo tiempo, sentía una ansiedad y un calor intenso como si de pronto mi cuerpo hubiera liberado toneladas de adrenalina. Antes de despertarme en aquella cama había soñado algo horrible, de esto estaba seguro. Ahora comenzaba a extraer algunos fragmentos de mi mente turbada. Eran imágenes infernales o, por lo menos, una representación muy absurda y cruel del averno que mi sub consiente había construido con pedazos de películas que había visto y algún que otro recuerdo. En aquel viaje onírico podía percibir una sensación nauseabunda circulando por mi cuerpo, la presencia de una oscuridad pegajosa y elementos de metal lacerantes cubiertos de sangre y vomito. Había también un olor hediondo que se parecía al de las cloacas más repugnantes. Por último, vislumbraba seres que parecían humanos pero que, debido a su deformada naturaleza, eran grotescamente repulsivos. Mi mente me jugaba bromas muy crueles mezclando elementos conocidos con recuerdos olvidados.

“¿Por qué estoy siendo tan precavido? ¿Por qué alguien vendría a buscarme a mi departamento?”. La paranoia heredada de la pesadilla, que lentamente aparecía en mi memoria, comenzaba a disiparse. Cada vez estaba más despierto. Los sucesos de las últimas semanas podían considerarse algo surrealistas aunque no llegaban ni los talones de las imágenes oníricas. Los eventos que me habían ocurrido el último mes, sin duda, no eran aptos para gente sensible pero para esa altura ya estaba curado de espanto. Es como como cuando uno ve películas de torturas y terror por primera vez. Al principio te asustan. Incluso te asquean, no obstante, al tiempo, ya no te afecta verlas. Tal vez no las disfrutes pero ya no te produce esa repugnancia inicial. Dicen que cuando se baila con el diablo éste no cambia, él que cambia es uno. Había cambiado tan gradualmente que a duras penas me hubiera reconocido un año atrás. Había matado a un hombre y no sentía ni el menor remordimiento. Por el contrario, me sentía satisfecho, incluso aliviado. Y en cuanto a la mujer ¿Qué importaba si había sido yo? De todas formas no parecía recordarlo y además no la conocía. El miedo, la angustia y el terror que había sufrido inicialmente casi se habían esfumado del todo. Era extraño. Incluso los pensamientos persecutorios habían perdido sentido. Los eventos de los últimos meses me habían provocado cierta preocupación. Los cambios en mi estilo de vida eran realmente inusuales e incluso insalubres pero, al mismo tiempo, me había alejado de la vida asquerosamente monótona que había construido. En cierta medida, sentía que me había permitido ser yo mismo. Había podido soltar una parte de mi personalidad que había estado aprisionada toda mi vida. Nunca la había podido liberar del todo, por lo menos no hasta esa noche. “Quizás, finalmente, estaba libre de mi propia celda”. Pensar eso me reconfortó aún más.

Estaba ya a unos pocos metros de mi edificio. Mi estado de angustia y paranoia previo parecía haber sido totalmente desproporcionado. Siempre fui precavido, empero, hubo algo de lo más extraño en esos pensamientos que habían pasado por mi mente apenas había despertado. Ahora estaba más calmado. Sabía, no obstante, que habría que esperar hasta la mañana siguiente para ver qué es lo que ocurriría con el cuerpo de aquella extraña. Más que eso no podía hacer. Tal vez podía usar el tiempo para tratar de averiguar qué había sucedido en los últimos días.

A medida que avanzaba hacia la puerta me percataba que no había ni una sola alma en la calle. Ni si quiera algún auto estacionado en las cercanías. Esto confirmara lo ridículamente ilusorio de mis pensamientos previos. Era gracioso, y al mismo tiempo preocupante, que mi mente pudiera llevarme a esos estados emocionales.

Al llegar a la entrada abrí la puerta con la llave (que por suerte aún estaba en mi bolsillo) y entré lentamente. Casi queriendo disfrutar cada segundo de la entrada a un lugar familiar. La frescura del interior me relajó de una forma sublime. Era uno de esos edificios antiguos que conservaba el frío por dentro, incluso en los días más sofocantes. El cambio climático había empeorado en los últimos diez años haciendo que las amplitudes térmicas fueran cada vez más extremas a lo largo del año.

Vivir ahí siempre me había permitido aislarme de la mayoría de los cambios tecnológicos. Me mantenía en una atmosfera de quietud donde podía ser un ente indiferente al paso del tiempo. Cuando pensaba en los nuevos sistemas de seguridad y en los edificios inteligentes de los barrios más pudientes me daba cuenta como lentamente nos alejábamos cada vez más de lo realmente genuino. Esto último aún existía aunque cada vez se iba diluyendo en la era de la innovación exponencial. Había un nuevo mundo emergiendo a partir de todos esos avances tecnológicos sorprendentes. Uno que hacía contraste con todas las construcciones y hábitos del pasado. Un mundo que, por cierto, me parecía enfermizo y me producía un gran desasosiego.

Finalmente el ascensor llegó a mi piso. Abrí las puertas y contemplé el pasillo. Las luces se prendieron y pude divisar la puerta de mi departamento. El aire de lo familiar se hacía cada vez más intenso. Cuando la puerta se abrió casi lloré de la alegría. Me senté en el sillón, relajé mi cabeza y, lentamente, dejé que mis párpados se cerraran.