Argentina: tierra de resentidos

Estamos cada vez más agresivos. La violencia física, verbal y simbólica se ha vuelto algo de todos los días. Antes, simplemente, la tolerábamos. Ahora es una parte más del paisaje y ya ni siquiera la notamos. A partir de aquí solo nos resta seguir descendiendo. Pero ¿Realmente la agresividad surgió a partir de la última década como forma generalizada de expresión y de relacionarnos con el otro? Sin duda ha empeorado, de eso ya no me cabe la menor duda. Con un discurso impuesto, muchos hicieron suyas ideas que, en realidad, les eran ajenas. Aun así, es fácil implementar un eficiente lavado de cerebro en una sociedad naturalmente agresiva, pedante, frustrada y patotera.

He vivido casi toda mi vida en la Argentina y habiendo recorrido otros países admito con tristeza que somos un pueblo de resentidos. El corolario de este resentimiento es, precisamente, la agresividad y ésta, a su vez, trae consigo la violencia. Recuerdo hace cinco años cuando no podía escribir ningún comentario en las redes sociales sin recibir agravios, sarcasmos y comentarios agresivos de extraños y conocidos. De algunos que conocía era esperable. Siempre habían sido los estereotipados imbéciles que buscan, mediante la retórica y la humillación del otro, subcomunicar que el tamaños de sus miembros es más grande que el del promedio. De otros, en cambio, era triste ver que en nombre de una causa vacía insultaban y agredían con el único propósito de alejar al otro. Quien busca convencer argumenta. No obstante, la idea de aquella conducta era la de llanamente odiar al prójimo. “Aquel que está enfrente es el enemigo”. Muchos se creyeron aquel discurso y actuaron acorde a eso. No había espacio para la neutralidad “Si no estás conmigo, sos el enemigo”.

Hoy en día muchos se hacen los boludos: les cuesta admitir que fueron tan manipulables. Que se dejaron sobornar, hicieron la vista gorda o se prostituyeron a cambio de un plan social, un crédito hipotecario, un aumento salarial y algún que otro beneficio. Si el presidente Bush en persona me hubiera regalado una casa como parte de un plan social la hubiese aceptado. Boludo no soy. Aun así hubiese seguido pensando que era un dictador genocida e hubiese hecho pública mi opinión sobre aquel ser miserable. En la Argentina, los beneficios se intercambian por la forma de pensar. Hoy solo los fanáticos se creen el discurso. Esos pobres diablos que luchan por llegar a fin de mes. La cúpula, que nunca se creyó nada, hace rato que se alineó con los nuevos vientos. El cínico siempre es el que sobrevive porque nunca se cree nada y sabe adaptarse. El resto son simples idiotas.

Sin embargo, en el fondo, el discurso era funcional a una sociedad donde la arrogancia es la moneda corriente. Todos quieren avasallar al otro para probar que “la tienen grande”. Triste caricatura que nos representa. También la agresividad es casi la primera respuesta a todos los problemas del día a día.

Hace unos meses estuve en Buenos Aires durante dos semanas. Los sucesos que describo a continuación ocurrieron el mismo día en el barrio de Palermo:

“Salgo a la mañana para encontrarme con un amigo. Lo miro al otro lado de la avenida. Al ponerse en verde cruzo el semáforo y, antes de llegar al otro lado, una moto por poco me atropella. El motociclista me insulta. Él había cruzado en rojo.

La misma tarde estoy caminando por la vereda muy lentamente. Un hombre que viene caminando a toda prisa y con un intenso enojo en su rostro me choca de frente y me golpea con el hombro. Se da vuelta y comienza a insultarme.

A eso de las cinco de la tarde estoy regresando del supermercado y observo a una mujer joven que parece algo perdida. Dado que me había acostumbrado a ser amable con quien estuviera perdido como resultado de haber vivido bajo otras pautas culturales, me le acercó. “¿Necesitás algo?” Le pregunto en un tono educado, a lo que ella me responde: “No de vos”, en un tono agresivo y sobrador. Me quedo impactado por su respuesta. Palermo solía ser un barrio familiar hace unos 15 años. No obstante desde que la arrogancia y frustración de los chetos o los “nuevos ricos” (como los denominan los  aún más chetos) invadió el barrio, ya me da asco vivir allí. Igualmente, esto no solo tiene que ver con la existencia de un desprecio interclasista. En cada eslabón de cada casta se puede sentir la arrogancia, la frustración y el desprecio. Ya sea entre pares o hacia los de arriba o los de abajo.”

Si usted quiere dominar al pueblo argentino use el mayor de sus defectos en su contra y estarán comiendo de su mano al poco tiempo. Ya se ha hecho tantas veces y, sin embargo, aún no se dan cuenta. Argentina: tierra de resentidos.