Aprender a perdonarse

En un mundo lleno de resentimiento. Vagamos por la vida acumulando ira y frustración. A veces no nos damos cuenta que la clave para ser libres y estar en paz con nosotros mismos consiste simplemente en aprender a perdonar, a soltar. Eso nos hace libres, nos permite seguir adelante y alcanzar la paz interior que tanto anhelamos. Sin embargo, para que este proceso se complete, la primera persona a la que debemos perdonar es a nosotros mismos.

Cuando una persona nos ha ofendido de alguna forma, nuestra mente se llena de bronca, incluso de odio. Nuestro cuerpo se tensa y sentimos ese calor punzante en el pecho y en nuestra cabeza. La persona que nos ofendió tal vez ni siquiera sepa sobre nuestro estado emocional, independientemente de que cual haya sido su intención. Tal vez él, o ella, ni siquiera sepa que nos ha ofendido y somos nosotros quienes generamos ese estado de ira asumiendo la mala intención del otro. No nos cabe en la cabeza que la única persona que se perjudica de este sufrimiento somos nosotros mismos.

El perdón es un acto reparador. Y aquí no hablo de este concepto en un sentido religioso o espiritual sino más bien en un sentido práctico. El perdón es un acto que, si bien se puede exteriorizar en forma oral o escrita, es puramente interno. Independientemente de si la persona que nos ha ofendido esté interesada genuinamente en disculparse, el acto de soltar el resentimiento pertenece exclusivamente a nosotros. Es independiente de lo externo y debe serlo. Imaginen el caso de alguien que quiere perdonar a una persona que ha fallecido. Esto es posible. Es cuestión de soltar. Esto nos libera. Nos hace sentir más livianos. Nos hace estar en paz con nosotros y con el mundo que nos rodea.

Pedir disculpas también es un acto reparador. Ahora bien, lo más importante de este acto es darse cuenta del daño que hemos causado y hacernos responsable de nuestras acciones. Para ello, debemos primero aprender a ponernos en el lugar del otro. Comprender su situación, cómo se siente, entender su dolor, bronca o frustración. Esto nos hace más humanos y nos pone más cerca de los otros. Nos permite entender a los demás y mejorar la relación con las personas que nos rodean. Independientemente de si recibamos el perdón de la persona a la que hemos ofendido, el acto de la disculpa genuina nos acerca más al otro y nos ayuda a crecer.

Debido a mi falta de tacto y a mi carencia de sentido común he ofendido con acciones y palabras a otros en muchas ocasiones a lo largo de mi vida y he resentido en cada ocasión el deterioro del vínculo con la persona en cuestión. Sufría al dañar las relaciones con otros y, a su vez, me frustraba no poder absorber los principios básicos del sentido común: aprender a observar y a escuchar al otro. En los últimos tiempos he aprendido a generar más empatía con los demás aunque aún me falta un largo trayecto por recorrer. El disculparme me trae paz aunque, al mismo tiempo, se ha convertido en una excusa para no cambiar los hábitos que molestan a los demás, algo en lo que estoy trabajando muy duro por cambiar en el día a día, paso a paso. La clave consiste entonces en aprender a ponerse en el lugar del otro para así cambiar aquellos hábitos que dañan las relaciones con los demás.

Recuerdo que hace un tiempo atrás vi un documental sobre el procesos de reconciliación en Sudáfrica donde se encontraban frente a frente los torturados y sus torturadores, estos últimos dispuestos a reconocer las atrocidades que habían cometido y a disculparse por las graves faltas hacia las personas a las que habían hecho sufrir. Recuerdo un caso en donde una las víctimas miró a su antiguo captor con una expresión de calma y compasión y le dijo en un tono de paz absoluta que lo perdonaba, que ya todo estaba en el pasado. El torturador no pudo contenerse y se quebró abruptamente. No podía contener sus lágrimas. La víctima, ya no era tal. Había hecho la pases con sigo mismo y había perdonado, había soltado. Independientemente de la reacción de la otra persona, él ya era libre. El torturador, en cambio, era el verdadero prisionero. La culpa lo corroía al escuchar los relatos de las víctimas que describían sus viles acciones. Apenas podía contenerse, simplemente se quebraba en lágrimas. Cuando este acto tuvo lugar, cuando una de sus víctimas lo perdonó, él fue libre también, aunque probablemente necesite de años para perdonarse a sí mismo por lo que había hecho. Él solo será realmente libre cuando pueda perdonarse.

Irónicamente, perdonar a otros resulta mucho más sencillo que perdonarse a uno mismo. A veces somos nosotros mismos quienes nos juzgamos con más severidad. Nos juzgamos por lo que hicimos, por lo que no hicimos, por lo que podríamos haber hecho. Nos cuesta soltar y no es fácil. Aún me cuesta perdonarme por haber ofendido a tantas personas debido a mi falta de empatía. Con algunas me he podido disculpar, con otras no he tenido esa oportunidad pero aún a la persona que más me cuesta perdonar es a mí mismo. No es fácil pero es por lo que trabajo día a día. Para estar en paz conmigo y con los demás.

Finalizo con una cita de Rafael Echeverría que resume lo antedicho:

“El resentimiento nos hace esclavos de quien culpamos y, por lo tanto, socava no sólo nuestra felicidad, sino también nuestra libertad (…) perdonar es un acto declarativo de liberación personal (…) Al perdonar reconocemos que no solo el otro, sino también nosotros mismos, somos ahora responsables de nuestro bienestar (…) El perdón a sí mismos tiene el mismo efecto liberador (…) y hacerlo es una manifestación de amor a sí mismo y a la propia vida.”

Aprender a perdonarse