Aprender a escuchar

Ahí estaba yo y mi buen amigo Juan Pablo, en medio de un pueblo perdido en las colinas provincianas. Antes de seguir buscando un lugar donde comprar los pasajes de vuelta, decidimos comer unos aperitivos en un modesto restaurante. Allí, una mujer muy amable nos recibió con el afecto de una madre. Como no contábamos con demasiado dinero nos limitamos a pedir unas piezas de cereal. En ese momento yo decidí a continuar la búsqueda mientras que Juan Pablo se quedó sentado en la mesa del humilde lugar.

De repente, la mujer comenzó a hablar y a contarle a Juan como había regresado a aquel pueblo luego de recorrer, junto a su marido, incontables ciudades y pueblos colombianos. Ella era originaria de allí pero había decidido emprender desde una muy temprana edad un viaje espiritual junto con su familia e hijos. Ella había decidido formar parte de una comunidad taoísta que se movía por los verdes y calurosos montes colombianos. Una comunidad que había sufrido un fuerte desprestigio social en manos de un gobierno inmoral y corrupto el cual había ejercicio una violencia directa e ilegítima sobre dicha población a través de los tristemente célebres paramilitares. Juan se sorprendió al escuchar el relato de aquella mujer. No solo por el contenido personal, sino por la crudeza del relato. Su vida no había sido fácil y, debido a las persecuciones y ataques que había sufrido su comunidad, había perdido tres hijos, uno de ellos envenenado por las sustancias arrojadas por aquel vil gobierno que había decidido enriquecerse a partir de dolor ajeno.

Juan escuchaba atentamente mientras la mujer narraba su emotiva historia que mezclaba amor, alegría, política y espiritualidad. Un canto a la vida y una estremecedora semblanza que describía la violencia de un país dividido y podrido por el cinismo y la corrupción. En un momento del relato, Juan intentó realizar una breve acotación en referencia a lo descrito por aquella buena mujer sin embargo, al intentar hacerlo notó que ella subió levemente el volumen de su voz. Era claro que quería seguir contando su historia, que quería ser escuchada a toda costa, que sentía la necesidad de compartir, aunque sea con un extraño, su historia de vida. Por ello, Juan permaneció en silencio y siguió escuchando aquel mágico relato. Luego de casi una hora y media ella concluyó su narración ante la mirada comprensiva de Juan. Él solo podía decir una cosa, una frase mágica que cualquier persona que necesita ser escuchada y decide compartir algo valioso con alguien quiere escuchar: “Gracias por compartir lo que me contaste”. Nada más simple, nada más poderoso. Cuando alguien habla con nosotros y nos cuenta sus problemas, sentimos esa necesidad de aconsejar, de guiar, cuando en realidad lo único que debemos hacer es escuchar. Solo eso. La escucha es más poderosa de lo que la gente cree. Hace tiempo atrás me ocurrió algo parecido con una chica que me encontré por azar en el lugar menos pensado.

Volviendo al relato, luego de que la mujer terminó de contar su historia, le regaló a Juan una bolsa repleta de las célebres arepas santandereanas, un alimento muy tradicional del lugar. Él se quedó sorprendido, no lo podía creer. Aparentemente él no había hecho nada por ella, sin embargo ella estaba enormemente agradecida. Cuando volví al restaurante agarramos los bolsos y nos dirigimos a la parada del bus. En el camino Juan me comentó lo acontecido y, en un segundo de iluminación llegó una poderosa conclusión: “Las personas solo quieren ser escuchadas, nada más y cuando haces eso se sienten increíblemente agradecidas”. Sabias palabras para alguien de tan corta edad. Bien por él, mejor que lo aprenda lo antes posible. La mayoría de los chicos de sus edad tienen la cabeza podrida y su arrogancia de creer que lo saben todo los ciega de una forma dramática.

Ahora bien, ¿Cómo desarrollamos el hábito de la escucha? ¿Cómo aprendemos a escuchar al otro? Aprender a ser un paciente y comprensivo oyente está directamente relacionado con otro hábito esencial para una vida plena: vivir el presente. Y la pregunta del millón es: ¿Cómo desarrollamos el hábito de vivir el presente en una sociedad que nos incita a preocuparnos constantemente por el futuro? Una sociedad que nos enseña que, precisamente, que lo mejor está por llegar y se encuentra en algún momento lejano del futuro. “Voy a ser feliz cuando me reciba, cuando esté en pareja, cuando aquella o aquel chica/o me corresponda, cuando tenga mucho dinero, cuando obtenga aquel trabajo”. Y lo peor de todo es que cuando esos momentos llegan, es decir cuando el futuro se transforma en el presente, sentimos una gran desilusión ¿Y qué hacemos? Ponemos nuestras esperanzas en nuevo futuro que nos traerá “definitivamente” la felicidad que buscamos.

El primer paso para vivir el presente es percatarnos de aquellos hábitos de la mente que no arrastran hacia las orilla del pasado o del futuro y nos alejan del ahora ¿Nunca te pasó estar de vacaciones pensando en las cosas que podrías estar haciendo en lugar de descansar o de las cosas que vas a hacer cuando vuelvas de tu merecido descanso? Y lo peor es que cuando regresas a tu trabajo te la pasas pensando en cuando llegaran las próximas vacaciones, momento en el que, por supuesto, serás feliz. Este círculo vicioso de proyectar la felicidad en un tiempo futuro se termina convirtiendo en un estilo de vida en donde estamos eternamente esperando que sucedan las cosas. Si puedes comenzar a reconocer estos patrones entonces comenzarás a apreciar la intensidad del ahora. Puedes disfrutar maravillosamente del momento presente, ese tiempo huidizo que siempre estará contigo, si te entregas completamente a él. Absorbe todo lo que te brinda el momento presente y desconéctate del pasado que ya no existe y del futuro que no es todavía. Ahora estamos liberados de ambos .